martes, 20 de febrero de 2018

Vidas cruzadas (6)

Al entrar Carlos en la oficina, ve a Juan Mari, su amigo, y le invita a un café. Bajan juntos a la cafetería de la esquina, y al salir del portal un vagabundo se aparta para dejarles pasar –si tan sólo le hubiesen comprendido, si tan sólo hubiesen hablado con él. Pero hace ya tantos años…–.
–¿Qué te pasa, Carlos? Te veo nervioso.
–Estoy en un buen lío, Juan Mari. Le he engañado a Mamen.
–Pero, ¿cómo has podido? Cuando se tiene una mujer como la tuya se hace cualquier cosa por conservarla para siempre.
–Ya, ya sé. Pero fue todo tan rápido, y ella era tan atractiva. Nunca hubiese pensado que yo haría algo así, pero fue superior a mí, no lo pude evitar, es como si hubiese perdido la cabeza cuando vi a aquella mujer, Juan Mari.
–¿Te acostaste con ella?
–No te lo puedes ni imaginar. Si se lo oigo contar a otro pensaría que está fanfarroneando, pero, es increíble la capacidad sexual que se tiene cuando se está tan excitado.
–Vale, no me cuentes más, me lo imagino.
–No, no te lo imaginas. Fue algo... Casi toda la noche...
–Y qué le has dicho a Mamen, ¿o no se lo vas a decir?
–No sé qué es mejor. Todavía ni la he llamado.
–¿Me quieres decir que has pasado la noche fuera y tu mujer no sabe dónde has estado y que no la has llamado siquiera?
–Menudo lío, ¿no?
–Pues llámala ahora mismo.
–Sí, sí. Es lo que quiero hacer desde que me he despertado, pero… ¿Qué le digo? Si le confieso la verdad lo más seguro es que me deje, y yo la quiero mucho. Y no sé qué historia inventarme para salir del paso.
–Pero estará preocupadísima. Llámale aunque sea para decirle que estás bien y luego le cuentas algo, no sé, lo que sea.
–Ya, ya, pero es que no me atrevo.
–Pues la llamo yo, y me invento algo, no sé, le digo que has llamado a la oficina y que...
–No, no quiero que mientas por mí. Luego se podría enterar y saldrías perjudicado. Bien la voy a llamar ahora y ya se me ocurrirá algo.
Carlos saca el móvil del bolsillo y empieza a marcar su número. Pero lo apaga de nuevo. No sabe ni cómo decirle que está bien. Ella se va a enfadar y él está demasiado ofuscado como para decir algo coherente y acordarse después de lo que le ha dicho. Piensa que lo mejor es decir la verdad y esperar que Mamen sea comprensiva. Pero, ¿cómo va a ser comprensiva una mujer maravillosa a la que le han traicionado con una desconocida?
Carlos está a punto de caer en la desesperación. Juan Mari intenta tranquilizarle para que Carlos sea razonable y llame a Mamen lo antes posible. Cuanto más tarde lo haga, le explica, más difícil le va a resultar salir del atolladero en el que se encuentra.
Por fin Carlos se arma de valor y empieza a teclear su número. Mientras lo hace, piensa en lo que va a decir. Lo primero es que Mamen vea que está bien. Le dirá que tuvo una avería en el coche, que estaba con un cliente muy importante, que éste le invitó a cenar mientras le arreglaban el coche, que algo le sentó mal, que... Carlos cada vez está más nervioso. Sabe que Mamen nunca se creerá esa historia. Lo mejor es que le diga la verdad y suplicarle que no le deje.
Finalmente aprieta la última tecla y el tono de llamada va entrando en el cerebro de Carlos, haciendo que con cada sonido su corazón se acelere más y más. Y cuando Carlos está a punto de colgar una voz femenina, vacilante, temblorosa, responde al otro lado.
–¿Sí?
–Mamen, soy yo. Perdona que no te haya llamado hasta ahora.
–Lo siento, pero se ha confundido –contesta una voz silenciosa de mujer.

miércoles, 7 de febrero de 2018

Vidas cruzadas (5)

Las 9:00.

Carlos está nervioso. No le importa la multa. Eso no tiene ninguna importancia ahora que el curso de su vida ha llegado a un cruce tan importante y tan imprevisible. Sigue su camino hacia la oficina, aunque hoy no ha salido de su casa como siempre. Hoy ha salido del parking de un hotel. Un hotel en el que ha pasado la noche con una mujer. Una mujer que no es la suya y a la que había conocido tan sólo unas horas antes.
Es la primera vez que Carlos hace algo así y no sabe lo que pasará en el futuro. Llega a su trabajo, aparca el coche en el garaje y sube en el ascensor. Recuerda la noche pasada. Una noche excitante.
Cuando entró en aquella cafetería no pensaba más que en tomar una cerveza y volver a casa tras una jornada de trabajo complicada. Pero aquella mujer ejerció en él una atracción irresistible, irrefrenable. Ella le miró a él primero. Él tan sólo le devolvió la mirada y le sonrió. Luego le invitó a tomar algo, sin ninguna pretensión, sin saber por qué lo hacía. Tal vez porque al hablar con ella podría estar mirándola todo el rato sin tener que ocultar su mirada para no pecar de descarado. Ella resultó ser simpática además de guapa, y aún Carlos no se explica cómo terminaron cogiéndose la mano y besándose a la salida del bar. Él nunca había hecho algo así desde que conoció a Mamen, su mujer, hacía cuatro años.
Pero allí estaba Carlos con aquella desconocida, pidiendo una habitación en un hotel de las afueras de la ciudad, arrancándole la ropa nada más traspasar el umbral de la puerta del pecado, estrujando unos pechos diferentes a los únicos que había acariciado desde hacía varios años, besando unos labios hambrientos, deslizando sus manos por unos muslos ajenos, hundiéndose en cavidades desconocidas, y repitiéndolo todo una y otra vez, como nunca hubiera imaginado que fuera posible.
Por fin, saciado ya sexualmente, logró dormir hasta que por la mañana al despertar y verse desnudo junto a un hermoso cuerpo femenino ya no desconocido había pensado en Mamen por primera vez.
¿Qué le iba a decir?, ¿cómo se lo iba a explicar?, ¿podría ocultar su tropiezo?, ¿sabría ella comprender?,... Muchas preguntas, pero pocas respuestas.
Carlos está confuso. Él ama a Mamen y su matrimonio es feliz, por lo menos hasta hoy. Lo ocurrido ha sido algo puramente físico, un impulso salvaje superior a él.

martes, 30 de enero de 2018

Vidas cruzadas (4)

Gabriel ya se siente mejor, ya está entrando en calor. La Loli no le va a amargar la vida, ya se encargará él de amargársela más a muchos otros para compensar. Total, todo el mundo se lo merece, pues todos hacen putadas a quienes pueden, y a quienes no pueden pues no se las hacen por eso, porque no pueden, que si no... Pero Gabriel tiene suerte, porque puede hacer putadas a muchos, y lo más importante, a muchos que son más importantes que él, a gente grande, gente con buenos coches, con buenos trajes, pero que en cuanto se ponen a tiro de Gabriel ya se encarga él de bajarles de nivel. Una buena multa, o mejor, una buena bronca en mitad de la calle, que eso le pone más.
–A ver, Ud., que no se puede hablar por teléfono mientras conduce, ¿es que no lo sabe?
–Pero, agente, si llevo cinco minutos parado desde que me han llamado.
–Ya, pero Ud. está detenido, no estacionado, y si sigue en esa actitud me veré obligado a multarle.
–Venga, Luis, te llamo luego que me he tropezado con un gilipollas.
–¿Qué ha dicho Ud.?
–Nada que le importe, hablaba con un amigo.
–Pues mire por donde que hablar mientras se conduce es una actitud sancionable. Sáqueme los papeles.
–Pero si yo no conducía.
Ya está, piensa Gabriel, otro a tomar por culo. Qué se creía, que por conducir un bemeuve no me lo iba a cepillar. Anda y no me llama gilipollas el muy gilipollas, mejor si se hubiese callado, si ya le iba a perdonar la multa. Imbécil de tío. Hay gente que no sabe estar calladita y reconocer que cuando yo estoy yo soy el que tiene el poder.
Gabriel ve una chica mona en minifalda y la sigue como si nada durante un rato para mirarle las piernas e imaginarse el culo que tiene. De repente se acuerda de su Loli y se cabrea. Mira a su alrededor, hay que seguir la ronda, hay que seguir la labor de jodienda sin descanso. No puede haber gente sin problemas mientras él esté amargado. Tiene que amargar para poder alegrarse un poco.
Pone un par de multas a dos furgonetas de reparto sin dejarles apenas tiempo de descargar. Un par de buenas broncas ya le empiezan a relajar. Si sigue así va a llegar contento a la hora de comer, cuando buscará un bar barato cerca del barrio en el que se coma decentemente y donde hacerse el simpático para que le traten bien mientras siga en esta zona, porque donde Gabriel come quiere que le traten como a un señor, como a una persona importante, que lo es, aunque sus superiores no lo quieran ver, aunque su jefe no se canse de decirle que es la basura del cuerpo, que gente como él destrozan la imagen de la Policía, que esos tiempos ya pasaron, que ahora son los ciudadanos los que mandan. Y eso a Gabriel le toca las narices, porque, qué es eso de que mandan los ciudadanos si el que manda es él, que para algo lleva uniforme y representa a la ley. Su jefe está equivocado, no va a estarlo si es un mamón pelota de los políticos, que son los que están jodiendo todo con sus acuerdos y su hacerlo todo pensando en los votos. Putos votos. Eso sí que le jode a Gabriel, que un puñetero don nadie pueda votar igual que él, que es quien es, que es mucho más que muchos tirados de la calle, robaperas desgraciados sin un sitio donde caerse muertos.
Joder con la Loli, que esta vez va en serio eso de que no va a volver. Y eso le jode mucho a Gabriel, pues si no vuelve quedará como un imbécil delante de los vecinos y conocidos, que pensarán que su mujer tuvo más huevos que él y le dejo. A él, a Gabriel, el policía, el duro, el que más manda. Y ahora resulta que su mujer le manda a tomar por culo y se pira. Qué pensarán ahora de él los vecinos. Creerán que no tiene lo que hay que tener para que su mujer se quede donde tiene que estar, en casa, aguantándole y cuidándole, que para eso se casó y no para largarse cuando no le salen las cosas como ella quiere. Va. Que se joda Loli.
–A ver, Ud. ¿No ve que se ha saltado el Stop? Sáqueme los papeles.
Y el pobre hombre, nervioso, saca los papeles. No ha visto el Stop y no quiere discutir.
–Así se producen los accidentes, hombre. Hay que pensar en los demás y no ser tan egoísta. No me deja más remedio que multarle, hombre.

jueves, 25 de enero de 2018

Vidas cruzadas (3)

Las 8:00.
Hoy es el primer día de Gabriel en la comisaría del barrio. No le gusta nada este destino y además, como su mujer no quiso acompañarle a la ciudad, está bastante disgustado. Solo, en un barrio triste y feo, con un trabajo desagradable, y que además, para rematarlo, sabe que es para lo único que sirve.
Pide un café con leche y Paco se lo prepara y se lo sirve. Gabriel echa el azúcar, lo remueve y bebe un trago. Después se sienta en una mesa a leer el periódico, pero maldice su perra suerte cuando justo en el momento de comenzar a hojear las páginas de deportes, suena su teléfono y al meter la mano al bolsillo derrama el café sobre el diario manchándole las páginas de deportes, las únicas que le gustan, las únicas que lee, porque, para qué va a leer lo mal que va el mundo si lo ve todos los días en la calle, en la comisaria, en el mundo que tan bien conoce.
–¿Cómo que no vas a volver? ¿Cómo que te quedas con tu madre? Mira Loli, mira Loli, que llevas un mes fuera y ya me estoy acostumbrando a que no estés, eh, oyes, que si no vienes mejor, que ya me he hecho a vivir solo, y mira por dónde vivo mucho mejor que cuando estabas tú, que no me dejabas vivir, tanto “no llegues tarde cariño”, “no me haces caso cariño”, que ya valía hombre, que me tenías harto. Pero tú te vienes en cuanto lo diga yo, oyes, eh, Loli, que en mi casa mando yo y no se hable más, y no me vengas con eso de que deje de ser policía en casa, ¡eh!, que me tienes hasta allí, y mira que no me hagas hablar, que ahora no puedo, que si no, eh Loli, mira Loli, mira Loli, mañanas coges el autobús y te vuelves, que tu madre ya no está enferma, y si lo está, pues casi mejor, a ver si así me deja también en paz, que es peor que tú, mira Loli, mira Loli…
Gabriel se queda mudo cuando Loli le cuelga el teléfono, pero sigue hablando para que nadie se dé cuenta de que su mujer le ha dejado. Cómo lo iba a soportar, el que se enteren, digo, no el que le abandone. Gabriel sabe que Loli no va a volver esta vez. Ya se había ido otras veces, harta de sus malos modales. Pero él no cree que sea tan malo. Total, una hostia de vez en cuando, además sin dejarle marcas, que él sabe pegar, muchos años de oficio a las espaldas. La culpa es de su suegra, que le ha comido la cabeza. ¡Bah! Que se jodan las dos, que no son más que unas zorras. Para qué quiere vivir con una mujer, habiendo tantas por ahí donde escoger.
Gabriel termina el café, deja el periódico tirado en la mesa, sucio por las páginas de deportes, paga a Paco lo que éste le dice que vale, y sale a la calle, a patrullar, a descargar la mala hostia que lleva dentro, a joderle la vida a algún pobre desgraciado que se cruce con él esta mañana, o cualquier otra, que mucha diferencia no hay, dicho sea de paso.
Ya en la calle, Gabriel, al primer desgraciado que se encuentra es al viejo vagabundo dormido –¡Dios, pasar de todo a nada en tan poco tiempo, perra vida!–. Le pega una patada con muy mala leche y le ordena que se quite de allí, que está molestando a los buenos ciudadanos que tienen comercios y ganan dinero con el que pagar impuestos para que el ayuntamiento construya centros de acogida para vagabundos, que son unos desagradecidos por no usarlos y quitarse así de la vista de los demás, que bastante tienen con sus problemas como para encima tener que ver a la escoria del mundo, a los marginados, por sus calles, por sus tiendas.

viernes, 12 de enero de 2018

Vidas cruzadas (2)

Juan está a punto de llorar. Tiene que salir de allí, no puede dejar que Paco y los demás le vean así, a punto de derrumbarse. Hace como que lee el periódico, pero sus ojos no miran las páginas, ni los anuncios de empleo, ni nada. Tan sólo están dirigidos hacia el periódico, pero Juan no ve nada, nada le interesa, solamente quiere estar solo, solo con su pena, solo con su problema que no quisiera que fuese de nadie más, ni de Paco, ni de Sara, y menos de sus hijos. Juan piensa que no vale para nada. Qué va a hacer él sin trabajo, sin preparación, si sólo sirve para hacer chapuzas en un taller, y para eso hay mucha gente, muchos chavales dispuestos a hacerlo por cuatro duros y con más acomodo que él, que no tuvo estudios, que lo poco que sabe lo ha aprendido chapuceando, y no en una academia de formación profesional como los chicos de ahora, que encima no protestan, ni hacen huelgas, ni pertenecen a ningún sindicato. Cuando Antonio le despida, piensa Juan, se quedará sin trabajo para siempre, y cómo le va a querer Sara así, fracasado, sin futuro. Seguro que ella le abandonará y se llevará a los niños. Lógico. Cómo les va a mantener así, sin nada que ofrecerles, salvo su cariño, porque eso sí, él es cariñoso con ella y con los niños, sobre todo con los niños, sin los cuales no sabría vivir. Juan recuerda cuando nacieron los gemelos, tan pequeños, tan desvalidos, tan necesitados. Fue duro no dormir, pero ya no lo recuerda, los ha querido tanto que todo lo que le hicieron sufrir está ya olvidado. Lo que no está olvidado es lo de su trabajo. Ya quisiera olvidarlo, ya, pero...
Juan paga el desayuno y sale del bar de Paco. Le gustaría ir a casa, con los niños, pero, qué diría Sara si le ve llegar ahora, a la hora del trabajo. Cómo se lo explicará, cuándo se lo explicará, es difícil explicar a tu mujer que te van a despedir, que vas a ser pobre, más pobre de lo que ya eres, que no vales para nada, ni para trabajar ni para mantener a tu familia, que ya no eres nadie, pues en este mundo cabrón si no trabajas no eres nadie, si no tienes dinero, más bien, no eres nadie.
Juan piensa una vez más en el accidente de tráfico que vio la semana pasada, alguien que se estrelló contra el único árbol que había en una buena carretera. ¡El único árbol! El conductor perdió el control por causas desconocidas, decía el periódico. Pero Juan conoce las causas, las conoce de sobra. Un hombre solo, en una buena carretera solitaria, sólo piensa en su fracaso, en su mujer, en sus hijos, en sus compañeros, en sus excompañeros. Ve el árbol solitario, sabe que tiene un seguro de vida, un acelerón, un volantazo y todo se acaba. Así de fácil, así se soluciona, así se explica.
Pero no es tan fácil, piensa Juan. No vería más a sus hijos, ni a su mujer, y él sabe que es un buen padre, y los niños necesitan un buen padre, alguien que les enseñe que cuando a uno le despiden del trabajo debe pensar en sus hijos, y no en escapar del mundo, que del mundo no se escapa, que uno se enfrenta al mundo y lo capea como puede, haciendo lo que se debe hacer, lo que un padre debe hacer, agacharse y soportar, soportar que te echen, soportar que te humillen, soportar lo insoportable. Así debe ser un buen padre, anteponiendo sus hijos a él mismo, que él no es sino el soporte que sus hijos tienen para medrar, para llegar a la edad en la que se deban agachar y humillar por sus hijos, hasta que crezcan y se humillen a su vez.
Al salir casi se da de bruces con un policía que entra al bar mirando para otro lado y que ni le dirige una mirada de disculpa. Juan no tiene ganas ni tiempo para decir nada, se humilla una vez más y se va.
Adiós Juan. Suerte.

miércoles, 3 de enero de 2018

Los 52 Golpes: Vidas cruzadas (1)

No hay como tener una buena motivación para escribir con asiduidad. El año pasado me enteré del proyecto de relatos "Los 52 golpes", una página web en la que 52 escritores publican un texto (relato, poesía o lo que prefieran) a la semana durante las 52 semanas del año.
La idea está basada en una frase de Ray Bradbury en la que decía que si escribes un relato a la semana durante un año, es imposible que todos sean malos.Como vi que solicitaban candidatos para la edición de 2018, me apunté y me seleccionaron, lo que ya de por sí es todo un honor y una responsabilidad.
Así que, a partir de esta primera semana de 2018 iré publicando en "Los 52 golpes" mis 52 relatos, y también los iré subiendo a este blog.
Para empezar, y durante unas cuantas semanas, iré subiendo un relato titulado "Vidas cruzadas", en el que, durante un día entero, seguiremos la vida de dieciséis protagonistas.
Aquí va el primer capítulo:

VIDAS CRUZADAS (1)

Las 7:00.
Juan apaga el despertador, se da la vuelta e intenta dormir a la vez que procura que no sean más de cinco minutos. Otra noche que ha sido un duermevela. Poco dormir, muchas vueltas, algún vaso de agua. En fin, otra noche más sin descansar. Desde que se mete en la cama, sólo da vueltas en su cabeza una única idea, una idea aterradora, una idea paralizante, una idea agobiante, una idea terrible, una idea abrumadora, una idea ante la cual Juan sólo puede llorar. Está a punto de quedarse en paro. Su jefe le va a echar, y ¿qué va a hacer él sin trabajo y con tres hijos pequeños?
La noche ha sido más larga que una noche larga, más larga que una vida larga, más larga que la más larga noche entre las noches largas que puede pasar alguien que no puede dormir. Una noche en la que Juan ha tenido tiempo para pensar más de la cuenta, para pensar en el árbol de nuevo, para martirizarse, para desesperarse, para darse cuenta de que no tiene salida, de que la única salida es la única que no puede tomar, por su mujer y, sobre todo, por sus hijos, que le necesitan, aun sin trabajo le necesitan.
Más de cinco minutos han pasado en el reloj de la mesilla de Juan y éste sigue tumbado, inmóvil. Su mujer duerme todavía. Duerme en la ignorancia de lo que desborda la cabeza de Juan durante todas las horas del día desde hace unas semanas, largas semanas.
Por fin Juan se levanta. Un pie, otro pie y un día más a enfrentarse a un mundo sin piedad. Juan enciende el calentador. Una ducha le sentará bien para estimular un cuerpo machacado y deseoso de repararse. Juan odia levantarse así. Él era, había sido, un hombre activo y ágil. Pero estos días está apático y con el cuerpo amodorrado. El agua caliente le resbala por la nuca para seguir por la espalda, lentamente, suavemente, agradablemente, y es una sensación que le da placer, uno de los pocos placeres del día, tal vez el único, porque del otro, del que Sara y él compartían, ya ni se acuerda.
Pero el grato momento ya es añorable pasado tan sólo un segundo después de haber sido presente y Juan se está vistiendo sin apenas recuerdo de los breves segundos de deleite bajo la ducha. Su cuerpo está un poco más estimulado que antes. Algo es algo, por lo menos está despierto. Un poco más tarde, tras el café, estará un poquito mejor aún, listo para enfrentarse al mundo una vez más, un día más, o un día menos, según se mire.
Juan sale de casa. Sara sigue dormida. ¡Feliz ella! Sale del portal y dobla la esquina en dirección al bar de Paco, su amigo que le cuida todas las mañanas desde hace veinte años, que le cuida sin saber lo que le está pasando, que le cuida sin cuidar, pero cuidando, que es lo que importa al fin y al cabo, pues Juan en el bar de Paco se siente a gusto, y con eso basta. “Quién sabe -piensa Juan-, tal vez el mes que viene no pueda permitirme desayunar fuera de casa todas las mañanas”.
Junto a la puerta del bar, Juan casi pisa a un vagabundo dormido en un escaparate –¡que no sabe que hoy va a morir!– y entra en el bar sin hacerle caso, sin pensar (que bien pudiera hacerlo) que tal vez él sea el siguiente en dormir en la calle.
Paco al verle prepara la taza, el azucarillo y pone en marcha la cafetera. A Paco, Juan le parece hoy un hombre viejo, mucho más viejo de lo que sus cuarenta y tantos años le deberían hacer parecer. Juan da los “buenos días” sin mucha convicción. ¿Cómo alguien puede pensar que va a tener un buen día si no ha tenido una buena noche?
Tras el primer sorbo y el primer bocado del bollo, Juan empieza a recuperar, parece, los buenos modales y le dice a Paco que el café está muy bueno. Paco se alegra, aunque no dice nada, nunca dice nada, aunque Juan sabe que le gusta oírlo.
–¿Ha pasado ya Antonio? –pregunta Juan.
–No. Hoy no ha venido todavía.
–Vale. –Y Juan sigue con su café pensando dónde se habrá metido Antonio, su jefe, ese malnacido que le quiere tan mal, ése que le quiere echar, ése al que desea lo peor, ése al que ha dedicado tantas horas de su vida, ése al que ha hecho tantos favores, por el que se ha quedado horas y horas quitando tiempo al amor de su mujer y de sus hijos, a su salud y a sí mismo, y que ahora, por cuatro duros, es capaz de mandarle al paro y de arruinarle la vida.
–Me dijo Antonio que andáis con problemas en el taller –dice un Paco deseoso de saber qué le preocupa a su amigo.
–¿Cómo que andamos? –Juan levanta la cabeza mirando a Paco a los ojos sin pestañear–. Más bien será que ando, pues él no creo que los tenga, por algo es el jefe. El muy cabrón me quiere echar, después de tantos años, y ahora que Sara quiere que cambiemos de casa.
–No creo que te haga eso, hombre. Además, si te echa, seguro que encuentras algo mejor antes de que se te acabe el paro, no te preocupes hombre.
Hombre. Juan ya no sabe si es hombre o si lo fue alguna vez. A un hombre no se le trata así. Juan coge el periódico y lo abre por la página de ofertas de trabajo. Paco le mira, y no dice nada más. Lo ha visto tantas veces con otros clientes, con otros amigos. Antes era peor. Todas las semanas algún amigo se quedaba en la calle. Últimamente es más raro, pero no por ello se siente uno mejor al verlo. Piensa que hizo bien al poner un bar, por lo menos si algún día le va mal no tendrá que echar a nadie, sólo se hundirá él mismo, como un navegante solitario al que le zozobra la nave y que se va al fondo. Se hunde pero no arrastra a nadie consigo.
Juan mira el periódico, pero no lee ni una sola palabra. Sólo piensa en dónde coño se habrá metido Antonio. ¿Y si está tramitando el despido? Juan se echa a temblar. No, esa semana no, que espere un poco más. Es el cumpleaños de los gemelos y quiere disfrutarlo como Dios manda. Será cabrón el Antonio. Seguro que lo está haciendo. Por eso ayer estaba tan raro. Apenas le habló en todo el día, y cuando Antonio no habla, malo. Y lo poco que le dijo fue algo sobre cómo estaba Sara, y cuando Antonio le pregunta por Sara, peor.

jueves, 2 de noviembre de 2017

40. QUE ESTO NO TERMINE NUNCA

Este próximo domingo se corre una nueva edición del Maratón de Nueva York, que es el escenario de mi novela "42,2 Muerte en Central Park".
Os dejo aquí uno de los primeros capítulos, el correspondiente al km 40 de la carrera (los capítulos de la novela están numerados al revés comenzando por el 42,2).
Un Blody Mary en el hotel La Quinta Inn Manhattan.

40. Que esto no termine nunca
Cruzando Central Park, bajo el manto amarillento de las hojas de los árboles a los que el otoño ha adornado para nosotros, a todos los que corremos hoy aquí se nos ponen los pelos de punta. Ves que terminas algo por lo que te has sacrificado mucho tiempo y ves a la gente del público gritando como loca, gritándote a ti. Porque, si bien es cierto que solo eres uno más de las decenas de miles de personas que corren el maratón, no puedes evitar sentirte protagonista único de algo muy grande. La gente te anima a ti, por tu nombre si lo llevas en la camiseta, o por tu país, si llevas tu bandera, o por el color de tu gorro, por lo que sea, pero te identifican como una persona que está a punto de terminar el maratón de su vida y no como uno de tantos locos que corren por la ciudad.
Sentirte aquí es algo maravilloso y, pese a todos los dolores de piernas que puedas llevar, pese al cansancio, pese a lo que sea, te gustaría que esto no acabara nunca, que pudieras seguir corriendo dando vueltas y vueltas a Central Park mientras todo Nueva York te anima. Si este momento no es la felicidad absoluta no le anda muy lejos.
Aquí, a la altura del kilómetro 40 de la carrera, un hito importante en un maratón, en pleno Central Park, donde nació esta carrera en 1970, dejé la medalla del año pasado, una medalla con la que tanto había soñado y que cuando la recibí como recuerdo solo pensé que para qué coño quería yo una medalla de un maratón que no había corrido. No. Esa medalla no me valía para nada, así que ahí, junto al kilómetro 40, la escondí entre unas rocas y un árbol. No sé si seguirá allí, o si la policía la encontró, o si hoy en día hay un niño que juega con ella. El caso es que yo, tras haberla deseado tanto, ya no la quería, sencillamente por tu culpa.
La de hoy sí que vale y la guardaré como si fuese la medalla de oro que se lleva el ganador del maratón en las olimpiadas. Si me apuras igual hasta tiene más valor para mí, para un corredor popular, que también nos sacrificamos mucho por terminar los maratones.
Te voy a comentar algo de mi fuga después del momento, el único momento, en el que interactuamos juntos tú y yo.
Tras el disparo esperé quieto un rato junto al árbol en el que me escondí para dispararte. No vi ni oí a nadie acercarse al lugar, por lo que deduje que nadie había oído el tiro, o si lo habían oído no les llamó la atención o no quisieron meterse en líos. Nueva York es una ciudad ruidosa y un disparo no llama mucho la atención.
Así que, cuando vi que nadie acudía corriendo a ver qué había pasado ni que ninguna sirena anunciaba la llegada de algún coche patrulla, salí tranquilamente de detrás del árbol, me acerqué un poco a ver si estabas muerto, que lo estabas, y a paso ligero pero sin correr para no llamar la atención fui desandando los últimos metros del recorrido del maratón hasta la entrada del metro de Columbus Circle.
No había mucha gente. Validé mi Metro Card y me senté tranquilamente en el andén hasta que llegó mi tren. Al poco me bajé en Penn Station y paseando tranquilamente fui en dirección a mi hotel, como te he dicho antes. Cené algo ligero en Speedys, en la esquina de la 32 con Broadway, y saboreé un café espresso. Es de los pocos sitios de la zona donde no está tan mal el espresso, en un país que casi nunca tiene un buen café.
Después subí a mi habitación en el hotel La Quinta Inn Manhattan, me lavé, guardé la pistola entre mi ropa y subí a la terraza a tomar algo. Me sentía bien y me apetecía.
Disfruté como nunca tomando un par de Bloody Marys. Hacía frío, pero como aún no había comenzado a llover me senté fuera en una mesa de la terraza, gozando de la bebida y admirando el Empire State Building. Recuerdo que estaba iluminado de rojo, ya que el color hizo que pensara en tu cabeza llena de sangre apoyada inerte contra el asfalto de Central Park. Saboreé aún más el trago del segundo Bloody Mary que me estaba bebiendo y el color del zumo de tomate tomó un nuevo matiz al quedar iluminado mientras la copa se iba elevando hacia el Empire State. ¡Qué bonito estaba todo así de rojo! Fue un brindis magnífico por ti y por mí.
Estaba seguro de que nadie me había visto y de que nadie tenía ningún motivo para relacionarme contigo. Mi única relación y mi único motivo para matarte era algo que compartíamos casi cincuenta mil personas de todo el mundo, así que hasta ahora no era sospechoso de tu muerte.
Por lo tanto, mis únicos pasos a dar eran los que cualquier turista como yo daría, y eso iba a hacer: seguir con mi programa de turismo por Nueva York y por parte del país.
Terminé el Bloody Mary y bajé a dormir. Y dormí muy bien.