lunes, 19 de junio de 2017

Mi novela "42,2 Muerte en Central Park" gratis esta semana

Hoy en el blog "Lectora de tot" han publicado una entrevista que me hicieron en relación a mi novela del Maratón de NY "42,2 Muerte en Central Park".
Podéis leer la entrevista aquí.
Con este motivo, durante esta semana, del 19 al 23 de junio, os podréis descargar gratis mi novela para ebook en Amazon desde este enlace.
Espero que aprovechéis la ocasión si aún no habéis tenido la oportunidad de leer la novela. Lo único que os pido es que si la leéis después la valoréis en Amazon.

sábado, 10 de junio de 2017

La ronda

Hoy es el primer día de Gabriel en la comisaría del barrio. No le gusta nada este destino y además, como su mujer no quiso acompañarle a la ciudad, está bastante disgustado. Solo, en un barrio triste y feo, con un trabajo desagradable, que además, para rematarlo, sabe que es para lo único que sirve.
Entra a un bar y pide un café con leche. Gabriel bebe un trago y después se sienta en una mesa a leer el periódico, pero maldice su perra suerte cuando justo en el momento de comenzar a hojear las páginas de deportes, suena su teléfono y al meter la mano al bolsillo derrama el café sobre el diario, justo manchándole las páginas de deportes, las únicas que le gustan, las únicas que lee, porque, para qué va a leer lo mal que va el mundo si lo ve todos los días en la calle, en la comisaria, en el mundo que tan bien conoce.
-¿Cómo que no vas a volver? ¿Cómo que te quedas con tu madre? Mira Loli, mira Loli, que llevas un mes fuera y ya me estoy acostumbrando a que no estés, eh, escuchas, que si no vienes mejor, que ya me he hecho a vivir solo, y mira por dónde vivo mucho mejor que cuando estabas tú, que no me dejabas vivir, tanto “no llegues tarde cariño”, “no me haces caso cariño”, que ya valía hombre, que me tenías harto. Pero tú te vienes en cuanto lo diga yo, escuchas, eh, Loli, que en mi casa mando yo y no se hable más, y no me vengas con eso de que deje de ser poli en casa, ¡eh!, que me tienes hasta allí, y mira que no me hagas hablar, que ahora no puedo, que si no, eh Loli, mira Loli, mira Loli, mañanas coges el autobús y te vuelves, que tu madre ya no está enferma, y si lo está, pues casi mejor, a ver si así me deja también en paz, que es peor que tú, mira Loli, mira Loli.
Gabriel se queda mudo cuando Loli le cuelga el teléfono, pero sigue hablando para que nadie se de cuenta de que su mujer le ha dejado. Cómo lo iba a soportar, el que se enteren, digo, no el que le abandone. Gabriel sabe que Loli no va a volver esta vez. Ya se había ido otras veces, harta de sus malos modales. Pero él no cree que sea tan malo. Total, una hostia de vez en cuando, además sin dejarle marcas, que él sabe pegar, muchos años de oficio a las espaldas. La culpa es de su suegra, que le ha comido la cabeza. ¡Bah! Que se jodan las dos, que no son más que unas zorras. Para qué quiere vivir con una mujer, habiendo tantas por ahí donde escoger.
Gabriel termina el café, deja el periódico tirado en la mesa, sucio por las páginas de deportes, paga a Paco lo que éste le dice que vale, y sale a la calle, a patrullar, a descargar la mala hostia que lleva dentro, a joderle la vida a algún pobre desgraciado que se cruce con él esta mañana, o cualquier otra, que mucha diferencia no hay, dicho sea de paso.
Ya en la calle, Gabriel al primer desgraciado que se encuentra es al viejo vagabundo dormido -¡Dios, pasar de todo a nada en tan poco tiempo, perra vida!-. Le pega una patada con muy mala leche y le ordena que se quite de allí, que está molestando a los buenos ciudadanos que tienen comercios y ganan dinero con el que pagar impuestos para que el ayuntamiento construya centros de acogida para vagabundos, que son unos desagradecidos por no usarlos y quitarse así de la vista de los demás, que bastante tienen con sus problemas como para encima tener que ver a la escoria del mundo, a los marginados, por sus calles, por sus tiendas.
Gabriel ya se siente mejor, ya está entrando en calor. La Loli no le va a amargar la vida, ya se encargará él de amargársela más a muchos otros para compensar. Total, todo el mundo se lo merece, pues todos hacen putadas a quienes pueden, y a quienes no pueden, pues no se las hacen por eso, porque no pueden, que si no... Pero Gabriel tiene suerte, porque puede hacer putadas a muchos, y lo más importante, a muchos que son más importantes que él, a gente grande, gente con buenos coches, con buenos trajes, pero que en cuanto se ponen a tiro de Gabriel ya se encarga él de bajarles de nivel. Una buena multa, o mejor, una buena bronca en mitad de la calle, que eso le pone más.
-A ver, Ud., que no se puede hablar por teléfono mientras conduce, ¿es que no lo sabe?
-Pero, agente, si llevo cinco minutos parado desde que me han llamado.
-Ya, pero Ud. está detenido, no estacionado, y si sigue en esa actitud me veré obligado a multarle.
-Venga, Luis, te llamo luego que me he tropezado con un gilipollas.
-¿Qué ha dicho Ud.?
-Nada que le importe, hablaba con un amigo.
-Pues mire por donde que hablar mientras se conduce es una actitud sancionable. Sáqueme los papeles.
-Pero si yo no conducía.
Ya está, piensa Gabriel, otro a tomar por culo. Qué se creía, que por conducir un bemeuve no me lo iba a cepillar. Anda y no me llama gilipollas el muy gilipollas, mejor si se hubiese callado, si ya le iba a perdonar la multa. Imbécil de tío. Hay gente que no sabe estar callada y reconocer que cuando yo estoy yo soy el que tiene el poder.
Gabriel ve una chica mona en minifalda y la sigue como si nada durante un rato para mirarle las piernas e imaginarse el culo que tiene. De repente se acuerda de su Loli y se cabrea. Mira a su alrededor, hay que seguir la ronda. Hay que seguir la labor de jodienda sin descanso. No puede haber gente sin problemas mientras él está amargado. Tiene que amargar para poder alegrarse un poco.
Pone un par de multas a dos furgonetas de reparto sin dejarles apenas tiempo de descargar. Un par de buenas broncas ya le empiezan a relajar. Si sigue así va a llegar contento a la hora de comer, cuando buscará un bar barato cerca del barrio en el que se coma decentemente y donde hacerse el simpático para que le traten bien mientras siga en esta zona, porque donde Gabriel come quiere que le traten como a un señor, como a una persona importante, que lo es, aunque sus superiores no lo quieran ver, aunque su jefe no se canse de decirle que es la basura del cuerpo, que gente como él destrozan la imagen de la Policía, que esos tiempos ya pasaron, que ahora son los ciudadanos los que mandan. Y eso a Gabriel le toca las narices, porque qué es eso de que mandan los ciudadanos si el que manda es él, que para algo lleva uniforme y representa a la ley. Su jefe está equivocado, no va a estarlo si es un mamón pelota de los políticos, que son los que están jodiendo todo con sus acuerdos y su hacerlo todo pensando en los votos. Putos votos. Eso sí que le jode a Gabriel, que un puñetero don nadie puede votar igual que él, que es quien es, que es mucho más que muchos tirados de la calle, robaperas desgraciados sin un sitio donde caerse muertos.
Joder con la Loli, que esta vez va en serio eso de que no va a volver. Y eso le jode mucho a Gabriel, pues si no vuelve quedará como un imbécil delante de los vecinos y conocidos, que pensarán que su mujer tuvo más huevos que él y le dejo. A él, a Gabriel, el policía, el duro, el que más manda. Y ahora resulta que su mujer le manda a tomar por culo y se pira. Qué pensarán ahora de él los vecinos. Creerán que no tiene lo que hay que tener para que su mujer se quede donde tiene que estar, en casa, aguantándole y cuidándole, que para eso se casó y no para pirarse cuando no le salen las cosas como ella quiere. Va. Que se joda Loli.
-A ver, Ud. ¿No ve que se ha saltado el Stop? Sáqueme los papeles.
Y el pobre hombre, nervioso, saca los papeles. No ha visto el Stop y no quiere discutir.
-Así se producen los accidentes, hombre. Hay que pensar en los demás y no ser tan egoísta. No me deja más remedio que multarle, hombre.

sábado, 13 de mayo de 2017

El faro del Cabo Bon

Subo otro ejercicio que he escrito para el taller de ficción literaria en el que estoy participando. En este caso se trataba de escribir un relato de ficción basándonos en alguna anécdota curiosa que nos haya ocurrido alguna vez.
La anécdota en la que me he inspirado me ocurrió navegando en el petrolero "Muñatones" hacia Libia, cuando se apagó la luz del faro del Cabo Bon, en Túnez, en plena noche mientras pasábamos por sus inmediaciones. Algo curioso.


El faro del Cabo Bon

–Ven. Siéntate a mi lado e invítame a un trago chaval –me dijo aquel viejo arrugado desde un rincón de la vieja taberna a la que acababa de entrar.
Yo acababa de llegar al puerto y solo buscaba un barco que necesitara un marinero. Ya hacía un par de meses desde que había abandonado la goleta del capitán Enbil, ese viejo vasco amargado. Buen marino, pero triste y solitario con el que los días a bordo parecían durar semanas, las semanas meses y los meses años. Me alegré cuando por fin pude desembarcar, pero ahora debía buscar un nuevo barco porque mi paga tocaba a su fin.
El puerto de Plymouth era ideal para mis planes. A la entrada del Canal de La Mancha, era un puerto muy concurrido por todo tipo de barcos que se pertrechaban en él antes de lanzarse a cruzar al Atlántico hacia los puertos americanos o hacia la ruta de las Indias Orientales. Rápidas goletas, viejas bricbarcas de tres palos, grandes fragatas de la Armada,… Todo tipo de barcos se apretaban en los muelles y en el fondeadero en una actividad frenética de carga y descarga de todo tipo de mercancías.
Yo estaba seguro de que alguien como yo, joven, fuerte y con experiencia de marinero y ágil en los mástiles con las velas, no tardaría en encontrar trabajo. Por eso, nada más llegar al pueblo me había dirigido al puerto y me había sentado en esa pequeña taberna para comer algo antes de buscar una pensión barata para los siguientes días.
–Venga chaval –insistió el viejo–, si me invitas a un trago te contaré una bonita historia.
En fin. Yo no tenía nada que hacer mientras esperaba a que me sirvieran la comida. Miré al viejo y vi en su rostro y en su mirada la vida de muchos años pasados en la mar. Así que, cogí mi silla y me acerqué a su mesa.
–Así me gusta, ahora pide unas cervezas, amigo –me dijo sonriendo con una boca desdentada y sucia.
Sus manos empezaron a moverse impacientes cuando la hija de la tabernera, una joven rolliza y de rostro sonrojado, depositó dos buenas jarras de cerveza en la mesa. El viejo, que hasta entonces se había movido con torpeza, se mostró ágil para asir con una mano una jarra, que se llevó a la boca y que despachó en un trago largo e impaciente, y con la otra acercó la segunda jarra al borde de la mesa que tenía más cerca. Yo, sorprendido por la rápida jugada del viejo, busqué con la mirada a la contundente camarera y le pedí, casi supliqué, otra cerveza para mí.
–Los puertos de todo el mundo –comenzó a hablar tras saciar su sed– están llenos de marineros borrachos que solo saben contar historias inventadas que se repiten igual en Inglaterra, en Hong Kong o en San Francisco. ¿No crees?
Asentí sin soltar mi cerveza.
–Yo he navegado desde que tenía trece años por todo el mundo –prosiguió–. Habré cruzado decenas de veces el Cabo de Hornos y he dado varias vueltas al mundo bajo el mando de los mejores capitanes ingleses que hayan existido. Y siempre, aquí, en China o en el Mar de la Plata he oído las mismas historias, las mismas leyendas contadas por marineros que siempre dicen que les han pasado a ellos. Mentira. No son más que fantasías inventadas por hombres borrachos deseosos de hablar con cualquiera que no sean sus compañeros a los que están hartos de ver tras meses y meses de convivencia en un cuchitril dentro de un barco maloliente.
–¿Sabes qué? –me dijo–. Yo conozco una historia que sí que es cierta. Una historia terrible. ¿No tendrás miedo de escucharla, no?
Le dije que no, que tenía ganas de oírle contar esa historia. La verdad es que el viejo me estaba entreteniendo, así que, por mí adelante. Ya podía hablar todo lo que quisiera y lo que la cerveza le dejara.
–Supongo que te resultarán conocidas esas viejas historias de gentes de costa, rapiñadores de náufragos que apagan la luz de los faros de los lugares más peligrosos de las rutas marítimas y que encendiendo grandes fuegos confunden a los navíos para que naufraguen y poder así robar sus mercancías.
La verdad es que ya había oído hablar de esas historias. Por supuesto, nadie me había confesado que en su pueblo lo hicieran, pero está claro que esos casos se daban. Atraían en las noches de tormenta a los barcos con luces falsas y luego mataban a la tripulación y robaban las mercancías. Me imaginé que el viejo me contaría algún caso que él había vivido.
–No sé si conoces el cabo Bon. Si has viajado por el pequeño Mar Mediterráneo habrás pasado cerca más de una vez. Es un cabo que remata una pedregosa península solitaria con altos acantilados en los que hay un viejo faro tenebroso. Pues bien. Esta historia me la contó en persona el mismísimo capitán Fokke, el holandés errante. Si no has oído hablar de él es que no eres un marino de verdad. Yo navegué con Fokke muchos años. Un gran marino, un buen capitán y nada dado a mentir. Así que, si él me lo contó así, es que así sucedió.
>>Esto ocurrió hace unos cincuenta años. Una naviera de Londres, la White Line Shipping Company, había establecido una ruta entre Londres y El Cairo. Ya se había decidido la construcción del Canal de Suez y una línea regular entre Inglaterra y Egipto iba a ser un buen negocio.
>>Durante el primer año todo marchaba bien. Los barcos iban y venían sin novedad y las mercancías viajaban seguras en sus bodegas. Pero después, uno de los barcos desapareció mientras se dirigía a El Cairo. Fue visto por última vez en Gibraltar, donde había hecho una breve escala para dejar a un par de pasajeros. Por supuesto fue una gran pérdida para la compañía, y sobre todo para las familias de los desaparecidos. Pero el riesgo marítimo en cualquier viaje está siempre presente y los demás buques de la naviera siguieron haciendo la ruta.
>>Un mes después, otro de los barcos desapareció mientras volvía a Inglaterra. La misma historia. Lo habían visto cerca de Malta, rumbo a Gibraltar. Los dueños de la empresa no se limitaron a maldecir su mala suerte. Decidieron investigar. Dos de sus buques se habían perdido entre Gibraltar y Malta. En algún sitio tenían que estar sus restos. Así que en el siguiente barco que zarpó de Londres embarcaron dos inspectores de la naviera. Su misión era explorar las costas del norte de África en busca de restos de los naufragios mientras viajaban a Egipto.
>>Durante varios días el barco fue costeando Argelia y luego Túnez sin encontrar ningún rastro de naufragio alguno. Por fin, cuando se acercaban al Cabo Bon, en plena noche, el capitán del buque llamó a gritos a los inspectores.
–Miren allí –les gritó señalando a la oscuridad en dirección a la costa–. Hace un momento teníamos a la vista la luz del faro de Cabo Bon, y ahora no hay nada, se ha apagado.
>>Al perder la orientación que la luz del faro les brindaba, poco a poco el buque fue derivando hacia tierra empujado por las traidoras corrientes de la zona sin que nadie a bordo pudiera percatarse a tiempo. Y mientras el capitán y sus oficiales miraban hacia la negrura tratando de situarse y de dirigir su nave hacia aguas libres y abiertas, una potente luz surgió de la nada en el horizonte.
–¡Allí! –gritó uno de los inspectores–. Ha vuelto la luz del faro.
>>Pero ya era tarde. Lo único que vieron es que la luz del faro iluminaba las rocas a las que se dirigían y no tuvieron tiempo de cambiar de rumbo. El barco se estrelló contra los bajos que rodean al Cabo Bon y allí encontró su final otro navío de la White Line Shipping Company.
>>Solo hubo un superviviente. Uno de los inspectores, el Sr. Davies, logró asirse a un barril y salió vivo de entre las olas y las rocas. Por fin llegó a una playa donde pudo recuperar el aire.
>>Al amanecer, el Sr. Davies se despertó magullado. Vio los restos del naufragio y algunos cuerpos. Caminó por la playa en busca de más supervivientes, pero no encontró a nadie vivo. Después, en una zona de rocas descubrió algunos restos del primer buque de la compañía desaparecido. Ahora sabía lo que había pasado con sus barcos. El Sr. Davies recordó las historias de los buitres del mar, de los rapiñadores de naufragios provocados, y supuso que éste era uno de esos casos.
>>Pero algo no encajaba en esa explicación, ya que las mercancías de los barcos naufragados aún se encontraban desperdigadas por la zona, y nadie había acudido a robar nada. Si fuesen ladrones de barcos ya habían tenido tiempo de acudir a por su botín, y él estaría seguramente muerto a manos de uno de esos facinerosos. Davies vio a lo lejos la torre del faro del Cabo Bon en lo alto de un acantilado, y decidió acercarse para ver si el farero sabía lo que había podido pasar. Cuando llegó al faro, comprobó que nadie vivía allí desde hacía tiempo. No había ningún resto de actividad humana en la casa del farero.
>>Al anochecer, la luz del faro se encendió sola. Davies no daba crédito a lo que veía. En todos los faros del mundo la luz era encendida por un farero. Era imposible que la lámpara se encendiera sola, así que Davies subió hasta la sala donde se encontraba la lámpara del faro. Al llegar arriba Davies vio que la estructura de vidrio de las lentes de Fresnel giraba con normalidad, pero lo que dejó atónito a Davies fue el comprobar que la luz del faro estaba encendida aunque no había una sola gota del aceite de combustible. Y después, para mayor sorpresa aún de Davies, el faro se apagó.
>>Davies miró hacia el horizonte y vio las tenues luces de un barco que navegaba por la zona. Mientras lo miraba comprobó que, al apagarse la señal salvadora del faro, el buque cambiaba de rumbo hacia el mismo destino que los otros navíos. Intentó por todos los medios encender la luz del faro a tiempo, pero no pudo. Y de repente, ante la incredulidad del Sr. Davies, la luz del faro se encendió cuando ya era demasiado tarde para los pobres tripulantes del pequeño barco.
>>Davies fue rescatado un día después por un pesquero y regresó a Inglaterra, donde a duras penas pudo explicar su historia.
–Fue el faro, el faro asesino –me dijo el viejo mientras agitaba su jarra indicándome que necesitaba otra cerveza.

sábado, 8 de abril de 2017

Giselle

Ah, Giselle, mi Giselle, mi dulce y sensual Giselle. Ahora, en estas noches solitarias sin más compañía en mi velero que el susurro de las olas y el lento flamear de las velas, aún siento tu cuerpo junto al mío en la cubierta en aquellos días de pasión. Mis manos anhelan acariciar una vez más tu piel, sentir tus generosos pechos, pellizcar tus prietas nalgas. Ah, aquellas caricias, que de la más pura muestra de cariño transformábanse raudas y agitadas en lujuria sin freno sobre nuestros cuerpos. ¡Quién pudiera volver a aquellos días! ¡Quién fuera el afortunado de vivir de nuevo en tu isla!

Recuerdo muy bien el día que llegué a tus costas. En la arribada me había cruzado con otro barco también tripulado por un solitario navegante. Un barco que se alejaba de tu isla. No me fijé entonces apenas en las lágrimas que asomaban en los ojos de aquel marino. Ahora las comprendo muy bien.
Fondeé en la pequeña bahía que protegía a los barcos de la furia de la mar, y poco después, al pisar la playa por primera vez te vi. Eras tan hermosa, allí, tumbada sobre la arena blanca, que no pude mirar a ningún otro sitio. Solo tú llenabas mis ojos, incluso desde la lejanía. Hipnotizado por tu cuerpo y arrastrado por el deseo de ver de nuevo a una mujer después de tantos días de solitaria navegación por el océano, me acerqué hacia ti. Recuerdo cómo te giraste y me sonreíste. Luego me senté junto a ti y así estuvimos un tiempo sin hablar, solo mirándonos.
Por fin junté valor y me presenté. Tú me dijiste tu nombre y yo me enamoré. No había otra cosa que pudiera haber hecho en esas circunstancias. Tardé varios días en comprender que estabas sola en tu isla, y cuando te pregunté por qué, tú solo me dijiste que estabas tratando de encontrarte a ti misma. Yo no dije nada, pero deseé que te encontraras, y deseé que lo hicieras conmigo.
Durante las semanas que me dejaste compartir tu vida en tu isla pensé que yo también había encontrado por fin un lugar donde dejar de tener que navegar de aquí para allá. Tal vez, sin yo saberlo, mi destino también era el de encontrarme a mí mismo, pero habiéndote encontrado a ti eso no me preocupaba en absoluto.
Los días transcurrían sin preocupaciones. El sol brillaba en el cielo y nuestra vida era tan sencilla que el mundo había desparecido para nosotros. Teníamos todo lo que necesitábamos, y nuestra única preocupación era gozar de la vida, gozar de nuestros cuerpos, del sexo y del amor.
–¿Crees que ya te has encontrado? –me atreví a preguntarte un día.
Tú me miraste antes de contestar.
–Tal vez sí –dijiste mirando al horizonte.
–¿Y en qué lugar estoy yo en tu vida? –pregunté no sin temor a la respuesta.
No respondiste de inmediato. Seguiste un buen rato mirando al horizonte, como si estuvieras pensando en la respuesta, o como si estuvieras eligiendo las palabras exactas con las que contestarme sin herirme.
–Creo que tú me has ayudado a saber realmente qué quiero y quién soy –dijiste al fin–. Todos los hombres que habéis pasado por esta isla me habéis ayudado en cierto modo.
–¿Pero? –añadí, mirándote a los ojos sabiendo que había algo que no me iba a gustar saber.
–Pero creo que aún me falta algo más de tiempo para conocerme, me falta una experiencia más.
Al día siguiente preparé el barco y me hice a la mar una vez más sin rumbo. Mientras me alejaba de la isla otro velero llegaba con otro navegante solitario. Al cruzarnos me miró. Él me vio llorar y yo le deseé suerte.

jueves, 30 de marzo de 2017

El faro del fin del mundo

Había salido de mi casa varios años atrás, huyendo de los hombres, de la sociedad. Atravesé montañas y valles, selvas y desiertos. Encontré muchas formas de soledad. Pero ninguna era suficiente. Siempre alguien me encontraba, y entonces debía seguir huyendo. Siempre escapando, sin poder permanecer en un mismo lugar más de unos pocos meses.
Y ahora parecía que no iba a poder seguir. Rodeado de un paisaje de rocas áridas, y golpeado por un viento atroz e incansable, un inmenso mar oscuro se abría ante mí. Solo un faro se erguía alto, imponente, estremecedor, poderoso. Un faro que señalaba que incluso hasta allí llegaba la civilización. Era el fin, me dije. Y me detuve ante él.

Poco después salió un anciano del faro.
–¿Eres el farero? –pregunté.
–¿Acaso crees que algún otro podría vivir aquí, tan alejado de todo, en el fin del mundo? –me contestó–. Sí, soy el farero. El farero del faro del fin del mundo. No hay nada más allá de este lugar. Es el lugar más distanciado de la gente. Aquí solo estoy yo. Nadie se acerca, está demasiado lejos de todo.
Así que había llegado al fin del mundo. Mi viaje se había terminado. Ya no podría huir a ningún lugar más apartado.
Construí una pequeña cabaña junto al faro y me instalé allí. El farero no me dijo nada.
Las semanas siguientes pude comprobar que no había, en verdad, ningún lugar más apartado de todo, ya que salvo el farero, que no salía nunca de su torre iluminada, nadie se acercaba nunca a ese lugar. Solo el paso esporádico de algún pequeño barco por la costa nos hacía saber que la sociedad aún existía más allá de las rocas en las que vivíamos el farero y yo.
Pero yo estaba inquieto.
Sí. Era el lugar más lejano a todo cuanto existía, pero igual que yo había llegado hasta allí, tal vez alguien llegaría cualquier otro día. Y esa idea me inquietaba. Yo quería estar solo, solo para siempre.
Así que empecé a pensar.
–Tal vez haya algo más allá– me dije mientras miraba al horizonte del océano–. Tal vez pueda construir una embarcación y seguir mi viaje siempre en la misma dirección.
Pasaban los días y no podía quitarme esa idea de la cabeza. Incluso me atreví a llamar al farero para preguntarle si él sabía si más allá del mar habría otro mundo, un mundo sin gente, un mundo en paz, solo para mí.
–Ya te dije que éste es el faro del fin del mundo. No hay nada más allá de estas rocas– se limitó a contestarme y volvió a encerrarse en el faro.
No sabía qué hacer. Tal vez el farero tenía razón y era inútil navegar alejándome del mundo, pues solo me esperaba la muerte en el viaje hacia la nada. Pero por otro lado no podía alejar de mí la idea de que más gente llegara hasta el faro, invadiendo con su presencia el último reducto que me quedaba.
Finalmente me decidí. Construí un pequeño bote, recogí todo lo que pensaba que me sería útil para el largo viaje, y me preparé para marchar. Pensé en despedirme del farero, pero él estaba en su mundo y yo en el mío. Además, me vería marchar desde su torre. Para qué molestarnos el uno al otro.
Dormí por última vez en mi cabaña y al alba me eché a la mar. Desplegué la vela que me había confeccionado y me dejé llevar por el viento. Miré hacia atrás y vi cómo empequeñecía el faro más y más, hasta que dejé de verlo, hasta que dejé de ver el mundo.
Unos días después vi a lo lejos una vela. Una pequeña embarcación venía hacia mí en dirección contraria. “¿De dónde vendrá?”, pensé.
Mientras se acercaba vi que llevaba solo un tripulante, un hombre mayor de larga barba. Cuando ya estaba a mi lado el hombre me gritó.
–¿De dónde vienes? –me dijo.
–Vengo de un mundo horrible, donde la gente se odia y se mata, donde no hay paz –le grité–. Quiero huir de la sociedad maldita que he dejado allí atrás, en mi mundo y voy en busca de un lugar donde no viva nadie, donde pueda vivir solo. ¿Y tú de dónde vienes?
Se quedó un rato en silencio, como contrariado de mi respuesta.
–Yo también me alejo de la gente que he dejado allí –dijo mientras señalaba a su espalda, a la dirección a la que yo me dirigía.

domingo, 5 de marzo de 2017

Don Benigno

Benigno Buendía era un hombre bueno. La bondad residía en él como la maldad habita en otras muchas personas. Cuando nació sólo lloró lo necesario. Y no es que tuviese alguna debilidad, no. Lo hizo por no molestar. Ya desde sus primeros años de infancia se caracterizó por sus buenos actos hacia los demás. Un día, por ejemplo, al ser enviado por su madre a comprar el pan, el panadero le entregó unas monedas de más en las vueltas. Benigno se dio cuenta al llegar a casa y con las mismas se volvió a calzar los zapatos y regresó a la panadería para asombro del panadero, quien decidió no cogerle el dinero al chaval, como premio a su honradez. Benigno era tan bueno que ni siquiera comprendió por qué le pagaban por hacer lo que él pensaba que hacía todo el mundo.
Ya en el instituto siempre ayudaba a sus compañeros cuando se lo pedían, y los profesores lo tenían como un alumno excelente. No es que sacara las mejores notas de su clase, pero nunca se metía en líos y se le podía pedir cualquier favor a sabiendas que haría lo imposible por hacerlo. Nunca copiaba en los exámenes, pero si algún compañero se lo rogaba, no dudaba en chivarle lo necesario.
Cuando llegaba el día de la cuestación a favor de tal o cual buena causa, Benigno colaboraba con parte de su asignación semanal. Una vez que le pusieron una banderita en el pecho y no tenía dinero en el bolsillo, le dijo a la mujer que esperara y fue a casa para volver enseguida con algo para darle.
Al terminar la carrera de Derecho, don Benigno, como ya le conocían en su barrio, montó un pequeño bufete desde el que hacía muchos favores a sus vecinos más necesitados.
-Don Benigno ayude Ud. a mi hijo –le decía una pobre mujer- que se ha metido en un lío con un negocio.
-No se preocupe, Doña Aurora, déjelo en mis manos y todo se arreglará –contestaba Benigno, que no sabía decir que no.
-Pero no puedo pagarle –replicaba la buena mujer, medio sollozando.
-Tranquila, tranquila, de eso no debe preocuparse. Ya me pagarán cuando puedan.
-Es Ud. un santo, don Benigno –terminaban diciéndole todos.
De esta forma, muchas veces trabajaba Benigno por altruismo.
-No puedes seguir así toda la vida –le decía su madre-. Tú también necesitas dinero para poder casarte.
-No se preocupe, madre –contestaba él. -Más se consigue con la conciencia tranquila que aprovechándose de las desgracias ajenas.
-Eres demasiado bueno, hijo. Tan bueno que pareces tonto –rezaba la mujer.
Pero a Benigno no le importaba parecer tonto. Él sólo quería ser justo. Su idea era que para mejorar el mundo lo único realmente útil que una persona puede hacer es ser él mismo justo. Si todo el mundo fuera justo y honrado ya no habría injusticias entre los hombres. Y era consecuente con su idea, incluso ante los que se portaban injustamente con él y los suyos.
Como por ejemplo aquella vez que una persona timó a su madre y a otras personas con unas falsas revisiones del ayuntamiento, y a Benigno le tocó por turno de oficio defender al timador. Y fue tan diligente en su trabajo que logró rebajar la pena de cárcel solicitada por el fiscal a una simple multa.
-Pero bueno hijo. En lugar de ayudar a tu madre y tus vecinos te pones de parte del caradura ése, que lleva toda su vida engañando a la gente honrada.
-Escucha madre, solo habéis perdido un poco de dinero y ese hombre tiene dos hijos. No creo que por cuatro monedas sea bueno meterle en la cárcel. Además, yo como abogado debo defender imparcialmente a mi defendido y había muchas atenuantes en su caso. Si le metieran en la cárcel unos meses, al salir sería mucho peor persona con total probabilidad. De esta forma, viendo que los demás pueden ser justos con él, tal vez comprenda que está siguiendo el camino equivocado.
-Hijo mío –dijo la madre de Benigno- ojalá todo fuese tan sencillo como tú dices, pero la vida no es así.
-No es así porque nosotros no hacemos que así sea. Querer es poder –sentenció él, y se fue al despacho a seguir trabajando gratis.
Benigno también gustaba de ser generoso con los pobres. No podía pasar por delante de alguien que pidiera limosna sin entregarle una dádiva. Los mendigos del barrio conocían esa costumbre suya y se disputaban las esquinas por las que éste solía pasar. “Muchas gracias, señor –decían siempre entre reverencias- Dios le recompensará” y se guardaban el dinero esperando volver a encontrar pronto al bueno de don Benigno.
Así, entre donativos a los pobres, a la parroquia del barrio y a cuantas buenas obras le propusieran, y con sus trabajos gratuitos las más de las veces, le llegó un momento en el que comenzó a pasar apuros económicos. Llevaba un tiempo ahorrando un poco para la compra de un piso y en los últimos meses había tenido que disminuir la cantidad mensual que dedicaba a este menester.
Su fin comenzó un día simplemente con un pequeño cambio. Uno de sus pobres habituales esperaba como siempre en la esquina a que su principal benefactor le ofreciera su acostumbrada cantidad. Al llegar al lugar Benigno se paró mecánicamente y sacó unas monedas de su monedero. Cuando se las iba a entregar al pobre se detuvo, y tras mirar la mano un momento, le entregó la mitad de la cantidad acostumbrada. El hombre le miró extrañado y casi con mala cara, le pareció a Benigno, como si le hubiesen engañado.
Al entrar en la oficina Benigno se sentía mal. Durante toda la mañana apenas pudo apartar de su mente la mirada del pobre, de su pobre. Al salir para casa cambió su habitual recorrido por otro con el fin de no cruzarse con ningún mendigo en la calle.
Los siguientes días hizo lo mismo y llegó a rechazar un caso de un vecino pues no podía permitirse el lujo de perder el tiempo en un trabajo que no iba a cobrar.
-Me ha dicho doña Paca –le comentó un día su madre- que el otro día no quisiste ayudar a su hijo.
-Eso no es cierto –se defendió.- Sí quisiera ayudarle, pero no puedo. Si acepto su caso no tendría tiempo para poder resolver pronto los otros casos que tengo de clientes que me pagarán al solucionarlos, y necesito el dinero.
-Ya, tienes razón, pero debes comprender que la gente del barrio te necesita y está acostumbrada a contar siempre con tu ayuda.
-Pues ahora no puedo ofrecérsela. –Y se acostó en la cama aunque no pudo pegar ojo en toda la noche.
Al día siguiente no fue a trabajar. Se encontraba enfermo. No podía quitarse de la cabeza la imagen del pobre, su mirada.
“Yo le di todo lo que podía en ese momento –pensaba sin cesar-. Ya sé que no era mucho pero, qué más quería. No es mi obligación darle dinero, se lo doy porque quiero y le doy lo que puedo. Además, siempre me he portado bien con él y con los demás, y ahora que necesito que se porten bien conmigo así me lo agradecen. Y que conste que yo al ayudarles no buscaba su gratitud. Yo lo hacía de manera altruista, desinteresadamente, como se deben hacer los favores, sin esperar otro a cambio, ya que entonces deja de ser un favor y es una transacción comercial, un intercambio de servicios. Pero, qué quieres, hoy por ti mañana por mí. No es que tengan todos a los que ayudé ninguna obligación para conmigo, pero...”. Y con estos pensamientos que le atormentaban se dormía y con los mismos se despertaba.
Así pasó don Benigno ocho terribles días tras los cuales decidió no ayudar nunca más a nadie para que no se mal acostumbraran a que un acto voluntario se convirtiera en obligatorio. Primero sería él y después ya se vería.
Cuando por fin se sintió con fuerzas para volver a salir a la calle, Don Benigno había cambiado. No intentaba siquiera evitar los incómodos encontronazos con los mendigos, sino que simplemente pasaba a su lado sin ni siquiera mirarles. Ellos al principio esperaban algún gesto del que por mucho tiempo había sido su benefactor. No podía un hombre cambiar tanto de la noche a la mañana. Pero pasaban los días y don Benigno seguía impertérrito ante sus silenciosas y escandalosas súplicas.
Una mañana don Benigno se encontraba solo en su despacho trabajando con gran concentración entre varios documentos importantes. Tocaron al timbre y con gran disgusto hubo de levantarse a abrir la puerta. Allí se encontró frente a frente con un hombre que por su aspecto estaba claro que mendigaba de puerta en puerta en pos de alguna ayuda.
-¿Qué quiere? –preguntó don Benigno con mal humor.
-Perdone que le moleste, pero tengo tres hijos y me he quedado sin trabajo, y por la voluntad le limpio los cristales. Es la voluntad, lo que Ud. quiera.
-Mire, no necesito que me limpien los cristales, ya se encarga una persona de la limpieza.
-Es solo un momento, y no se lo pido por mí, es por mis hijos. Ud. me da lo que quiera y le dejo los cristales impecables. No le molestaré mucho.
Don Benigno intentó en vano librarse de aquella molestia. Tanto insistió el hombre que no le quedó otro remedio que acceder a que invadieran su intimidad.
Poco después el hombre le dijo que ya había terminado y Benigno sacó del bolsillo la cantidad de dinero que él creía justa y suficiente, y se la entregó.
El hombre miró las monedas y después miró a don Benigno a la vez extrañado y enfadado. Al parecer la cantidad que para uno era justo para el otro era una miseria indigna del trabajo por él realizado.
-¿Se está usted burlando de mí? -preguntó el hombre- ¿Se está usted burlando de mis hijos?
-Perdone, pero me dijo que le diese lo que yo quisiera, la voluntad.
-Pero... Esto... Esto no me lo da nadie.
-Ni esto, ni nada. Qué quiere usted, que le pague como a un profesional, pues haberme dicho desde un principio su tarifa. Casi me obligó a ayudarle, por sus hijos, y ahora me viene con éstas. Pues ahora ni esto le doy, no le doy nada. –Y se metió las monedas al bolsillo y echó del despacho al sorprendido mendigo dándole con la puerta en las narices.
Aquello se propagó rápidamente entre las gentes del barrio, y no tardaron algunos en cambiarle el nombre por el de Maligno. Su metamorfosis había sido total. De grácil e inocente mariposa habíase convertido en venenosa y repugnante oruga.
A Benigno eso del nombre no hizo más que reafirmarle en su idea de la ingratitud de la gente para con él. “Tantos años siendo bueno para qué, –pensaba- para ser un imbécil. Un idiota es lo que he sido, pero ahora ya no lo seré más. Que sean otros los idiotas para mí. Espero que vuelva a la oficina el de los cristales. Le diré que me los limpie a fondo y después, puerta. No decía que la voluntad, pues mi voluntad será aprovecharme de él.”
Ya no pasaba junto a los mendigos sin mirarles. Ahora procuraba hacerles la vida imposible para que se fueran lejos de su territorio. Si alguno pedía limosna con un periódico social en la mano, Benigno le pagaba lo que oficialmente valía el diario y se lo llevaba para que no tuviese una excusa para pedir sin pedir. “No aguanto a la gente que pide limosna y no te dice que la pide –solía decir. -Si vende el periódico que lo venda y si mendiga que mendigue, pero que no nos traten de confundir y de engañar. Estaría bueno”.
Otra vez vio a un joven que se situaba junto a los transeúntes con un cartel con el que decía que tenía hambre. Con ello lograba que mucha gente, sobre todo ancianas, le dieran unas monedas. Don Benigno al verle entró en una panadería y compró una barra de pan que intentó entregar al chaval. Éste, al ver que en lugar de dinero le daba pan, maldijo a don Benigno y se fue de la esquina. Benigno se rió y mientras el joven se retiraba le gritaba: “No tenías hambre. Pues cómete el pan. ¡Ladrón! ¡Aprovechado! ¡Caradura!”.
No tardó Benigno en enemistarse también con sus amigos, ya que ahora no se fiaba de nadie y siempre pensaba que los demás querían algo de él al ofrecerle su amistad, aunque esa amistad tuviera años de solera.
Y tampoco le iban tan bien como él hubiese deseado los asuntos de negocios ya que no tenía la menor paciencia con los clientes que no fuesen a dejarle una buena minuta.
Don Benigno se iba quedando solo. Logró comprarse el piso que quería. Uno amplio y bien situado en la ciudad. Y ahora que ya vivía en su propia casa ni siquiera su madre iba a visitarle. Y lo peor era que a él no le importaba, y no se daba cuenta de ello. Su corazón estaba enfermo. O quizás ya ni tenía corazón. Pudiera ser.
Un día, al pasar por el parque tras un juicio, se paró a atarse un zapato. Se acercó a él un niño pequeño, de unos dos años de edad, con un coche de carreras. Benigno se sentó a mirarlo. Era un niño alto para su edad y parecía muy contento con su coche. Enseguida se dio cuenta don Benigno que el coche no era suyo, se lo había encontrado en un rincón del parque y cada vez que se le acercaba otro niño le preguntaba si era suyo, pero todos le contestaban que no y él seguía jugando encantado de la vida.
Don Benigno pensó que era raro que el niño preguntara a los demás chavales si eran los dueños del juguete, ya que a esa edad lo normal es que los niños piensen que todo lo que hay a su alcance les pertenece. Y más extrañado todavía se quedó cuando la madre del crío le llamó para irse a casa y el niño dejó el cochecito donde lo había encontrado por si volvía su verdadero dueño, y eso que su madre le dijo que se lo podía llevar a casa.
El niño se marchó y don Benigno se quedó.
Se quedó mirando cómo se alejaba el niño de la mano de su madre y no podía evitar pensar dónde había visto antes a ese niño.
Hasta que se dio cuenta.
Ese niño era él mismo, pues así había sido él de pequeño, bueno, como si su nombre le hubiese marcado su carácter, un carácter que había cambiado tanto en tan poco tiempo, desde aquel día en que su pobre le miró mal.
Don Benigno regresó a casa. Volvió a esquivar a los pobres por el camino. No se atrevió a pasar junto a ellos despreciándolos como había hecho en los últimos tiempos, pero tampoco se atrevió a volver a darles un óbolo como antiguamente. Era demasiado orgulloso como para reconocer que se había equivocado y que había sido cruel de manera premeditada.
Llegó a casa y se encerró en ella. Estaba confuso y no sabía cómo resolver el dilema que comenzaba a corroerle las entrañas. Ya no podía seguir siendo don Maligno por más tiempo pues su anterior personalidad justa y buena había regresado de dentro de su ser. Pero tampoco podía actuar como si nada hubiese pasado. Todo lo malo que había hecho en los últimos meses estaba ahí, y no podía borrarlo de su memoria ni, lo que para él era peor, de la memoria de los demás. Ya no era don Maligno, pero tampoco podía volver a ser don Benigno ya que éste nunca hubiera tenido un tachón tan grave en su historial de bondad impoluta.
Don Benigno se acostó con esta idea en la cabeza. Tomó unas pastillas para dormir... y durmió.

(c) Javier Sánchez-Beaskoetxea, 2003.

martes, 21 de febrero de 2017

Ketty y Julie

Julie había llegado a Nueva York hacía unos meses para trabajar en un despacho. Casi desde el primer día había adquirido la costumbre de desayunar antes de entrar al trabajo en la cafetería de Ketty, que estaba justo al lado del portal.
Ketty era una chica soñadora, con ganas de agradar a sus clientes. Hacía un par de años que había abierto la cafetería. Su nombre, El Sueño de Ketty. No tardó mucho en tener una clientela fija. Oficinistas de la zona, secretarias, abogadas, agentes inmobiliarios, comerciantes del barrio,… Todos pasaban por El Sueño de Ketty y todos volvían un día tras otro, pues Ketty había logrado crear un ambiente cálido y agradable y sus tartas tenían una merecida fama.
Por su parte, Julie era una joven tímida y se sentía un poco abrumada en la ciudad, pues ella se había criado en una pequeña localidad de Pennsylvania, y Nueva York le resultaba hostil, con tanto tráfico, tanta gente desconocida y tantas prisas. Por eso, cuando entró el primer día en El Sueño de Ketty y ésta le había recibido como si la estuviera esperando desde hacía tiempo, Julie se sintió a gusto, como en su casa.
Aún recordaba su primer encuentro con Ketty.
–Buenos días –le había dicho Ketty nada más entrar al local–. Hoy tenemos una tarta especial de manzana. La he hecho yo misma. ¿Te apetece probar un trozo? Invita la casa.
Julie miró a Ketty y sonrió con dulzura. Ketty le devolvió la sonrisa y ambas se quedaron mirándose unos segundos, hasta que Julie, algo azorada, contestó que sí, que le encantaría probar la tarta.
Aquel día Julie probó la tarta de manzana más sabrosa que había comido hasta entonces, y se encontró con la mirada más profunda e íntima que jamás había tenido con nadie.
Desde entonces, todos los días seguían el mismo ritual. Julie llegaba como unos veinte minutos antes de entrar a trabajar; Ketty la recibía con una sonrisa y una mirada; Julie la miraba un instante, bajaba la vista y se sentaba en una mesa junto a la ventana; Ketty le servía un café y le dejaba un trozo de la tarta especial del día; Julie permanecía en silencio mientras saboreaba la tarta; se bebía el café; dejaba el dinero en el plato de la cuenta; buscaba la mirada de Ketty; ambas se sonreían con dulzura y se miraban otro instante; Julie salía y se iba a trabajar. Y así un día tras otro, de lunes a viernes.
Julie pasaba los fines de semana deseando que llegara el lunes para retomar una y otra vez su extraña relación con Ketty. Sí. Podía haber ido a El Sueño de Ketty a otras horas, incluso los sábados y domingos por la tarde, pues Ketty solo cerraba los fines de semana por la mañana. Pero Julie nunca se atrevería a dar ese paso. Ella simplemente era así, y no hacía nada para cambiar.
Pero hacía unos pocos días, una mañana de un viernes, ocurrió algo inesperado para Julie. Ketty, después de dejarle la tarta y el café, se sentó con ella en la mesa.
–¿Cómo estás? –le preguntó–. ¿Qué tal tu vida en la ciudad? ¿Eres feliz aquí?
Julie casi se muere de la vergüenza. Se podía decir que desde que había llegado a la ciudad, era la primera vez que alguien le preguntaba por sus sentimientos. Además de con la gente del despacho, con los que solo comentaba cosas del trabajo, Julie no hablaba con nadie. Y ahora Ketty, ¡la mismísima Ketty!, se sentaba a su lado y le preguntaba si era feliz.
Julie hubiese querido responder que en ese instante le había llegado la felicidad; que la felicidad era estar allí, mirando el rostro de Ketty y que Ketty le preguntara si era feliz; que desde que entró por primera vez en El Sueño de Ketty solo vivía para llegar por las mañanas y disfrutar ese breve instante de la mirada de Ketty, de sus ojos sonrientes, dulces, que la hacían sentir viva, que la hacían sentirse amada.
Pero Julie por nada del mundo podría responderle eso a Ketty, antes se moriría que dejar que Ketty supiera lo que ella pensaba. Así que se limitó a sonreír, a mirar un instante a los ojos de Ketty y a contestarle que bien, que todo le iba bien, esperando que Ketty volviera a sus quehaceres dejándola a ella allí, comiendo su trozo de tarta, bebiendo su taza de café y pensando en que ojalá Ketty se volviera a sentar junto a ella.
Pero Ketty no se iba. Permanecía allí sentada, mirándola.
–Mañana dicen que va a hacer un día muy hermoso. Voy a salir por la mañana a caminar por la ciudad. Igual cruzo el puente de Brooklyn y me acercó hasta una floristería que conozco. Me apetece comprar unas plantas para ponerlas en la cafetería. ¿No crees que quedarían bien unas plantas por aquí, cerca de la ventana? He pensado que igual te apetece acompañarme. Sería un sábado diferente. ¿Quieres venir conmigo?
Julie tardó una eternidad en contestar a Ketty. ¿Que si quería acompañarla a salir y a comprar unas plantas? Deseaba hacerlo. Se moría por hacerlo.
–De acuerdo –se limitó a contestar con voz trémula.
–Perfecto entonces –dijo Ketty levantándose–. Nos vemos aquí mismo a las nueve.
Julie no pudo apenas dormir esa noche, claro está. A las nueve menos cinco ya estaba en la puerta de El Sueño de Ketty lista para hacer su excursión por la ciudad con Ketty.
–Me alegro de verte –dijo Ketty en cuanto llegó–. ¿Lista? Pues andando, que hoy será un gran día.
Tras atravesar algunas calles, Julie y Ketty comenzaron a atravesar el puente de Brooklyn. La mañana era espléndida. El sol brillaba y la temperatura era agradable. Por el puente no había demasiada gente y Julie disfrutaba de ir con Ketty, quien no había hablado apenas desde que empezaron el paseo.
Ketty caminaba junto a Julie, y de repente, sin decir nada, se acercó un poco más y tomó de forma suave y cálida la mano de Julie, quien, temblando, asió con fuerza la de Ketty.