domingo, 6 de agosto de 2017

Clases de literatura erótica

Clases de literatura erótica
Al ir a formalizar la matrícula del último curso del Grado en literatura comparada, Susana, aconsejada por otras amigas, eligió la asignatura optativa de Géneros literarios del S. XX. No era que le interesara especialmente más ese tema que el de las demás asignaturas del cuatrimestre, simplemente era que el profesor tenía fama de explicar muy bien la asignatura y, sobre todo, que era muy guapo.
No era un hombre joven. Rondaba ya casi los cincuenta. Pero para todas las mujeres de la Facultad era terriblemente interesante. Era un hombre alto y delgado, no había perdido apenas pelo, un pelo que tenía las canas justas para darle un aire de experiencia y responsabilidad que por algún motivo atraía mucho a las mujeres, pero no demasiadas como para que envejecieran un rostro también con las arrugas justas para enmarcar unos ojos de mirada profunda, seductora tras unas gafas diáfanas. Y además, estaba soltero.
El primer día de clase Susana y sus amigas se sentaron en la primera fila. Él explicó el desarrollo del curso, los trabajos que debían hacer, los libros que debían leer y comentar y cómo sería la evaluación. Ellas, como el resto de las alumnas, lo miraban sin perder detalle de lo que decía ni de cómo lo explicaba.
Al acabar la clase, Susana se acercó a él con la excusa de hacerle algunas preguntas relativas a la asignatura. Él contestó a todo con paciencia mientras ambos se miraban a los ojos. Luego Susana le dio las gracias y se dirigió a la puerta. Allí, justo antes de salir, se giró y miró al profesor. Él la estaba mirando y al ser sorprendido esquivó con rapidez la mirada. Ella salió sonriendo y fue rauda hacia donde estaban sus amigas para comentarlo con ellas con cierta excitación.
El profesor, por su parte, no había podido resistirse a echar un vistazo al cuerpo de Susana. Pensó que no era la alumna más guapa que había tenido, pero sin duda era la que tenía el cuerpo más perfecto de todas.
Él tocó su cuerpo perfecto con su mente.
El discurrir del curso pasaba con normalidad. El profesor daba sus clases manteniendo el interés de sus alumnos. Susana y sus amigas seguían en la primera fila mirando a su guapo profesor y siempre atentas. Susana, si no todos los días, casi todos encontraba una excusa para comentar algo al profesor al final de clase. Y al marcharse él siempre la miraba admirando su bello cuerpo.
Y él tocaba su cuerpo perfecto con su mente.
El curso seguía a buena marcha. En el tema 5 tocaba hablar de literatura erótica. Las clases se pusieron más interesantes por momentos para Susana y sus amigas, ya que escucharle a él hablar de erotismo con su agradable y profunda voz disparaba su imaginación.
Tras una clase muy interesante sobre El amante de Lady Chatterley, de D.H. Lawrence, y Trópico de Cáncer y Trópico de Capricornio, de Henry Miller, Susana se atrevió a ir al despacho del profesor para que éste le recomendara algunas novelas del género.
Ella llevaba unos pantalones muy ajustados y una blusa. Él la miraba con disimulo. Y él tocaba su cuerpo perfecto con su mente. Tras una breve charla sobre algunos libros finalmente ella salió con la recomendación de leer Delta de Venus y algún otro libro de Anaïs Nin y de hacer un trabajo sobre la autora para subir la nota final.
La semana siguiente Susana no acudió a las clases. Él se extrañó, pero no se atrevió a preguntar a sus amigas la causa de su ausencia, ya que no quería mostrarse especialmente interesado en una alumna, y menos en Susana, para no despertar sospechas de su atracción por ella.
Finalmente el lunes de la semana siguiente Susana se presentó en el despacho. Traía un denso trabajo sobre las novelas de Anaïs Nin y traía, además, una minifalda espectacular.
Él echó una ojeada al trabajo. Miró el índice y leyó algunos capítulos. A primera vista era un trabajo excepcional. Ella había sabido captar toda la esencia del erotismo de Anaïs Nin.
La miró y ella le sonrió dulcemente. Susana se sentó en el borde de la mesa y discretamente dejó que su falda se entreabriera. Él no pudo evitar mirar y se azoró al verle la ropa interior de encajes rojos. Después, se quitó las gafas.
Y él tocó su cuerpo perfecto con sus manos.

lunes, 17 de julio de 2017

El viejo de Dorretxu

Fragmento de mi primera novela "Y, sin embargo...". No la recomiendo a nadie, pero este pasaje me gusta.


El viejo de Dorretxu

   El viejo de Dorretxu, como le llamábamos en el pueblo, era para los niños algo así como el hombre del saco, el coco. Vivía en una chabola cerca de la torre del faro y nunca salía de ella. Para nosotros siempre había vivido solo y siempre había sido viejo. Además, le suponíamos un pasado turbio y criminal. Acercarse a su chabola era ser muy valiente o muy loco. No se nos había ocurrido pensar nunca que él también había sido un niño y menos aún que podía haber tenido familia. Simplemente era el desagradable viejo que vivía cerca de la torre del faro, el que nos gritaba si le robábamos higos de su higuera y más de una vez nos calentaba con su cachaba.
   Un lunes de agosto mi primo Alex nos dijo que su tío nos dejaba el bote. Como hacía muy buen tiempo y la mar estaba como un espejo, decidimos aventurarnos a ir remando hasta el faro y bucear allí.
   Era bastante arriesgado para una cuadrilla de niños como nosotros el ir a remo hasta el faro. Desde el puerto hasta allí había unas dos millas, lo que para nosotros podía suponer estar bastante más de una hora remando y no había ninguna playa ni cala propicia para varar el bote en caso de emergencia.   Pero, qué nos importaba eso a nosotros. Éramos seis para relevarnos con los remos, hacía buen tiempo y teníamos todo el día por delante. Así que pedimos a nuestras madres que nos prepararan unos bocadillos y fuimos corriendo al puerto.
  Zarpamos con el ánimo alerta a la aventura y con las ansias intactas. Mi hermano Andoni y yo fuimos los primeros en remar. Decidimos que haríamos el relevo cada diez minutos y así no nos cansaríamos apenas. Salimos del puerto y pusimos proa hacia el faro. Las motoras de los pescadores nos pasaban rápidamente. Un pariente de Asier, uno de los chicos de la cuadrilla, al rebasarnos nos gritó riendo que si íbamos a buscar la isla del tesoro. Le contestamos con toda seriedad que no, que a la isla del tesoro habíamos ido la semana anterior. Él se rio aún más y se alejó.
  Pasaron los primeros diez minutos e hicimos el primer relevo. Yo me había cansado más de lo que pensaba, pero no dije nada ante mis amigos por no quedar mal. Avanzábamos poco a poco pero sin pausa y finalmente al cabo de casi hora y media llegamos a las cercanías del faro. Nos acercamos a la costa y, tras no pocos esfuerzos, encontramos una roca en la que poder desembarcar. Después de amarrar bien el bote exploramos un poco el lugar, pero no había mucho que ver, solo unos treinta metros de rocas por las que moverse y ningún paso para acceder al pinar que había más arriba. Era un acantilado casi vertical.
  Preparamos los bártulos de bucear y nos metimos en el agua que estaba muy agradable. Así fuimos pasando el día entre zambullidas y bocadillos. El fondo era allí muy espectacular, con mucha roca y poca arena, y pudimos pescar un par de pulpos y un cabracho bastante grande.
  A media tarde decidimos volver al pueblo. Estábamos bastante cansados y no queríamos arriesgarnos a que se nos hiciera de noche para no asustar a nuestras familias. Recogimos todo en la chalupa y comenzamos a remar en el mismo orden que lo habíamos hecho a la ida.
  Nada más comenzar a remar nos dimos cuenta que había una fuerte corriente de marea que nos llevaba un poco mar adentro pero en nuestra dirección. Como yo iba remando por babor tenía que dar las paladas más largas para compensar la corriente y mantener el rumbo derecho y tuve la mala fortuna que al forzar el gesto en una de las paladas, el estrobo se salió del tolete cayéndoseme el remo al agua.
  Sin pensarlo dos veces salté para no perderlo. Enseguida lo atrapé e intenté nadar de nuevo hacia el bote, pero la corriente lo arrastraba más rápido de lo que yo podía nadar. 
  Desde el bote mi hermano y los demás me gritaban para que nadara más rápido mientras con el remo que les quedaba procuraban frenar su marcha pero con poco éxito. Hice un último esfuerzo para lanzarles el remo que yo llevaba pero no les llegó. Empezaba a estar exhausto y a la vista de que no les alcanzaría decidí nadar hacia la orilla. Ellos seguían gritándome pero yo ya no oía lo que decían.     Llegué hasta las rocas casi medio muerto. Miré hacia el bote, que ya estaba bastante lejos, y vi cómo intentaban enfilarlo hacia el pueblo con un solo remo.
  De repente me entró miedo, pero me esmeré en pensar con frialdad y no dejarme llevar por el pánico y la ansiedad. Siempre he tenido esta actitud en mi vida ante los contratiempos. Nunca he entendido cómo la gente ante un accidente o ante un incendio solo se para a lamentarse, a llorar o a rezar en lugar de hacer algo útil. Las lamentaciones no sirven para sofocar el fuego. Años después, navegando, esta tranquilidad mía me salvaría de más de un buen apuro.
  Me senté a descansar y a ponderar mi situación. Con la corriente que arrastraba al bote incluso con solo un remo no tardarían más de hora y media en llegar cerca del puerto y desde allí cualquier motora de cualquier pescador en un santiamén estaría aquí para recogerme, incluso antes de anochecer.
  Como todavía hacía calor decidí quitarme la ropa para que se secara y descansar mientras esperaba que vinieran a rescatarme.
  Pasó una hora larga y calculé que mis amigos estarían ya cerca del rompeolas. Probablemente alguien les había visto y estarían ya de camino hacia el faro. Me vestí y di una vuelta por las rocas.       No dudaba de que vendrían a recogerme pero se me ocurrió que no estaría de más intentar encontrar un camino de acceso al pinar, más que nada por si tardaban en llegar más de lo que yo calculaba.
  De repente me vino a la mente una idea que me dejó helado. ¿Y si no habían podido dirigir el bote hacia el pueblo? La corriente iba mar adentro, recordé. Ahora buscar una vía de acceso hacia el pinar pasaba a ser fundamental. Ya no se trataba de mí, sino que mis amigos y mi primo podían estar solos en medio de la mar. Tenía que avisar a alguien.
  Comencé a trepar por las rocas, pero no pude subir más de dos metros antes de quedarme bloqueado. Lo intenté por otro lugar agarrándome a las zarzas y a los helechos hasta hacerme heridas en las manos, pero de nuevo fracasé.
  Casi estaba a punto de darme por vencido cuando una escala se descolgó por el acantilado.
  “Ya están aquí –pensé-. Han venido por la carretera en vez de por mar”. Rápidamente me puse a subir por la escala gritando “¡Eh! ¡Estoy aquí, chicos!”. Pero cuando estaba casi arriba el corazón me dio tal vuelco que si él no llega a asirme del brazo me hubiera caído.
  No eran mis amigos quienes estaban allí, ni mi padre, ni ningún pescador. Era el viejo de Dorretxu el que me había rescatado.
  -Cogiendo persebes, ¡eh! -me dijo-. Es peligrosa la mar. No conviene andar solo por las rocas a estas horas.
  Intenté explicarle que no había venido solo, pero entre el cansancio y el susto no me llegaba el resuello para hablar.
  -Venga. Vamos a mi casa y te daré algo caliente de comer-. Y agarrándome del brazo con mucha fuerza me levantó del suelo. Pensé en echar a correr pero me dije que si me había rescatado de las rocas no sería tan mala persona, y además tenía hambre.
  Entré en su casucha con más miedo que vergüenza y me dijo que me sentara en la mesa. Sacó un par de huevos y un trozo de chorizo y encendió el fuego.
  -Toma. Para que piques algo de mientras.
  Me puso un pedazo de pan y un vaso de vino y, dándole las gracias, comencé a comer con bastantes ganas. Le expliqué que tenía que irme al pueblo porque mis amigos podían estar perdidos, pero el aroma de los huevos y el chorizo frito me hicieron pensar que sería mejor recuperar primero las fuerzas.
  -No te preocupes. Enseguida iremos en su busca.
  Eché un vistazo a la chabola. No estaba del todo mal. Parecía bastante recogida, demasiado incluso para un hombre mayor que vivía solo. Era pequeña. A un lado un camastro y al otro la cocina con una mesa y una silla. Lo justo y necesario para vivir.
  De las paredes colgaban multitud de objetos náuticos: aparejos de pesca, nasas, un pequeño timón, un sextante medio oxidado.
  -¿Ha sido usted pescador? -me atreví a preguntarle.
  -No, hijo. Yo fui marino mercante. Capitán -contestó con un tono orgulloso-. Mi padre era marinero en un viejo atunero de Ondarroa, y siempre me desía que ni se me ocurriera ir nunca en un barco de pesca, que no había más que patanes e ignorantes y que solo pensaban en beber vino y cobrar la partija. “Haste capitán y conose mundo”, me desía.
  >>Así que me puse a estudiar mientras la mayoría de mis amigos ya ganaban sus buenos duros en la mar. Cuando acabé los estudios en la Escuela de Náutica me embarqué en un vapor e hise muchos viajes por África y Sudamérica. Llegué a mandar un gran barco que iba de Bilbao a Inglaterra. Llevábamos hierro y traíamos planchas de asero para los astilleros. Fue una buena época y, como estaba mucho por aquí, me casé con una aldeana. Cuando yo venía a casa me trataba siempre muy bien las primeras semanas y en cuanto comenzaba a chillarme demasiado, pues me iba al barco otra ves. Era un buen arreglo.
  Yo le escuchaba muy atento mientras engullía la comida. Estuve varias veces a punto de interrumpirle para hacerle alguna otra pregunta, pero entre que él no paraba de hablar y el hecho de que me resultaba bastante agradable escuchar su tono de voz, su acento y su historia, para mi fantástica, decidí dejarle seguir.
   -Pasé sinco años así, de aquí para allá y vuelta a empesar. Hasta que me cansé y desidí quedarme en el caserío de los suegros con la mujer y las vacas.
  >>No tardé ni un año en desirme “Juanito, esto no es para ti. Lo tuyo son los barcos y no andar detrás de las gallinas”. Así que me busqué otro barco y me fui a la mar otra ves.
  >>Tuve suerte porque encontré un vapor que hasía la ruta entre Japón y San Francisco y estuve casi dos años sin venir. Cuando vine me enteré que había tenido una hija y mi mujer ni me desía una palabra. Le verdad es que tampoco me importó mucho, así que me fui a una pensión de Bilbao, en la calle Tendería, todavía recuerdo.
  Yo ya ni me acordaba de mis amigos ni de mi aventura en las rocas. Estaba cautivado escuchando al viejo. Hacía ya rato que me había terminado la comida y él seguía hablando sin parar sentado en el camastro. Ni siquiera me miraba. Solo miraba a la pared. Pensé que quizás llevaba años sin hablar con nadie y que tendría ganas de recordar su vida en voz alta delante de alguien que le escuchara.
  -En la pensión solo había hombres. Al prinsipio pensé que a todos le había echado la mujer de casa, pero luego resultó que yo era el único, los demás eran solteros y en ves de tener una esposa tenían una cashera, que tiene la ventaja de que no tienes que preocuparte en quedar a bien con ella, con tal de que le pagues a fin de mes ya has cumplido.
  >>Tardé dos meses en buscar embarque y como tenía ahorrados unos duros me dediqué a vivir a cuerpo de rey. Iba al teatro, a los mejores restaurantes. ¡Cuántos amigos me salieron! Lo que es el dinero. Hasta tuve una amiguita que pensaba que me iba a casar para sacarme los cuartos. ¡Andaba lista! No le dije lo de la mujer y la hija, y hasiéndole creer que me llevaría a la Iglesia, buenos ratos me pasé con ella. Menos mal que me llamaron para embarcar de nuevo, porque si no me hubiese quedado sin una peseta.
  >>Con este barco estuve tres años por toda Europa, y como siempre hasíamos escala en Sevilla me compré un pisito allí, para no tener que volver al pueblo. No me apetesía. Y allí estuve viviendo hasta que dejé la mar.
  >>Volví a Leburuaga. No sé por qué, pero de repente tuve remordimientos por haber dejado a la mujer con la niña solas. Al llegar aquí me enteré por un pariente que al de un año de irme, la mujer y los suegros habían muerto al intentar apagar un insendio en el caserío. A la hija la adoptó una tía mía, que la cuidó hasta que se murió de vieja.
   -¿Y qué es de su hija?- pregunté por fin con una curiosidad enorme.
  -Me dio tanto cargo de consiensia, que no me atreví ni a ir a verla por lo que podría pensar de su padre. Hablé con el cura y le encargué que pusiera a nombre de ella todo el dinero que había ahorrado y que no le dijera nunca que yo era su padre. Creo que se casó con un médico de Gernika y que tiene dos hijos, pero prefiero no conoserlos. Me construí esta casa, que para mí es más que un palasio y desde entonses vivo aquí, solo. Y hase un rato iba a bajar a las rocas a coger algo para senar cuando te he visto allí.
  De repente se calló. Se quedó sentado en la cama, mirando al infinito. El haberme contado su vida pareció traerle recuerdos que ya tenía seguramente olvidados. Una lágrima se deslizó por su mejilla y eso me impresionó. Nunca había visto llorar a un viejo.
  No supe qué decirle ni qué hacer, así que allí permanecí en silencio, sin atreverme a mover un solo músculo de mi cuerpo durante un rato que se me hizo eterno.
  -Bueno -exclamó de pronto-. Habrá que llevarte a casa, ¿no?
  -¿A casa? ¡Claro! A casa -dije. Y salimos de su casucha por el sendero que, entre las huertas, bajaba hacia el pueblo.
  Al llegar a las primeras casas vi a mi madre con mi hermano y el resto de la cuadrilla que corrieron a abrazarme y yo hacia ellos. Me contaron cómo la corriente les había arrastrado un poco mar adentro y una motora les remolcó hasta el puerto, por eso habían tardado tanto en ir en mi busca. Entonces les conté lo del viejo de Dorretxu y cómo me había rescatado. Me di la vuelta para llamarle y ya no estaba. No parecía que le agradara mucho estar con la gente.
  Al día siguiente mi madre me acompañó hasta su chabola para darle las gracias pero él solo respondió que no había hecho nada especial y no le hizo demasiado caso.
  No dije nunca nada sobre la historia del viejo. Creo que a mí me la relató en un momento de intimidad y que a él no le hubiese gustado que se supiera por todo el pueblo.
  Al regresar a Leburuaga el siguiente verano me enteré de que había muerto. Fui a su chabola y estuve toda una tarde allí, solo, pensando en él. Desde entonces siempre que he pasado cerca del faro me vienen a la memoria el viejo, su hija, su vida en la mar y su angustia.

lunes, 19 de junio de 2017

Mi novela "42,2 Muerte en Central Park" gratis esta semana

Hoy en el blog "Lectora de tot" han publicado una entrevista que me hicieron en relación a mi novela del Maratón de NY "42,2 Muerte en Central Park".
Podéis leer la entrevista aquí.
Con este motivo, durante esta semana, del 19 al 23 de junio, os podréis descargar gratis mi novela para ebook en Amazon desde este enlace.
Espero que aprovechéis la ocasión si aún no habéis tenido la oportunidad de leer la novela. Lo único que os pido es que si la leéis después la valoréis en Amazon.

sábado, 10 de junio de 2017

La ronda

Hoy es el primer día de Gabriel en la comisaría del barrio. No le gusta nada este destino y además, como su mujer no quiso acompañarle a la ciudad, está bastante disgustado. Solo, en un barrio triste y feo, con un trabajo desagradable, que además, para rematarlo, sabe que es para lo único que sirve.
Entra a un bar y pide un café con leche. Gabriel bebe un trago y después se sienta en una mesa a leer el periódico, pero maldice su perra suerte cuando justo en el momento de comenzar a hojear las páginas de deportes, suena su teléfono y al meter la mano al bolsillo derrama el café sobre el diario, justo manchándole las páginas de deportes, las únicas que le gustan, las únicas que lee, porque, para qué va a leer lo mal que va el mundo si lo ve todos los días en la calle, en la comisaría, en el mundo que tan bien conoce.
-¿Cómo que no vas a volver? ¿Cómo que te quedas con tu madre? Mira Loli, mira Loli, que llevas un mes fuera y ya me estoy acostumbrando a que no estés, eh, escuchas, que si no vienes mejor, que ya me he hecho a vivir solo, y mira por dónde vivo mucho mejor que cuando estabas tú, que no me dejabas vivir, tanto “no llegues tarde cariño”, “no me haces caso cariño”, que ya valía hombre, que me tenías harto. Pero tú te vienes en cuanto lo diga yo, escuchas, eh, Loli, que en mi casa mando yo y no se hable más, y no me vengas con eso de que deje de ser poli en casa, ¡eh!, que me tienes hasta allí, y mira que no me hagas hablar, que ahora no puedo, que si no, eh Loli, mira Loli, mira Loli, mañanas coges el autobús y te vuelves, que tu madre ya no está enferma, y si lo está, pues casi mejor, a ver si así me deja también en paz, que es peor que tú, mira Loli, mira Loli.
Gabriel se queda mudo cuando Loli le cuelga el teléfono, pero sigue hablando para que nadie se dé cuenta de que su mujer le ha dejado. Cómo lo iba a soportar, el que se enteren, digo, no el que le abandone. Gabriel sabe que Loli no va a volver esta vez. Ya se había ido otras veces, harta de sus malos modales. Pero él no cree que sea tan malo. Total, una hostia de vez en cuando, además sin dejarle marcas, que él sabe pegar, muchos años de oficio a las espaldas. La culpa es de su suegra, que le ha comido la cabeza. ¡Bah! Que se jodan las dos, que no son más que unas zorras. Para qué quiere vivir con una mujer, habiendo tantas por ahí donde escoger.
Gabriel termina el café, deja el periódico tirado en la mesa, sucio por las páginas de deportes, paga a Paco lo que éste le dice que vale, y sale a la calle, a patrullar, a descargar la mala hostia que lleva dentro, a joderle la vida a algún pobre desgraciado que se cruce con él esta mañana, o cualquier otra, que mucha diferencia no hay, dicho sea de paso.
Ya en la calle, Gabriel al primer desgraciado que se encuentra es al viejo vagabundo dormido -¡Dios, pasar de todo a nada en tan poco tiempo, perra vida!-. Le pega una patada con muy mala leche y le ordena que se quite de allí, que está molestando a los buenos ciudadanos que tienen comercios y ganan dinero con el que pagar impuestos para que el ayuntamiento construya centros de acogida para vagabundos, que son unos desagradecidos por no usarlos y quitarse así de la vista de los demás, que bastante tienen con sus problemas como para encima tener que ver a la escoria del mundo, a los marginados, por sus calles, por sus tiendas.
Gabriel ya se siente mejor, ya está entrando en calor. La Loli no le va a amargar la vida, ya se encargará él de amargársela más a muchos otros para compensar. Total, todo el mundo se lo merece, pues todos hacen putadas a quienes pueden, y a quienes no pueden, pues no se las hacen por eso, porque no pueden, que si no... Pero Gabriel tiene suerte, porque puede hacer putadas a muchos, y lo más importante, a muchos que son más importantes que él, a gente grande, gente con buenos coches, con buenos trajes, pero que en cuanto se ponen a tiro de Gabriel ya se encarga él de bajarles de nivel. Una buena multa, o mejor, una buena bronca en mitad de la calle, que eso le pone más.
-A ver, Ud., que no se puede hablar por teléfono mientras conduce, ¿es que no lo sabe?
-Pero, agente, si llevo cinco minutos parado desde que me han llamado.
-Ya, pero Ud. está detenido, no estacionado, y si sigue en esa actitud me veré obligado a multarle.
-Venga, Luis, te llamo luego que me he tropezado con un gilipollas.
-¿Qué ha dicho Ud.?
-Nada que le importe, hablaba con un amigo.
-Pues mire por dónde que hablar mientras se conduce es una actitud sancionable. Sáqueme los papeles.
-Pero si yo no conducía.
Ya está, piensa Gabriel, otro a tomar por culo. Qué se creía, que por conducir un bemeuve no me lo iba a cepillar. Anda y no me llama gilipollas el muy gilipollas, mejor si se hubiese callado, si ya le iba a perdonar la multa. Imbécil de tío. Hay gente que no sabe estar callada y reconocer que cuando yo estoy yo soy el que tiene el poder.
Gabriel ve una chica mona en minifalda y la sigue como si nada durante un rato para mirarle las piernas e imaginarse el culo que tiene. De repente se acuerda de su Loli y se cabrea. Mira a su alrededor, hay que seguir la ronda. Hay que seguir la labor de jodienda sin descanso. No puede haber gente sin problemas mientras él está amargado. Tiene que amargar para poder alegrarse un poco.
Pone un par de multas a dos furgonetas de reparto sin dejarles apenas tiempo de descargar. Un par de buenas broncas ya le empiezan a relajar. Si sigue así va a llegar contento a la hora de comer, cuando buscará un bar barato cerca del barrio en el que se coma decentemente y donde hacerse el simpático para que le traten bien mientras siga en esta zona, porque donde Gabriel come quiere que le traten como a un señor, como a una persona importante, que lo es, aunque sus superiores no lo quieran ver, aunque su jefe no se canse de decirle que es la basura del cuerpo, que gente como él destrozan la imagen de la Policía, que esos tiempos ya pasaron, que ahora son los ciudadanos los que mandan. Y eso a Gabriel le toca las narices, porque qué es eso de que mandan los ciudadanos si el que manda es él, que para algo lleva uniforme y representa a la ley. Su jefe está equivocado, no va a estarlo si es un mamón pelota de los políticos, que son los que están jodiendo todo con sus acuerdos y su hacerlo todo pensando en los votos. Putos votos. Eso sí que le jode a Gabriel, que un puñetero don nadie puede votar igual que él, que es quien es, que es mucho más que muchos tirados de la calle, robaperas desgraciados sin un sitio donde caerse muertos.
Joder con la Loli, que esta vez va en serio eso de que no va a volver. Y eso le jode mucho a Gabriel, pues si no vuelve quedará como un imbécil delante de los vecinos y conocidos, que pensarán que su mujer tuvo más huevos que él y le dejo. A él, a Gabriel, el policía, el duro, el que más manda. Y ahora resulta que su mujer le manda a tomar por culo y se pira. Qué pensarán ahora de él los vecinos. Creerán que no tiene lo que hay que tener para que su mujer se quede donde tiene que estar, en casa, aguantándole y cuidándole, que para eso se casó y no para pirarse cuando no le salen las cosas como ella quiere. Va. Que se joda Loli.
-A ver, Ud. ¿No ve que se ha saltado el Stop? Sáqueme los papeles.
Y el pobre hombre, nervioso, saca los papeles. No ha visto el Stop y no quiere discutir.
-Así se producen los accidentes, hombre. Hay que pensar en los demás y no ser tan egoísta. No me deja más remedio que multarle, hombre.

sábado, 13 de mayo de 2017

El faro del Cabo Bon

Subo otro ejercicio que he escrito para el taller de ficción literaria en el que estoy participando. En este caso se trataba de escribir un relato de ficción basándonos en alguna anécdota curiosa que nos haya ocurrido alguna vez.
La anécdota en la que me he inspirado me ocurrió navegando en el petrolero "Muñatones" hacia Libia, cuando se apagó la luz del faro del Cabo Bon, en Túnez, en plena noche mientras pasábamos por sus inmediaciones. Algo curioso.


El faro del Cabo Bon

–Ven. Siéntate a mi lado e invítame a un trago chaval –me dijo aquel viejo arrugado desde un rincón de la vieja taberna a la que acababa de entrar.
Yo acababa de llegar al puerto y solo buscaba un barco que necesitara un marinero. Ya hacía un par de meses desde que había abandonado la goleta del capitán Enbil, ese viejo vasco amargado. Buen marino, pero triste y solitario con el que los días a bordo parecían durar semanas, las semanas meses y los meses años. Me alegré cuando por fin pude desembarcar, pero ahora debía buscar un nuevo barco porque mi paga tocaba a su fin.
El puerto de Plymouth era ideal para mis planes. A la entrada del Canal de La Mancha, era un puerto muy concurrido por todo tipo de barcos que se pertrechaban en él antes de lanzarse a cruzar al Atlántico hacia los puertos americanos o hacia la ruta de las Indias Orientales. Rápidas goletas, viejas bricbarcas de tres palos, grandes fragatas de la Armada,… Todo tipo de barcos se apretaban en los muelles y en el fondeadero en una actividad frenética de carga y descarga de todo tipo de mercancías.
Yo estaba seguro de que alguien como yo, joven, fuerte y con experiencia de marinero y ágil en los mástiles con las velas, no tardaría en encontrar trabajo. Por eso, nada más llegar al pueblo me había dirigido al puerto y me había sentado en esa pequeña taberna para comer algo antes de buscar una pensión barata para los siguientes días.
–Venga chaval –insistió el viejo–, si me invitas a un trago te contaré una bonita historia.
En fin. Yo no tenía nada que hacer mientras esperaba a que me sirvieran la comida. Miré al viejo y vi en su rostro y en su mirada la vida de muchos años pasados en la mar. Así que, cogí mi silla y me acerqué a su mesa.
–Así me gusta, ahora pide unas cervezas, amigo –me dijo sonriendo con una boca desdentada y sucia.
Sus manos empezaron a moverse impacientes cuando la hija de la tabernera, una joven rolliza y de rostro sonrojado, depositó dos buenas jarras de cerveza en la mesa. El viejo, que hasta entonces se había movido con torpeza, se mostró ágil para asir con una mano una jarra, que se llevó a la boca y que despachó en un trago largo e impaciente, y con la otra acercó la segunda jarra al borde de la mesa que tenía más cerca. Yo, sorprendido por la rápida jugada del viejo, busqué con la mirada a la contundente camarera y le pedí, casi supliqué, otra cerveza para mí.
–Los puertos de todo el mundo –comenzó a hablar tras saciar su sed– están llenos de marineros borrachos que solo saben contar historias inventadas que se repiten igual en Inglaterra, en Hong Kong o en San Francisco. ¿No crees?
Asentí sin soltar mi cerveza.
–Yo he navegado desde que tenía trece años por todo el mundo –prosiguió–. Habré cruzado decenas de veces el Cabo de Hornos y he dado varias vueltas al mundo bajo el mando de los mejores capitanes ingleses que hayan existido. Y siempre, aquí, en China o en el Mar de la Plata he oído las mismas historias, las mismas leyendas contadas por marineros que siempre dicen que les han pasado a ellos. Mentira. No son más que fantasías inventadas por hombres borrachos deseosos de hablar con cualquiera que no sean sus compañeros a los que están hartos de ver tras meses y meses de convivencia en un cuchitril dentro de un barco maloliente.
–¿Sabes qué? –me dijo–. Yo conozco una historia que sí que es cierta. Una historia terrible. ¿No tendrás miedo de escucharla, no?
Le dije que no, que tenía ganas de oírle contar esa historia. La verdad es que el viejo me estaba entreteniendo, así que, por mí adelante. Ya podía hablar todo lo que quisiera y lo que la cerveza le dejara.
–Supongo que te resultarán conocidas esas viejas historias de gentes de costa, rapiñadores de náufragos que apagan la luz de los faros de los lugares más peligrosos de las rutas marítimas y que encendiendo grandes fuegos confunden a los navíos para que naufraguen y poder así robar sus mercancías.
La verdad es que ya había oído hablar de esas historias. Por supuesto, nadie me había confesado que en su pueblo lo hicieran, pero está claro que esos casos se daban. Atraían en las noches de tormenta a los barcos con luces falsas y luego mataban a la tripulación y robaban las mercancías. Me imaginé que el viejo me contaría algún caso que él había vivido.
–No sé si conoces el cabo Bon. Si has viajado por el pequeño Mar Mediterráneo habrás pasado cerca más de una vez. Es un cabo que remata una pedregosa península solitaria con altos acantilados en los que hay un viejo faro tenebroso. Pues bien. Esta historia me la contó en persona el mismísimo capitán Fokke, el holandés errante. Si no has oído hablar de él es que no eres un marino de verdad. Yo navegué con Fokke muchos años. Un gran marino, un buen capitán y nada dado a mentir. Así que, si él me lo contó así, es que así sucedió.
>>Esto ocurrió hace unos cincuenta años. Una naviera de Londres, la White Line Shipping Company, había establecido una ruta entre Londres y El Cairo. Ya se había decidido la construcción del Canal de Suez y una línea regular entre Inglaterra y Egipto iba a ser un buen negocio.
>>Durante el primer año todo marchaba bien. Los barcos iban y venían sin novedad y las mercancías viajaban seguras en sus bodegas. Pero después, uno de los barcos desapareció mientras se dirigía a El Cairo. Fue visto por última vez en Gibraltar, donde había hecho una breve escala para dejar a un par de pasajeros. Por supuesto fue una gran pérdida para la compañía, y sobre todo para las familias de los desaparecidos. Pero el riesgo marítimo en cualquier viaje está siempre presente y los demás buques de la naviera siguieron haciendo la ruta.
>>Un mes después, otro de los barcos desapareció mientras volvía a Inglaterra. La misma historia. Lo habían visto cerca de Malta, rumbo a Gibraltar. Los dueños de la empresa no se limitaron a maldecir su mala suerte. Decidieron investigar. Dos de sus buques se habían perdido entre Gibraltar y Malta. En algún sitio tenían que estar sus restos. Así que en el siguiente barco que zarpó de Londres embarcaron dos inspectores de la naviera. Su misión era explorar las costas del norte de África en busca de restos de los naufragios mientras viajaban a Egipto.
>>Durante varios días el barco fue costeando Argelia y luego Túnez sin encontrar ningún rastro de naufragio alguno. Por fin, cuando se acercaban al Cabo Bon, en plena noche, el capitán del buque llamó a gritos a los inspectores.
–Miren allí –les gritó señalando a la oscuridad en dirección a la costa–. Hace un momento teníamos a la vista la luz del faro de Cabo Bon, y ahora no hay nada, se ha apagado.
>>Al perder la orientación que la luz del faro les brindaba, poco a poco el buque fue derivando hacia tierra empujado por las traidoras corrientes de la zona sin que nadie a bordo pudiera percatarse a tiempo. Y mientras el capitán y sus oficiales miraban hacia la negrura tratando de situarse y de dirigir su nave hacia aguas libres y abiertas, una potente luz surgió de la nada en el horizonte.
–¡Allí! –gritó uno de los inspectores–. Ha vuelto la luz del faro.
>>Pero ya era tarde. Lo único que vieron es que la luz del faro iluminaba las rocas a las que se dirigían y no tuvieron tiempo de cambiar de rumbo. El barco se estrelló contra los bajos que rodean al Cabo Bon y allí encontró su final otro navío de la White Line Shipping Company.
>>Solo hubo un superviviente. Uno de los inspectores, el Sr. Davies, logró asirse a un barril y salió vivo de entre las olas y las rocas. Por fin llegó a una playa donde pudo recuperar el aire.
>>Al amanecer, el Sr. Davies se despertó magullado. Vio los restos del naufragio y algunos cuerpos. Caminó por la playa en busca de más supervivientes, pero no encontró a nadie vivo. Después, en una zona de rocas descubrió algunos restos del primer buque de la compañía desaparecido. Ahora sabía lo que había pasado con sus barcos. El Sr. Davies recordó las historias de los buitres del mar, de los rapiñadores de naufragios provocados, y supuso que éste era uno de esos casos.
>>Pero algo no encajaba en esa explicación, ya que las mercancías de los barcos naufragados aún se encontraban desperdigadas por la zona, y nadie había acudido a robar nada. Si fuesen ladrones de barcos ya habían tenido tiempo de acudir a por su botín, y él estaría seguramente muerto a manos de uno de esos facinerosos. Davies vio a lo lejos la torre del faro del Cabo Bon en lo alto de un acantilado, y decidió acercarse para ver si el farero sabía lo que había podido pasar. Cuando llegó al faro, comprobó que nadie vivía allí desde hacía tiempo. No había ningún resto de actividad humana en la casa del farero.
>>Al anochecer, la luz del faro se encendió sola. Davies no daba crédito a lo que veía. En todos los faros del mundo la luz era encendida por un farero. Era imposible que la lámpara se encendiera sola, así que Davies subió hasta la sala donde se encontraba la lámpara del faro. Al llegar arriba Davies vio que la estructura de vidrio de las lentes de Fresnel giraba con normalidad, pero lo que dejó atónito a Davies fue el comprobar que la luz del faro estaba encendida aunque no había una sola gota del aceite de combustible. Y después, para mayor sorpresa aún de Davies, el faro se apagó.
>>Davies miró hacia el horizonte y vio las tenues luces de un barco que navegaba por la zona. Mientras lo miraba comprobó que, al apagarse la señal salvadora del faro, el buque cambiaba de rumbo hacia el mismo destino que los otros navíos. Intentó por todos los medios encender la luz del faro a tiempo, pero no pudo. Y de repente, ante la incredulidad del Sr. Davies, la luz del faro se encendió cuando ya era demasiado tarde para los pobres tripulantes del pequeño barco.
>>Davies fue rescatado un día después por un pesquero y regresó a Inglaterra, donde a duras penas pudo explicar su historia.
–Fue el faro, el faro asesino –me dijo el viejo mientras agitaba su jarra indicándome que necesitaba otra cerveza.

sábado, 8 de abril de 2017

Giselle

Ah, Giselle, mi Giselle, mi dulce y sensual Giselle. Ahora, en estas noches solitarias sin más compañía en mi velero que el susurro de las olas y el lento flamear de las velas, aún siento tu cuerpo junto al mío en la cubierta en aquellos días de pasión. Mis manos anhelan acariciar una vez más tu piel, sentir tus generosos pechos, pellizcar tus prietas nalgas. Ah, aquellas caricias, que de la más pura muestra de cariño transformábanse raudas y agitadas en lujuria sin freno sobre nuestros cuerpos. ¡Quién pudiera volver a aquellos días! ¡Quién fuera el afortunado de vivir de nuevo en tu isla!

Recuerdo muy bien el día que llegué a tus costas. En la arribada me había cruzado con otro barco también tripulado por un solitario navegante. Un barco que se alejaba de tu isla. No me fijé entonces apenas en las lágrimas que asomaban en los ojos de aquel marino. Ahora las comprendo muy bien.
Fondeé en la pequeña bahía que protegía a los barcos de la furia de la mar, y poco después, al pisar la playa por primera vez te vi. Eras tan hermosa, allí, tumbada sobre la arena blanca, que no pude mirar a ningún otro sitio. Solo tú llenabas mis ojos, incluso desde la lejanía. Hipnotizado por tu cuerpo y arrastrado por el deseo de ver de nuevo a una mujer después de tantos días de solitaria navegación por el océano, me acerqué hacia ti. Recuerdo cómo te giraste y me sonreíste. Luego me senté junto a ti y así estuvimos un tiempo sin hablar, solo mirándonos.
Por fin junté valor y me presenté. Tú me dijiste tu nombre y yo me enamoré. No había otra cosa que pudiera haber hecho en esas circunstancias. Tardé varios días en comprender que estabas sola en tu isla, y cuando te pregunté por qué, tú solo me dijiste que estabas tratando de encontrarte a ti misma. Yo no dije nada, pero deseé que te encontraras, y deseé que lo hicieras conmigo.
Durante las semanas que me dejaste compartir tu vida en tu isla pensé que yo también había encontrado por fin un lugar donde dejar de tener que navegar de aquí para allá. Tal vez, sin yo saberlo, mi destino también era el de encontrarme a mí mismo, pero habiéndote encontrado a ti eso no me preocupaba en absoluto.
Los días transcurrían sin preocupaciones. El sol brillaba en el cielo y nuestra vida era tan sencilla que el mundo había desparecido para nosotros. Teníamos todo lo que necesitábamos, y nuestra única preocupación era gozar de la vida, gozar de nuestros cuerpos, del sexo y del amor.
–¿Crees que ya te has encontrado? –me atreví a preguntarte un día.
Tú me miraste antes de contestar.
–Tal vez sí –dijiste mirando al horizonte.
–¿Y en qué lugar estoy yo en tu vida? –pregunté no sin temor a la respuesta.
No respondiste de inmediato. Seguiste un buen rato mirando al horizonte, como si estuvieras pensando en la respuesta, o como si estuvieras eligiendo las palabras exactas con las que contestarme sin herirme.
–Creo que tú me has ayudado a saber realmente qué quiero y quién soy –dijiste al fin–. Todos los hombres que habéis pasado por esta isla me habéis ayudado en cierto modo.
–¿Pero? –añadí, mirándote a los ojos sabiendo que había algo que no me iba a gustar saber.
–Pero creo que aún me falta algo más de tiempo para conocerme, me falta una experiencia más.
Al día siguiente preparé el barco y me hice a la mar una vez más sin rumbo. Mientras me alejaba de la isla otro velero llegaba con otro navegante solitario. Al cruzarnos me miró. Él me vio llorar y yo le deseé suerte.

jueves, 30 de marzo de 2017

El faro del fin del mundo

Había salido de mi casa varios años atrás, huyendo de los hombres, de la sociedad. Atravesé montañas y valles, selvas y desiertos. Encontré muchas formas de soledad. Pero ninguna era suficiente. Siempre alguien me encontraba, y entonces debía seguir huyendo. Siempre escapando, sin poder permanecer en un mismo lugar más de unos pocos meses.
Y ahora parecía que no iba a poder seguir. Rodeado de un paisaje de rocas áridas, y golpeado por un viento atroz e incansable, un inmenso mar oscuro se abría ante mí. Solo un faro se erguía alto, imponente, estremecedor, poderoso. Un faro que señalaba que incluso hasta allí llegaba la civilización. Era el fin, me dije. Y me detuve ante él.

Poco después salió un anciano del faro.
–¿Eres el farero? –pregunté.
–¿Acaso crees que algún otro podría vivir aquí, tan alejado de todo, en el fin del mundo? –me contestó–. Sí, soy el farero. El farero del faro del fin del mundo. No hay nada más allá de este lugar. Es el lugar más distanciado de la gente. Aquí solo estoy yo. Nadie se acerca, está demasiado lejos de todo.
Así que había llegado al fin del mundo. Mi viaje se había terminado. Ya no podría huir a ningún lugar más apartado.
Construí una pequeña cabaña junto al faro y me instalé allí. El farero no me dijo nada.
Las semanas siguientes pude comprobar que no había, en verdad, ningún lugar más apartado de todo, ya que salvo el farero, que no salía nunca de su torre iluminada, nadie se acercaba nunca a ese lugar. Solo el paso esporádico de algún pequeño barco por la costa nos hacía saber que la sociedad aún existía más allá de las rocas en las que vivíamos el farero y yo.
Pero yo estaba inquieto.
Sí. Era el lugar más lejano a todo cuanto existía, pero igual que yo había llegado hasta allí, tal vez alguien llegaría cualquier otro día. Y esa idea me inquietaba. Yo quería estar solo, solo para siempre.
Así que empecé a pensar.
–Tal vez haya algo más allá– me dije mientras miraba al horizonte del océano–. Tal vez pueda construir una embarcación y seguir mi viaje siempre en la misma dirección.
Pasaban los días y no podía quitarme esa idea de la cabeza. Incluso me atreví a llamar al farero para preguntarle si él sabía si más allá del mar habría otro mundo, un mundo sin gente, un mundo en paz, solo para mí.
–Ya te dije que éste es el faro del fin del mundo. No hay nada más allá de estas rocas– se limitó a contestarme y volvió a encerrarse en el faro.
No sabía qué hacer. Tal vez el farero tenía razón y era inútil navegar alejándome del mundo, pues solo me esperaba la muerte en el viaje hacia la nada. Pero por otro lado no podía alejar de mí la idea de que más gente llegara hasta el faro, invadiendo con su presencia el último reducto que me quedaba.
Finalmente me decidí. Construí un pequeño bote, recogí todo lo que pensaba que me sería útil para el largo viaje, y me preparé para marchar. Pensé en despedirme del farero, pero él estaba en su mundo y yo en el mío. Además, me vería marchar desde su torre. Para qué molestarnos el uno al otro.
Dormí por última vez en mi cabaña y al alba me eché a la mar. Desplegué la vela que me había confeccionado y me dejé llevar por el viento. Miré hacia atrás y vi cómo empequeñecía el faro más y más, hasta que dejé de verlo, hasta que dejé de ver el mundo.
Unos días después vi a lo lejos una vela. Una pequeña embarcación venía hacia mí en dirección contraria. “¿De dónde vendrá?”, pensé.
Mientras se acercaba vi que llevaba solo un tripulante, un hombre mayor de larga barba. Cuando ya estaba a mi lado el hombre me gritó.
–¿De dónde vienes? –me dijo.
–Vengo de un mundo horrible, donde la gente se odia y se mata, donde no hay paz –le grité–. Quiero huir de la sociedad maldita que he dejado allí atrás, en mi mundo y voy en busca de un lugar donde no viva nadie, donde pueda vivir solo. ¿Y tú de dónde vienes?
Se quedó un rato en silencio, como contrariado de mi respuesta.
–Yo también me alejo de la gente que he dejado allí –dijo mientras señalaba a su espalda, a la dirección a la que yo me dirigía.