sábado, 8 de abril de 2017

Giselle

Ah, Giselle, mi Giselle, mi dulce y sensual Giselle. Ahora, en estas noches solitarias sin más compañía en mi velero que el susurro de las olas y el lento flamear de las velas, aún siento tu cuerpo junto al mío en la cubierta en aquellos días de pasión. Mis manos anhelan acariciar una vez más tu piel, sentir tus generosos pechos, pellizcar tus prietas nalgas. Ah, aquellas caricias, que de la más pura muestra de cariño transformábanse raudas y agitadas en lujuria sin freno sobre nuestros cuerpos. ¡Quién pudiera volver a aquellos días! ¡Quién fuera el afortunado de vivir de nuevo en tu isla!

Recuerdo muy bien el día que llegué a tus costas. En la arribada me había cruzado con otro barco también tripulado por un solitario navegante. Un barco que se alejaba de tu isla. No me fijé entonces apenas en las lágrimas que asomaban en los ojos de aquel marino. Ahora las comprendo muy bien.
Fondeé en la pequeña bahía que protegía a los barcos de la furia de la mar, y poco después, al pisar la playa por primera vez te vi. Eras tan hermosa, allí, tumbada sobre la arena blanca, que no pude mirar a ningún otro sitio. Solo tú llenabas mis ojos, incluso desde la lejanía. Hipnotizado por tu cuerpo y arrastrado por el deseo de ver de nuevo a una mujer después de tantos días de solitaria navegación por el océano, me acerqué hacia ti. Recuerdo cómo te giraste y me sonreíste. Luego me senté junto a ti y así estuvimos un tiempo sin hablar, solo mirándonos.
Por fin junté valor y me presenté. Tú me dijiste tu nombre y yo me enamoré. No había otra cosa que pudiera haber hecho en esas circunstancias. Tardé varios días en comprender que estabas sola en tu isla, y cuando te pregunté por qué, tú solo me dijiste que estabas tratando de encontrarte a ti misma. Yo no dije nada, pero deseé que te encontraras, y deseé que lo hicieras conmigo.
Durante las semanas que me dejaste compartir tu vida en tu isla pensé que yo también había encontrado por fin un lugar donde dejar de tener que navegar de aquí para allá. Tal vez, sin yo saberlo, mi destino también era el de encontrarme a mí mismo, pero habiéndote encontrado a ti eso no me preocupaba en absoluto.
Los días transcurrían sin preocupaciones. El sol brillaba en el cielo y nuestra vida era tan sencilla que el mundo había desparecido para nosotros. Teníamos todo lo que necesitábamos, y nuestra única preocupación era gozar de la vida, gozar de nuestros cuerpos, del sexo y del amor.
–¿Crees que ya te has encontrado? –Me atreví a preguntarte un día.
Tú me miraste antes de contestar.
–Tal vez sí –dijiste mirando al horizonte.
–¿Y en qué lugar estoy yo en tu vida? –Pregunté no sin temor a la respuesta.
No respondiste de inmediato. Seguiste un buen rato mirando al horizonte, como si estuvieras pensando en la respuesta, o como si estuvieras eligiendo las palabras exactas con las que contestarme sin herirme.
–Creo que tú me has ayudado a saber realmente qué quiero y quién soy –dijiste al fin–. Todos los hombres que habéis pasado por esta isla me habéis ayudado en cierto modo.
–¿Pero? –Añadí, mirándote a los ojos sabiendo que había algo que no me iba a gustar saber.
–Pero creo que aún me falta algo más de tiempo para conocerme, me falta una experiencia más.
Al día siguiente preparé el barco y me hice a la mar una vez más sin rumbo. Mientras me alejaba de la isla otro velero llegaba con otro navegante solitario. Al cruzarnos me miró. Él me vio llorar y yo le deseé suerte.

jueves, 30 de marzo de 2017

El faro del fin del mundo

Había salido de mi casa varios años atrás, huyendo de los hombres, de la sociedad. Atravesé montañas y valles, selvas y desiertos. Encontré muchas formas de soledad. Pero ninguna era suficiente. Siempre alguien me encontraba, y entonces debía seguir huyendo. Siempre escapando, sin poder permanecer en un mismo lugar más de unos pocos meses.
Y ahora parecía que no iba a poder seguir. Rodeado de un paisaje de rocas áridas, y golpeado por un viento atroz e incansable, un inmenso mar oscuro se abría ante mí. Solo un faro se erguía alto, imponente, estremecedor, poderoso. Un faro que señalaba que incluso hasta allí llegaba la civilización. Era el fin, me dije. Y me detuve ante él.

Poco después salió un anciano del faro.
–¿Eres el farero? –Pregunté.
–¿Acaso crees que algún otro podría vivir aquí, tan alejado de todo, en el fin del mundo? –me contestó–. Sí, soy el farero. El farero del faro del fin del mundo. No hay nada más allá de este lugar. Es el lugar más distanciado de la gente. Aquí solo estoy yo. Nadie se acerca, está demasiado lejos de todo.
Así que había llegado al fin del mundo. Mi viaje se había terminado. Ya no podría huir a ningún lugar más apartado.
Construí una pequeña cabaña junto al faro y me instalé allí. El farero no me dijo nada.
Las semanas siguientes pude comprobar que no había, en verdad, ningún lugar más apartado de todo, ya que salvo el farero, que no salía nunca de su torre iluminada, nadie se acercaba nunca a ese lugar. Solo el paso esporádico de algún pequeño barco por la costa nos hacía saber que la sociedad aún existía más allá de las rocas en las que vivíamos el farero y yo.
Pero yo estaba inquieto.
Sí. Era el lugar más lejano a todo cuanto existía, pero igual que yo había llegado hasta allí, tal vez alguien llegaría cualquier otro día. Y esa idea me inquietaba. Yo quería estar solo, solo para siempre.
Así que empecé a pensar.
–Tal vez haya algo más allá– me dije mientras miraba al horizonte del océano–. Tal vez pueda construir una embarcación y seguir mi viaje siempre en la misma dirección.
Pasaban los días y no podía quitarme esa idea de la cabeza. Incluso me atreví a llamar al farero para preguntarle si él sabía si más allá del mar habría otro mundo, un mundo sin gente, un mundo en paz, solo para mí.
–Ya te dije que éste es el faro del fin del mundo. No hay nada más allá de estas rocas– se limitó a contestarme y volvió a encerrarse en el faro.
No sabía qué hacer. Tal vez el farero tenía razón y era inútil navegar alejándome del mundo, pues solo me esperaba la muerte en el viaje hacia la nada. Pero por otro lado no podía alejar de mí la idea de que más gente llegara hasta el faro, invadiendo con su presencia el último reducto que me quedaba.
Finalmente me decidí. Construí un pequeño bote, recogí todo lo que pensaba que me sería útil para el largo viaje, y me preparé para marchar. Pensé en despedirme del farero, pero él estaba en su mundo y yo en el mío. Además, me vería marchar desde su torre. Para qué molestarnos el uno al otro.
Dormí por última vez en mi cabaña y al alba me eché a la mar. Desplegué la vela que me había confeccionado y me dejé llevar por el viento. Miré hacia atrás y vi cómo empequeñecía el faro más y más, hasta que dejé de verlo, hasta que dejé de ver el mundo.
Unos días después vi a lo lejos una vela. Una pequeña embarcación venía hacia mí en dirección contraria. “¿De dónde vendrá?”, pensé.
Mientras se acercaba vi que llevaba solo un tripulante, un hombre mayor de larga barba. Cuando ya estaba a mi lado el hombre me gritó.
–¿De dónde vienes? –Me dijo.
–Vengo de un mundo horrible, donde la gente se odia y se mata, donde no hay paz –le grité–. Quiero huir de la sociedad maldita que he dejado allí atrás, en mi mundo y voy en busca de un lugar donde no viva nadie, donde pueda vivir solo. ¿Y tú de dónde vienes?
Se quedó un rato en silencio, como contrariado de mi respuesta.
–Yo también me alejo de la gente que he dejado allí –dijo mientras señalaba a su espalda, a la dirección a la que yo me dirigía.

domingo, 5 de marzo de 2017

Don Benigno

Benigno Buendía era un hombre bueno. La bondad residía en él como la maldad habita en otras muchas personas. Cuando nació sólo lloró lo necesario. Y no es que tuviese alguna debilidad, no. Lo hizo por no molestar. Ya desde sus primeros años de infancia se caracterizó por sus buenos actos hacia los demás. Un día, por ejemplo, al ser enviado por su madre a comprar el pan, el panadero le entregó unas monedas de más en las vueltas. Benigno se dio cuenta al llegar a casa y con las mismas se volvió a calzar los zapatos y regresó a la panadería para asombro del panadero, quien decidió no cogerle el dinero al chaval, como premio a su honradez. Benigno era tan bueno que ni siquiera comprendió por qué le pagaban por hacer lo que él pensaba que hacía todo el mundo.
Ya en el instituto siempre ayudaba a sus compañeros cuando se lo pedían, y los profesores lo tenían como un alumno excelente. No es que sacara las mejores notas de su clase, pero nunca se metía en líos y se le podía pedir cualquier favor a sabiendas que haría lo imposible por hacerlo. Nunca copiaba en los exámenes, pero si algún compañero se lo rogaba, no dudaba en chivarle lo necesario.
Cuando llegaba el día de la cuestación a favor de tal o cual buena causa, Benigno colaboraba con parte de su asignación semanal. Una vez que le pusieron una banderita en el pecho y no tenía dinero en el bolsillo, le dijo a la mujer que esperara y fue a casa para volver enseguida con algo para darle.
Al terminar la carrera de Derecho, don Benigno, como ya le conocían en su barrio, montó un pequeño bufete desde el que hacía muchos favores a sus vecinos más necesitados.
-Don Benigno ayude Ud. a mi hijo –le decía una pobre mujer- que se ha metido en un lío con un negocio.
-No se preocupe, Doña Aurora, déjelo en mis manos y todo se arreglará –contestaba Benigno, que no sabía decir que no.
-Pero no puedo pagarle –replicaba la buena mujer, medio sollozando.
-Tranquila, tranquila, de eso no debe preocuparse. Ya me pagarán cuando puedan.
-Es Ud. un santo, don Benigno –terminaban diciéndole todos.
De esta forma, muchas veces trabajaba Benigno por altruismo.
-No puedes seguir así toda la vida –le decía su madre-. Tú también necesitas dinero para poder casarte.
-No se preocupe, madre –contestaba él. -Más se consigue con la conciencia tranquila que aprovechándose de las desgracias ajenas.
-Eres demasiado bueno, hijo. Tan bueno que pareces tonto –rezaba la mujer.
Pero a Benigno no le importaba parecer tonto. Él sólo quería ser justo. Su idea era que para mejorar el mundo lo único realmente útil que una persona puede hacer es ser él mismo justo. Si todo el mundo fuera justo y honrado ya no habría injusticias entre los hombres. Y era consecuente con su idea, incluso ante los que se portaban injustamente con él y los suyos.
Como por ejemplo aquella vez que una persona timó a su madre y a otras personas con unas falsas revisiones del ayuntamiento, y a Benigno le tocó por turno de oficio defender al timador. Y fue tan diligente en su trabajo que logró rebajar la pena de cárcel solicitada por el fiscal a una simple multa.
-Pero bueno hijo. En lugar de ayudar a tu madre y tus vecinos te pones de parte del caradura ése, que lleva toda su vida engañando a la gente honrada.
-Escucha madre, solo habéis perdido un poco de dinero y ese hombre tiene dos hijos. No creo que por cuatro monedas sea bueno meterle en la cárcel. Además, yo como abogado debo defender imparcialmente a mi defendido y había muchas atenuantes en su caso. Si le metieran en la cárcel unos meses, al salir sería mucho peor persona con total probabilidad. De esta forma, viendo que los demás pueden ser justos con él, tal vez comprenda que está siguiendo el camino equivocado.
-Hijo mío –dijo la madre de Benigno- ojalá todo fuese tan sencillo como tú dices, pero la vida no es así.
-No es así porque nosotros no hacemos que así sea. Querer es poder –sentenció él, y se fue al despacho a seguir trabajando gratis.
Benigno también gustaba de ser generoso con los pobres. No podía pasar por delante de alguien que pidiera limosna sin entregarle una dádiva. Los mendigos del barrio conocían esa costumbre suya y se disputaban las esquinas por las que éste solía pasar. “Muchas gracias, señor –decían siempre entre reverencias- Dios le recompensará” y se guardaban el dinero esperando volver a encontrar pronto al bueno de don Benigno.
Así, entre donativos a los pobres, a la parroquia del barrio y a cuantas buenas obras le propusieran, y con sus trabajos gratuitos las más de las veces, le llegó un momento en el que comenzó a pasar apuros económicos. Llevaba un tiempo ahorrando un poco para la compra de un piso y en los últimos meses había tenido que disminuir la cantidad mensual que dedicaba a este menester.
Su fin comenzó un día simplemente con un pequeño cambio. Uno de sus pobres habituales esperaba como siempre en la esquina a que su principal benefactor le ofreciera su acostumbrada cantidad. Al llegar al lugar Benigno se paró mecánicamente y sacó unas monedas de su monedero. Cuando se las iba a entregar al pobre se detuvo, y tras mirar la mano un momento, le entregó la mitad de la cantidad acostumbrada. El hombre le miró extrañado y casi con mala cara, le pareció a Benigno, como si le hubiesen engañado.
Al entrar en la oficina Benigno se sentía mal. Durante toda la mañana apenas pudo apartar de su mente la mirada del pobre, de su pobre. Al salir para casa cambió su habitual recorrido por otro con el fin de no cruzarse con ningún mendigo en la calle.
Los siguientes días hizo lo mismo y llegó a rechazar un caso de un vecino pues no podía permitirse el lujo de perder el tiempo en un trabajo que no iba a cobrar.
-Me ha dicho doña Paca –le comentó un día su madre- que el otro día no quisiste ayudar a su hijo.
-Eso no es cierto –se defendió.- Sí quisiera ayudarle, pero no puedo. Si acepto su caso no tendría tiempo para poder resolver pronto los otros casos que tengo de clientes que me pagarán al solucionarlos, y necesito el dinero.
-Ya, tienes razón, pero debes comprender que la gente del barrio te necesita y está acostumbrada a contar siempre con tu ayuda.
-Pues ahora no puedo ofrecérsela. –Y se acostó en la cama aunque no pudo pegar ojo en toda la noche.
Al día siguiente no fue a trabajar. Se encontraba enfermo. No podía quitarse de la cabeza la imagen del pobre, su mirada.
“Yo le di todo lo que podía en ese momento –pensaba sin cesar-. Ya sé que no era mucho pero, qué más quería. No es mi obligación darle dinero, se lo doy porque quiero y le doy lo que puedo. Además, siempre me he portado bien con él y con los demás, y ahora que necesito que se porten bien conmigo así me lo agradecen. Y que conste que yo al ayudarles no buscaba su gratitud. Yo lo hacía de manera altruista, desinteresadamente, como se deben hacer los favores, sin esperar otro a cambio, ya que entonces deja de ser un favor y es una transacción comercial, un intercambio de servicios. Pero, qué quieres, hoy por ti mañana por mí. No es que tengan todos a los que ayudé ninguna obligación para conmigo, pero...”. Y con estos pensamientos que le atormentaban se dormía y con los mismos se despertaba.
Así pasó don Benigno ocho terribles días tras los cuales decidió no ayudar nunca más a nadie para que no se mal acostumbraran a que un acto voluntario se convirtiera en obligatorio. Primero sería él y después ya se vería.
Cuando por fin se sintió con fuerzas para volver a salir a la calle, Don Benigno había cambiado. No intentaba siquiera evitar los incómodos encontronazos con los mendigos, sino que simplemente pasaba a su lado sin ni siquiera mirarles. Ellos al principio esperaban algún gesto del que por mucho tiempo había sido su benefactor. No podía un hombre cambiar tanto de la noche a la mañana. Pero pasaban los días y don Benigno seguía impertérrito ante sus silenciosas y escandalosas súplicas.
Una mañana don Benigno se encontraba solo en su despacho trabajando con gran concentración entre varios documentos importantes. Tocaron al timbre y con gran disgusto hubo de levantarse a abrir la puerta. Allí se encontró frente a frente con un hombre que por su aspecto estaba claro que mendigaba de puerta en puerta en pos de alguna ayuda.
-¿Qué quiere? –preguntó don Benigno con mal humor.
-Perdone que le moleste, pero tengo tres hijos y me he quedado sin trabajo, y por la voluntad le limpio los cristales. Es la voluntad, lo que Ud. quiera.
-Mire, no necesito que me limpien los cristales, ya se encarga una persona de la limpieza.
-Es solo un momento, y no se lo pido por mí, es por mis hijos. Ud. me da lo que quiera y le dejo los cristales impecables. No le molestaré mucho.
Don Benigno intentó en vano librarse de aquella molestia. Tanto insistió el hombre que no le quedó otro remedio que acceder a que invadieran su intimidad.
Poco después el hombre le dijo que ya había terminado y Benigno sacó del bolsillo la cantidad de dinero que él creía justa y suficiente, y se la entregó.
El hombre miró las monedas y después miró a don Benigno a la vez extrañado y enfadado. Al parecer la cantidad que para uno era justo para el otro era una miseria indigna del trabajo por él realizado.
-¿Se está usted burlando de mí? -preguntó el hombre- ¿Se está usted burlando de mis hijos?
-Perdone, pero me dijo que le diese lo que yo quisiera, la voluntad.
-Pero... Esto... Esto no me lo da nadie.
-Ni esto, ni nada. Qué quiere usted, que le pague como a un profesional, pues haberme dicho desde un principio su tarifa. Casi me obligó a ayudarle, por sus hijos, y ahora me viene con éstas. Pues ahora ni esto le doy, no le doy nada. –Y se metió las monedas al bolsillo y echó del despacho al sorprendido mendigo dándole con la puerta en las narices.
Aquello se propagó rápidamente entre las gentes del barrio, y no tardaron algunos en cambiarle el nombre por el de Maligno. Su metamorfosis había sido total. De grácil e inocente mariposa habíase convertido en venenosa y repugnante oruga.
A Benigno eso del nombre no hizo más que reafirmarle en su idea de la ingratitud de la gente para con él. “Tantos años siendo bueno para qué, –pensaba- para ser un imbécil. Un idiota es lo que he sido, pero ahora ya no lo seré más. Que sean otros los idiotas para mí. Espero que vuelva a la oficina el de los cristales. Le diré que me los limpie a fondo y después, puerta. No decía que la voluntad, pues mi voluntad será aprovecharme de él.”
Ya no pasaba junto a los mendigos sin mirarles. Ahora procuraba hacerles la vida imposible para que se fueran lejos de su territorio. Si alguno pedía limosna con un periódico social en la mano, Benigno le pagaba lo que oficialmente valía el diario y se lo llevaba para que no tuviese una excusa para pedir sin pedir. “No aguanto a la gente que pide limosna y no te dice que la pide –solía decir. -Si vende el periódico que lo venda y si mendiga que mendigue, pero que no nos traten de confundir y de engañar. Estaría bueno”.
Otra vez vio a un joven que se situaba junto a los transeúntes con un cartel con el que decía que tenía hambre. Con ello lograba que mucha gente, sobre todo ancianas, le dieran unas monedas. Don Benigno al verle entró en una panadería y compró una barra de pan que intentó entregar al chaval. Éste, al ver que en lugar de dinero le daba pan, maldijo a don Benigno y se fue de la esquina. Benigno se rió y mientras el joven se retiraba le gritaba: “No tenías hambre. Pues cómete el pan. ¡Ladrón! ¡Aprovechado! ¡Caradura!”.
No tardó Benigno en enemistarse también con sus amigos, ya que ahora no se fiaba de nadie y siempre pensaba que los demás querían algo de él al ofrecerle su amistad, aunque esa amistad tuviera años de solera.
Y tampoco le iban tan bien como él hubiese deseado los asuntos de negocios ya que no tenía la menor paciencia con los clientes que no fuesen a dejarle una buena minuta.
Don Benigno se iba quedando solo. Logró comprarse el piso que quería. Uno amplio y bien situado en la ciudad. Y ahora que ya vivía en su propia casa ni siquiera su madre iba a visitarle. Y lo peor era que a él no le importaba, y no se daba cuenta de ello. Su corazón estaba enfermo. O quizás ya ni tenía corazón. Pudiera ser.
Un día, al pasar por el parque tras un juicio, se paró a atarse un zapato. Se acercó a él un niño pequeño, de unos dos años de edad, con un coche de carreras. Benigno se sentó a mirarlo. Era un niño alto para su edad y parecía muy contento con su coche. Enseguida se dio cuenta don Benigno que el coche no era suyo, se lo había encontrado en un rincón del parque y cada vez que se le acercaba otro niño le preguntaba si era suyo, pero todos le contestaban que no y él seguía jugando encantado de la vida.
Don Benigno pensó que era raro que el niño preguntara a los demás chavales si eran los dueños del juguete, ya que a esa edad lo normal es que los niños piensen que todo lo que hay a su alcance les pertenece. Y más extrañado todavía se quedó cuando la madre del crío le llamó para irse a casa y el niño dejó el cochecito donde lo había encontrado por si volvía su verdadero dueño, y eso que su madre le dijo que se lo podía llevar a casa.
El niño se marchó y don Benigno se quedó.
Se quedó mirando cómo se alejaba el niño de la mano de su madre y no podía evitar pensar dónde había visto antes a ese niño.
Hasta que se dio cuenta.
Ese niño era él mismo, pues así había sido él de pequeño, bueno, como si su nombre le hubiese marcado su carácter, un carácter que había cambiado tanto en tan poco tiempo, desde aquel día en que su pobre le miró mal.
Don Benigno regresó a casa. Volvió a esquivar a los pobres por el camino. No se atrevió a pasar junto a ellos despreciándolos como había hecho en los últimos tiempos, pero tampoco se atrevió a volver a darles un óbolo como antiguamente. Era demasiado orgulloso como para reconocer que se había equivocado y que había sido cruel de manera premeditada.
Llegó a casa y se encerró en ella. Estaba confuso y no sabía cómo resolver el dilema que comenzaba a corroerle las entrañas. Ya no podía seguir siendo don Maligno por más tiempo pues su anterior personalidad justa y buena había regresado de dentro de su ser. Pero tampoco podía actuar como si nada hubiese pasado. Todo lo malo que había hecho en los últimos meses estaba ahí, y no podía borrarlo de su memoria ni, lo que para él era peor, de la memoria de los demás. Ya no era don Maligno, pero tampoco podía volver a ser don Benigno ya que éste nunca hubiera tenido un tachón tan grave en su historial de bondad impoluta.
Don Benigno se acostó con esta idea en la cabeza. Tomó unas pastillas para dormir... y durmió.

(c) Javier Sánchez-Beaskoetxea, 2003.

martes, 21 de febrero de 2017

Ketty y Julie

Julie había llegado a Nueva York hacía unos meses para trabajar en un despacho. Casi desde el primer día había adquirido la costumbre de desayunar antes de entrar al trabajo en la cafetería de Ketty, que estaba justo al lado del portal.
Ketty era una chica soñadora, con ganas de agradar a sus clientes. Hacía un par de años que había abierto la cafetería. Su nombre, El Sueño de Ketty. No tardó mucho en tener una clientela fija. Oficinistas de la zona, secretarias, abogadas, agentes inmobiliarios, comerciantes del barrio,… Todos pasaban por El Sueño de Ketty y todos volvían un día tras otro, pues Ketty había logrado crear un ambiente cálido y agradable y sus tartas tenían una merecida fama.
Por su parte, Julie era una joven tímida y se sentía un poco abrumada en la ciudad, pues ella se había criado en una pequeña localidad de Pennsylvania, y Nueva York le resultaba hostil, con tanto tráfico, tanta gente desconocida y tantas prisas. Por eso, cuando entró el primer día en El Sueño de Ketty y ésta le había recibido como si la estuviera esperando desde hacía tiempo, Julie se sintió a gusto, como en su casa.
Aún recordaba su primer encuentro con Ketty.
–Buenos días –le había dicho Ketty nada más entrar al local–. Hoy tenemos una tarta especial de manzana. La he hecho yo misma. ¿Te apetece probar un trozo? Invita la casa.
Julie miró a Ketty y sonrió con dulzura. Ketty le devolvió la sonrisa y ambas se quedaron mirándose unos segundos, hasta que Julie, algo azorada, contestó que sí, que le encantaría probar la tarta.
Aquel día Julie probó la tarta de manzana más sabrosa que había comido hasta entonces, y se encontró con la mirada más profunda e íntima que jamás había tenido con nadie.
Desde entonces, todos los días seguían el mismo ritual. Julie llegaba como unos veinte minutos antes de entrar a trabajar; Ketty la recibía con una sonrisa y una mirada; Julie la miraba un instante, bajaba la vista y se sentaba en una mesa junto a la ventana; Ketty le servía un café y le dejaba un trozo de la tarta especial del día; Julie permanecía en silencio mientras saboreaba la tarta; se bebía el café; dejaba el dinero en el plato de la cuenta; buscaba la mirada de Ketty; ambas se sonreían con dulzura y se miraban otro instante; Julie salía y se iba a trabajar. Y así un día tras otro, de lunes a viernes.
Julie pasaba los fines de semana deseando que llegara el lunes para retomar una y otra vez su extraña relación con Ketty. Sí. Podía haber ido a El Sueño de Ketty a otras horas, incluso los sábados y domingos por la tarde, pues Ketty solo cerraba los fines de semana por la mañana. Pero Julie nunca se atrevería a dar ese paso. Ella simplemente era así, y no hacía nada para cambiar.
Pero hacía unos pocos días, una mañana de un viernes, ocurrió algo inesperado para Julie. Ketty, después de dejarle la tarta y el café, se sentó con ella en la mesa.
–¿Cómo estás? –le preguntó–. ¿Qué tal tu vida en la ciudad? ¿Eres feliz aquí?
Julie casi se muere de la vergüenza. Se podía decir que desde que había llegado a la ciudad, era la primera vez que alguien le preguntaba por sus sentimientos. Además de con la gente del despacho, con los que solo comentaba cosas del trabajo, Julie no hablaba con nadie. Y ahora Ketty, ¡la mismísima Ketty!, se sentaba a su lado y le preguntaba si era feliz.
Julie hubiese querido responder que en ese instante le había llegado la felicidad; que la felicidad era estar allí, mirando el rostro de Ketty y que Ketty le preguntara si era feliz; que desde que entró por primera vez en El Sueño de Ketty solo vivía para llegar por las mañanas y disfrutar ese breve instante de la mirada de Ketty, de sus ojos sonrientes, dulces, que la hacían sentir viva, que la hacían sentirse amada.
Pero Julie por nada del mundo podría responderle eso a Ketty, antes se moriría que dejar que Ketty supiera lo que ella pensaba. Así que se limitó a sonreír, a mirar un instante a los ojos de Ketty y a contestarle que bien, que todo le iba bien, esperando que Ketty volviera a sus quehaceres dejándola a ella allí, comiendo su trozo de tarta, bebiendo su taza de café y pensando en que ojalá Ketty se volviera a sentar junto a ella.
Pero Ketty no se iba. Permanecía allí sentada, mirándola.
–Mañana dicen que va a hacer un día muy hermoso. Voy a salir por la mañana a caminar por la ciudad. Igual cruzo el puente de Brooklyn y me acercó hasta una floristería que conozco. Me apetece comprar unas plantas para ponerlas en la cafetería. ¿No crees que quedarían bien unas plantas por aquí, cerca de la ventana? He pensado que igual te apetece acompañarme. Sería un sábado diferente. ¿Quieres venir conmigo?
Julie tardó una eternidad en contestar a Ketty. ¿Que si quería acompañarla a salir y a comprar unas plantas? Deseaba hacerlo. Se moría por hacerlo.
–De acuerdo –se limitó a contestar con voz trémula.
–Perfecto entonces –dijo Ketty levantándose–. Nos vemos aquí mismo a las nueve.
Julie no pudo apenas dormir esa noche, claro está. A las nueve menos cinco ya estaba en la puerta de El Sueño de Ketty lista para hacer su excursión por la ciudad con Ketty.
–Me alegro de verte –dijo Ketty en cuanto llegó–. ¿Lista? Pues andando, que hoy será un gran día.
Tras atravesar algunas calles, Julie y Ketty comenzaron a atravesar el puente de Brooklyn. La mañana era espléndida. El sol brillaba y la temperatura era agradable. Por el puente no había demasiada gente y Julie disfrutaba de ir con Ketty, quien no había hablado apenas desde que empezaron el paseo.
Ketty caminaba junto a Julie, y de repente, sin decir nada, se acercó un poco más y tomó de forma suave y cálida la mano de Julie, quien, temblando, asió con fuerza la de Ketty.

lunes, 13 de febrero de 2017

El pozo

Este cuento lo escribí hace tiempo y lo incluí como un sueño del protagonista dentro de mi novela "42,2 Muerte en Central Park", en la que los sueños tienen un papel importante.

El pozo

Nunca más volveré a aquel lugar. Ya es suficiente con las visitas hechas hasta ahora, unas diez o doce, no recuerdo bien, pero suficientes de todos modos. Suficientes para saber si me ha gustado. Suficientes para saber si me ha impactado. Y sí que lo ha hecho, impactarme digo, no el gustarme.
La primera vez tendría yo unos cinco años, y me llevó mi padre, sin pedirme permiso, sin preguntarme si yo quería ir. Claro, ahora sé que con cinco años te llevan a los sitios sin consultar contigo, pero cuando tienes cinco años ya empiezas a sentirte mayor, y empiezas a tener claro lo que quieres y lo que no. Y si entonces me llega a preguntar mi padre si quería ir allí o no, pues seguramente hubiese dicho que no. Como se lo dije la siguiente vez, y la siguiente, aunque no me hizo mucho caso.
Pero el caso es que, unos años después, a la cuarta vez fui yo solo, sin que nadie me obligara, sin que nadie me insistiera, sin que nadie lo supiera.
Era un lugar extraño, y supongo que sigue siéndolo.
La puerta de acceso estaba escoltada por dos filas de columnas inmensas, gruesas, altas y lisas como el cielo raso al que casi alcanzaban. Tras ellas, una gran losa pétrea daba acceso al patio interior. Esa puerta era fantástica. Tan pesada parecía a la vista, que sorprendía lo fácilmente que se desplazaba con un leve toque con un único dedo. Sin apenas una vibración, en completo silencio, suavemente, como si fuera etérea, la puerta gigantesca se abría de par en par para mostrar al visitante aquel patio vacío, lúgubre, sepulcral que no contenía nada. Bueno, nada salvo el pozo.
Siempre asustaba, por muchas veces que hubieras estado allí, el portazo con el que se cerraba la losa tras de ti una vez dentro del patio. La primera vez llegabas a pensar que no se abriría más y que aquel lugar sería tu última morada. Pero al correr espantado hacia ella siempre se volvía a abrir con la misma suavidad de siempre. Así que volvías a dirigir tus pasos hacia el único punto posible: el pozo.

El pozo.
Un agujero insondable, negro, estrecho, que se abría en el centro del patio vacío como si hubiese sido el lugar donde se asentaba el eje de las agujas de un gigantesco reloj. Al asomarte a él por primera vez era inevitable sentir un vértigo espantoso, aunque, simultáneamente, sentías una irrefrenable tentación de arrojarte al vacío. Por suerte, o eso creo, yo pude reprimir ese instinto y sustituirlo por el ansia de descender la escalera estrecha que, en una espiral interminable, nunca se estaba seguro de que llegaría alguna vez al fondo. Y todo el que allí iba lo hacía con la intención de bajar cada vez un poco más, un peldaño más, e intentar culminar un descenso que nadie había logrado jamás. Nadie sabía dónde se detenía la escalera, pues nadie había tenido el valor y la paciencia de pisar todos los escalones.
La primera vez que me adentré en el pozo yo solo, aún siendo un niño, bajé sin detenerme durante una hora. Sabía que estaba siendo muy valiente al hacerlo, pues incluso en la compañía de mi padre no había estado más de veinte minutos descendiendo antes de decidir dejarlo. No sé si mi padre bajó alguna vez más abajo. Puede que cuando fue conmigo se detuviera pensando en que yo tendría miedo o estaría cansado. El caso es que nunca habíamos bajado tanto juntos. Y allí estaba yo, por cuarta vez, solo, sin nadie en quien amortiguar mis temores. Durante una hora bajé sin detenerme aquella escalera en infinita espiral que no se interrumpía por nada, salvo en la puerta negra que dejabas a un lado al de unos cincuenta y pico minutos de iniciado el descenso.
Ahora que lo recuerdo, es curioso que esa primera vez que vi la puerta negra no me llamara la atención demasiado. Mi objetivo entonces era alcanzar el final de la escalera, el mismo que tuve las siguientes ocasiones en las que me interné en el pozo. Y era normal. Aún no sabía que era inútil intentar alcanzar el fondo. Eso lo aprendería años más tarde, cuando la caída. Pero, ya de joven, una vez entré en el pozo con la sola idea de abrir la puerta negra. Y fue todo un descubrimiento.
En aquella ocasión descendí los escalones a todo correr. Tenía prisa por saber. Alcancé la puerta, posé mi mano sobre ella y empujé. No pasó nada. Empujé de nuevo con más fuerza y tampoco se movió. No había ninguna manilla a la vista. Puede que antaño la hubiera, pero ahora ya no estaba. Decidido a entrar como fuera, empujé con todas mis fuerzas y finalmente logré que se moviera un poco. Seguí empujando con el hombro y conseguí que se abriera lo suficiente como para poder atravesarla.
Al principio no vi nada. Estaba demasiado oscuro. Pero en cuanto se cerró la puerta negra mis ojos se adaptaron a la poca claridad que había y para mi tranquilidad comprobé que podía ver lo suficiente.
No parecía haber nada, salvo un largo pasillo por el que caminé durante media hora hasta alcanzar una nueva puerta que no me costó mucho abrirla. Tras la puerta, para mi sorpresa, un pozo como el anterior se abría a mis pies. No puedo ocultar que entonces fue una pequeña decepción y un contratiempo encontrarme otra vez en la misma situación de siempre. Ante la certeza de que si seguía la escalera hacia el fondo del pozo no llegaría a ningún lado, decidí subir la espiral.
Tardé casi una hora en llegar arriba. Cansado, pero aliviado de salir de allí, mi decepción fue aún mayor al ver que estaba en el mismo patio de siempre. De alguna forma el pasillo conducía de nuevo a la misma puerta negra y al mismo pozo por el que había descendido. Tanto esfuerzo para nada, pensé entonces, y me lamenté de no haber despreciado la puerta y de no haber seguido descendiendo más y más. Pero cuando ya iba a salir del patio por la gran puerta para dirigirme a mi casa, algo llamó poderosamente mi atención.
No estaba en el mismo patio de siempre, ni el pozo era el mismo por el que había descendido. Algo muy extraño pasaba. Yo sabía con certeza que entre el descenso, el paso del pasillo y subir de nuevo, como mucho había empleado unas tres horas escasas, y cuando había empezado a bajar las escaleras eran las diez de la mañana de un día de verano en el que brillaba el sol en un cielo azul y despejado. Pero ahora, sobre mí, tan sólo había una gran luna llena entre grandes nubarrones en medio de una noche fría y amenazadora.
Consternado, dirigí mis pasos hacia el pozo de nuevo para volver por donde había venido. Pero la curiosidad, ¡ay! la curiosidad que nos conduce a aprender, me obligó a salir del patio por la gran puerta, dejar atrás las altivas columnas, y empezar a caminar por la senda que se dirigía a la ciudad, por lo menos en mi mundo.
Y tal y como lo podía esperar, donde yo había dejado mi ciudad, allí se levantaban los aparentemente mismos edificios y mismas calles de siempre, aunque ahora, de noche, tenían un aspecto algo diferente, algo más lúgubre.
Me interné, pues, en la ciudad y seguí la ruta de calles que me llevaban hasta mi casa. No vi a nadie en el trayecto, y todo estaba cerrado y tranquilo, como era de esperar. Alcancé la puerta de mi casa y me dispuse a abrirla. Antes de introducir la llave en el bombillo de la cerradura dudé un instante. Me resultaba extraño estar allí, de noche, como un ladrón, abriendo la puerta en silencio para no despertar a nadie y con la mente aún en el misterio de esta noche repentina y de este pozo del que no sabía si era el mismo por el que había entrado o no. Pero finalmente giré la llave y la puerta se abrió.
Desde luego era mi casa. Los muebles y los cuadros eran los mismos, pero no estaban igual que a la mañana. Ninguna de las fotos recientes que mi madre había puesto en el salón se hallaban ahora allí. Y la televisión y otros aparatos modernos tampoco estaban en su lugar. Pero lo más extraño, lo más impactante para mí, ocurrió al entrar en mi cuarto. Mi cama estaba ocupada.
Sí, estaba ocupada, pero ocupada por mí. Efectivamente el niño que estaba plácidamente durmiendo en mi cama era yo de pequeño, con unos nueve años. Tenía mi pijama de ositos y sobre la mesilla mis libros de cuentos favoritos. Al parecer, el pozo me había conducido al pasado. Me senté allí, viéndome dormir, y me quedé dormido.
Cuando desperté, mi madre, mi madre de joven, hacía mi cama mientras yo, yo de niño, me vestía para salir. A ninguno de los dos parecía llamar la atención mi presencia, lógico, pues enseguida me di cuenta de que no podían verme. Así que les seguí en sus quehaceres diarios. Mi madre, tras acabar de limpiar y recoger, me acompañó a mí de niño al colegio y se fue a trabajar. Decidí quedarme en el colegio y observarme, observarme con la perspectiva que dan los años.
Es extraño, pero los recuerdos que tenemos de nuestra infancia se diluyen rápidamente en el tiempo, y aunque recordamos escenas y situaciones, no sabemos en realidad cómo éramos de niños. Yo siempre he creído que mi infancia fue feliz. Y así fue en general. Mis padres me querían y me trataban muy bien. Pero el ser un niño introvertido siempre te hace sufrir más de la cuenta con los demás niños.
Aquel día, mientras me observaba a mí mismo, ocurrió algo en el recreo.
Ahí estaba yo, un niño solitario en una esquina del patio, entreteniéndome con un hormiguero mientras los demás niños jugaban al fútbol o a otros juegos. Las hormigas seguían su vida inconscientes de mi presencia y del peligro que yo podía suponer para ellas, lo mismo que yo las observaba ajeno a los demás, ajeno a lo que los demás podían hacerme. Y así, mientras con un palo iba destrozando distraídamente las paredes de la cubierta del hormiguero, un grupo de niños se acercó furtivamente por mi espalda y antes de que me diera cuenta me encontraba con la cara dentro del hormiguero casi si poder respirar y con la asquerosa sensación de tener docenas de hormigas correteando por mi rostro y metiéndose por mi nariz.
Al ver aquello, yo, yo de mayor, intenté ayudarme empujando a los niños para que me soltaran. Pero de la misma forma que no podían verme, tampoco podía yo tocarles, y la frustración que sentí durante los minutos que duró la lucha fue tal que lloré, lloré de niño y lloré de joven, lloré al sentir la injusticia, la impotencia y la soledad del débil, la soledad del frágil, la soledad del niño -del hombre- solo ante el abuso de los demás. Después volví a mi tiempo. Bajé el pozo, atravesé el pasillo y subí a mi casa.
Como he dicho antes, varias veces más realicé ese viaje al pasado. Pero nunca a nadie, ni siquiera a mi padre, revelé lo que había detrás de la puerta negra. Desde luego, no en todas las ocasiones me supuso desasosiego el observar mi infancia. A veces coincidí en días felices para mí. Pero también coincidí con días tristes, días aciagos, días negros.

La última vez que entré en el pozo, al llegar a la altura de la puerta negra y girarme para empujar, tropecé y caí en el abismo. No sé cuánto tiempo estuve cayendo, y ni siquiera sé si he terminado de caer o si terminaré alguna vez. Sólo sé que mientras caigo, mientras atravieso este pozo sin fin, veo mi vida pasar, veo mi vida alejándose, como lo hace el débil punto de luz que se empequeñece tras de mí, hasta desaparecer totalmente.

viernes, 10 de febrero de 2017

Reedición de "42,2 Muerte en Central Park"

Acabo de reeditar mi novela del Maratón de Nueva York "42,2 Muerte en Central Park". Ahora está en Amazón disponible para comprarla en papel o en formato electrónico.


Si quieres recorrer las calles de Nueva York a lo largo de su famoso Maratón, o si quieres acompañar a David, el protagonista, en su huida por todos los EE.UU. tras vengarse del alcalde por suspender la carrera en 2012, no tienes más que calzarte las zapatillas y abrir el libro.
Disponible en Amazon en este enlace.

jueves, 26 de enero de 2017

El circo

Desde hace un par de semanas estoy asistiendo a un curso de Escritura literaria. Subo aquí un ejercicio que hicimos la semana pasada para ver qué os sugiere. ¿Qué creéis que le pasa al personaje?
En negrita pongo el inicio que me pasaron y el resto es lo que yo escribí (y el título).



EL CIRCO

El circo, decididamente.
Hasta el mero hecho de pasar por al lado (porque yo nunca entraría). Hasta el mero hecho de saber que está en la ciudad, en algún lugar, debido a un cartel visto por casualidad
, me aterra.
Soy yo, lo sé. Nunca superé aquel instante, siendo yo un niño, en el que aquel payaso me besó.
Se acercó a mí, sin más. Yo me eché para atrás, pero las piernas de mi padre me impidieron retroceder lo suficiente, por desgracia. Así que el payaso se agachó, me tomó en sus brazos y me levantó hasta acercar mi cuerpo tembloroso a su cara y me besó en las mejillas.
Aún recuerdo el olor a vino. Un olor nauseabundo. Y luego tuve que aguantar allí, toda la función, viéndole moverse de un lugar a otro de la pista. Cada vez que se acercaba hacia donde yo estaba, yo me ponía a temblar temiendo que me volviera a besar aquel hombre que ya no era un payaso, sino un viejo asqueroso.
Y después… Después, cada vez que mi padre bebía, yo lloraba.