sábado, 14 de abril de 2018

Vidas cruzadas (10)

–Sí, mañana regaré las plantas del balcón grande, mujer. Siempre toca los lunes, ya lo sé, pero como el sábado llovió tanto, pues no las quiero anegar, que luego se estropean. Las plantas son como el amor, hay que regarlas pero no ahogarlas. Ya te he llevado el vestido azul a limpiar, como te gusta, a la lavandería de abajo, donde trabaja la hija de Miguel, la pequeña, la que se casó el año pasado. No. No tiene hijos todavía, mujer, que ahora no es como antes, ahora se casan ya conocidos y prefieren no tener hijos para disfrutar del matrimonio, no como antes, que si no os quedabais embarazadas a la primera ya creíais que no valíais para ser madre.
>>Por cierto, ayer vi a tu prima Felisa. Sigue tan guapa como siempre. Pero no tengas celos, mujer, que la más guapa siempre fuiste tú, ya lo sabes. Cuando nos hicimos novios fui la envidia de todos mis amigos. “Te llevas lo mejor. Te llevas lo mejor”, te acuerdas como me decía el Anselmo el día de nuestra boda, je, je. Y era normal, con lo guapa que estabas con el vestido de tu madre, tan lozana, tan joven, con aquellas flores en el pelo, que olían tan bien. Sí, me acuerdo como si fuera hoy. Y la envidia que pasó Puri, tu vecina, que se creía la reina del mambo y se quedó soltera. Tenía que haberle dicho que sí a aquel novio que tuvo, ¿cómo se llamaba?..., vaya, no me acuerdo, debo de estar haciéndome viejo. Bueno es igual, tenía que haberse casado con aquel, pero como ella creía que no era suficiente para ella, pues, ya ves, nunca llegó ese suficiente, y sola toda la vida. ¿Ya te dije que se murió hace un par de años? Sí, me lo dijo Antón, el párroco. Se murió en la residencia, pero desde hacía unos cinco años que ni se acordaba de quién era. Pobrecita, que Dios la perdone por ser tan envidiosa.
>>¡Ah! Mañana vendrá a verme por fin tu nieta. Qué ilusión me hace que ya esté en la universidad. Tan guapa y tan lista. Su padre está que no se lo cree. ¡Su hija estudiando Derecho! Él, que siempre tuvo complejo de ser solo un bedel del palacio de justicia, y ahora, ya ves, para cuando se dé cuenta allí estará su hija hecha toda una abogada, la abogada más guapa de todas, que en eso se parece a ti, con tus ojos y tu sonrisa. Ahora viene menos por aquí, está muy ocupada con sus estudios y eso. La última vez que estuvo se probó uno de tus vestidos y cuando salió de la habitación casi me da un pasmo al verte a ti con veinte años. Me dijo que ahora se vuelven a llevar, pero no le dejé que se lo llevara, me dio no sé qué, sin tu permiso. Aunque la verdad es que le sentaba divinamente. Igual se lo regalo para su cumpleaños, si no te parece mal.
Don Andrés vuelve al libro. Son quince años ya desde que enviudó, pero todos los días habla con su mujer y eso le mantiene feliz, le mantiene joven, pese a sus casi noventa años. Siempre pensó que sería él el primero en irse, y siempre creyó que no podría vivir sin Elena, sin su Elena del alma a la que quiso tanto. Pero la vida sigue, y Don Andrés supo sobrellevar su soledad viviendo como si aún estuviera ella. Y sí que lo está, pues Don Andrés mantiene su presencia en todo lo que le rodea en su casa, y existiendo presencia es como si ella estuviera allí, con él, a su lado, juntos hasta el final.
Don Andrés sigue leyendo. Es una historia un poco boba, pero le resulta interesante y le mantiene ocupado unas horas. Pero el timbre del portero automático le sobresalta cuando la novela se empieza a poner interesante.
–¡Ya va, ya va! Dichosos cacharros, no sirven más que para molestar. Cualquier día lo quito y... Bueno, espero que sea algo importante, aunque seguro que es alguien que se ha equivocado o alguien echando propaganda y que nos molesta a todos los vecinos para que le abramos la puerta. ¡Ya va, ya va!...
–Sí, ¿quién es?

martes, 3 de abril de 2018

Vidas cruzadas (9)

Las 11:00.

Con un paso lento pero bastante seguro para su edad, Don Andrés sale de la lavandería con el vestido de su mujer en una mano y el bastón de apoyo en la otra.
Don Andrés siempre ha sido un señor, y un señor muy elegante. De joven fue un dandy y un galán, pero pese a que no le faltaban muchachas que le rondaban, él prefirió casarse con su amor de siempre, con su novia de la infancia, Elena, con la que ha vivido enamorado tantos y tantos años. Incluso cuando sus negocios le llevaron a vivir dos años en América, separado de su entonces novia y rodeado de las hijas de importantes hombres de negocios que veían en él a un buen partido por su situación y por su presencia tan exquisita, Don Andrés no dejó de pensar en su Elena, a la que no dejó de escribir una sola semana de aquellos larguísimos dos años que soportaron el uno sin la otra y la otra sin el uno.
Don Andrés sale sonriente con el vestido de su esposa impecable, como cuando se lo regaló en sus bodas de oro. Nada más salir de la lavandería, Don Andrés se detiene solemne, saca su monedero de piel y deposita con delicadeza un buen puñado de monedas junto al vagabundo que come pan –Dinero, dinero,... Dinero es lo que le sobraba. Mejor cariño, el cariño de su hija, el cariño de su esposa muerta, de su esposa que le quería tanto y que se fue así, de pronto, sin que él estuviera preparado, sin que se acostumbrara nunca a aquello–.
El vagabundo no le dice nada, apenas si se ha percatado de la presencia de Don Andrés, al que no le importa si le agradecen o no lo que hace cuando él cree que tiene que hacerlo, como es ahora el caso al ver a un hombre casi de su edad viviendo en la calle. Él se sabe afortunado. Está a punto de cumplir noventa años y goza de buena salud. Vive en una bonita casa y algunos de sus amigos de toda la vida aún viven y pueden charlar de vez en cuando de los tiempos pasados. Por eso le da lástima ver a alguien de su edad en la calle, con la cabeza averiada y sin nadie con quien hablar de tú a tú, de viejo a viejo.
Al llegar a casa, Don Andrés deja el vestido en el armario, junto a los demás. Abajo, bien ordenados, todos los zapatos de su mujer descansan para siempre listos para ser utilizados, listos para pisar la calle con garbo, como hacía ella, como ya no lo hacen desde hace quince largos años. Después Don Andrés se quita su chaqueta y su corbata, las guarda cuidadosamente y se pone el batín y las zapatillas, como hace siempre hasta la hora de comer, cuando bajará al bar a por su menú especial y su vaso de vino. Don Andrés se sienta en su sofá, coge un libro y comienza a leer por la página en la que descansa el marcador. Apenas ha leído un párrafo cuando su mente se distrae de la historia y se pone a hablar él solo.

martes, 20 de marzo de 2018

Vidas cruzadas (8)

La vecina de Elvira se queda encantada con el niño. Ella tiene tres hijos ya mayores y cuidar de un bebé es algo que le encanta. Además así tiene algo que hacer diferente a limpiar y cocinar para su marido y sus hijos.
Elvira sale corriendo hacia la lavandería. En el portal se encuentra con la chica, a la que no le da tiempo ni de soltar sus estúpidas explicaciones del porqué de su retraso. Elvira corre, corre todo lo que puede, y aún así llega un cuarto de hora tarde, aunque hoy tiene la fortuna de que su jefe aún no ha llegado. Menos mal. Tal vez se atreva incluso a pedirle la tarde libre para poder llevar al niño al pediatra.
Nada más entrar se cambia de ropa y sale a atender a una clienta. Mientras charla con ella, ve a un vagabundo comiendo un pedazo de pan junto a la puerta de la lavandería –nunca nadie le preguntó por su mujer y su hija, tan guapas ellas, tan enamorado él, ¿por qué tuvo que ocurrir así?–.
Elvira deja las prendas recién traídas para lavar y llama por teléfono a su vecina ahora que no está su jefe. El niño ha dejado de llorar y eso la tranquiliza. Cuelga rápido pues ve que él está a punto de entrar. Él no es un jefe amable, aunque tampoco es demasiado malo. Elvira los ha conocido peores. Pero es el primer trabajo que encuentra tras el nacimiento del niño, y no puede arriesgarse a perderlo.
Hubo un tiempo en el que Elvira fue muy feliz, cuando salía con Luis, su antiguo novio del pueblo, su novio de toda la vida. Pero aquello terminó. Luis se fue a estudiar a otro lugar y el tiempo pasó. Pasó irremediablemente y las cartas semanales se convirtieron en una postal por Navidad y finalmente el humo de la hoguera del amor se desvaneció en el aire. Elvira se sintió triste, y aún sigue así, aunque su niño le llene ahora totalmente.
Elvira no lo sabe aún, pero sus problemas no acaban sino empezar. Una madre lo es para siempre, hasta el final de su vida, o hasta el final de la vida de su hijo si una desgracia hace que el hijo muera antes que la madre. Y aun así, ella seguirá siendo madre, pensará en su hijo muerto siempre, y se preocupará por lo que pudo haber hecho en vida y no hizo, o por lo que hizo y no debió hacer.
Un anciano interrumpe los pensamientos de Elvira. Le entrega el resguardo y Elvira le trae un vestido de mujer muy elegante que él había dejado para limpiar.

sábado, 3 de marzo de 2018

Vidas cruzadas (7)

Las 10:00.
Sollozando, casi gimiendo, Elvira cuelga el teléfono y sigue intentando calmar a su bebé. La medicina que le ha recetado el médico sigue sin hacerle efecto y lleva desde las seis de la mañana llorando sin parar, atormentando la cabeza de Elvira que, sola, intenta capear la vida como puede, mal, para ir tirando adelante, sacando del hoyo en el que está metida al menos a su hijo, que es lo único que su novio le ha dejado, además de miseria y dolor. El niño, inocente él, no sabe nada de otros problemas que no sean su dolor en la barriguita que no le deja ni dormir ni comer, que son las únicas cosas que debería hacer a su edad.
Elvira no deja de pensar en que tendrá que llamar a su jefe otra vez para pedirle la mañana libre, una más. Y no deja de pensar en que él no se la dará, pues ya han sido varias mañanas estas últimas semanas y está enfadado con ella. Pero, ¿qué puede hacer una madre sola con un hijo enfermo? ¿Cómo va a irse a trabajar dejando al niño con la chica así, tan malito? Si la chica fuese madre, todavía, pero es una chavala adolescente que apenas sabe cambiar pañales y preparar algo de comida para que Elvira no tenga que cocinar al mediodía. Si deja al bebé así, sabe que no parará de llorar hasta que ella regrese del trabajo, y qué madre podría pasar una mañana pensando que su hijo llora, llora sin parar. No. Elvira no puede faltar a la lavandería un día más. Se arriesga a perder el trabajo, y necesita el dinero. Pero tampoco puede dejar al niño así.
La tormenta de lloros del niño arrecia por momentos, a la vez que la desesperación de Elvira, que no deja de mirar el reloj. Debía estar ya en su trabajo, y la chica tenía que haber llegado ya. Casi siempre se retrasa, pero Elvira no se decide a echarla y buscar a otra. Más que nada por no tener que estar varios días con el problema de conseguir una niñera que sea de su agrado. A Elvira no le queda otro remedio que pedirle una vez más un favor a su vecina. Sabe que puede contar con ella en momentos así, pero no le gusta abusar de la amabilidad de la gente. El niño es su problema, y no el de su vecina, por muy simpática que sea. Pero a Elvira no le queda otra opción. Los abuelos del niño viven en otra ciudad, y no tiene dinero para contratar a una niñera de verdad, con experiencia y profesionalidad.
Recuerda cuando nació su hijo. Fue feliz ese instante, tras el parto, justo cuando vio al bebé por primera vez. Así, tan sucio, tan desvalido, tan indefenso, le pareció lo más bonito del mundo, lo único por lo que daría su vida sin pensárselo. Del padre del niño hacía tres meses que no sabía nada. Mejor. Desde que la dejó preñada, la vida con él había sido un infierno, y el que la abandonara fue lo mejor que le pudo regalar. Por lo menos el niño no viviría entre gritos, amenazas y alcohol. Además, Elvira era la única que trabajaba de los dos, así que no le iba a echar de menos.

martes, 20 de febrero de 2018

Vidas cruzadas (6)

Al entrar Carlos en la oficina, ve a Juan Mari, su amigo, y le invita a un café. Bajan juntos a la cafetería de la esquina, y al salir del portal un vagabundo se aparta para dejarles pasar –si tan sólo le hubiesen comprendido, si tan sólo hubiesen hablado con él. Pero hace ya tantos años…–.
–¿Qué te pasa, Carlos? Te veo nervioso.
–Estoy en un buen lío, Juan Mari. Le he engañado a Mamen.
–Pero, ¿cómo has podido? Cuando se tiene una mujer como la tuya se hace cualquier cosa por conservarla para siempre.
–Ya, ya sé. Pero fue todo tan rápido, y ella era tan atractiva. Nunca hubiese pensado que yo haría algo así, pero fue superior a mí, no lo pude evitar, es como si hubiese perdido la cabeza cuando vi a aquella mujer, Juan Mari.
–¿Te acostaste con ella?
–No te lo puedes ni imaginar. Si se lo oigo contar a otro pensaría que está fanfarroneando, pero, es increíble la capacidad sexual que se tiene cuando se está tan excitado.
–Vale, no me cuentes más, me lo imagino.
–No, no te lo imaginas. Fue algo... Casi toda la noche...
–Y qué le has dicho a Mamen, ¿o no se lo vas a decir?
–No sé qué es mejor. Todavía ni la he llamado.
–¿Me quieres decir que has pasado la noche fuera y tu mujer no sabe dónde has estado y que no la has llamado siquiera?
–Menudo lío, ¿no?
–Pues llámala ahora mismo.
–Sí, sí. Es lo que quiero hacer desde que me he despertado, pero… ¿Qué le digo? Si le confieso la verdad lo más seguro es que me deje, y yo la quiero mucho. Y no sé qué historia inventarme para salir del paso.
–Pero estará preocupadísima. Llámale aunque sea para decirle que estás bien y luego le cuentas algo, no sé, lo que sea.
–Ya, ya, pero es que no me atrevo.
–Pues la llamo yo, y me invento algo, no sé, le digo que has llamado a la oficina y que...
–No, no quiero que mientas por mí. Luego se podría enterar y saldrías perjudicado. Bien la voy a llamar ahora y ya se me ocurrirá algo.
Carlos saca el móvil del bolsillo y empieza a marcar su número. Pero lo apaga de nuevo. No sabe ni cómo decirle que está bien. Ella se va a enfadar y él está demasiado ofuscado como para decir algo coherente y acordarse después de lo que le ha dicho. Piensa que lo mejor es decir la verdad y esperar que Mamen sea comprensiva. Pero, ¿cómo va a ser comprensiva una mujer maravillosa a la que le han traicionado con una desconocida?
Carlos está a punto de caer en la desesperación. Juan Mari intenta tranquilizarle para que Carlos sea razonable y llame a Mamen lo antes posible. Cuanto más tarde lo haga, le explica, más difícil le va a resultar salir del atolladero en el que se encuentra.
Por fin Carlos se arma de valor y empieza a teclear su número. Mientras lo hace, piensa en lo que va a decir. Lo primero es que Mamen vea que está bien. Le dirá que tuvo una avería en el coche, que estaba con un cliente muy importante, que éste le invitó a cenar mientras le arreglaban el coche, que algo le sentó mal, que... Carlos cada vez está más nervioso. Sabe que Mamen nunca se creerá esa historia. Lo mejor es que le diga la verdad y suplicarle que no le deje.
Finalmente aprieta la última tecla y el tono de llamada va entrando en el cerebro de Carlos, haciendo que con cada sonido su corazón se acelere más y más. Y cuando Carlos está a punto de colgar una voz femenina, vacilante, temblorosa, responde al otro lado.
–¿Sí?
–Mamen, soy yo. Perdona que no te haya llamado hasta ahora.
–Lo siento, pero se ha confundido –contesta una voz silenciosa de mujer.

miércoles, 7 de febrero de 2018

Vidas cruzadas (5)

Las 9:00.

Carlos está nervioso. No le importa la multa. Eso no tiene ninguna importancia ahora que el curso de su vida ha llegado a un cruce tan importante y tan imprevisible. Sigue su camino hacia la oficina, aunque hoy no ha salido de su casa como siempre. Hoy ha salido del parking de un hotel. Un hotel en el que ha pasado la noche con una mujer. Una mujer que no es la suya y a la que había conocido tan sólo unas horas antes.
Es la primera vez que Carlos hace algo así y no sabe lo que pasará en el futuro. Llega a su trabajo, aparca el coche en el garaje y sube en el ascensor. Recuerda la noche pasada. Una noche excitante.
Cuando entró en aquella cafetería no pensaba más que en tomar una cerveza y volver a casa tras una jornada de trabajo complicada. Pero aquella mujer ejerció en él una atracción irresistible, irrefrenable. Ella le miró a él primero. Él tan sólo le devolvió la mirada y le sonrió. Luego le invitó a tomar algo, sin ninguna pretensión, sin saber por qué lo hacía. Tal vez porque al hablar con ella podría estar mirándola todo el rato sin tener que ocultar su mirada para no pecar de descarado. Ella resultó ser simpática además de guapa, y aún Carlos no se explica cómo terminaron cogiéndose la mano y besándose a la salida del bar. Él nunca había hecho algo así desde que conoció a Mamen, su mujer, hacía cuatro años.
Pero allí estaba Carlos con aquella desconocida, pidiendo una habitación en un hotel de las afueras de la ciudad, arrancándole la ropa nada más traspasar el umbral de la puerta del pecado, estrujando unos pechos diferentes a los únicos que había acariciado desde hacía varios años, besando unos labios hambrientos, deslizando sus manos por unos muslos ajenos, hundiéndose en cavidades desconocidas, y repitiéndolo todo una y otra vez, como nunca hubiera imaginado que fuera posible.
Por fin, saciado ya sexualmente, logró dormir hasta que por la mañana al despertar y verse desnudo junto a un hermoso cuerpo femenino ya no desconocido había pensado en Mamen por primera vez.
¿Qué le iba a decir?, ¿cómo se lo iba a explicar?, ¿podría ocultar su tropiezo?, ¿sabría ella comprender?,... Muchas preguntas, pero pocas respuestas.
Carlos está confuso. Él ama a Mamen y su matrimonio es feliz, por lo menos hasta hoy. Lo ocurrido ha sido algo puramente físico, un impulso salvaje superior a él.

martes, 30 de enero de 2018

Vidas cruzadas (4)

Gabriel ya se siente mejor, ya está entrando en calor. La Loli no le va a amargar la vida, ya se encargará él de amargársela más a muchos otros para compensar. Total, todo el mundo se lo merece, pues todos hacen putadas a quienes pueden, y a quienes no pueden pues no se las hacen por eso, porque no pueden, que si no... Pero Gabriel tiene suerte, porque puede hacer putadas a muchos, y lo más importante, a muchos que son más importantes que él, a gente grande, gente con buenos coches, con buenos trajes, pero que en cuanto se ponen a tiro de Gabriel ya se encarga él de bajarles de nivel. Una buena multa, o mejor, una buena bronca en mitad de la calle, que eso le pone más.
–A ver, Ud., que no se puede hablar por teléfono mientras conduce, ¿es que no lo sabe?
–Pero, agente, si llevo cinco minutos parado desde que me han llamado.
–Ya, pero Ud. está detenido, no estacionado, y si sigue en esa actitud me veré obligado a multarle.
–Venga, Luis, te llamo luego que me he tropezado con un gilipollas.
–¿Qué ha dicho Ud.?
–Nada que le importe, hablaba con un amigo.
–Pues mire por donde que hablar mientras se conduce es una actitud sancionable. Sáqueme los papeles.
–Pero si yo no conducía.
Ya está, piensa Gabriel, otro a tomar por culo. Qué se creía, que por conducir un bemeuve no me lo iba a cepillar. Anda y no me llama gilipollas el muy gilipollas, mejor si se hubiese callado, si ya le iba a perdonar la multa. Imbécil de tío. Hay gente que no sabe estar calladita y reconocer que cuando yo estoy yo soy el que tiene el poder.
Gabriel ve una chica mona en minifalda y la sigue como si nada durante un rato para mirarle las piernas e imaginarse el culo que tiene. De repente se acuerda de su Loli y se cabrea. Mira a su alrededor, hay que seguir la ronda, hay que seguir la labor de jodienda sin descanso. No puede haber gente sin problemas mientras él esté amargado. Tiene que amargar para poder alegrarse un poco.
Pone un par de multas a dos furgonetas de reparto sin dejarles apenas tiempo de descargar. Un par de buenas broncas ya le empiezan a relajar. Si sigue así va a llegar contento a la hora de comer, cuando buscará un bar barato cerca del barrio en el que se coma decentemente y donde hacerse el simpático para que le traten bien mientras siga en esta zona, porque donde Gabriel come quiere que le traten como a un señor, como a una persona importante, que lo es, aunque sus superiores no lo quieran ver, aunque su jefe no se canse de decirle que es la basura del cuerpo, que gente como él destrozan la imagen de la Policía, que esos tiempos ya pasaron, que ahora son los ciudadanos los que mandan. Y eso a Gabriel le toca las narices, porque, qué es eso de que mandan los ciudadanos si el que manda es él, que para algo lleva uniforme y representa a la ley. Su jefe está equivocado, no va a estarlo si es un mamón pelota de los políticos, que son los que están jodiendo todo con sus acuerdos y su hacerlo todo pensando en los votos. Putos votos. Eso sí que le jode a Gabriel, que un puñetero don nadie pueda votar igual que él, que es quien es, que es mucho más que muchos tirados de la calle, robaperas desgraciados sin un sitio donde caerse muertos.
Joder con la Loli, que esta vez va en serio eso de que no va a volver. Y eso le jode mucho a Gabriel, pues si no vuelve quedará como un imbécil delante de los vecinos y conocidos, que pensarán que su mujer tuvo más huevos que él y le dejo. A él, a Gabriel, el policía, el duro, el que más manda. Y ahora resulta que su mujer le manda a tomar por culo y se pira. Qué pensarán ahora de él los vecinos. Creerán que no tiene lo que hay que tener para que su mujer se quede donde tiene que estar, en casa, aguantándole y cuidándole, que para eso se casó y no para largarse cuando no le salen las cosas como ella quiere. Va. Que se joda Loli.
–A ver, Ud. ¿No ve que se ha saltado el Stop? Sáqueme los papeles.
Y el pobre hombre, nervioso, saca los papeles. No ha visto el Stop y no quiere discutir.
–Así se producen los accidentes, hombre. Hay que pensar en los demás y no ser tan egoísta. No me deja más remedio que multarle, hombre.