martes, 20 de diciembre de 2016

El último callejón

Los pasos retumbaban tras de mí, lentos, como si no tuvieran prisa por alcanzarme.
Toc, toc, toc, toc,…
Los latidos de mi corazón aceleraron y a ellos les siguieron mis pies. Sentí terror por primera vez en mi vida e intenté alejarme por el oscuro callejón, pero éste no terminaba jamás.
Miré varias veces de reojo, pero no veía nada. Sin embargo el sonido de los pasos seguía allí, siempre allí, tras de mí. Las mortecinas luces que de vez en cuando alumbraban el pasaje alargaban la sombra de mi cuerpo tembloroso y al dejarlas atrás otra sombra misteriosa iba poco a poco alcanzándome hasta que la luz se desvanecía en los tramos oscuros.
Alguien me seguía. Lento. Sin prisa. Pero decidido a ir allí donde yo fuera.
Yo cada vez avanzaba más rápido, pero nunca llegaba a ningún sitio, pues ese callejón no tenía fin, y las luces se iban distanciando más y más unas de otros.
Así transcurrió un tiempo largo, eterno. El ruido de las pisadas, pese a que mantenían un ritmo pausado, no parecía alejarse de mí. Toc, toc, toc, toc. Como un metrónomo que marcara el ritmo de una música fúnebre. Como el goteo nauseabundo de un desagüe en una morgue. Como los pasos de un grupo de amigos llevando el ataúd de un amigo a su última morada. Como mi vida llegando a su final. A un final al que tal vez condujera ese callejón tenebroso.
De repente, no sé por qué, me detuve. Sentí en mi interior que debía hacerlo. Algo me lo pedía.
Al quedarme quieto, el silencio. La nada. Ya no había pasos. Ya no había luz. Ya no había miedo. Ya no había yo.

viernes, 2 de diciembre de 2016

Solo

Rescato hoy un inquietante relato que escribí en 2003. Espero que os guste.


SOLO

Por fin es la hora de cerrar. Ya tenía ganas. La verdad es que hoy no me he encontrado muy bien y tengo ganas de llegar a casa para tumbarme un rato a descansar. Menos mal que mañana es sábado. Enseguida recojo todo y cierro la oficina.
¡Qué raro! Son ya las siete y no ha subido el portero para avisar de que se cierra el edificio. Bueno. Se habrá retrasado.
¡Vaya! Ahora no funciona el ascensor. Con lo cansado que estoy no me apetece nada bajar ocho pisos andando. ¡Qué extraño que no haya nadie! Lo normal a estas horas es que los pasillos estén llenos de gente y he llegado al portal sin cruzarme con nadie. Es más. Ni siquiera se oye un solo ruido.
Son las siete en punto y no hay nadie en la calle. No puede ser que tenga el reloj parado, le cambié la pila anteayer y me lo revisaron como siempre suelen hacerme al cambiar la pila. Además, aunque lo tuviese algo atrasado, hoy es viernes y todavía luce el sol. Debería de haber gente en la calle paseando.
¡¿Y los coches?! ¡Están todos parados en medio de la calle y vacíos! Esto sí que es extraño. ¡No hay nadie en la calle! ¿Os lo podéis creer? Incluso huele raro, como a... aséptico. Eso es. Un aire aséptico. Como en un hospital. Como si no hubiera microbios ni polvo en el aire.
Está todo vacío. Las tiendas vacías pero abiertas, los coches en mitad de la calle, como si los hubiesen abandonado todos repentinamente. Pero, es curioso, todos tienen las puertas cerradas. Si la gente hubiese tenido que salir corriendo no se hubiesen molestado en cerrar las puertas. Vamos. Digo yo.
Algo ha tenido que ocurrir mientras yo estaba en el despacho. Tengo que pensar con calma, no debo ponerme nervioso.
¿Qué ha podido ocurrir para que todo el mundo haya tenido que abandonar la ciudad repentinamente? Tengo que pensar con lógica. Hay dos posibilidades: A.- que se hayan marchado voluntariamente; o B.- que les hayan obligado a irse.
En el caso de que se hayan ido de motu proprio, ¿por qué habrá sido? Pensar, tengo que pensar. Tiene que ser algo muy importante. Ha podido haber un escape de alguna sustancia muy tóxica en alguna fábrica. No. Si hubiese sido así la gente se hubiera ido en sus coches. No los dejarían en medio de la calle, con las llaves puestas. Y además está lo de las puertas cerradas. ¿Por un lado tienes que abandonar tu coche tan urgentemente como para dejarlo en medio de la calle y luego pierdes el tiempo en cerrar las puertas pero dejas las llaves puestas? No encaja.
También ha podido ser que se haya recibido algún aviso de ataque por parte de... de... No, no. No podemos ser atacados por ninguna otra nación. No en estos momentos de paz y estabilidad política. ¡Un accidente aéreo! Eso sí ha podido ocurrir. O, incluso, un aviso de caída de un satélite artificial o un meteorito gigante. ¡Eso es! Han avisado que en breve caerá un satélite y han decidido evacuar la ciudad.
No. No puede ser. Lo mismo que antes. Los coches.
Hay que descartar la opción A. Me centraré en la B. La gente ha sido obligada a irse de la ciudad y a abandonar todas sus cosas. Pero, ¿quién ha podido obligar a todo el mundo a la vez a dejar la ciudad? ¿Y cómo lo podría hacer?
¡Abducción! Como en la película que dieron el otro día en la tele. Todo el mundo a la vez ha podido ser abducido por extraterrestres. Yo nunca he creído en los platillos volantes, pero esta situación tampoco es muy normal, la verdad. Y eso sí explicaría lo de los coches en medio de la calle y con las puertas cerradas. Toda la gente ha podido ser transportada a otro lugar, o peor aún, desintegrada.
¡Un momento! Si yo me he librado estando en el despacho tiene que haber otras personas que estén en mi misma situación. Lo raro es que no me haya cruzado ya con nadie. Me acercaré hacia la plaza a ver si allí encuentro a alguien.
¡Los árboles! ¿Dónde están? ¡No hay árboles! ¡Ni hierba, ni siquiera tierra ni nada! Ni se oye ningún pájaro, ni se oye nada. Y el olor del aire... tan... aséptico, tan limpio, tan a... a nada, huele a nada. Sencillamente a nada.
Es como si no hubiese ningún rastro de vida en toda la ciudad.
Entonces lo de los marcianos no me sirve de explicación. No van a secuestrar a las plantas y hasta la tierra. Y sigo sin encontrar a ningún otro superviviente. ¡Superviviente! Eso es lo que soy. Ha ocurrido algo que ha aniquilado a toda forma de vida y hasta ha terminado con la materia orgánica de la tierra. Claro que en lugar de secuestrar a la gente han podido simplemente acabar con la vida en la Tierra con algún tipo de arma biológica que acaba con los animales y las plantas pero deja intactos los objetos.
No sé cómo me he librado, pero está claro que, por alguna extraña circunstancia, he quedado como la única forma de vida en toda la ciudad y Dios sabe si en todo el mundo.
El Sol debería estar a punto de ponerse y sin embargo sigue habiendo mucha luz. Y ya son las siete. ¿Cómo es posible? Todos los relojes marcan las siete. Y llevo más de dos horas por la ciudad desde que cerré el despacho. O eso creo, o creía. Ya no sé nada.
Debo pensar... Pensar con tranquilidad. Los relojes pueden estar todos estropeados por el mismo motivo que han desaparecido la gente, los árboles y los animales. Lo del Sol puede ser una falta de apreciación mía. Tal vez en lugar de dos horas sólo llevo quince minutos. Con todo lo que me está pasando no sería raro que hubiese perdido la noción del tiempo.
Bueno cogeré un coche y saldré de la ciudad a ver si esto es algo generalizado. Mira por donde voy a poder conducir un coche de lujo. Siempre hay que ver la parte positiva de una situación negativa.
¿Por qué no se abre la puerta de este coche? Es igual cogeré ese otro.
¡Tampoco puedo mover la manilla! No funcionan ni los coches, ni los relojes, ni los ascensores, ni los semáforos. No funciona ningún aparato.
Iré caminando hacia el puerto y veré si por allí encuentro a algún otro superviviente.
...
Ahora sí estoy seguro de que han tenido que pasar varias horas desde que empezó esta pesadilla, y sigue habiendo la misma luz y el Sol sigue en el mismo sitio. Debo de estar volviéndome loco.
No se ve a nadie por esta zona tampoco.
¡Vaya! Con el temporal que estaba anunciado y la mar está muy en calma. Bueno, la verdad es que está totalmente en calma. Nunca había visto el agua del mar tan lisa. Y ahora que me fijo, tampoco hay nada de viento. No se mueve nada. Ni siquiera chapotea el agua en la orilla. Es como si estuviese congelada. Como si fuera un espejo.
Es curioso ver los montes y los campos sin árboles, ni hierba. Sólo con piedras y la roca desnuda. No hay nada vivo sobre la Tierra. ¿Por qué solo yo? ¿Por qué no hay nadie más en mi situación? Tenía que haber más gente en sitios como mi despacho que se hayan salvado de lo que haya ocurrido, sea lo que sea. Si es un milagro o algo divino no sé por qué he sido yo el elegido, si ni siquiera voy a misa desde hace años.
Es como si se hubiese detenido el tiempo. Ni siquiera tengo hambre. Menos mal, porque seguro de que no hay nada para comer.
Todo está quieto. Ni siquiera se mueven las nubes, y el Sol sigue a la misma altura. Las sombras no se alargan. Y el silencio.
Tengo miedo.
Nunca me importó vivir solo, pero ahora me da pánico esta soledad. Es una soledad terrible. Nadie estuvo nunca tan solo como lo estoy yo ahora. Ni siquiera puedo contar el tiempo que llevo así. No avanza el tiempo. No hay nadie. No hay nada. ¿Qué es lo que me ha pasado? Debo estar volviéndome loco.
No puedo gritar. No entiendo por qué no. Aunque no haya nada vivo sí que debe haber aire por el que se propague el sonido.
A no ser que... ¡Qué idea más aterradora me ha venido a la mente en este momento! A no ser que no haya tiempo. Por eso el Sol no se mueve y todo está tan quieto. El tiempo se ha debido de detener de alguna manera. Por eso no puedo gritar, ni arrancar un coche, ni chapotear en el agua. Cualquier acción tiene necesariamente una duración, por breve que ésta sea. Y si el tiempo está detenido no es posible realizar ningún acto. No sé por qué, pero solo transcurre el tiempo en mi mente, en mí mismo. No puedo hacer nada que afecte a algo ajeno a mi persona. Ni siquiera emitir un sonido que cree ondas en el aire. Es como si yo no estuviera físicamente presente. ¿Me habré vuelto como invisible? Quizás esté en una especie de mundo paralelo que solo me afecta a mí. O ha ocurrido algún fenómeno físico extraño, como un choque de antimateria con la materia. Pero que yo sepa no se puede paralizar el tiempo. Lo más parecido es lo que puede ocurrir al viajar a la velocidad de la luz, entonces el tiempo se dilata y transcurre más despacio para un observador de fuera. Pero no se puede ir más rápido que la luz. ¡Es imposible!
Espera. Ahora que lo pienso, el otro día leí un artículo sobre unas partículas hipotéticas llamadas taquiones que podrían viajar más rápido que la luz. Pero según decían los autores, si existieran realmente estas partículas no podrían hacerlo en el espacio en el que vivimos, donde la velocidad de la luz es físicamente infranqueable. Los taquiones sólo se hallarían en otro plano y no podrían mezclarse con el nuestro. Pero, quizás, de alguna manera, yo me he desplazado a ese otro plano y estoy moviéndome a una velocidad superior a la de la luz y así el tiempo se detiene.
¿Cuánto durará esta pesadilla? Qué pregunta más tonta he hecho. Para mí durará una eternidad ya que el tiempo está detenido.
Quisiera poder hablar con los autores de la teoría de los taquiones para saber cómo volver a mi plano habitual, si es que se puede. No me apetece pasar toda la eternidad así. Tan solo. Sin que nada cambie en mi vida, o mejor en mi no-vida.
De todas formas no acabo de comprender bien por qué, si estoy en un mundo paralelo al nuestro al que he sido transportado no sé bien cómo, por qué, digo, están los coches, los edificios y todo el mobiliario y los objetos hechos por el hombre en este otro plano que, en teoría, no puede mezclarse con mi universo habitual.
A lo mejor sencillamente todo esto no es más que un sueño, una agobiante pesadilla que estoy teniendo y de la que pronto despertaré. Voy a esforzarme en salir de ella y acabar así con todo esto.
¡Vaya! Es la primera vez que me ocurre que no logro salir de un mal sueño al darme cuenta que es una pesadilla y que no es real. ¿Será cierto lo de los taquiones? Espero que no o voy a volverme loco.
Aunque ahora que lo pienso, quizás he perdido el juicio y me estoy imaginando todo esto. Estoy loco. Debo de estar loco. Esto no puede ser más que el delirio de un demente.

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El sábado por la mañana, como todos los sábados, Pilar, la señora de la limpieza, entró en el despacho de D. Faustino para hacer la limpieza y se encontró con el cadáver del abogado sobre su mesa. El médico dictaminó una parada cardiaca. Al parecer el ataque le sorprendió cuando estaba a punto de cerrar la oficina, hacia las siete de la tarde del viernes.
En su funeral uno de sus amigos comentó: “Para el pobre Faustino el fin del mundo ya ha llegado. Ojalá descanse en paz”. Y otro recordó aquel verso de Bécquer que sentenciaba: “¡Dios mío, qué solos se quedan los muertos!”


F I N (¿O no?)

jueves, 17 de noviembre de 2016

Vacaciones en el Caribe


Era mi primer día en aquel hotel del Caribe. Antes del desayuno salí un rato a correr, como es mi costumbre, aunque esta vez lo hice por una solitaria playa de arena blanca al borde de las aguas más azules que jamás había visto. Ya por la mañana hacía calor, pero lo agradecía, pues en casa los días ya habían comenzado a acortarse demasiado y el frío que iba sustituyendo al calor anunciaba un nuevo invierno.
Desde que había roto con Eduardo lo único en lo que pensaba era en huir de mi ciudad, alejarme de todo y reencontrarme a mí misma. Habían sido tres años de una relación con demasiados altibajos, y ahora, tras la ruptura, no por esperada menos dolorosa, aproveché la finalización por fin del Máster para tomarme unas vacaciones. Dos semanas en el Caribe me parecieron la mejor opción, y las sensaciones que estaba teniendo ya en la primera mañana me confirmaban que había acertado.
Tras mis cuarenta minutos de carrera suave por la arena de la playa, una ducha fría y un ligero desayuno, me dispuse para pasar el resto de la mañana en una tumbona de la playa a la sombra de una palmera. Un libro ameno, la crema de sol, el chiringuito del hotel con barra libre a menos de 50 metros,… ¡Qué más podía necesitar!
Al de poco rato de haberme acomodado en la tumbona vi a un hombre corriendo por la playa. Era rubio, alto y de complexión atlética. Incluso desde lejos se percibía su atractivo. Corría tranquilo hacia donde yo me encontraba y al pasar cerca de mí noté cómo me dirigía una mirada algo más atrevida de lo que yo hubiese considerado normal si hubiese estado en la playa de mi ciudad. Pero aquí, en el Caribe, supuse que lo normal era lo que él había hecho, así que le devolví la mirada. Lo miré al pasar y lo volví a mirar varias veces hasta que dejó de correr y le perdí la pista. Lástima.
El día transcurrió sin mayores sobresaltos. La playa se fue llenando de gente. Parejas jóvenes, matrimonios veteranos, algún grupo de amigos... Todos disfrutando del paraíso.
Al mediodía comí algo en el buffet del hotel y después me eché un rato en la habitación y me dormí. Ya más despejada, pasé el resto de la tarde en la piscina del hotel. Luego, al atardecer, di un pequeño paseo por la playa admirando una maravillosa puesta del sol. Las nubes enrojecieron rápidamente y el azul turquesa del mar fue cambiando a un naranja vivo a medida que el sol bajaba raudo hasta ocultarse tras el horizonte. Fue un atardecer tan fugaz e intenso como un amor de verano.
Fui a cenar a uno de los restaurantes del hotel. Me dieron una mesa tranquila en un rincón y cuando estaba eligiendo el vino me fije que el joven corredor de la mañana estaba también solo en una mesa cercana. Ahora que lo veía más de cerca pude comprobar que era más o menos de mi edad y que era mucho más guapo de lo que ya me había parecido al verle en la playa. Vestía un elegante polo azul marino, unos pantalones chino beige y unos náuticos también azules. El moreno de su piel resaltaba imponente bajo su cabello rubio y sus ojos claros.
La camarera acudió para preguntarme qué vino había elegido. Yo le contesté y me tomó nota también de lo que iba a cenar. Nada más marcharse ella oí una voz que me hablaba con un acento extraño para mí.
–¿Estás sola? –Era él­–. ¿Te importa si cenamos juntos? Es que yo también estoy solo-. Yo me quedé paralizada. Si el Caribe iba a ser todo el rato así iban a ser las mejores vacaciones de mi vida.
–Sí… No… –contesté un poco azorada–. Quiero decir que sí, que estoy sola, y que no, no me importa que cenemos juntos. –Ni yo misma me creía que me hubiera atrevido a invitar a un desconocido a cenar conmigo.
–Me alegro –dijo él mientras le indicaba a una camarera que trajera sus platos a mi mesa–. Me llamo Luis, y como habrás notado por mi acento soy argentino. Te he visto esta mañana en la playa mientras corría. ¿Has llegado hoy, no? Me extraña que no te haya visto hasta ahora.
–Sí, llegué ayer por la tarde –contesté–. Hoy es mi primer día. Mi nombre es Nadia.
–Ya decía yo. Yo llegué acá hace una semana y me queda otra semana entera. Ya me estaba empezando a aburrir un poco. Menos mal que llegaste hoy, Nadia. Hubiera sido una lástima que llegarás justo cuando yo me iba.
Yo ya había oído hablar a algunas amigas mías de la labia de los argentinos para conquistar a las mujeres. En otras circunstancias me hubiera puesto en guardia, pero me dejé llevar por el Caribe y por la sensación de vivir una aventura.
La cena transcurrió de manera agradable. Luis era un buen conversador y un gran adulador, y yo me dejaba querer y el vino hacía el resto para relajar mi tensión. Al terminar de cenar fuimos por la playa hasta uno de los bares del hotel y pedimos dos mojitos. La noche estaba estupenda con una temperatura muy agradable. El rumor de las olas de la playa llegaba a nuestros oídos mezclado con la suave música del bar y un hermoso cielo estrellado giraba sobre nuestras cabezas.
Luis me levantó suavemente de la butaca y nos pusimos a bailar al son de una música que hipnotizaba mis sentidos, ya de por sí algo aletargados por el vino, el mojito y las dulces palabras con la que él sembraba mi pasión.
El primer beso fue largo y profundo. Mi cuerpo seguía el son de la música y se dejaba hacer por las manos de Luis que me abrazaban, me sujetaban y me acercaban a su cuerpo. Ya no existía Eduardo ni nada de mi mundo anterior. Solo estábamos Luis, yo y el lugar más paradisíaco del mundo.
Luis era un conquistador nato, y yo me dejé conquistar. Necesitaba que alguien como él lo hiciera. La noche era joven y nuestros cuerpos también.
No sé qué es lo que pasó exactamente entre el primer beso y el momento en el que dejé que mi cuerpo cayera sobre la cama de la habitación de Luis. Ambos, entre risas, nos fuimos quitando la ropa y su boca iba besando sin prisa cada rincón de mi cuerpo que él iba desnudando. Una y otra vez nos acariciábamos y nos frotábamos el uno contra el otro. Su cuerpo era perfecto y yo no pensaba más que en gozar con él. Sus besos y sus caricias fueron ganando en intensidad y su lengua pasó de mi boca a mis pechos y luego a mi entrepierna. Si su forma de hablarme era embriagadora, su forma de hacerme el amor era irresistible y casi tuve que rogarle que acabara, pues nunca había imaginado que un hombre pudiera aguantar tanto tiempo de sexo sin querer llegar al final.
Cuando regresé a mi habitación ya era bien entrada la madrugada y estaba agotada. Incluso con una ducha fría, aún notaba el fuego sexual en mi interior. Nunca había sentido algo parecido.
Por la mañana Luis y yo nos encontramos en la playa. Esta vez los dos salimos juntos a correr un rato. El resto de la semana lo pasamos así, con playa, mojitos y sexo hasta que Luis se tuvo que marchar.
Fue una semana perfecta. Una compañía agradable, un sexo de calidad y abundante y ninguna obligación por nuestra parte. Una lástima que solo fuera una semana, pero ambos sabíamos que era una pasión caribeña, fugaz e intensa como las puestas de sol tropicales que disfrutamos cada atardecer de esos intensos días juntos.
La última noche con Luis fue especial. Ambos sabíamos que nunca nos volveríamos a ver, así que creo que ésa fue la causa de que ambos nos entregáramos con tanta pasión a darnos placer y a disfrutar del sexo más que el resto de la semana. Tal vez esa última vez y la primera noche son las que mejor recuerdo me dejaron.
Al día siguiente de irse Luis bajé yo sola a la playa, con mi libro, mi crema solar y con el chiringuito convenientemente a mano. Me tumbé a la sombra de la palmera, abrí el libro y algo me llamó la atención. Un hombre moreno corría por la orilla de la playa. Al pasar junto a mí me miró sin disimular demasiado y me dedicó una bonita sonrisa.
–Bueno–, me dije mientras cerraba el libro–. Me queda aún una semana por delante.

sábado, 5 de noviembre de 2016

Donde se guardan los sueños

Rescato aquí un breve cuento que escribí en 2004 y que lo utilicé, con algunos cambios, en mi novela "42,2 Muerte en Central Park". Espero que os guste.

Donde se guardan los sueños


Hay un lugar en África donde todos los sueños de todas las personas del mundo se guardan para siempre.
Allí, en un rincón profundo de una enorme montaña desconocida, quedó oculto para siempre el sueño inquieto de un niño en el cual perdía su caballito nuevo. Cerca, la pesadilla de un soldado herido en el frente ocupa una pequeña hendidura en una húmeda roca.
Los sueños de amor, los de aquéllos que ansían revivir su juventud romántica, los de aquéllos que en su inconsciente se enamoran todas las noches de alguien perfecto e inexistente, los de aquéllos que sueñan con alcanzar el éxtasis junto a un imposible, esos sueños se esconden entre los prados cubiertos de flores, flores efímeras que con los primeros fríos se marchitan.
Hay un pequeño río que corre montaña abajo y que recoge, como el agua del deshielo, los sueños de abundancia que atraviesan las cabezas de los granjeros del valle al inicio de la temporada.
Todos los sueños se guardan allí para siempre.
Bueno, todos no. Sólo los sueños olvidados, los que no son reclamados por nadie. Pues los sueños que recordamos se quedan con nosotros, hasta que nuestra memoria ya no los necesita y los deja ir a la gran montaña africana. A veces aún estando entre el sueño y la vigilia. Y a veces nunca.
En lo alto de esta montaña, en una oscura caverna tenebrosa, se guardan las peores pesadillas. Monstruos que aterran a los niños, retales de locuras, temores avernales. Nadie osaría entrar nunca en esta cueva, pues se encontraría con cosas terribles, cosas que nadie se atrevería a ver, por eso las olvidamos tras soñarlas, pues no podríamos vivir con esos recuerdos.
Pero hubo un día, hace mucho, mucho tiempo, en el que un pequeño terremoto removió la montaña y liberó los sueños.
Al principio los sueños vagaron por allí cerca, sin alejarse de la montaña herida. Pero no pudiendo permanecer libres, y ante la imposibilidad de buscar conciencias en las que instalarse, pues nadie subía nunca hasta allí arriba, fueron bajando y bajando hasta encontrar algunas aldeas.
¡Ay! ¡Cuán inquietas fueron las noches siguientes en aquellos pequeños poblados! No hubo un solo niño que no llorara, ni un adulto que pudiera dormir con placidez.
Pero, así, casi todos los sueños pudieron regresar de nuevo a la montaña donde se guardan los sueños olvidados.
Mas hubo un sueño que no halló cabeza que ocupar y se vio obligado a seguir vagando en busca de alguien que lo soñara y lo olvidara.
Era éste un sueño extraño, inquietante y aterrador, pero atrayente a su vez.
No se sabe quién lo soñó por primera vez. Tal vez fuera una persona normal, con una vida normal. O quizá fue alguien poderoso, alguien capaz de llevar a todo su país a una guerra devastadora tras su locura. Pero, fuera quien fuera, había sido afortunado al olvidarlo, pues vivir con el recuerdo de un sueño como ése no podría hacer bien a nadie.
El sueño vagó y vagó por el mundo, sin que hallara a nadie capaz de soñarlo. Pero por fin, una noche un hombre joven lo admitió en sus pensamientos.
El joven se despertó sudoroso e inquieto y no había olvidado el sueño que acababa de tener. Aterrado, intentó en vano conciliar de nuevo el sueño. Mas no pudo, le fue imposible. Y durante el resto de la noche no hizo sino dar vueltas y vueltas en la cama, intentando en vano pensar en otra cosa diferente a la soñada.
Tras levantarse por fin, ni siquiera desayunó. Cogió su bicicleta y pedaleó sin descanso hasta el pie de la montaña donde se guardan los sueños. Cuando los caminos se terminaron, siguió a pie, sin descanso, sin mirar atrás, hasta que llegó a la entrada de la cueva de donde nunca debió haber salido ese sueño.
Allí, junto a la entrada, al borde de la sima que se abría bajo sus pies, el hombre miró hacia la insondable oscuridad. Sonrió, y después saltó para devolver el sueño a su eterna morada.

© 2004. Javier Sánchez-Beaskoetxea

sábado, 29 de octubre de 2016

Vuelo nocturno

Vuelo nocturno
(A Vero.)

–Buenas tardes –me saludó amablemente la azafata al entrar al avión. Le devolví el saludo y me dirigí a mi asiento en la fila 6. Por delante tenía un largo vuelo nocturno. Un vuelo que solía tomar tres o cuatro veces al año por trabajo y que nunca me terminaba de gustar. Aunque en esta ocasión parecía que la cosa prometía ser algo mejor, pues nada más llegar a mi fila descubrí al que sería mi vecino de asiento esa noche.
Era un hombre algo mayor que yo, pero no mucho más. Tendría unos cincuenta años, pero la verdad es que se conservaba muy bien. Tan solo el blanqueo de su abundante pelo y algunas arrugas de experiencia en su rostro eran testigos de su edad. Era delgado, más bien atlético, e incluso sentado se notaba que era alto.
Mientras yo luchaba por colocar bien mi maleta en el maletero de la cabina, me percaté de que él me dirigía alguna furtiva mirada. Yo vestía con una falda ajustada que llegaba un poco más arriba de las rodillas y una blusa blanca con chaquetilla. Sí. Ya sé que a mí también se me empieza a notar que hace ya tiempo que dejé atrás los treinta y tantos años, pero mi rutina de gimnasio y mis kilómetros por el parque se reflejan bien a las claras en mi cuerpo. Y él se percataba de ello, estaba claro, pese a que intentaba disimular sus miradas mientras leía un periódico.
Por fin me senté en mi asiento, junto a él. Me acomodé y nos saludamos educadamente con un “Hola” por su parte y un “Buenas tardes” por la mía y al hacerlo no pude evitar mantener un poco más de la cuenta mi mirada en sus profundos ojos azules.
Poco después la puerta del avión se cerró y el comandante nos dio la bienvenida y nos informó de que no tardaríamos en despegar. El vuelo iba medio lleno, y por suerte, pensé, mi vecino y yo estábamos bastante alejados del resto de los pasajeros.
La primera hora del vuelo transcurrió sin novedad. Yo trataba de leer una revista y él había terminado ya los dos periódicos que tenía, uno económico de papel salmón y otro local. Yo, mientras leía, o hacía que leía, me fijaba en sus manos, unas manos recias, de dedos largos, venas marcadas y uñas perfectamente cuidadas. Llevaba un bonito, y caro, reloj Mont Blanc y no usaba anillo, por lo que deduje que no estaba casado. Eran unas manos bonitas y para mis adentros me sorprendí pensando en esas manos acariciando mi cuerpo.
Poco después llegó la azafata para ofrecernos la cena, y ese cambio propició que empezáramos a hablar, con la tonta excusa de que ambos pedimos pollo en lugar de lasaña y ambos también coincidimos en tomar vino tinto para beber.
–No es que sea una cena en el Ritz, pero si se puede disfrutar un poco es mejor que no hacerlo –me dijo con una bonita sonrisa.
Le devolví la sonrisa y asentí su comentario. Luego me presenté.
–Me llamó Verónica –dije.
Y cuando él me iba a decir su nombre le interrumpí.
–No, no me lo digas –dije poniendo los dedos en mis labios como indicándole que se callara–. Por ahora te llamaré Sr. X.
Él mostró su extrañeza con el rostro.
–Es un juego que suelo hacer con la gente con la que coincido en estos vuelos tan largos –le expliqué–. Si al terminar el vuelo hemos congeniado entonces te pediré que me digas cómo te llamas.
–Pues brindo por eso –me dijo levantando su vaso de vino.
Y así, mientras cenábamos fuimos hablando de esto y de aquello. Su conversación era amena y divertida. Era un hombre inteligente y sabía cómo mantener mi interés sobre cualquier tema del que habláramos a la vez que se mostraba atento a mis comentarios. Estaba segura de que al final le pediría su nombre.
Al acabar de cenar ambos rechazamos el café que nos ofrecían.
–Por favor –dijo el Sr. X dirigiéndose a la azafata–. Café no tomaremos pero la noche es joven. Traiga por favor una botella de champán y dos copas.
Yo le comenté que no era necesario, pero él insistió.
–Qué mejor forma de celebrar un agradable encuentro a 9.000 metros sobre el mar –dijo. –Estas cosas no pasan todos los días. Y además, el champán nos ayudará a dormir un poco. Pero, eso sí, dentro de un rato. Todavía no.
Seguimos charlando hasta que casi nos habíamos terminado la botella. Yo creo que entre el champán y el vino de la cena empecé a perder algo la cabeza, porque me mostré muy insinuante con él, cosa que él notó, aunque no parecía captar la indirecta. Así que tomé la iniciativa y girándome hacia él le susurré al oído.
–Creo que se me está subiendo el champán a la cabeza, y me parece que voy a cometer una locura –le dije con la voz más insinuante que supe poner.
El Sr. X se giró también y me contestó al oído: “Espero que sea la misma locura que estoy pensando yo”.
Y entonces nos besamos. Al principio fue un beso suave, pero enseguida pasamos a un beso más profundo, lleno de pasión y de deseo. Las luces de la cabina ya estaban apagadas y el resto del pasaje parecía estar dormido, por lo que nos sentíamos con más intimidad que la que las circunstancias nos ofrecían.
Nos tapamos con las mantas del avión y él empezó a acariciarme el cuello suavemente, luego los hombros y finalmente los pechos. Yo no dejaba de besarle y me desabroché un poco la blusa bajo la manta. Sus manos, esas manos que tanto me habían atraído antes, me acariciaban de forma delicada y mis pezones se endurecieron al roce de sus dedos.
Yo ya estaba perdiendo el control y empecé a tocarle su miembro por encima del pantalón. Entonces él bajo su mano también hacia mis piernas, que se separaron un poco para dejarle hacer. Levantó la falda y casi no pude evitar un gemido mientras su mano me rozaba los muslos de camino hacia mi entrepierna. Cuando llegó allí me acarició mi sexo por encima de mis bragas. Yo ya no podía más y le agarré fuerte su pene por el pantalón, tanto que se quejó un poco. Se desabrochó el cinturón y se bajó la cremallera del pantalón, dejando libre mi objetivo. Enseguida mi mano se movía al mismo ritmo que la suya en mi vulva, que se deshacía por momentos. Fue una batalla intensa que duró varios minutos hasta que al final él no pudo evitarlo y se corrió mientras yo ya no aguantaba más tanto placer.
Al terminar eché un vistazo por si alguien nos había visto. Parecía que no, así que recompusimos un poco nuestras ropas y apoyados el uno junto al otro nos dormimos.

–Buenos días –me dijo el Sr. X cuando el aviso del comandante de que estábamos llegando al destino me despertó.
–Buenos días –le dije, mientras comprobaba que aún me notaba excitada.
–Sí que has dormido bien –dijo–. Nada más beberte el primer sorbo de champán te quedaste dormida como un tronco. Me tuve que beber yo solo la botella.
–Pero… –balbuceé–. ¿De veras que me dormí tan pronto? No lo recuerdo. Recuerdo que…
–Sí. Fue una verdadera pena. La conversación contigo estaba siendo muy agradable y yo apenas duermo en los aviones. Me hubiese gustado más compañía en un vuelo tan largo. Pero no he querido despertarte.
Con disimulo aproveché que aún tenía la manta tapándome y comprobé que mi entrepierna estaba todavía húmeda. ¿Habría sido un sueño, una fantasía sexual tan real?
–Espero que ahora ya te pueda decir mi nombre –añadió–. No sé si anoche al final llegaste a congeniar lo suficiente conmigo.
–Sí, creo que lo suficiente –le contesté sonriendo.
Él sacó una tarjeta de su cartera y me la ofreció. Su nombre empezaba por X.
–Estaré en la ciudad cinco días –dijo mirándome a los ojos–. Me alojo en el Hilton. Si tienes un hueco en tu agenda para el resto de tu vida, no dejes de llamarme.

sábado, 15 de octubre de 2016

Gracias Lucas

–¿Eres Lucas? –me preguntó ella mientras se sentaba a mi lado en la barra del bar.
La miré con disimulo. Estaba muy buena y era bastante guapa.
–Sí, soy Lucas –le contesté un poco nervioso. Era la primera vez que una tía buena me entraba así, de sopetón, y casi no supe ni qué decirle.
–Estupendo –dijo-. Yo soy Ann.
Eché un trago del gin-tonic y le pregunté si quería tomar algo. Me pareció algo lógico en aquella situación.
–Vale. Me tomaré un gin-tonic yo también –contestó mientras me ponía la mano en mi muslo.

Yo me quedé paralizado, sin reaccionar hasta que vino el camarero y le pedí el gin-tonic. Los segundos que pasaron hasta que lo trajo se me hicieron eternos a la vez que excitantes. Ann no dejó de acariciarme el muslo, e incluso me pareció que de vez en cuando llevaba la mano hasta un punto demasiado cercano a mi paquete, que, lógicamente, cada vez abultaba más.
Cuando le sirvieron el gin-tonic lo levantó y me invitó a brindar con ella.
–Por nosotros –dijo levantando la copa. Yo hice lo mismo y el leve choque del vidrio sonó como una invitación a comer, porque tras echar un largo sorbo me besó con deseo. Yo en un primer instante no respondí a su embestida, pero enseguida nuestras lenguas saboreaban a dúo el amargo sabor del gin-tonic mezclado con el dulzor de su boca.
–Me alegro de haberte encontrado –dijo Ann cuando terminamos de besarnos. –Tenía muchas ganas de conocerte en persona.
En los minutos siguientes apuramos con rapidez las bebidas mientras nos besábamos de vez en cuando y su mano pasaba el umbral de lo permisible entre mis piernas.
–Vivo aquí cerca, en un piso con una amiga que está de viaje –me susurró al oído mientras me lamía suavemente la oreja.
Un instante después cerrábamos la puerta de su piso mientras los abrazos se desataban y las manos se relevaban en acariciar, magrear y arrojar prendas por el suelo.
Cuando por fin llegamos a su cama su mano ya me acariciaba mi pene y mis labios saboreaban sus generosas tetas. La batalla fue épica y duradera. Nuestros cuerpos se frotaban con fricción y sus piernas se abrían para facilitar una y otra vez la penetración en diferentes posturas mientras las lenguas degustaban todos los rincones que se ponían a su alcance.
Fue, sin duda, el mejor polvo que recuerdo de aquellos años. Largo, intenso, bien hecho. Con la pasión y la lujuria que requiere el buen sexo.
Al fin, ya saciados, nos quedamos tumbados en la cama mientras aún yo seguía penetrado en su cuerpo. Apenas podíamos hablar, pues el ritmo de los jadeos tardó un rato en disminuir.
–Me encantan tus canciones –dijo cuando ya la calma regresó a nuestros desnudos cuerpos.
–¿Qué canciones? –le respondí.
–Las de tu grupo. Tengo todos vuestros discos.
Mi rostro no pudo disimular mi desconcierto, y entonces Ann se irguió en la cama tapándose los pechos con la sábana.
–¿Tú eres Lucas, no? –preguntó confundida.
–Sí, ya te lo he dicho antes. Yo soy Lucas –le contesté.
–Pero…, Lucas, ¿el cantante de los Passion lovers?
–No, yo soy Lucas, un chico del barrio. No canto en ningún grupo, trabajo en un taller de motos.
Y así, la noche más excitante de mi juventud llegó de golpe a su final.
Gracias Lucas. Siempre te idolatraré. Prometo comprar todos tus discos.

domingo, 2 de octubre de 2016

El árbol miedoso

-¡Buh! –me gritó el árbol intentando darme un susto.
-Que no… Que no insistas. Que no me haces gracia –le dije sin tratar de ocultar mi cansancio por su terquedad. Sabía que lo hacía para intentar ser amable conmigo, pero ya empezaba a ser un poco pesado, la verdad.
De nuevo nos quedamos allí en silencio. El viento soplaba cada vez más intensamente y las copas de los árboles del bosque retumbaban al moverse amenazantes. Un grupo de cuervos salió volando como queriendo alejarse de allí a alguna zona del monte más protegida.
Yo seguí allí sentado, apoyado contra el árbol. Era un pobre árbol muerto, con un aspecto tan decrépito que solo esperaba ya que la carcoma lo fuera transformando en nutrientes para que la semilla de un nuevo árbol germinara en su lugar.
El cielo estaba cada vez más negro, oculto por una gruesa capa de nubes de tormenta que no tardaron en arrojar sobre nosotros un desagradable granizo. Yo trataba de taparme como podía con mi chubasquero, pero apenas conseguía mantenerme seco.
La noche estaba al caer y yo quería volver a casa, al confort de un hogar seco y caliente. Así que, una vez más, me levanté para iniciar el camino de vuelta.
-No te vayas todavía, por favor –insistió el árbol una vez más-. No me dejes solo.
Resoplé de hastío y me volví a sentar.
-Mira –le dije intentando que no se me notara el tono del enfado que ya empezaba a tener-. Yo tengo que volver a mi casa. No quiero quedarme aquí mojado y helado hasta que se haga de noche.
Él guardó silencio. Al de unos minutos me puse en pie y le hablé de nuevo.
-Te prometo que mañana vendré a verte una vez más- y mientras le decía esto dirigí mis pasos hacia el sendero de vuelta.
-¿Me lo prometes? –Preguntó con una voz infantil.
-Sííí. Te lo prometo –respondí acercándome de nuevo a su lado.
-Gracias. Te esperaré. Es que… Ya sabes. Es un bosque tan oscuro cuando se hace de noche. No hay más que sombras y ruidos extraños, y cuando me dejas solo tengo mucho miedo.
Y así, dándole una palmada a su viejo tronco, me alejé de él una noche más.

jueves, 15 de septiembre de 2016

El hombre que recorrió el mundo

Una mañana de abril, a finales del s. XVI, un hombre salió de su pequeña aldea al sur de la región francesa de Picardía y comenzó a caminar. Llevaba sus pocas pertenencias en un hatillo que colgaba de su espalda.

Era un hombre joven y fuerte que hasta ese momento vivía solo cuidando de unas cabras en el monte. Sin apenas hablar con ninguno de sus vecinos con los que se cruzó, tomó el camino que iba hacia el Este y se alejó con decisión de su pueblo, el único lugar del mundo que había conocido hasta entonces.

Ocho años después, el mismo hombre, ahora con un rostro más curtido y con una mirada más madura, entró de nuevo en su aldea con el mismo hatillo a la espalda.

“¿Dónde has estado?” le preguntaban todos. Él se sentó en la plaza del pueblo y les contó su largo viaje.

–Necesitaba ver el mundo –empezó a narrar con voz pausada y un tono sabio–. Así que decidí recorrerlo. Crucé Francia y me dirigí hacia el sur de Alemania. De allí seguí caminando y poco a poco llegué hasta los países del lejano Oriente. Después, deambulé varios años por aquellas tierras hasta que decidí regresar a casa. Un largo viaje.

Los vecinos de la aldea miraban al hombre con gran admiración. No era normal que alguien del pueblo viajara tan lejos. Como mucho a París, pero pocas veces a un lugar del extranjero. Así que el tener entre los habitantes del pueblo a alguien que hubiera caminado hasta el lejano Oriente era algo de lo que orgullecerse. Y esto convirtió a aquel hombre en toda una celebridad en el pueblo. Todos los vecinos le invitaban a beber en la taberna para que él les contara sus historias y aventuras por el mundo, y las mujeres solteras se le acercaban insinuantes.

Poco después de su regreso el hombre se casó con la joven más hermosa de la aldea y el padre de ésta le dio trabajo en su hacienda.

Pasaron los años y la fama no le abandonó. Sus historias seguían siendo las favoritas de todos los vecinos de la región. Inclusos sus hijos eran populares entre los jóvenes del pueblo.

Así transcurrió su vida, feliz y dichosa desde que terminara su largo viaje. No volvió a abandonar el pueblo desde entonces.

Y cuando sus días llegaron a su fin, el hombre llamó a su hijo mayor que acudió al lecho de su agonizante padre.

–Hijo –comenzó a hablarle con voz débil–. Toma el camino del Este. A unos diez días de aquí encontraras una colina escarpada que esconde una pequeña oquedad rocosa resguardada de la lluvia y de los vientos. Ve allí y cuando regreses me cuentas lo que hayas encontrado en ella.

Siguiendo sus instrucciones el hijo del hombre partió de la aldea y regresó unos días después.

–Padre, ya he vuelto –dijo–. Pero no entiendo. Encontré la oquedad de la que me hablaste y en ella había restos de un camastro de varios enseres, como si alguien hubiese morado allí hace mucho tiempo.

El hombre dirigió su mirada cansina a su hijo.

–Sí, hijo mío –respondió–. Sí, allí vivió un ermitaño durante ocho años. Cuando decidí recorrer el mundo salí de aquí lleno de audacia, pero tras unas pocas noches en el camino yo solo, me entró miedo. Entonces encontré ese refugio. Había restos que indicaban la presencia anterior de algún eremita y decidí quedarme allí a pensar en lo que haría.

>>Poco después pasó por allí una monja anciana. Me vio y se marchó. Al de poco regresó y me trajo algo de comida y un cántaro de agua fresca. Me explicó que estaba muy contenta al ver que un nuevo eremita habitaba el refugio, pues desde que el anterior residente había fallecido, ella y las demás hermanas de su convento no tenían a nadie que cuidar.

>>De esta forma fueron pasando los días y los meses. La monja, además de comida, me trajo algunos libros, y entre ellos estaba el Libro de las Maravillas, el relato de los viajes de Marco Polo. Me aprendí sus historias de tanto leerlas y calculé que en recorrer yo el mismo viaje podría emplear unos siete u ocho años. Pero no tenía el valor de hacerlo, así que decidí que viviría allí, cuidado por las hermanas, hasta que pasara el tiempo suficiente.

–¿Suficiente para qué? –preguntó el hijo.

–Pues suficiente para regresar a la aldea y que la gente creyera mi historia de que había viajado hasta los países orientales. Cuando vi que no me atrevía a seguir el viaje pensé en volver a la aldea. Pero tuve miedo. Así que solo se me ocurrió permanecer oculto todos esos años.

El hombre miró a su hijo intentando adivinar lo que éste pensaba de él.

–Pero, no entiendo –dijo su hijo dubitativo–. Si has guardado este secreto tanto tiempo, ¿por qué me lo cuentas ahora, al final de tu vida?

El hombre asió el brazo de su hijo con las pocas fuerzas que le quedaban.

–Porque no puedo irme sin contarle a alguien la verdad, y porque tú eres mi heredero y no quiero que heredes una mentira. No. Tenía que decírtelo.

–Pero, cuando no te atreviste a seguir el viaje, ¿por qué no regresaste? ¿De qué tuviste miedo? –preguntó el hijo–.

El hombre apartó la mirada de los ojos de su hijo y con voz queda contestó.

–Tuve miedo a la vergüenza de sentir mi fracaso en la mirada de la gente.


sábado, 16 de julio de 2016

Vidas cruzadas que no se cruzan

Lara
La tarde había transcurrido de manera anodina para Lara, como casi siempre desde que Cristina y Elisa, sus mejores amigas, se habían echado novio y apenas quedaban ya con el resto del grupo. Las demás amigas que quedaban en el grupo eran cada vez más aburridas y para Lara sus conversaciones eran simples e insustanciales. Pero, como no tenía con quien salir, seguía quedando con ellas, salvo cuando hacía mal tiempo. Entonces Lara se alegraba, pues así tenía una excusa para permanecer en casa leyendo, que era una de sus mayores aficiones.
Ese sábado de julio había hecho muy buen tiempo, así que había pasado el día con las demás en la playa. Como estaba cansada, se había marchado un poco antes que las demás y ahora bajaba las escaleras de la estación para no perder el siguiente tren.
Y allí, mientras terminaba de bajar al andén, lo vio. Era más o menos de su edad. Realmente no es que fuese muy guapo, pero a Lara, que lo miraba con los ojos de la adolescencia apasionada, le pareció el chico más atractivo que jamás había visto.
Lara se quedó parada cerca de donde él estaba sentado. Llevaba colgado de un lado el capazo con la toalla y los enseres para la playa, y de vez en cuando hacía como que ordenaba las cosas para mirar con disimulo hacia el joven.
Quedaban tres minutos para que llegara el tren y Lara estaba deseando que el chico lo cogiera también. Sería una pena, pensaba, que él ni se fijara en ella y se quedara allí sentado esperando al siguiente tren.
El tiempo pasaba rápido. La cabeza de Lara trabajaba con rapidez intentando encontrar alguna excusa para dirigirse al chico y entablar con él una conversación, pero solo de pensarlo se puso roja de vergüenza.
El tren entró en el andén y se detuvo. La gente que tenía que salir de los vagones salió y los que tenían que entrar entraron. Lara seguía allí, paralizada. El aviso de que se iban a cerrar las puertas empezó a sonar. “Y si me quedo aquí”, pensaba Lara. “Y si espero al siguiente”.
Echó un último vistazo al joven y vio que él seguía sentado, sin fijarse en ella. Y en el último segundo Lara entró de un salto al vagón mientras se cerraban las puertas.
Adiós Lara.

Iván
Iván no quería volver a casa. Había vuelto a discutir con sus padres en la comida y llevaba toda la tarde por ahí, dando vueltas sin hacer nada. Todos sus amigos se habían marchado de vacaciones y él era el único que seguía en la ciudad.
Como ya estaba aburrido y cansado de deambular por la ciudad decidió que no le quedaba más remedio que regresar a casa, así que allí estaba en la estación. Su idea era llegar a casa y encerrarse en su cuarto como otras veces. Su madre le preguntaría sobre qué quería para cenar, y él le contestaría que nada, que no tenía hambre. Así pasarían unas horas más sin tener que hablar con sus padres.
Mientras cavilaba en sus cosas sentado vio a una chica que bajaba las escaleras. Llevaba un vestido de playa y su cabellera larga se movía al compás de los pasos de ella saltando los escalones. A Iván le pareció la chica más guapa que había visto nunca, aunque no era verdad. Había visto chicas mucho más guapas, pero hasta ahora las chicas no le habían llamado la atención. Pero esta vez sí.
Su timidez le impidió fijarse en ella con más detenimiento, por lo que no se percató de que la chica le había mirado al bajar. Iván se quedó allí sentado, sin atreverse a mirarla, salvo un poco de soslayo de vez en cuando.
Un tren estaba a punto de llegar, pero no era el suyo. Iván deseó que la chica tampoco lo cogiera para tener, tal vez, la oportunidad de mirarla un poco más y, tal vez, incluso hablar con ella, si ella se prestaba a ello.
El tren entró en la estación y la chica permaneció allí quieta. Iván se alegró. Parecía que no lo iba a coger. Las puertas empezaron a cerrarse y cuando Iván ya soñaba con tener la ocasión de hablar con la chica, ésta se metió al vagón apresuradamente.
Y entonces Iván, impulsado por el resorte del amor de la juventud, se levantó de un salto y corrió hacia las puertas con el corazón desbocado para juntarse con el amor de su vida.
¿Lo consiguió? Quién sabe.


miércoles, 6 de julio de 2016

De lo único que me arrepiento

Me queda poco tiempo ya. La vida se me escapa tan rápido como me llegó hace ya muchos años. Muchos, pero no demasiados. Nunca son demasiados.
Aquí, en mi lecho final, mientras veo el tiempo huir de mí, no puedo más que pensar en si ha merecido la pena cada instante que he vivido. Y creo que sí. Apenas me arrepiento de nada de lo que he hecho. Ni siquiera me arrepiento de las cosas que ahora, viéndolas con la perspectiva y la sabiduría que dan los años, seguramente quisiera haberlas hecho de otra manera. Porque, al fin y al cabo, de esos errores he aprendido y sin ellos tal vez no vería mi vida con la benevolencia que la juzgo ahora que ya toca a su fin.
Viví la Gran Guerra y allí, perdido todo rastro de humanidad, maté a gente que tal vez su único pecado fue el de toparse conmigo en un mal momento. Sí. Hice, como casi todos, cosas terribles, pero estoy casi convencido de que si volviera a vivir aquellos instantes volvería a hacerlas. No se puede juzgar nuestros actos de una época y unas circunstancias desde el punto de vista de otros tiempos. Si lo hiciéramos, nunca seríamos justos con nosotros mismos.
Milagrosamente regresé entero a casa. Llegamos humillados y derrotados tras haber perdido nuestra juventud en los frentes de Europa. Así que hice lo único que se podía hacer: olvidar.
Sí. Olvidamos la pesadilla y la vida siguió. Me enamoré, me casé, tuve hijos y luego nietos. Podría decirse que he sido feliz. Así que no, no me arrepiento de casi nada.
Pero hay un día de mi vida del que me he arrepentido siempre. Por muchos años que haya vivido, raro ha sido el día en el que no haya pensado en qué habría pasado si hubiera actuado de otra forma.
Yo tenía tan solo diez años. Era una tarde de agosto en un tiempo en el que los mayores nos dejaban a los niños deambular por el pueblo asilvestrados. Nuestra vida era plácida. No había colegio y salvo algunas tareas del campo en las que teníamos que ayudar, casi toda nuestra vida era realmente nuestra.
Aquel día yo estaba solo en la plaza. Había estado casi toda la tarde con otros niños en el río y estaba cansado, por lo que me había sentado en el suelo en una esquina apoyado contra la pared de la iglesia para descansar.
La niña se me acercó sin que me diera cuenta. Era muy guapa. Tendría más o menos mi edad. Vestía una blusa rosa y una falda roja, a juego con los zapatos, y llevaba una pequeña rosa roja en su pelo rubio. No la había visto nunca. Debía ser pariente de alguien del pueblo y estaría de visita.
–Hola, me llamo Laura –me dijo con una sonrisa mientras se sentaba a mi lado–. Si me das la mano podríamos jugar a que somos novios.
Yo me quedé paralizado. Nunca había estado a solas con una niña. A ella no pareció importarle mi actitud indiferente y siguió hablando.
–Mira –me dijo señalando a un grupo de muchachas más mayores que nosotros–. La del vestido azul es mi hermana. Tiene un novio de otra ciudad que la viene a visitar de vez en cuando y se pasan el día cogidos de la mano. ¿A que es divertido ser novios? Cuando quieras levantarte, podemos darnos la mano y pasear hasta la otra parte de la plaza. Luego nos sentamos y al de un rato volvemos de nuevo paseando hasta aquí de la mano. Eso es ser novios. A mí me gustaría jugar a eso contigo.
Yo seguía sin mover un músculo. No me atrevía ni a mirarla. Nunca una niña tan guapa me había dirigido la palabra así. Ella seguía hablando y yo solo podía escucharla extasiado con el tono de su voz y con lo que me contaba.
De pronto se calló. Se puso en pie y mirándome me preguntó: “¿Entonces, me vas a dar la mano, sí o no?”.
Yo no sabía qué hacer. Deseaba con toda mi alma levantar mi mano, tomar la suya y caminar junto a ella hasta la otra parte de la plaza. Mi corazón quería obligar a mi cuerpo a moverse y a responderle que sí, que lo único que deseaba en el mundo era darle la mano, era ser su novio en un juego apasionante.
Pero mi cuerpo seguía allí, quieto, sin parpadear siquiera.
Y ella al final se marchó. Se despidió de mí con una voz cargada de lástima y de decepción. Nunca la volví a ver.
Sí. Desde aquel día de lo único que me he arrepentido siempre es de no haberle tomado su pequeña mano con la mía. ¿Por qué tuve que ser tan idiota?

jueves, 23 de junio de 2016

El extraño y pícaro hotel

Llegué tarde al hotel. Me dieron la llave y me dirigí al ascensor para subir a la habitación. El mozo me cogió la maleta, me abrió la puerta del ascensor, pulsó al botón del 4º piso y subimos en silencio. El ascensor se detuvo en el 2º piso, donde se metió una camarera y seguimos subiendo.
El ascensor era muy viejo y subíamos muy despacio, extrañamente despacio. La camarera era una mujer gorda, pero tenía un rostro amable y agradable. En cambio el mozo era muy delgado, pero su cara era inexpresiva. Hacía bien su trabajo, con seriedad, pero yo eché en falta algo más de amabilidad. Venía de un viaje largo y llevaba varios días fuera de mi país y hubiera agradecido una mirada amistosa, algo que me hiciera, aunque solo fuera un espejismo, sentir como que estaba ya en casa.
Por fin el ascensor se detuvo en mi planta. El mozo abrió la puerta, me invitó a salir y tras coger mi maleta salió al pasillo y me indicó que le siguiera. Me despedí de la camarera, que me sonrió amablemente y desapareció tras la puerta que se cerraba.
Caminé detrás del mozo por un pasillo muy largo. Íbamos dejando atrás varias habitaciones. 401, 403, 405,… Por fin llegamos a la 411. Mi habitación. El mozo abrió la puerta, dejó mi maleta junto a la mesa y me dijo que si necesitaba algo tan solo tenía que llamar a la recepción. Le di un par de billetes de propina y me quedé solo.
La habitación era bastante grande y estaba decorada con un estilo muy clásico, como todo el hotel, que era bastante antiguo. Había una ventana que daba a un patio interior cubierto por una cristalera espectacular, pero al ser de noche no se apreciaba muy bien. Como estaba muy cansado me desvestí, recogí un poco mis cosas y enseguida me acosté y me quedé dormido.
A mitad de la noche unas luces extrañas me desvelaron. Miré el reloj. Eran las tres y media de la madrugada. Todo parecía estar en silencio, pero por debajo de la puerta y por las cortinas de la ventana se filtraban luces de colores cambiantes que iluminaban de forma muy curiosa mi estancia.
Espere un poco a ver si se apagaban pero como no lo hacían y yo ya me había desvelado me levanté y me dirigí a la puerta. Salí al pasillo en pijama y miré a ver de dónde venían las luces. Al principio no vi nada anormal, pero enseguida vi que las luces parecían alejarse tras un giro del pasillo.
Las seguí.
Avancé rápido por el pasillo, giré en la esquina y vi un grupo de personas que portaban faroles de colores y que bailaban sensualmente mientras se alejaban de donde yo estaba. La curiosidad me hizo ir hacia ellos y enseguida yo también bailaba dentro del grupo. Seríamos una docena de personas entre hombres y mujeres. Avanzábamos en silencio, bailando al son de una música que no se oía pero que, de alguna forma, la sentíamos en nuestros cuerpos de una forma sutil y sensual.
Yo ya no era yo, y mi cuerpo se dejaba mecer por el compás de la música que sentía mientras se abrazaba a los cuerpos de los demás. Una mujer bella de gran sexualidad se frotaba a mi espalda y yo podía sentir sus voluminosos pechos rozando con mi cuerpo. Me giré para mirarla, pero no pude hacerlo porque otras manos me arrastraban hacia delante.
Seguimos así durante varios minutos, bailando y acariciándonos mientras dábamos vueltas a un pasillo en el que ya no había puertas hasta que al final la música cesó y las luces se apagaron.
Ahora estábamos a oscuras y sentí que varias manos me desvestían. Yo me dejaba hacer y en pocos minutos todos estábamos desnudos sobre la moqueta del pasillo mientras nos acariciábamos y nos besábamos mutuamente mientras sentíamos un placer indescriptible.
No sé el tiempo que pasó, pero al final, ya saciados nuestros deseos, volvimos a levantarnos y la música volvió a sonar en nuestras cabezas mientras recorríamos de nuevo el pasillo bajo la luz de las farolas que se habían vuelto a encender.
Cuando desperté por la mañana, estaba desnudo en la cama de mi habitación. Recordaba todo con claridad, pero solo pude concluir que había sido un extraño sueño erótico. Me duché aún con el recuerdo del sexo gozado y mi jornada transcurrió con normalidad, tal y como la tenía programada.
Por la tarde regresé al hotel, cené algo y me acosté. Mentiría si no deseaba volver a tener el mismo sueño otra vez.
A las tres y de media de la madrugada de nuevo me despertaron las luces del pasillo y me alegré. Salí y me uní una vez más a la orgía. Todo volvió a transcurrir del mismo modo. Música sensual silenciosa, baile seductor, sexo en grupo sobre la alfombra en la oscuridad… Si solo era un sueño era tan real que el placer era infinito.
En las dos siguientes noches todo se volvió a repetir, para mi deleite. Lástima que debía seguir mi viaje por negocios y no podía quedarme más tiempo en ese hotel.
Mientras bajaba a la recepción para abonar la cuenta y dirigirme a la estación de tren, el ascensor se detuvo en una planta. La puerta se abrió, y por mucho que pulsé los botones, el ascensor no se movió, así que salí con mi maleta para bajar por las escaleras.
Al principio no noté nada extraño, pero al llegar a la recepción vi que el hotel había cambiado. Era un cambio pequeño, pero enseguida me di cuenta de qué pasaba. Era el mismo hotel, no cabía duda, pero ahora estaba todo nuevo. No es que hubieran cambiado la decoración. Era la misma de los días anteriores, pero ahora todo estaba casi sin estrenar, como si hubiera llegado al hotel el día de su inauguración.
Me dirigí a la recepción. Pagué la cuenta y al despedirme me preguntaron a ver si había disfrutado de la estancia durante esos días y esas noches. Les contesté que sí, que mucho.
Al salir pedí un taxi y miré por última vez la fachada del hotel. Deseé regresar pronto.

jueves, 16 de junio de 2016

Es la vida, que pasa

Subo hoy aquí un artículo que publiqué en el nº 54 de la revista PEDALIER, y que es uno de los que recojo en mi libro "Relatos desde el Col del Agonistic".

ES LA VIDA, QUE PASA.
 

Sigo pedaleando mientras la brisa de esta tarde de verano me acaricia. Se está tan a gusto aquí... La carretera es toda para mí, no hay nadie y se puede escuchar perfectamente el murmullo del río que baja a mi derecha. Los rayos del sol de esta tarde de agosto se abren paso con descaro entre el follaje y flirtean con la superficie del agua, tranquila en el remanso donde juguetean las luces y las sombras de las ramas de los árboles. Me detengo y tiro al agua una piedra que rompe la monotonía del instante en mil ondas que arriban plácidamente a la orilla en pequeñas olas. Un pez salta del agua y me invita a seguir mi camino.
Ruedo por terreno fácil con inusitada alegría. Se está tan bien que desearía que la ruta de hoy nunca tuviera fin. Hay momentos, ah, qué momentos, que deberían ser eternos. Menos mal que nos dejan recuerdos que, si bien no son eternos, nos asaltan de vez en cuando el resto de nuestra vida. Y éste es uno de ellos.
Hay veces, muchas veces, que en nuestras excursiones en bicicleta alcanzamos un estado de satisfacción tal que por sí solo compensa todas las penurias, que también las hay, que sufrimos con nuestro deporte.
Los ciclistas suelen llamar a este estado "ir sin cadena", aunque para ellos casi siempre está relacionado con un estado de forma excepcional que les permite rodar a tope casi sin querer.
Pero para nosotros, por lo menos para mí, esta especie de nirvana no significa necesariamente que estemos en nuestra mejor forma. Simplemente sucede cuando vamos en bici y todo confluye para que el goce sea máximo. La carretera se queda sin coches, el paisaje es maravilloso, la temperatura es la ideal, el viento cesa, la naturaleza se nos presenta plena y nos permite oírla, verla, olerla, tocarla y saborearla en el apogeo de su ser.
Todo se detiene a mi alrededor. Estoy solo con mi bicicleta en un entorno excepcional. Un fácil descenso culmina aún más la sensación de ir más allá de mi ser, pues ahora ni siquiera he de pedalear para mantener la magia del instante. El Sol va bajando mientras el día va llegando a su fin y las nubes del horizonte anuncian un ocaso a la altura de la tarde que estoy disfrutando. Pero aún queda un rato para eso. No tengamos prisa.
De mientras, puedo seguir disfrutando de los maizales que bordean la cuneta. Algunas de sus hojas se arriman a la carretera, como las manos de los niños en las carreras cuando las extienden para animar a los corredores. Y respondiendo a su petición alargo el brazo y las voy acariciando hasta que el maizal se termina junto a un puentecillo, donde aprovecho para detenerme un rato y asomarme de nuevo al río que, manso, sigue su camino hasta un mar lejano.
Ya lo dejó escrito Jorge Manrique. Nuestra vida es como un río que va a parar a la mar, que es el morir. Y el río sigue su curso, su vida, hasta ese mar conocido y con un final esperado y yo sigo mi vida, mi carretera, de la que no sé el final. Prefiero mi vida, abierta al final que sea, a la del río, con un final cerrado, conocido.
Y monto de nuevo en la bici, y sigo rodando hacia el Sol, y sigo sintiendo la cálida brisa en la cara, y sigo pensando que este momento es único, y sigo sin querer que termine, y...
Poco a poco el Sol cae hacia aquellas montañas que se ven a lo lejos, aquellas montañas que me esperan en pocos días, aquellas montañas tan bien conocidas por tantas miles de ruedas de bicicletas, bicicletas sobre las que miles de personas han gozado lo que hoy estoy gozando yo.
Es la vida, que pasa. Y solo pasa hoy. No la dejes escapar. Disfrútala.

miércoles, 8 de junio de 2016

Sutton Place

Hoy he salido temprano de la oficina y he aprovechado para dar un paseo hasta el parque de Sutton Place. Antes era uno de mis rincones favoritos de Manhattan. Apenas suele haber gente y desde ahí puedes disfrutar de una vista perfecta del puente de Queensboro sobre el East River.

Recuerdo cuando nos conocimos. Fue precisamente en este parque. Como hoy, era una calurosa tarde de junio y, como hoy, también había salido antes del trabajo. La oficina de mi empresa está en la calle 70, no muy lejos del cruce con Park Avenue, y como yo vivo en Brooklyn suelo pasear un poco por esta zona antes de coger el metro en la 59, esquina Lexington, para volver a casa.
Aquella tarde me senté en un banco del parque de Sutton Place para fumarme un cigarrillo. Hacía calor y no había madres jugando con niños como otras veces. Se estaba bien así, solo. Mientras daba una calada al cigarro me fijé que en un rincón del parque había una mujer llorando. Estaba en un banco junto a un seto y por eso no la había visto al entrar al parque.
Me quedé un rato mirándola. Tendría unos treinta años, más o menos mi edad. Era morena, de melena corta y vestía de forma elegante y a la vez cómoda con una ligera falda de vuelo y una blusa a juego. Sus manos le tapaban casi todo el rostro, por lo que no podía verle la cara, pero se notaba que lloraba y de vez en cuando se pasaba las manos por los ojos para quitarse las lágrimas.
Yo no sabía qué hacer. Pensé en irme y dejarla sola para no molestarla. Pero de repente levantó un poco la cara y me vio. Noté que ella intentó entonces disimular su llanto, pero era evidente que no iba a poder conseguirlo y apartó su mirada para que yo no pudiera verla en ese estado.
Sentí lástima por ella. Apagué el cigarrillo y me acerqué para ofrecerle un pañuelo. Era la única cosa que se me ocurrió que podía hacer para ayudarla.
–Muchas gracias –me dijo mientras lo cogía.
Me quedé allí, de pie, mientras ella se secaba el rostro. De vez en cuando se le escapaba algún suspiro mientras luchaba por recuperar una mejor presencia de ánimo ahora que ya no estaba sola.
Como vi que su recuperación iba para largo, solo se me ocurrió decirle que podía quedarse el pañuelo. Ella me miró, me sonrío y me dio las gracias. Ya me iba a marchar cuando se dirigió a mí algo más calmada.
–¿Podrías quedarte conmigo un rato? –me preguntó en tono de súplica.
–Por supuesto –le dije–. El tiempo que necesites.
Me senté a su lado y estuvimos un largo rato allí, sin hablar, mirando el río pasar mientras el sol bajaba sin prisa hacia el oeste de Manhattan.
Por fin ella se decidió a hablar.
–Muchas gracias por el pañuelo y por estar aquí conmigo –me dijo. –Ya me siento mejor.
Le dije que no tenía por qué darme las gracias. Luego, como me apetecía tomarme una cerveza antes de ir a coger el metro me atreví a invitarla a tomar algo.
–Si quieres podemos ir a un bar a tomar algo. Creo que te sentaría bien.
Para mi sorpresa ella aceptó.
Aquel fue nuestro primer día juntos. Ella, casualmente, también trabajaba cerca de mi oficina y también vivía en Brooklyn, así que algunas tardes quedábamos después del trabajo para volver a casa los dos. Aquel día en el que la conocí el hombre con el que estaba prometida desde hacía cuatro años la había abandonado por otra.
Un mes después se vino a vivir conmigo y durante dos años fuimos muy felices. Hacíamos todo juntos. Íbamos juntos al trabajo, volvíamos juntos. Los fines de semana si no nos quedábamos en la ciudad hacíamos excursiones por cualquier sitio. Todo era perfecto y nuestro amor parecía eterno.
Pero un día se marchó. Me dijo que se había enamorado de otro hombre y salió de mi vida. Así, sin más. Se fue llorando, como había llegado, pero esa vez no pude dejarle mi pañuelo porque lo necesitaba yo para secarme mis propias lágrimas.
Hoy he regresado a Sutton Place. Desde que se marchó no había vuelto a pasar por aquí. Pero hoy hace cinco años que me la encontré en un rincón de este parque.
Sí. Sutton Place era uno de mis rincones favoritos de la ciudad. Ya no lo es.

sábado, 28 de mayo de 2016

Un atardecer en Florencia

La tarde estaba resultando magnífica. El sol de agosto estaba ya cerca de ocultarse y yo estaba sentada en las escaleras de la Piazzale di Michelangelo disfrutando de una visión increíble de Florencia. ¿Conoces esa sensación en la que todo el universo encaja a la perfección y en la que sabes que estás viviendo un instante único? Pues ése era uno de esos momentos. La luz, la temperatura, los sonidos, la visión de una hermosa ciudad,… Todo se había aliado simplemente para que yo pudiera gozar de ese preciso instante.
Entonces lo vi.
Él estaba un poco más arriba de donde estaba yo, por eso al principio no lo había visto, pues yo, por la belleza del momento, solo podía mirar hacia el ocaso. Pero algo, un sonido, tal vez un movimiento, me llamó la atención y me giré. Y al verlo enseguida sentí que algo había logrado que ese atardecer en Florencia fuera la perfección en sí misma.
Era guapo, eso no hay ni que decirlo. Pero no era solo eso. Tenía algo que lo hacía irresistible. Su rostro podría competir con el del mismo David de Miguel Ángel. Su figura era igualmente perfecta y su presencia allí, apoyado en la barandilla y con el tono dorado que le prestaba el Sol, lo convertía en el centro de las miradas de todas las mujeres que estábamos allí.
Yo intenté disimular, cosa que algunas chicas jóvenes que estaban en un grupo no hacían, pero era tan atractivo que era difícil no mirarlo.
Y en un momento ocurrió algo. Él me miró, me miró fijamente. Yo, algo turbada, en un principio esquivé su mirada. Luego, al mirarlo de nuevo vi que él seguía con sus bellos ojos verdes clavados en mí y, en un gesto de coquetería extraño en mí, me atreví a mantenerle la mirada.
No sé cuánto tiempo estuvimos así. Seguramente solo fueron unos breves segundos. Pero en esos instantes yo sentí que él podría haber sido el hombre de mi vida. Su mirada me transmitió mucho más de lo que yo le podía pedir. Era la mirada de alguien inteligente, tranquilo, de alguien que sabe lo que quiere y que sabe luchar por ello. De un hombre con el que sabía que me podría entender, de quien confiar. Vi mi vida con él. Una vida feliz, apasionada.
No pude aguantar más y con un gesto de falsa indiferencia volví de nuevo mi rostro hacia el ocaso, hacia el Ponte Vecchio que recortaba su silueta sobre las aguas mansas del río Arno.
Disimulé un poco hasta que tomé de nuevo valor para volver a mirarlo. Pero al girarme ya no estaba. Miré hacia todos los lados y no lo vi por ningún sitio. ¿Por qué había tenido que dejar de mirarlo? –me lamenté.
–¿En qué piensas? –me preguntó mi marido que estaba a mi lado.
Le miré a los ojos y sonreí. Me fijé en su cara. El sol de la tarde le favorecía mucho y su camisa blanca resaltaban sus ojos azules y su tez morena.
–En nada –le contesté mientras apoyaba mi cabeza en su hombro–. En que te quiero.

sábado, 21 de mayo de 2016

Cuéntame tu historia. (Time).

“Cuéntame tu historia” me dijo. Yo le miré extrañado. Se había sentado en la barra del bar junto a mí. Apenas nos conocíamos de vista. Era un chico más del barrio, otro cualquiera. Uno de tantos de los que dejábamos pasar el tiempo entre semana por ahí, sin hacer nada, para seguir dejándolo pasar con unas cervezas los sábados por la noche en los bares.

(Ticking away the moments that make up a dull day
you fritter and waste the hours in an offhand way.
Kicking around on a piece of ground in your hometown
waiting for someone or something to show you the way.)

Mi giré hacia él. Di un trago a mi cerveza mientras le miraba.
–¿Qué historia? –le dije–. Yo no tengo historia.
–Todo el mundo tiene una historia, incluso tú.
Apuré la cerveza y pedí otra. Él hizo lo mismo.
–Pues yo no tengo. Solo tengo diecinueve años y no he hecho nada en la vida. No tengo novia, no tengo coche, no tengo dinero, no he salido nunca de la ciudad,… Una historia sin historia, una historia aburrida.
Nos sirvieron las cervezas y ambos echamos un trago de la botella. Luego, dejamos que siguiera pasando el tiempo sin hacer nada.
–Eso no es cierto –dijo de pronto–. Tú tienes una historia, incluso aunque no lo sepas.
Volvimos a permanecer un rato en silencio. El bar se había llenado y la música estaba a un volumen muy alto. Ideal para beber cervezas mirando a las chicas, pero complicado para que alguien te pida que le cuentes tu historia, una historia que no tienes.
En aquel momento empezó a sonar el tema “Time” de Pink Floyd. Era un tema que resumía bien mi vida hasta entonces, pues el tiempo iba pasando mientras yo pensaba que aún tenía toda la vida por delante. Entonces no podía saber que la vida pasa tan rápido que aunque corras para alcanzar el Sol, de pronto te das cuenta que han pasado muchos años para ti aunque para el Sol solo ha sido un instante.

(…and then one day you find
ten years have got behind you.
No one told you when to run,
you missed the starting gun.)

–¿Ves aquella chica? –me dijo retomando la conversación mientras señalaba con la cerveza en la mano a una chica muy mona.
La conocía del barrio. Había estado un año en mi misma clase del Instituto. Me gustaba, pero nunca había hablado con ella, y creo que ella ni siquiera me había mirado una sola vez.
–Sí –le contesté. –Está buena.
–Ya lo creo que está buena –dijo riéndose–. Cuéntame tu historia con ella.
–¿Qué historia con ella? –dije–. Si no he hablado nunca con ella.
–¿Estás tonto o qué? –me dijo–. No te digo que me cuentes qué relación has tenido con ella. No creo ni que hayas tenido ninguna relación con alguna chica. Lo que te pido es que me cuentes la historia que te gustaría tener con ella. Y no me digas que te gustaría echar un polvo con ella, eso creo que nos gustaría a todos los que estamos en el bar, je, je. No. Quiero que me cuentes una historia de amor. Quiero que me digas cómo harías para que ella se enamorara de ti. Quiero que me digas cómo pasarías con ella las tardes de los sábados, cómo pasearíais por el parque, como os daríais un beso al despediros en su portal. Quiero que me digas los motivos por los que os enfadaríais, y que me expliques cómo harías el amor con ella después en una reconciliación salvaje. Quiero que me cuentes esa historia. Ésas son las mejores historias.
Entonces yo tomé la cerveza y eché un trago largo. Miré a la chica y empecé a soñar.
Y ahora recuerdo aquella noche de sábado como la mejor de mi vida. Mi mayor historia de amor.

(Every year is getting shorter,
never seem to find the time.
Plans that either come to naught
or half a page of scribbled lines)

viernes, 29 de abril de 2016

Tú te vistes por la mañana sin importarte si me despiertas o no. Tú me miras de soslayo tratando de adivinar en mí un gesto de perdón que no aparece. Tú te marchas y no puedes evitar odiarme una vez más al comprobar que sigo haciéndome el dormido para no tener que mirarte a los ojos.
Tú pasas el día sin quitarte de la cabeza el momento de regresar de nuevo a casa, el momento de vernos, de hablarnos, de echarnos en cara de nuevo todo una vez más.
Tú tratas de olvidarme en tu trabajo, en la comida, en el café. Pero tú no lo consigues.
Y tú alargas el momento de volver con la esperanza de encontrarme ya acostado y evitar así, un día más, otra odiosa discusión en la que sólo nos hacemos daño.
Tú sabes que el odio sólo es pasajero. Tú sabes que me amas y sabes que yo te amo, pero tú sabes también cuánto nos podemos odiar a ratos.
Por fin, tú llegas tarde a casa. Atraviesas el pasillo y ves la puerta de la habitación cerrada y la luz apagada. Tú casi respiras con alivio por no tener que verme, que hablarme.
Vas a la cocina para prepararte algo para cenar y abres la nevera. Y tú te estremeces al ver dos copas de cava en la nevera junto a una botella puesta a enfriar hace tiempo y una nota en la que tú lees: “Despiértame a la hora que sea”.
Y tú te desabrochas un botón de la blusa.