viernes, 29 de abril de 2016

Tú te vistes por la mañana sin importarte si me despiertas o no. Tú me miras de soslayo tratando de adivinar en mí un gesto de perdón que no aparece. Tú te marchas y no puedes evitar odiarme una vez más al comprobar que sigo haciéndome el dormido para no tener que mirarte a los ojos.
Tú pasas el día sin quitarte de la cabeza el momento de regresar de nuevo a casa, el momento de vernos, de hablarnos, de echarnos en cara de nuevo todo una vez más.
Tú tratas de olvidarme en tu trabajo, en la comida, en el café. Pero tú no lo consigues.
Y tú alargas el momento de volver con la esperanza de encontrarme ya acostado y evitar así, un día más, otra odiosa discusión en la que sólo nos hacemos daño.
Tú sabes que el odio sólo es pasajero. Tú sabes que me amas y sabes que yo te amo, pero tú sabes también cuánto nos podemos odiar a ratos.
Por fin, tú llegas tarde a casa. Atraviesas el pasillo y ves la puerta de la habitación cerrada y la luz apagada. Tú casi respiras con alivio por no tener que verme, que hablarme.
Vas a la cocina para prepararte algo para cenar y abres la nevera. Y tú te estremeces al ver dos copas de cava en la nevera junto a una botella puesta a enfriar hace tiempo y una nota en la que tú lees: “Despiértame a la hora que sea”.
Y tú te desabrochas un botón de la blusa.