sábado, 28 de mayo de 2016

Un atardecer en Florencia

La tarde estaba resultando magnífica. El sol de agosto estaba ya cerca de ocultarse y yo estaba sentada en las escaleras de la Piazzale di Michelangelo disfrutando de una visión increíble de Florencia. ¿Conoces esa sensación en la que todo el universo encaja a la perfección y en la que sabes que estás viviendo un instante único? Pues ése era uno de esos momentos. La luz, la temperatura, los sonidos, la visión de una hermosa ciudad,… Todo se había aliado simplemente para que yo pudiera gozar de ese preciso instante.
Entonces lo vi.
Él estaba un poco más arriba de donde estaba yo, por eso al principio no lo había visto, pues yo, por la belleza del momento, solo podía mirar hacia el ocaso. Pero algo, un sonido, tal vez un movimiento, me llamó la atención y me giré. Y al verlo enseguida sentí que algo había logrado que ese atardecer en Florencia fuera la perfección en sí misma.
Era guapo, eso no hay ni que decirlo. Pero no era solo eso. Tenía algo que lo hacía irresistible. Su rostro podría competir con el del mismo David de Miguel Ángel. Su figura era igualmente perfecta y su presencia allí, apoyado en la barandilla y con el tono dorado que le prestaba el Sol, lo convertía en el centro de las miradas de todas las mujeres que estábamos allí.
Yo intenté disimular, cosa que algunas chicas jóvenes que estaban en un grupo no hacían, pero era tan atractivo que era difícil no mirarlo.
Y en un momento ocurrió algo. Él me miró, me miró fijamente. Yo, algo turbada, en un principio esquivé su mirada. Luego, al mirarlo de nuevo vi que él seguía con sus bellos ojos verdes clavados en mí y, en un gesto de coquetería extraño en mí, me atreví a mantenerle la mirada.
No sé cuánto tiempo estuvimos así. Seguramente solo fueron unos breves segundos. Pero en esos instantes yo sentí que él podría haber sido el hombre de mi vida. Su mirada me transmitió mucho más de lo que yo le podía pedir. Era la mirada de alguien inteligente, tranquilo, de alguien que sabe lo que quiere y que sabe luchar por ello. De un hombre con el que sabía que me podría entender, de quien confiar. Vi mi vida con él. Una vida feliz, apasionada.
No pude aguantar más y con un gesto de falsa indiferencia volví de nuevo mi rostro hacia el ocaso, hacia el Ponte Vecchio que recortaba su silueta sobre las aguas mansas del río Arno.
Disimulé un poco hasta que tomé de nuevo valor para volver a mirarlo. Pero al girarme ya no estaba. Miré hacia todos los lados y no lo vi por ningún sitio. ¿Por qué había tenido que dejar de mirarlo? –me lamenté.
–¿En qué piensas? –me preguntó mi marido que estaba a mi lado.
Le miré a los ojos y sonreí. Me fijé en su cara. El sol de la tarde le favorecía mucho y su camisa blanca resaltaban sus ojos azules y su tez morena.
–En nada –le contesté mientras apoyaba mi cabeza en su hombro–. En que te quiero.

sábado, 21 de mayo de 2016

Cuéntame tu historia. (Time).

“Cuéntame tu historia” me dijo. Yo le miré extrañado. Se había sentado en la barra del bar junto a mí. Apenas nos conocíamos de vista. Era un chico más del barrio, otro cualquiera. Uno de tantos de los que dejábamos pasar el tiempo entre semana por ahí, sin hacer nada, para seguir dejándolo pasar con unas cervezas los sábados por la noche en los bares.

(Ticking away the moments that make up a dull day
you fritter and waste the hours in an offhand way.
Kicking around on a piece of ground in your hometown
waiting for someone or something to show you the way.)

Mi giré hacia él. Di un trago a mi cerveza mientras le miraba.
–¿Qué historia? –le dije–. Yo no tengo historia.
–Todo el mundo tiene una historia, incluso tú.
Apuré la cerveza y pedí otra. Él hizo lo mismo.
–Pues yo no tengo. Solo tengo diecinueve años y no he hecho nada en la vida. No tengo novia, no tengo coche, no tengo dinero, no he salido nunca de la ciudad,… Una historia sin historia, una historia aburrida.
Nos sirvieron las cervezas y ambos echamos un trago de la botella. Luego, dejamos que siguiera pasando el tiempo sin hacer nada.
–Eso no es cierto –dijo de pronto–. Tú tienes una historia, incluso aunque no lo sepas.
Volvimos a permanecer un rato en silencio. El bar se había llenado y la música estaba a un volumen muy alto. Ideal para beber cervezas mirando a las chicas, pero complicado para que alguien te pida que le cuentes tu historia, una historia que no tienes.
En aquel momento empezó a sonar el tema “Time” de Pink Floyd. Era un tema que resumía bien mi vida hasta entonces, pues el tiempo iba pasando mientras yo pensaba que aún tenía toda la vida por delante. Entonces no podía saber que la vida pasa tan rápido que aunque corras para alcanzar el Sol, de pronto te das cuenta que han pasado muchos años para ti aunque para el Sol solo ha sido un instante.

(…and then one day you find
ten years have got behind you.
No one told you when to run,
you missed the starting gun.)

–¿Ves aquella chica? –me dijo retomando la conversación mientras señalaba con la cerveza en la mano a una chica muy mona.
La conocía del barrio. Había estado un año en mi misma clase del Instituto. Me gustaba, pero nunca había hablado con ella, y creo que ella ni siquiera me había mirado una sola vez.
–Sí –le contesté. –Está buena.
–Ya lo creo que está buena –dijo riéndose–. Cuéntame tu historia con ella.
–¿Qué historia con ella? –dije–. Si no he hablado nunca con ella.
–¿Estás tonto o qué? –me dijo–. No te digo que me cuentes qué relación has tenido con ella. No creo ni que hayas tenido ninguna relación con alguna chica. Lo que te pido es que me cuentes la historia que te gustaría tener con ella. Y no me digas que te gustaría echar un polvo con ella, eso creo que nos gustaría a todos los que estamos en el bar, je, je. No. Quiero que me cuentes una historia de amor. Quiero que me digas cómo harías para que ella se enamorara de ti. Quiero que me digas cómo pasarías con ella las tardes de los sábados, cómo pasearíais por el parque, como os daríais un beso al despediros en su portal. Quiero que me digas los motivos por los que os enfadaríais, y que me expliques cómo harías el amor con ella después en una reconciliación salvaje. Quiero que me cuentes esa historia. Ésas son las mejores historias.
Entonces yo tomé la cerveza y eché un trago largo. Miré a la chica y empecé a soñar.
Y ahora recuerdo aquella noche de sábado como la mejor de mi vida. Mi mayor historia de amor.

(Every year is getting shorter,
never seem to find the time.
Plans that either come to naught
or half a page of scribbled lines)