jueves, 23 de junio de 2016

El extraño y pícaro hotel

Llegué tarde al hotel. Me dieron la llave y me dirigí al ascensor para subir a la habitación. El mozo me cogió la maleta, me abrió la puerta del ascensor, pulsó al botón del 4º piso y subimos en silencio. El ascensor se detuvo en el 2º piso, donde se metió una camarera y seguimos subiendo.
El ascensor era muy viejo y subíamos muy despacio, extrañamente despacio. La camarera era una mujer gorda, pero tenía un rostro amable y agradable. En cambio el mozo era muy delgado, pero su cara era inexpresiva. Hacía bien su trabajo, con seriedad, pero yo eché en falta algo más de amabilidad. Venía de un viaje largo y llevaba varios días fuera de mi país y hubiera agradecido una mirada amistosa, algo que me hiciera, aunque solo fuera un espejismo, sentir como que estaba ya en casa.
Por fin el ascensor se detuvo en mi planta. El mozo abrió la puerta, me invitó a salir y tras coger mi maleta salió al pasillo y me indicó que le siguiera. Me despedí de la camarera, que me sonrió amablemente y desapareció tras la puerta que se cerraba.
Caminé detrás del mozo por un pasillo muy largo. Íbamos dejando atrás varias habitaciones. 401, 403, 405,… Por fin llegamos a la 411. Mi habitación. El mozo abrió la puerta, dejó mi maleta junto a la mesa y me dijo que si necesitaba algo tan solo tenía que llamar a la recepción. Le di un par de billetes de propina y me quedé solo.
La habitación era bastante grande y estaba decorada con un estilo muy clásico, como todo el hotel, que era bastante antiguo. Había una ventana que daba a un patio interior cubierto por una cristalera espectacular, pero al ser de noche no se apreciaba muy bien. Como estaba muy cansado me desvestí, recogí un poco mis cosas y enseguida me acosté y me quedé dormido.
A mitad de la noche unas luces extrañas me desvelaron. Miré el reloj. Eran las tres y media de la madrugada. Todo parecía estar en silencio, pero por debajo de la puerta y por las cortinas de la ventana se filtraban luces de colores cambiantes que iluminaban de forma muy curiosa mi estancia.
Espere un poco a ver si se apagaban pero como no lo hacían y yo ya me había desvelado me levanté y me dirigí a la puerta. Salí al pasillo en pijama y miré a ver de dónde venían las luces. Al principio no vi nada anormal, pero enseguida vi que las luces parecían alejarse tras un giro del pasillo.
Las seguí.
Avancé rápido por el pasillo, giré en la esquina y vi un grupo de personas que portaban faroles de colores y que bailaban sensualmente mientras se alejaban de donde yo estaba. La curiosidad me hizo ir hacia ellos y enseguida yo también bailaba dentro del grupo. Seríamos una docena de personas entre hombres y mujeres. Avanzábamos en silencio, bailando al son de una música que no se oía pero que, de alguna forma, la sentíamos en nuestros cuerpos de una forma sutil y sensual.
Yo ya no era yo, y mi cuerpo se dejaba mecer por el compás de la música que sentía mientras se abrazaba a los cuerpos de los demás. Una mujer bella de gran sexualidad se frotaba a mi espalda y yo podía sentir sus voluminosos pechos rozando con mi cuerpo. Me giré para mirarla, pero no pude hacerlo porque otras manos me arrastraban hacia delante.
Seguimos así durante varios minutos, bailando y acariciándonos mientras dábamos vueltas a un pasillo en el que ya no había puertas hasta que al final la música cesó y las luces se apagaron.
Ahora estábamos a oscuras y sentí que varias manos me desvestían. Yo me dejaba hacer y en pocos minutos todos estábamos desnudos sobre la moqueta del pasillo mientras nos acariciábamos y nos besábamos mutuamente mientras sentíamos un placer indescriptible.
No sé el tiempo que pasó, pero al final, ya saciados nuestros deseos, volvimos a levantarnos y la música volvió a sonar en nuestras cabezas mientras recorríamos de nuevo el pasillo bajo la luz de las farolas que se habían vuelto a encender.
Cuando desperté por la mañana, estaba desnudo en la cama de mi habitación. Recordaba todo con claridad, pero solo pude concluir que había sido un extraño sueño erótico. Me duché aún con el recuerdo del sexo gozado y mi jornada transcurrió con normalidad, tal y como la tenía programada.
Por la tarde regresé al hotel, cené algo y me acosté. Mentiría si no deseaba volver a tener el mismo sueño otra vez.
A las tres y de media de la madrugada de nuevo me despertaron las luces del pasillo y me alegré. Salí y me uní una vez más a la orgía. Todo volvió a transcurrir del mismo modo. Música sensual silenciosa, baile seductor, sexo en grupo sobre la alfombra en la oscuridad… Si solo era un sueño era tan real que el placer era infinito.
En las dos siguientes noches todo se volvió a repetir, para mi deleite. Lástima que debía seguir mi viaje por negocios y no podía quedarme más tiempo en ese hotel.
Mientras bajaba a la recepción para abonar la cuenta y dirigirme a la estación de tren, el ascensor se detuvo en una planta. La puerta se abrió, y por mucho que pulsé los botones, el ascensor no se movió, así que salí con mi maleta para bajar por las escaleras.
Al principio no noté nada extraño, pero al llegar a la recepción vi que el hotel había cambiado. Era un cambio pequeño, pero enseguida me di cuenta de qué pasaba. Era el mismo hotel, no cabía duda, pero ahora estaba todo nuevo. No es que hubieran cambiado la decoración. Era la misma de los días anteriores, pero ahora todo estaba casi sin estrenar, como si hubiera llegado al hotel el día de su inauguración.
Me dirigí a la recepción. Pagué la cuenta y al despedirme me preguntaron a ver si había disfrutado de la estancia durante esos días y esas noches. Les contesté que sí, que mucho.
Al salir pedí un taxi y miré por última vez la fachada del hotel. Deseé regresar pronto.

jueves, 16 de junio de 2016

Es la vida, que pasa

Subo hoy aquí un artículo que publiqué en el nº 54 de la revista PEDALIER, y que es uno de los que recojo en mi libro "Relatos desde el Col del Agonistic".

ES LA VIDA, QUE PASA.
 

Sigo pedaleando mientras la brisa de esta tarde de verano me acaricia. Se está tan a gusto aquí... La carretera es toda para mí, no hay nadie y se puede escuchar perfectamente el murmullo del río que baja a mi derecha. Los rayos del sol de esta tarde de agosto se abren paso con descaro entre el follaje y flirtean con la superficie del agua, tranquila en el remanso donde juguetean las luces y las sombras de las ramas de los árboles. Me detengo y tiro al agua una piedra que rompe la monotonía del instante en mil ondas que arriban plácidamente a la orilla en pequeñas olas. Un pez salta del agua y me invita a seguir mi camino.
Ruedo por terreno fácil con inusitada alegría. Se está tan bien que desearía que la ruta de hoy nunca tuviera fin. Hay momentos, ah, qué momentos, que deberían ser eternos. Menos mal que nos dejan recuerdos que, si bien no son eternos, nos asaltan de vez en cuando el resto de nuestra vida. Y éste es uno de ellos.
Hay veces, muchas veces, que en nuestras excursiones en bicicleta alcanzamos un estado de satisfacción tal que por sí solo compensa todas las penurias, que también las hay, que sufrimos con nuestro deporte.
Los ciclistas suelen llamar a este estado "ir sin cadena", aunque para ellos casi siempre está relacionado con un estado de forma excepcional que les permite rodar a tope casi sin querer.
Pero para nosotros, por lo menos para mí, esta especie de nirvana no significa necesariamente que estemos en nuestra mejor forma. Simplemente sucede cuando vamos en bici y todo confluye para que el goce sea máximo. La carretera se queda sin coches, el paisaje es maravilloso, la temperatura es la ideal, el viento cesa, la naturaleza se nos presenta plena y nos permite oírla, verla, olerla, tocarla y saborearla en el apogeo de su ser.
Todo se detiene a mi alrededor. Estoy solo con mi bicicleta en un entorno excepcional. Un fácil descenso culmina aún más la sensación de ir más allá de mi ser, pues ahora ni siquiera he de pedalear para mantener la magia del instante. El Sol va bajando mientras el día va llegando a su fin y las nubes del horizonte anuncian un ocaso a la altura de la tarde que estoy disfrutando. Pero aún queda un rato para eso. No tengamos prisa.
De mientras, puedo seguir disfrutando de los maizales que bordean la cuneta. Algunas de sus hojas se arriman a la carretera, como las manos de los niños en las carreras cuando las extienden para animar a los corredores. Y respondiendo a su petición alargo el brazo y las voy acariciando hasta que el maizal se termina junto a un puentecillo, donde aprovecho para detenerme un rato y asomarme de nuevo al río que, manso, sigue su camino hasta un mar lejano.
Ya lo dejó escrito Jorge Manrique. Nuestra vida es como un río que va a parar a la mar, que es el morir. Y el río sigue su curso, su vida, hasta ese mar conocido y con un final esperado y yo sigo mi vida, mi carretera, de la que no sé el final. Prefiero mi vida, abierta al final que sea, a la del río, con un final cerrado, conocido.
Y monto de nuevo en la bici, y sigo rodando hacia el Sol, y sigo sintiendo la cálida brisa en la cara, y sigo pensando que este momento es único, y sigo sin querer que termine, y...
Poco a poco el Sol cae hacia aquellas montañas que se ven a lo lejos, aquellas montañas que me esperan en pocos días, aquellas montañas tan bien conocidas por tantas miles de ruedas de bicicletas, bicicletas sobre las que miles de personas han gozado lo que hoy estoy gozando yo.
Es la vida, que pasa. Y solo pasa hoy. No la dejes escapar. Disfrútala.

miércoles, 8 de junio de 2016

Sutton Place

Hoy he salido temprano de la oficina y he aprovechado para dar un paseo hasta el parque de Sutton Place. Antes era uno de mis rincones favoritos de Manhattan. Apenas suele haber gente y desde ahí puedes disfrutar de una vista perfecta del puente de Queensboro sobre el East River.

Recuerdo cuando nos conocimos. Fue precisamente en este parque. Como hoy, era una calurosa tarde de junio y, como hoy, también había salido antes del trabajo. La oficina de mi empresa está en la calle 70, no muy lejos del cruce con Park Avenue, y como yo vivo en Brooklyn suelo pasear un poco por esta zona antes de coger el metro en la 59, esquina Lexington, para volver a casa.
Aquella tarde me senté en un banco del parque de Sutton Place para fumarme un cigarrillo. Hacía calor y no había madres jugando con niños como otras veces. Se estaba bien así, solo. Mientras daba una calada al cigarro me fijé que en un rincón del parque había una mujer llorando. Estaba en un banco junto a un seto y por eso no la había visto al entrar al parque.
Me quedé un rato mirándola. Tendría unos treinta años, más o menos mi edad. Era morena, de melena corta y vestía de forma elegante y a la vez cómoda con una ligera falda de vuelo y una blusa a juego. Sus manos le tapaban casi todo el rostro, por lo que no podía verle la cara, pero se notaba que lloraba y de vez en cuando se pasaba las manos por los ojos para quitarse las lágrimas.
Yo no sabía qué hacer. Pensé en irme y dejarla sola para no molestarla. Pero de repente levantó un poco la cara y me vio. Noté que ella intentó entonces disimular su llanto, pero era evidente que no iba a poder conseguirlo y apartó su mirada para que yo no pudiera verla en ese estado.
Sentí lástima por ella. Apagué el cigarrillo y me acerqué para ofrecerle un pañuelo. Era la única cosa que se me ocurrió que podía hacer para ayudarla.
–Muchas gracias –me dijo mientras lo cogía.
Me quedé allí, de pie, mientras ella se secaba el rostro. De vez en cuando se le escapaba algún suspiro mientras luchaba por recuperar una mejor presencia de ánimo ahora que ya no estaba sola.
Como vi que su recuperación iba para largo, solo se me ocurrió decirle que podía quedarse el pañuelo. Ella me miró, me sonrío y me dio las gracias. Ya me iba a marchar cuando se dirigió a mí algo más calmada.
–¿Podrías quedarte conmigo un rato? –me preguntó en tono de súplica.
–Por supuesto –le dije–. El tiempo que necesites.
Me senté a su lado y estuvimos un largo rato allí, sin hablar, mirando el río pasar mientras el sol bajaba sin prisa hacia el oeste de Manhattan.
Por fin ella se decidió a hablar.
–Muchas gracias por el pañuelo y por estar aquí conmigo –me dijo. –Ya me siento mejor.
Le dije que no tenía por qué darme las gracias. Luego, como me apetecía tomarme una cerveza antes de ir a coger el metro me atreví a invitarla a tomar algo.
–Si quieres podemos ir a un bar a tomar algo. Creo que te sentaría bien.
Para mi sorpresa ella aceptó.
Aquel fue nuestro primer día juntos. Ella, casualmente, también trabajaba cerca de mi oficina y también vivía en Brooklyn, así que algunas tardes quedábamos después del trabajo para volver a casa los dos. Aquel día en el que la conocí el hombre con el que estaba prometida desde hacía cuatro años la había abandonado por otra.
Un mes después se vino a vivir conmigo y durante dos años fuimos muy felices. Hacíamos todo juntos. Íbamos juntos al trabajo, volvíamos juntos. Los fines de semana si no nos quedábamos en la ciudad hacíamos excursiones por cualquier sitio. Todo era perfecto y nuestro amor parecía eterno.
Pero un día se marchó. Me dijo que se había enamorado de otro hombre y salió de mi vida. Así, sin más. Se fue llorando, como había llegado, pero esa vez no pude dejarle mi pañuelo porque lo necesitaba yo para secarme mis propias lágrimas.
Hoy he regresado a Sutton Place. Desde que se marchó no había vuelto a pasar por aquí. Pero hoy hace cinco años que me la encontré en un rincón de este parque.
Sí. Sutton Place era uno de mis rincones favoritos de la ciudad. Ya no lo es.