sábado, 16 de julio de 2016

Vidas cruzadas que no se cruzan

Lara
La tarde había transcurrido de manera anodina para Lara, como casi siempre desde que Cristina y Elisa, sus mejores amigas, se habían echado novio y apenas quedaban ya con el resto del grupo. Las demás amigas que quedaban en el grupo eran cada vez más aburridas y para Lara sus conversaciones eran simples e insustanciales. Pero, como no tenía con quien salir, seguía quedando con ellas, salvo cuando hacía mal tiempo. Entonces Lara se alegraba, pues así tenía una excusa para permanecer en casa leyendo, que era una de sus mayores aficiones.
Ese sábado de julio había hecho muy buen tiempo, así que había pasado el día con las demás en la playa. Como estaba cansada, se había marchado un poco antes que las demás y ahora bajaba las escaleras de la estación para no perder el siguiente tren.
Y allí, mientras terminaba de bajar al andén, lo vio. Era más o menos de su edad. Realmente no es que fuese muy guapo, pero a Lara, que lo miraba con los ojos de la adolescencia apasionada, le pareció el chico más atractivo que jamás había visto.
Lara se quedó parada cerca de donde él estaba sentado. Llevaba colgado de un lado el capazo con la toalla y los enseres para la playa, y de vez en cuando hacía como que ordenaba las cosas para mirar con disimulo hacia el joven.
Quedaban tres minutos para que llegara el tren y Lara estaba deseando que el chico lo cogiera también. Sería una pena, pensaba, que él ni se fijara en ella y se quedara allí sentado esperando al siguiente tren.
El tiempo pasaba rápido. La cabeza de Lara trabajaba con rapidez intentando encontrar alguna excusa para dirigirse al chico y entablar con él una conversación, pero solo de pensarlo se puso roja de vergüenza.
El tren entró en el andén y se detuvo. La gente que tenía que salir de los vagones salió y los que tenían que entrar entraron. Lara seguía allí, paralizada. El aviso de que se iban a cerrar las puertas empezó a sonar. “Y si me quedo aquí”, pensaba Lara. “Y si espero al siguiente”.
Echó un último vistazo al joven y vio que él seguía sentado, sin fijarse en ella. Y en el último segundo Lara entró de un salto al vagón mientras se cerraban las puertas.
Adiós Lara.

Iván
Iván no quería volver a casa. Había vuelto a discutir con sus padres en la comida y llevaba toda la tarde por ahí, dando vueltas sin hacer nada. Todos sus amigos se habían marchado de vacaciones y él era el único que seguía en la ciudad.
Como ya estaba aburrido y cansado de deambular por la ciudad decidió que no le quedaba más remedio que regresar a casa, así que allí estaba en la estación. Su idea era llegar a casa y encerrarse en su cuarto como otras veces. Su madre le preguntaría sobre qué quería para cenar, y él le contestaría que nada, que no tenía hambre. Así pasarían unas horas más sin tener que hablar con sus padres.
Mientras cavilaba en sus cosas sentado vio a una chica que bajaba las escaleras. Llevaba un vestido de playa y su cabellera larga se movía al compás de los pasos de ella saltando los escalones. A Iván le pareció la chica más guapa que había visto nunca, aunque no era verdad. Había visto chicas mucho más guapas, pero hasta ahora las chicas no le habían llamado la atención. Pero esta vez sí.
Su timidez le impidió fijarse en ella con más detenimiento, por lo que no se percató de que la chica le había mirado al bajar. Iván se quedó allí sentado, sin atreverse a mirarla, salvo un poco de soslayo de vez en cuando.
Un tren estaba a punto de llegar, pero no era el suyo. Iván deseó que la chica tampoco lo cogiera para tener, tal vez, la oportunidad de mirarla un poco más y, tal vez, incluso hablar con ella, si ella se prestaba a ello.
El tren entró en la estación y la chica permaneció allí quieta. Iván se alegró. Parecía que no lo iba a coger. Las puertas empezaron a cerrarse y cuando Iván ya soñaba con tener la ocasión de hablar con la chica, ésta se metió al vagón apresuradamente.
Y entonces Iván, impulsado por el resorte del amor de la juventud, se levantó de un salto y corrió hacia las puertas con el corazón desbocado para juntarse con el amor de su vida.
¿Lo consiguió? Quién sabe.


miércoles, 6 de julio de 2016

De lo único que me arrepiento

Me queda poco tiempo ya. La vida se me escapa tan rápido como me llegó hace ya muchos años. Muchos, pero no demasiados. Nunca son demasiados.
Aquí, en mi lecho final, mientras veo el tiempo huir de mí, no puedo más que pensar en si ha merecido la pena cada instante que he vivido. Y creo que sí. Apenas me arrepiento de nada de lo que he hecho. Ni siquiera me arrepiento de las cosas que ahora, viéndolas con la perspectiva y la sabiduría que dan los años, seguramente quisiera haberlas hecho de otra manera. Porque, al fin y al cabo, de esos errores he aprendido y sin ellos tal vez no vería mi vida con la benevolencia que la juzgo ahora que ya toca a su fin.
Viví la Gran Guerra y allí, perdido todo rastro de humanidad, maté a gente que tal vez su único pecado fue el de toparse conmigo en un mal momento. Sí. Hice, como casi todos, cosas terribles, pero estoy casi convencido de que si volviera a vivir aquellos instantes volvería a hacerlas. No se puede juzgar nuestros actos de una época y unas circunstancias desde el punto de vista de otros tiempos. Si lo hiciéramos, nunca seríamos justos con nosotros mismos.
Milagrosamente regresé entero a casa. Llegamos humillados y derrotados tras haber perdido nuestra juventud en los frentes de Europa. Así que hice lo único que se podía hacer: olvidar.
Sí. Olvidamos la pesadilla y la vida siguió. Me enamoré, me casé, tuve hijos y luego nietos. Podría decirse que he sido feliz. Así que no, no me arrepiento de casi nada.
Pero hay un día de mi vida del que me he arrepentido siempre. Por muchos años que haya vivido, raro ha sido el día en el que no haya pensado en qué habría pasado si hubiera actuado de otra forma.
Yo tenía tan solo diez años. Era una tarde de agosto en un tiempo en el que los mayores nos dejaban a los niños deambular por el pueblo asilvestrados. Nuestra vida era plácida. No había colegio y salvo algunas tareas del campo en las que teníamos que ayudar, casi toda nuestra vida era realmente nuestra.
Aquel día yo estaba solo en la plaza. Había estado casi toda la tarde con otros niños en el río y estaba cansado, por lo que me había sentado en el suelo en una esquina apoyado contra la pared de la iglesia para descansar.
La niña se me acercó sin que me diera cuenta. Era muy guapa. Tendría más o menos mi edad. Vestía una blusa rosa y una falda roja, a juego con los zapatos, y llevaba una pequeña rosa roja en su pelo rubio. No la había visto nunca. Debía ser pariente de alguien del pueblo y estaría de visita.
–Hola, me llamo Laura –me dijo con una sonrisa mientras se sentaba a mi lado–. Si me das la mano podríamos jugar a que somos novios.
Yo me quedé paralizado. Nunca había estado a solas con una niña. A ella no pareció importarle mi actitud indiferente y siguió hablando.
–Mira –me dijo señalando a un grupo de muchachas más mayores que nosotros–. La del vestido azul es mi hermana. Tiene un novio de otra ciudad que la viene a visitar de vez en cuando y se pasan el día cogidos de la mano. ¿A que es divertido ser novios? Cuando quieras levantarte, podemos darnos la mano y pasear hasta la otra parte de la plaza. Luego nos sentamos y al de un rato volvemos de nuevo paseando hasta aquí de la mano. Eso es ser novios. A mí me gustaría jugar a eso contigo.
Yo seguía sin mover un músculo. No me atrevía ni a mirarla. Nunca una niña tan guapa me había dirigido la palabra así. Ella seguía hablando y yo solo podía escucharla extasiado con el tono de su voz y con lo que me contaba.
De pronto se calló. Se puso en pie y mirándome me preguntó: “¿Entonces, me vas a dar la mano, sí o no?”.
Yo no sabía qué hacer. Deseaba con toda mi alma levantar mi mano, tomar la suya y caminar junto a ella hasta la otra parte de la plaza. Mi corazón quería obligar a mi cuerpo a moverse y a responderle que sí, que lo único que deseaba en el mundo era darle la mano, era ser su novio en un juego apasionante.
Pero mi cuerpo seguía allí, quieto, sin parpadear siquiera.
Y ella al final se marchó. Se despidió de mí con una voz cargada de lástima y de decepción. Nunca la volví a ver.
Sí. Desde aquel día de lo único que me he arrepentido siempre es de no haberle tomado su pequeña mano con la mía. ¿Por qué tuve que ser tan idiota?