jueves, 15 de septiembre de 2016

El hombre que recorrió el mundo

Una mañana de abril, a finales del s. XVI, un hombre salió de su pequeña aldea al sur de la región francesa de Picardía y comenzó a caminar. Llevaba sus pocas pertenencias en un hatillo que colgaba de su espalda.

Era un hombre joven y fuerte que hasta ese momento vivía solo cuidando de unas cabras en el monte. Sin apenas hablar con ninguno de sus vecinos con los que se cruzó, tomó el camino que iba hacia el Este y se alejó con decisión de su pueblo, el único lugar del mundo que había conocido hasta entonces.

Ocho años después, el mismo hombre, ahora con un rostro más curtido y con una mirada más madura, entró de nuevo en su aldea con el mismo hatillo a la espalda.

“¿Dónde has estado?” le preguntaban todos. Él se sentó en la plaza del pueblo y les contó su largo viaje.

–Necesitaba ver el mundo –empezó a narrar con voz pausada y un tono sabio–. Así que decidí recorrerlo. Crucé Francia y me dirigí hacia el sur de Alemania. De allí seguí caminando y poco a poco llegué hasta los países del lejano Oriente. Después, deambulé varios años por aquellas tierras hasta que decidí regresar a casa. Un largo viaje.

Los vecinos de la aldea miraban al hombre con gran admiración. No era normal que alguien del pueblo viajara tan lejos. Como mucho a París, pero pocas veces a un lugar del extranjero. Así que el tener entre los habitantes del pueblo a alguien que hubiera caminado hasta el lejano Oriente era algo de lo que orgullecerse. Y esto convirtió a aquel hombre en toda una celebridad en el pueblo. Todos los vecinos le invitaban a beber en la taberna para que él les contara sus historias y aventuras por el mundo, y las mujeres solteras se le acercaban insinuantes.

Poco después de su regreso el hombre se casó con la joven más hermosa de la aldea y el padre de ésta le dio trabajo en su hacienda.

Pasaron los años y la fama no le abandonó. Sus historias seguían siendo las favoritas de todos los vecinos de la región. Inclusos sus hijos eran populares entre los jóvenes del pueblo.

Así transcurrió su vida, feliz y dichosa desde que terminara su largo viaje. No volvió a abandonar el pueblo desde entonces.

Y cuando sus días llegaron a su fin, el hombre llamó a su hijo mayor que acudió al lecho de su agonizante padre.

–Hijo –comenzó a hablarle con voz débil–. Toma el camino del Este. A unos diez días de aquí encontraras una colina escarpada que esconde una pequeña oquedad rocosa resguardada de la lluvia y de los vientos. Ve allí y cuando regreses me cuentas lo que hayas encontrado en ella.

Siguiendo sus instrucciones el hijo del hombre partió de la aldea y regresó unos días después.

–Padre, ya he vuelto –dijo–. Pero no entiendo. Encontré la oquedad de la que me hablaste y en ella había restos de un camastro de varios enseres, como si alguien hubiese morado allí hace mucho tiempo.

El hombre dirigió su mirada cansina a su hijo.

–Sí, hijo mío –respondió–. Sí, allí vivió un ermitaño durante ocho años. Cuando decidí recorrer el mundo salí de aquí lleno de audacia, pero tras unas pocas noches en el camino yo solo, me entró miedo. Entonces encontré ese refugio. Había restos que indicaban la presencia anterior de algún eremita y decidí quedarme allí a pensar en lo que haría.

>>Poco después pasó por allí una monja anciana. Me vio y se marchó. Al de poco regresó y me trajo algo de comida y un cántaro de agua fresca. Me explicó que estaba muy contenta al ver que un nuevo eremita habitaba el refugio, pues desde que el anterior residente había fallecido, ella y las demás hermanas de su convento no tenían a nadie que cuidar.

>>De esta forma fueron pasando los días y los meses. La monja, además de comida, me trajo algunos libros, y entre ellos estaba el Libro de las Maravillas, el relato de los viajes de Marco Polo. Me aprendí sus historias de tanto leerlas y calculé que en recorrer yo el mismo viaje podría emplear unos siete u ocho años. Pero no tenía el valor de hacerlo, así que decidí que viviría allí, cuidado por las hermanas, hasta que pasara el tiempo suficiente.

–¿Suficiente para qué? –preguntó el hijo.

–Pues suficiente para regresar a la aldea y que la gente creyera mi historia de que había viajado hasta los países orientales. Cuando vi que no me atrevía a seguir el viaje pensé en volver a la aldea. Pero tuve miedo. Así que solo se me ocurrió permanecer oculto todos esos años.

El hombre miró a su hijo intentando adivinar lo que éste pensaba de él.

–Pero, no entiendo –dijo su hijo dubitativo–. Si has guardado este secreto tanto tiempo, ¿por qué me lo cuentas ahora, al final de tu vida?

El hombre asió el brazo de su hijo con las pocas fuerzas que le quedaban.

–Porque no puedo irme sin contarle a alguien la verdad, y porque tú eres mi heredero y no quiero que heredes una mentira. No. Tenía que decírtelo.

–Pero, cuando no te atreviste a seguir el viaje, ¿por qué no regresaste? ¿De qué tuviste miedo? –preguntó el hijo–.

El hombre apartó la mirada de los ojos de su hijo y con voz queda contestó.

–Tuve miedo a la vergüenza de sentir mi fracaso en la mirada de la gente.