jueves, 17 de noviembre de 2016

Vacaciones en el Caribe


Era mi primer día en aquel hotel del Caribe. Antes del desayuno salí un rato a correr, como es mi costumbre, aunque esta vez lo hice por una solitaria playa de arena blanca al borde de las aguas más azules que jamás había visto. Ya por la mañana hacía calor, pero lo agradecía, pues en casa los días ya habían comenzado a acortarse demasiado y el frío que iba sustituyendo al calor anunciaba un nuevo invierno.
Desde que había roto con Eduardo lo único en lo que pensaba era en huir de mi ciudad, alejarme de todo y reencontrarme a mí misma. Habían sido tres años de una relación con demasiados altibajos, y ahora, tras la ruptura, no por esperada menos dolorosa, aproveché la finalización por fin del Máster para tomarme unas vacaciones. Dos semanas en el Caribe me parecieron la mejor opción, y las sensaciones que estaba teniendo ya en la primera mañana me confirmaban que había acertado.
Tras mis cuarenta minutos de carrera suave por la arena de la playa, una ducha fría y un ligero desayuno, me dispuse para pasar el resto de la mañana en una tumbona de la playa a la sombra de una palmera. Un libro ameno, la crema de sol, el chiringuito del hotel con barra libre a menos de 50 metros,… ¡Qué más podía necesitar!
Al de poco rato de haberme acomodado en la tumbona vi a un hombre corriendo por la playa. Era rubio, alto y de complexión atlética. Incluso desde lejos se percibía su atractivo. Corría tranquilo hacia donde yo me encontraba y al pasar cerca de mí noté cómo me dirigía una mirada algo más atrevida de lo que yo hubiese considerado normal si hubiese estado en la playa de mi ciudad. Pero aquí, en el Caribe, supuse que lo normal era lo que él había hecho, así que le devolví la mirada. Lo miré al pasar y lo volví a mirar varias veces hasta que dejó de correr y le perdí la pista. Lástima.
El día transcurrió sin mayores sobresaltos. La playa se fue llenando de gente. Parejas jóvenes, matrimonios veteranos, algún grupo de amigos... Todos disfrutando del paraíso.
Al mediodía comí algo en el buffet del hotel y después me eché un rato en la habitación y me dormí. Ya más despejada, pasé el resto de la tarde en la piscina del hotel. Luego, al atardecer, di un pequeño paseo por la playa admirando una maravillosa puesta del sol. Las nubes enrojecieron rápidamente y el azul turquesa del mar fue cambiando a un naranja vivo a medida que el sol bajaba raudo hasta ocultarse tras el horizonte. Fue un atardecer tan fugaz e intenso como un amor de verano.
Fui a cenar a uno de los restaurantes del hotel. Me dieron una mesa tranquila en un rincón y cuando estaba eligiendo el vino me fije que el joven corredor de la mañana estaba también solo en una mesa cercana. Ahora que lo veía más de cerca pude comprobar que era más o menos de mi edad y que era mucho más guapo de lo que ya me había parecido al verle en la playa. Vestía un elegante polo azul marino, unos pantalones chino beige y unos náuticos también azules. El moreno de su piel resaltaba imponente bajo su cabello rubio y sus ojos claros.
La camarera acudió para preguntarme qué vino había elegido. Yo le contesté y me tomó nota también de lo que iba a cenar. Nada más marcharse ella oí una voz que me hablaba con un acento extraño para mí.
–¿Estás sola? –Era él­–. ¿Te importa si cenamos juntos? Es que yo también estoy solo-. Yo me quedé paralizada. Si el Caribe iba a ser todo el rato así iban a ser las mejores vacaciones de mi vida.
–Sí… No… –contesté un poco azorada–. Quiero decir que sí, que estoy sola, y que no, no me importa que cenemos juntos. –Ni yo misma me creía que me hubiera atrevido a invitar a un desconocido a cenar conmigo.
–Me alegro –dijo él mientras le indicaba a una camarera que trajera sus platos a mi mesa–. Me llamo Luis, y como habrás notado por mi acento soy argentino. Te he visto esta mañana en la playa mientras corría. ¿Has llegado hoy, no? Me extraña que no te haya visto hasta ahora.
–Sí, llegué ayer por la tarde –contesté–. Hoy es mi primer día. Mi nombre es Nadia.
–Ya decía yo. Yo llegué acá hace una semana y me queda otra semana entera. Ya me estaba empezando a aburrir un poco. Menos mal que llegaste hoy, Nadia. Hubiera sido una lástima que llegarás justo cuando yo me iba.
Yo ya había oído hablar a algunas amigas mías de la labia de los argentinos para conquistar a las mujeres. En otras circunstancias me hubiera puesto en guardia, pero me dejé llevar por el Caribe y por la sensación de vivir una aventura.
La cena transcurrió de manera agradable. Luis era un buen conversador y un gran adulador, y yo me dejaba querer y el vino hacía el resto para relajar mi tensión. Al terminar de cenar fuimos por la playa hasta uno de los bares del hotel y pedimos dos mojitos. La noche estaba estupenda con una temperatura muy agradable. El rumor de las olas de la playa llegaba a nuestros oídos mezclado con la suave música del bar y un hermoso cielo estrellado giraba sobre nuestras cabezas.
Luis me levantó suavemente de la butaca y nos pusimos a bailar al son de una música que hipnotizaba mis sentidos, ya de por sí algo aletargados por el vino, el mojito y las dulces palabras con la que él sembraba mi pasión.
El primer beso fue largo y profundo. Mi cuerpo seguía el son de la música y se dejaba hacer por las manos de Luis que me abrazaban, me sujetaban y me acercaban a su cuerpo. Ya no existía Eduardo ni nada de mi mundo anterior. Solo estábamos Luis, yo y el lugar más paradisíaco del mundo.
Luis era un conquistador nato, y yo me dejé conquistar. Necesitaba que alguien como él lo hiciera. La noche era joven y nuestros cuerpos también.
No sé qué es lo que pasó exactamente entre el primer beso y el momento en el que dejé que mi cuerpo cayera sobre la cama de la habitación de Luis. Ambos, entre risas, nos fuimos quitando la ropa y su boca iba besando sin prisa cada rincón de mi cuerpo que él iba desnudando. Una y otra vez nos acariciábamos y nos frotábamos el uno contra el otro. Su cuerpo era perfecto y yo no pensaba más que en gozar con él. Sus besos y sus caricias fueron ganando en intensidad y su lengua pasó de mi boca a mis pechos y luego a mi entrepierna. Si su forma de hablarme era embriagadora, su forma de hacerme el amor era irresistible y casi tuve que rogarle que acabara, pues nunca había imaginado que un hombre pudiera aguantar tanto tiempo de sexo sin querer llegar al final.
Cuando regresé a mi habitación ya era bien entrada la madrugada y estaba agotada. Incluso con una ducha fría, aún notaba el fuego sexual en mi interior. Nunca había sentido algo parecido.
Por la mañana Luis y yo nos encontramos en la playa. Esta vez los dos salimos juntos a correr un rato. El resto de la semana lo pasamos así, con playa, mojitos y sexo hasta que Luis se tuvo que marchar.
Fue una semana perfecta. Una compañía agradable, un sexo de calidad y abundante y ninguna obligación por nuestra parte. Una lástima que solo fuera una semana, pero ambos sabíamos que era una pasión caribeña, fugaz e intensa como las puestas de sol tropicales que disfrutamos cada atardecer de esos intensos días juntos.
La última noche con Luis fue especial. Ambos sabíamos que nunca nos volveríamos a ver, así que creo que ésa fue la causa de que ambos nos entregáramos con tanta pasión a darnos placer y a disfrutar del sexo más que el resto de la semana. Tal vez esa última vez y la primera noche son las que mejor recuerdo me dejaron.
Al día siguiente de irse Luis bajé yo sola a la playa, con mi libro, mi crema solar y con el chiringuito convenientemente a mano. Me tumbé a la sombra de la palmera, abrí el libro y algo me llamó la atención. Un hombre moreno corría por la orilla de la playa. Al pasar junto a mí me miró sin disimular demasiado y me dedicó una bonita sonrisa.
–Bueno–, me dije mientras cerraba el libro–. Me queda aún una semana por delante.

sábado, 5 de noviembre de 2016

Donde se guardan los sueños

Rescato aquí un breve cuento que escribí en 2004 y que lo utilicé, con algunos cambios, en mi novela "42,2 Muerte en Central Park". Espero que os guste.

Donde se guardan los sueños


Hay un lugar en África donde todos los sueños de todas las personas del mundo se guardan para siempre.
Allí, en un rincón profundo de una enorme montaña desconocida, quedó oculto para siempre el sueño inquieto de un niño en el cual perdía su caballito nuevo. Cerca, la pesadilla de un soldado herido en el frente ocupa una pequeña hendidura en una húmeda roca.
Los sueños de amor, los de aquéllos que ansían revivir su juventud romántica, los de aquéllos que en su inconsciente se enamoran todas las noches de alguien perfecto e inexistente, los de aquéllos que sueñan con alcanzar el éxtasis junto a un imposible, esos sueños se esconden entre los prados cubiertos de flores, flores efímeras que con los primeros fríos se marchitan.
Hay un pequeño río que corre montaña abajo y que recoge, como el agua del deshielo, los sueños de abundancia que atraviesan las cabezas de los granjeros del valle al inicio de la temporada.
Todos los sueños se guardan allí para siempre.
Bueno, todos no. Sólo los sueños olvidados, los que no son reclamados por nadie. Pues los sueños que recordamos se quedan con nosotros, hasta que nuestra memoria ya no los necesita y los deja ir a la gran montaña africana. A veces aún estando entre el sueño y la vigilia. Y a veces nunca.
En lo alto de esta montaña, en una oscura caverna tenebrosa, se guardan las peores pesadillas. Monstruos que aterran a los niños, retales de locuras, temores avernales. Nadie osaría entrar nunca en esta cueva, pues se encontraría con cosas terribles, cosas que nadie se atrevería a ver, por eso las olvidamos tras soñarlas, pues no podríamos vivir con esos recuerdos.
Pero hubo un día, hace mucho, mucho tiempo, en el que un pequeño terremoto removió la montaña y liberó los sueños.
Al principio los sueños vagaron por allí cerca, sin alejarse de la montaña herida. Pero no pudiendo permanecer libres, y ante la imposibilidad de buscar conciencias en las que instalarse, pues nadie subía nunca hasta allí arriba, fueron bajando y bajando hasta encontrar algunas aldeas.
¡Ay! ¡Cuán inquietas fueron las noches siguientes en aquellos pequeños poblados! No hubo un solo niño que no llorara, ni un adulto que pudiera dormir con placidez.
Pero, así, casi todos los sueños pudieron regresar de nuevo a la montaña donde se guardan los sueños olvidados.
Mas hubo un sueño que no halló cabeza que ocupar y se vio obligado a seguir vagando en busca de alguien que lo soñara y lo olvidara.
Era éste un sueño extraño, inquietante y aterrador, pero atrayente a su vez.
No se sabe quién lo soñó por primera vez. Tal vez fuera una persona normal, con una vida normal. O quizá fue alguien poderoso, alguien capaz de llevar a todo su país a una guerra devastadora tras su locura. Pero, fuera quien fuera, había sido afortunado al olvidarlo, pues vivir con el recuerdo de un sueño como ése no podría hacer bien a nadie.
El sueño vagó y vagó por el mundo, sin que hallara a nadie capaz de soñarlo. Pero por fin, una noche un hombre joven lo admitió en sus pensamientos.
El joven se despertó sudoroso e inquieto y no había olvidado el sueño que acababa de tener. Aterrado, intentó en vano conciliar de nuevo el sueño. Mas no pudo, le fue imposible. Y durante el resto de la noche no hizo sino dar vueltas y vueltas en la cama, intentando en vano pensar en otra cosa diferente a la soñada.
Tras levantarse por fin, ni siquiera desayunó. Cogió su bicicleta y pedaleó sin descanso hasta el pie de la montaña donde se guardan los sueños. Cuando los caminos se terminaron, siguió a pie, sin descanso, sin mirar atrás, hasta que llegó a la entrada de la cueva de donde nunca debió haber salido ese sueño.
Allí, junto a la entrada, al borde de la sima que se abría bajo sus pies, el hombre miró hacia la insondable oscuridad. Sonrió, y después saltó para devolver el sueño a su eterna morada.

© 2004. Javier Sánchez-Beaskoetxea