jueves, 2 de noviembre de 2017

40. QUE ESTO NO TERMINE NUNCA

Este próximo domingo se corre una nueva edición del Maratón de Nueva York, que es el escenario de mi novela "42,2 Muerte en Central Park".
Os dejo aquí uno de los primeros capítulos, el correspondiente al km 40 de la carrera (los capítulos de la novela están numerados al revés comenzando por el 42,2).
Un Blody Mary en el hotel La Quinta Inn Manhattan.

40. Que esto no termine nunca
Cruzando Central Park, bajo el manto amarillento de las hojas de los árboles a los que el otoño ha adornado para nosotros, a todos los que corremos hoy aquí se nos ponen los pelos de punta. Ves que terminas algo por lo que te has sacrificado mucho tiempo y ves a la gente del público gritando como loca, gritándote a ti. Porque, si bien es cierto que solo eres uno más de las decenas de miles de personas que corren el maratón, no puedes evitar sentirte protagonista único de algo muy grande. La gente te anima a ti, por tu nombre si lo llevas en la camiseta, o por tu país, si llevas tu bandera, o por el color de tu gorro, por lo que sea, pero te identifican como una persona que está a punto de terminar el maratón de su vida y no como uno de tantos locos que corren por la ciudad.
Sentirte aquí es algo maravilloso y, pese a todos los dolores de piernas que puedas llevar, pese al cansancio, pese a lo que sea, te gustaría que esto no acabara nunca, que pudieras seguir corriendo dando vueltas y vueltas a Central Park mientras todo Nueva York te anima. Si este momento no es la felicidad absoluta no le anda muy lejos.
Aquí, a la altura del kilómetro 40 de la carrera, un hito importante en un maratón, en pleno Central Park, donde nació esta carrera en 1970, dejé la medalla del año pasado, una medalla con la que tanto había soñado y que cuando la recibí como recuerdo solo pensé que para qué coño quería yo una medalla de un maratón que no había corrido. No. Esa medalla no me valía para nada, así que ahí, junto al kilómetro 40, la escondí entre unas rocas y un árbol. No sé si seguirá allí, o si la policía la encontró, o si hoy en día hay un niño que juega con ella. El caso es que yo, tras haberla deseado tanto, ya no la quería, sencillamente por tu culpa.
La de hoy sí que vale y la guardaré como si fuese la medalla de oro que se lleva el ganador del maratón en las olimpiadas. Si me apuras igual hasta tiene más valor para mí, para un corredor popular, que también nos sacrificamos mucho por terminar los maratones.
Te voy a comentar algo de mi fuga después del momento, el único momento, en el que interactuamos juntos tú y yo.
Tras el disparo esperé quieto un rato junto al árbol en el que me escondí para dispararte. No vi ni oí a nadie acercarse al lugar, por lo que deduje que nadie había oído el tiro, o si lo habían oído no les llamó la atención o no quisieron meterse en líos. Nueva York es una ciudad ruidosa y un disparo no llama mucho la atención.
Así que, cuando vi que nadie acudía corriendo a ver qué había pasado ni que ninguna sirena anunciaba la llegada de algún coche patrulla, salí tranquilamente de detrás del árbol, me acerqué un poco a ver si estabas muerto, que lo estabas, y a paso ligero pero sin correr para no llamar la atención fui desandando los últimos metros del recorrido del maratón hasta la entrada del metro de Columbus Circle.
No había mucha gente. Validé mi Metro Card y me senté tranquilamente en el andén hasta que llegó mi tren. Al poco me bajé en Penn Station y paseando tranquilamente fui en dirección a mi hotel, como te he dicho antes. Cené algo ligero en Speedys, en la esquina de la 32 con Broadway, y saboreé un café espresso. Es de los pocos sitios de la zona donde no está tan mal el espresso, en un país que casi nunca tiene un buen café.
Después subí a mi habitación en el hotel La Quinta Inn Manhattan, me lavé, guardé la pistola entre mi ropa y subí a la terraza a tomar algo. Me sentía bien y me apetecía.
Disfruté como nunca tomando un par de Bloody Marys. Hacía frío, pero como aún no había comenzado a llover me senté fuera en una mesa de la terraza, gozando de la bebida y admirando el Empire State Building. Recuerdo que estaba iluminado de rojo, ya que el color hizo que pensara en tu cabeza llena de sangre apoyada inerte contra el asfalto de Central Park. Saboreé aún más el trago del segundo Bloody Mary que me estaba bebiendo y el color del zumo de tomate tomó un nuevo matiz al quedar iluminado mientras la copa se iba elevando hacia el Empire State. ¡Qué bonito estaba todo así de rojo! Fue un brindis magnífico por ti y por mí.
Estaba seguro de que nadie me había visto y de que nadie tenía ningún motivo para relacionarme contigo. Mi única relación y mi único motivo para matarte era algo que compartíamos casi cincuenta mil personas de todo el mundo, así que hasta ahora no era sospechoso de tu muerte.
Por lo tanto, mis únicos pasos a dar eran los que cualquier turista como yo daría, y eso iba a hacer: seguir con mi programa de turismo por Nueva York y por parte del país.
Terminé el Bloody Mary y bajé a dormir. Y dormí muy bien.

miércoles, 4 de octubre de 2017

Mis novelas en el Mes Indie de Amazon

Durante este mes de octubre, dos de mis novelas han sido seleccionadas para participar en el Mes Indie, lo que significa que estarán disponibles para e-book a un precio muy especial, en concreto a 1,19 euros.
Una buena ocasión para adquirirlas y leerlas a menos del precio de un café.



domingo, 6 de agosto de 2017

Clases de literatura erótica

Clases de literatura erótica
Al ir a formalizar la matrícula del último curso del Grado en literatura comparada, Susana, aconsejada por otras amigas, eligió la asignatura optativa de Géneros literarios del S. XX. No era que le interesara especialmente más ese tema que el de las demás asignaturas del cuatrimestre, simplemente era que el profesor tenía fama de explicar muy bien la asignatura y, sobre todo, que era muy guapo.
No era un hombre joven. Rondaba ya casi los cincuenta. Pero para todas las mujeres de la Facultad era terriblemente interesante. Era un hombre alto y delgado, no había perdido apenas pelo, un pelo que tenía las canas justas para darle un aire de experiencia y responsabilidad que por algún motivo atraía mucho a las mujeres, pero no demasiadas como para que envejecieran un rostro también con las arrugas justas para enmarcar unos ojos de mirada profunda, seductora tras unas gafas diáfanas. Y además, estaba soltero.
El primer día de clase Susana y sus amigas se sentaron en la primera fila. Él explicó el desarrollo del curso, los trabajos que debían hacer, los libros que debían leer y comentar y cómo sería la evaluación. Ellas, como el resto de las alumnas, lo miraban sin perder detalle de lo que decía ni de cómo lo explicaba.
Al acabar la clase, Susana se acercó a él con la excusa de hacerle algunas preguntas relativas a la asignatura. Él contestó a todo con paciencia mientras ambos se miraban a los ojos. Luego Susana le dio las gracias y se dirigió a la puerta. Allí, justo antes de salir, se giró y miró al profesor. Él la estaba mirando y al ser sorprendido esquivó con rapidez la mirada. Ella salió sonriendo y fue rauda hacia donde estaban sus amigas para comentarlo con ellas con cierta excitación.
El profesor, por su parte, no había podido resistirse a echar un vistazo al cuerpo de Susana. Pensó que no era la alumna más guapa que había tenido, pero sin duda era la que tenía el cuerpo más perfecto de todas.
Él tocó su cuerpo perfecto con su mente.
El discurrir del curso pasaba con normalidad. El profesor daba sus clases manteniendo el interés de sus alumnos. Susana y sus amigas seguían en la primera fila mirando a su guapo profesor y siempre atentas. Susana, si no todos los días, casi todos encontraba una excusa para comentar algo al profesor al final de clase. Y al marcharse él siempre la miraba admirando su bello cuerpo.
Y él tocaba su cuerpo perfecto con su mente.
El curso seguía a buena marcha. En el tema 5 tocaba hablar de literatura erótica. Las clases se pusieron más interesantes por momentos para Susana y sus amigas, ya que escucharle a él hablar de erotismo con su agradable y profunda voz disparaba su imaginación.
Tras una clase muy interesante sobre El amante de Lady Chatterley, de D.H. Lawrence, y Trópico de Cáncer y Trópico de Capricornio, de Henry Miller, Susana se atrevió a ir al despacho del profesor para que éste le recomendara algunas novelas del género.
Ella llevaba unos pantalones muy ajustados y una blusa. Él la miraba con disimulo. Y él tocaba su cuerpo perfecto con su mente. Tras una breve charla sobre algunos libros finalmente ella salió con la recomendación de leer Delta de Venus y algún otro libro de Anaïs Nin y de hacer un trabajo sobre la autora para subir la nota final.
La semana siguiente Susana no acudió a las clases. Él se extrañó, pero no se atrevió a preguntar a sus amigas la causa de su ausencia, ya que no quería mostrarse especialmente interesado en una alumna, y menos en Susana, para no despertar sospechas de su atracción por ella.
Finalmente el lunes de la semana siguiente Susana se presentó en el despacho. Traía un denso trabajo sobre las novelas de Anaïs Nin y traía, además, una minifalda espectacular.
Él echó una ojeada al trabajo. Miró el índice y leyó algunos capítulos. A primera vista era un trabajo excepcional. Ella había sabido captar toda la esencia del erotismo de Anaïs Nin.
La miró y ella le sonrió dulcemente. Susana se sentó en el borde de la mesa y discretamente dejó que su falda se entreabriera. Él no pudo evitar mirar y se azoró al verle la ropa interior de encajes rojos. Después, se quitó las gafas.
Y él tocó su cuerpo perfecto con sus manos.

lunes, 17 de julio de 2017

El viejo de Dorretxu

Fragmento de mi primera novela "Y, sin embargo...". No la recomiendo a nadie, pero este pasaje me gusta.


El viejo de Dorretxu

   El viejo de Dorretxu, como le llamábamos en el pueblo, era para los niños algo así como el hombre del saco, el coco. Vivía en una chabola cerca de la torre del faro y nunca salía de ella. Para nosotros siempre había vivido solo y siempre había sido viejo. Además, le suponíamos un pasado turbio y criminal. Acercarse a su chabola era ser muy valiente o muy loco. No se nos había ocurrido pensar nunca que él también había sido un niño y menos aún que podía haber tenido familia. Simplemente era el desagradable viejo que vivía cerca de la torre del faro, el que nos gritaba si le robábamos higos de su higuera y más de una vez nos calentaba con su cachaba.
   Un lunes de agosto mi primo Alex nos dijo que su tío nos dejaba el bote. Como hacía muy buen tiempo y la mar estaba como un espejo, decidimos aventurarnos a ir remando hasta el faro y bucear allí.
   Era bastante arriesgado para una cuadrilla de niños como nosotros el ir a remo hasta el faro. Desde el puerto hasta allí había unas dos millas, lo que para nosotros podía suponer estar bastante más de una hora remando y no había ninguna playa ni cala propicia para varar el bote en caso de emergencia.   Pero, qué nos importaba eso a nosotros. Éramos seis para relevarnos con los remos, hacía buen tiempo y teníamos todo el día por delante. Así que pedimos a nuestras madres que nos prepararan unos bocadillos y fuimos corriendo al puerto.
  Zarpamos con el ánimo alerta a la aventura y con las ansias intactas. Mi hermano Andoni y yo fuimos los primeros en remar. Decidimos que haríamos el relevo cada diez minutos y así no nos cansaríamos apenas. Salimos del puerto y pusimos proa hacia el faro. Las motoras de los pescadores nos pasaban rápidamente. Un pariente de Asier, uno de los chicos de la cuadrilla, al rebasarnos nos gritó riendo que si íbamos a buscar la isla del tesoro. Le contestamos con toda seriedad que no, que a la isla del tesoro habíamos ido la semana anterior. Él se rio aún más y se alejó.
  Pasaron los primeros diez minutos e hicimos el primer relevo. Yo me había cansado más de lo que pensaba, pero no dije nada ante mis amigos por no quedar mal. Avanzábamos poco a poco pero sin pausa y finalmente al cabo de casi hora y media llegamos a las cercanías del faro. Nos acercamos a la costa y, tras no pocos esfuerzos, encontramos una roca en la que poder desembarcar. Después de amarrar bien el bote exploramos un poco el lugar, pero no había mucho que ver, solo unos treinta metros de rocas por las que moverse y ningún paso para acceder al pinar que había más arriba. Era un acantilado casi vertical.
  Preparamos los bártulos de bucear y nos metimos en el agua que estaba muy agradable. Así fuimos pasando el día entre zambullidas y bocadillos. El fondo era allí muy espectacular, con mucha roca y poca arena, y pudimos pescar un par de pulpos y un cabracho bastante grande.
  A media tarde decidimos volver al pueblo. Estábamos bastante cansados y no queríamos arriesgarnos a que se nos hiciera de noche para no asustar a nuestras familias. Recogimos todo en la chalupa y comenzamos a remar en el mismo orden que lo habíamos hecho a la ida.
  Nada más comenzar a remar nos dimos cuenta que había una fuerte corriente de marea que nos llevaba un poco mar adentro pero en nuestra dirección. Como yo iba remando por babor tenía que dar las paladas más largas para compensar la corriente y mantener el rumbo derecho y tuve la mala fortuna que al forzar el gesto en una de las paladas, el estrobo se salió del tolete cayéndoseme el remo al agua.
  Sin pensarlo dos veces salté para no perderlo. Enseguida lo atrapé e intenté nadar de nuevo hacia el bote, pero la corriente lo arrastraba más rápido de lo que yo podía nadar. 
  Desde el bote mi hermano y los demás me gritaban para que nadara más rápido mientras con el remo que les quedaba procuraban frenar su marcha pero con poco éxito. Hice un último esfuerzo para lanzarles el remo que yo llevaba pero no les llegó. Empezaba a estar exhausto y a la vista de que no les alcanzaría decidí nadar hacia la orilla. Ellos seguían gritándome pero yo ya no oía lo que decían.     Llegué hasta las rocas casi medio muerto. Miré hacia el bote, que ya estaba bastante lejos, y vi cómo intentaban enfilarlo hacia el pueblo con un solo remo.
  De repente me entró miedo, pero me esmeré en pensar con frialdad y no dejarme llevar por el pánico y la ansiedad. Siempre he tenido esta actitud en mi vida ante los contratiempos. Nunca he entendido cómo la gente ante un accidente o ante un incendio solo se para a lamentarse, a llorar o a rezar en lugar de hacer algo útil. Las lamentaciones no sirven para sofocar el fuego. Años después, navegando, esta tranquilidad mía me salvaría de más de un buen apuro.
  Me senté a descansar y a ponderar mi situación. Con la corriente que arrastraba al bote incluso con solo un remo no tardarían más de hora y media en llegar cerca del puerto y desde allí cualquier motora de cualquier pescador en un santiamén estaría aquí para recogerme, incluso antes de anochecer.
  Como todavía hacía calor decidí quitarme la ropa para que se secara y descansar mientras esperaba que vinieran a rescatarme.
  Pasó una hora larga y calculé que mis amigos estarían ya cerca del rompeolas. Probablemente alguien les había visto y estarían ya de camino hacia el faro. Me vestí y di una vuelta por las rocas.       No dudaba de que vendrían a recogerme pero se me ocurrió que no estaría de más intentar encontrar un camino de acceso al pinar, más que nada por si tardaban en llegar más de lo que yo calculaba.
  De repente me vino a la mente una idea que me dejó helado. ¿Y si no habían podido dirigir el bote hacia el pueblo? La corriente iba mar adentro, recordé. Ahora buscar una vía de acceso hacia el pinar pasaba a ser fundamental. Ya no se trataba de mí, sino que mis amigos y mi primo podían estar solos en medio de la mar. Tenía que avisar a alguien.
  Comencé a trepar por las rocas, pero no pude subir más de dos metros antes de quedarme bloqueado. Lo intenté por otro lugar agarrándome a las zarzas y a los helechos hasta hacerme heridas en las manos, pero de nuevo fracasé.
  Casi estaba a punto de darme por vencido cuando una escala se descolgó por el acantilado.
  “Ya están aquí –pensé-. Han venido por la carretera en vez de por mar”. Rápidamente me puse a subir por la escala gritando “¡Eh! ¡Estoy aquí, chicos!”. Pero cuando estaba casi arriba el corazón me dio tal vuelco que si él no llega a asirme del brazo me hubiera caído.
  No eran mis amigos quienes estaban allí, ni mi padre, ni ningún pescador. Era el viejo de Dorretxu el que me había rescatado.
  -Cogiendo persebes, ¡eh! -me dijo-. Es peligrosa la mar. No conviene andar solo por las rocas a estas horas.
  Intenté explicarle que no había venido solo, pero entre el cansancio y el susto no me llegaba el resuello para hablar.
  -Venga. Vamos a mi casa y te daré algo caliente de comer-. Y agarrándome del brazo con mucha fuerza me levantó del suelo. Pensé en echar a correr pero me dije que si me había rescatado de las rocas no sería tan mala persona, y además tenía hambre.
  Entré en su casucha con más miedo que vergüenza y me dijo que me sentara en la mesa. Sacó un par de huevos y un trozo de chorizo y encendió el fuego.
  -Toma. Para que piques algo de mientras.
  Me puso un pedazo de pan y un vaso de vino y, dándole las gracias, comencé a comer con bastantes ganas. Le expliqué que tenía que irme al pueblo porque mis amigos podían estar perdidos, pero el aroma de los huevos y el chorizo frito me hicieron pensar que sería mejor recuperar primero las fuerzas.
  -No te preocupes. Enseguida iremos en su busca.
  Eché un vistazo a la chabola. No estaba del todo mal. Parecía bastante recogida, demasiado incluso para un hombre mayor que vivía solo. Era pequeña. A un lado un camastro y al otro la cocina con una mesa y una silla. Lo justo y necesario para vivir.
  De las paredes colgaban multitud de objetos náuticos: aparejos de pesca, nasas, un pequeño timón, un sextante medio oxidado.
  -¿Ha sido usted pescador? -me atreví a preguntarle.
  -No, hijo. Yo fui marino mercante. Capitán -contestó con un tono orgulloso-. Mi padre era marinero en un viejo atunero de Ondarroa, y siempre me desía que ni se me ocurriera ir nunca en un barco de pesca, que no había más que patanes e ignorantes y que solo pensaban en beber vino y cobrar la partija. “Haste capitán y conose mundo”, me desía.
  >>Así que me puse a estudiar mientras la mayoría de mis amigos ya ganaban sus buenos duros en la mar. Cuando acabé los estudios en la Escuela de Náutica me embarqué en un vapor e hise muchos viajes por África y Sudamérica. Llegué a mandar un gran barco que iba de Bilbao a Inglaterra. Llevábamos hierro y traíamos planchas de asero para los astilleros. Fue una buena época y, como estaba mucho por aquí, me casé con una aldeana. Cuando yo venía a casa me trataba siempre muy bien las primeras semanas y en cuanto comenzaba a chillarme demasiado, pues me iba al barco otra ves. Era un buen arreglo.
  Yo le escuchaba muy atento mientras engullía la comida. Estuve varias veces a punto de interrumpirle para hacerle alguna otra pregunta, pero entre que él no paraba de hablar y el hecho de que me resultaba bastante agradable escuchar su tono de voz, su acento y su historia, para mi fantástica, decidí dejarle seguir.
   -Pasé sinco años así, de aquí para allá y vuelta a empesar. Hasta que me cansé y desidí quedarme en el caserío de los suegros con la mujer y las vacas.
  >>No tardé ni un año en desirme “Juanito, esto no es para ti. Lo tuyo son los barcos y no andar detrás de las gallinas”. Así que me busqué otro barco y me fui a la mar otra ves.
  >>Tuve suerte porque encontré un vapor que hasía la ruta entre Japón y San Francisco y estuve casi dos años sin venir. Cuando vine me enteré que había tenido una hija y mi mujer ni me desía una palabra. Le verdad es que tampoco me importó mucho, así que me fui a una pensión de Bilbao, en la calle Tendería, todavía recuerdo.
  Yo ya ni me acordaba de mis amigos ni de mi aventura en las rocas. Estaba cautivado escuchando al viejo. Hacía ya rato que me había terminado la comida y él seguía hablando sin parar sentado en el camastro. Ni siquiera me miraba. Solo miraba a la pared. Pensé que quizás llevaba años sin hablar con nadie y que tendría ganas de recordar su vida en voz alta delante de alguien que le escuchara.
  -En la pensión solo había hombres. Al prinsipio pensé que a todos le había echado la mujer de casa, pero luego resultó que yo era el único, los demás eran solteros y en ves de tener una esposa tenían una cashera, que tiene la ventaja de que no tienes que preocuparte en quedar a bien con ella, con tal de que le pagues a fin de mes ya has cumplido.
  >>Tardé dos meses en buscar embarque y como tenía ahorrados unos duros me dediqué a vivir a cuerpo de rey. Iba al teatro, a los mejores restaurantes. ¡Cuántos amigos me salieron! Lo que es el dinero. Hasta tuve una amiguita que pensaba que me iba a casar para sacarme los cuartos. ¡Andaba lista! No le dije lo de la mujer y la hija, y hasiéndole creer que me llevaría a la Iglesia, buenos ratos me pasé con ella. Menos mal que me llamaron para embarcar de nuevo, porque si no me hubiese quedado sin una peseta.
  >>Con este barco estuve tres años por toda Europa, y como siempre hasíamos escala en Sevilla me compré un pisito allí, para no tener que volver al pueblo. No me apetesía. Y allí estuve viviendo hasta que dejé la mar.
  >>Volví a Leburuaga. No sé por qué, pero de repente tuve remordimientos por haber dejado a la mujer con la niña solas. Al llegar aquí me enteré por un pariente que al de un año de irme, la mujer y los suegros habían muerto al intentar apagar un insendio en el caserío. A la hija la adoptó una tía mía, que la cuidó hasta que se murió de vieja.
   -¿Y qué es de su hija?- pregunté por fin con una curiosidad enorme.
  -Me dio tanto cargo de consiensia, que no me atreví ni a ir a verla por lo que podría pensar de su padre. Hablé con el cura y le encargué que pusiera a nombre de ella todo el dinero que había ahorrado y que no le dijera nunca que yo era su padre. Creo que se casó con un médico de Gernika y que tiene dos hijos, pero prefiero no conoserlos. Me construí esta casa, que para mí es más que un palasio y desde entonses vivo aquí, solo. Y hase un rato iba a bajar a las rocas a coger algo para senar cuando te he visto allí.
  De repente se calló. Se quedó sentado en la cama, mirando al infinito. El haberme contado su vida pareció traerle recuerdos que ya tenía seguramente olvidados. Una lágrima se deslizó por su mejilla y eso me impresionó. Nunca había visto llorar a un viejo.
  No supe qué decirle ni qué hacer, así que allí permanecí en silencio, sin atreverme a mover un solo músculo de mi cuerpo durante un rato que se me hizo eterno.
  -Bueno -exclamó de pronto-. Habrá que llevarte a casa, ¿no?
  -¿A casa? ¡Claro! A casa -dije. Y salimos de su casucha por el sendero que, entre las huertas, bajaba hacia el pueblo.
  Al llegar a las primeras casas vi a mi madre con mi hermano y el resto de la cuadrilla que corrieron a abrazarme y yo hacia ellos. Me contaron cómo la corriente les había arrastrado un poco mar adentro y una motora les remolcó hasta el puerto, por eso habían tardado tanto en ir en mi busca. Entonces les conté lo del viejo de Dorretxu y cómo me había rescatado. Me di la vuelta para llamarle y ya no estaba. No parecía que le agradara mucho estar con la gente.
  Al día siguiente mi madre me acompañó hasta su chabola para darle las gracias pero él solo respondió que no había hecho nada especial y no le hizo demasiado caso.
  No dije nunca nada sobre la historia del viejo. Creo que a mí me la relató en un momento de intimidad y que a él no le hubiese gustado que se supiera por todo el pueblo.
  Al regresar a Leburuaga el siguiente verano me enteré de que había muerto. Fui a su chabola y estuve toda una tarde allí, solo, pensando en él. Desde entonces siempre que he pasado cerca del faro me vienen a la memoria el viejo, su hija, su vida en la mar y su angustia.

lunes, 19 de junio de 2017

Mi novela "42,2 Muerte en Central Park" gratis esta semana

Hoy en el blog "Lectora de tot" han publicado una entrevista que me hicieron en relación a mi novela del Maratón de NY "42,2 Muerte en Central Park".
Podéis leer la entrevista aquí.
Con este motivo, durante esta semana, del 19 al 23 de junio, os podréis descargar gratis mi novela para ebook en Amazon desde este enlace.
Espero que aprovechéis la ocasión si aún no habéis tenido la oportunidad de leer la novela. Lo único que os pido es que si la leéis después la valoréis en Amazon.

sábado, 10 de junio de 2017

La ronda

Hoy es el primer día de Gabriel en la comisaría del barrio. No le gusta nada este destino y además, como su mujer no quiso acompañarle a la ciudad, está bastante disgustado. Solo, en un barrio triste y feo, con un trabajo desagradable, que además, para rematarlo, sabe que es para lo único que sirve.
Entra a un bar y pide un café con leche. Gabriel bebe un trago y después se sienta en una mesa a leer el periódico, pero maldice su perra suerte cuando justo en el momento de comenzar a hojear las páginas de deportes, suena su teléfono y al meter la mano al bolsillo derrama el café sobre el diario, justo manchándole las páginas de deportes, las únicas que le gustan, las únicas que lee, porque, para qué va a leer lo mal que va el mundo si lo ve todos los días en la calle, en la comisaría, en el mundo que tan bien conoce.
-¿Cómo que no vas a volver? ¿Cómo que te quedas con tu madre? Mira Loli, mira Loli, que llevas un mes fuera y ya me estoy acostumbrando a que no estés, eh, escuchas, que si no vienes mejor, que ya me he hecho a vivir solo, y mira por dónde vivo mucho mejor que cuando estabas tú, que no me dejabas vivir, tanto “no llegues tarde cariño”, “no me haces caso cariño”, que ya valía hombre, que me tenías harto. Pero tú te vienes en cuanto lo diga yo, escuchas, eh, Loli, que en mi casa mando yo y no se hable más, y no me vengas con eso de que deje de ser poli en casa, ¡eh!, que me tienes hasta allí, y mira que no me hagas hablar, que ahora no puedo, que si no, eh Loli, mira Loli, mira Loli, mañanas coges el autobús y te vuelves, que tu madre ya no está enferma, y si lo está, pues casi mejor, a ver si así me deja también en paz, que es peor que tú, mira Loli, mira Loli.
Gabriel se queda mudo cuando Loli le cuelga el teléfono, pero sigue hablando para que nadie se dé cuenta de que su mujer le ha dejado. Cómo lo iba a soportar, el que se enteren, digo, no el que le abandone. Gabriel sabe que Loli no va a volver esta vez. Ya se había ido otras veces, harta de sus malos modales. Pero él no cree que sea tan malo. Total, una hostia de vez en cuando, además sin dejarle marcas, que él sabe pegar, muchos años de oficio a las espaldas. La culpa es de su suegra, que le ha comido la cabeza. ¡Bah! Que se jodan las dos, que no son más que unas zorras. Para qué quiere vivir con una mujer, habiendo tantas por ahí donde escoger.
Gabriel termina el café, deja el periódico tirado en la mesa, sucio por las páginas de deportes, paga a Paco lo que éste le dice que vale, y sale a la calle, a patrullar, a descargar la mala hostia que lleva dentro, a joderle la vida a algún pobre desgraciado que se cruce con él esta mañana, o cualquier otra, que mucha diferencia no hay, dicho sea de paso.
Ya en la calle, Gabriel al primer desgraciado que se encuentra es al viejo vagabundo dormido -¡Dios, pasar de todo a nada en tan poco tiempo, perra vida!-. Le pega una patada con muy mala leche y le ordena que se quite de allí, que está molestando a los buenos ciudadanos que tienen comercios y ganan dinero con el que pagar impuestos para que el ayuntamiento construya centros de acogida para vagabundos, que son unos desagradecidos por no usarlos y quitarse así de la vista de los demás, que bastante tienen con sus problemas como para encima tener que ver a la escoria del mundo, a los marginados, por sus calles, por sus tiendas.
Gabriel ya se siente mejor, ya está entrando en calor. La Loli no le va a amargar la vida, ya se encargará él de amargársela más a muchos otros para compensar. Total, todo el mundo se lo merece, pues todos hacen putadas a quienes pueden, y a quienes no pueden, pues no se las hacen por eso, porque no pueden, que si no... Pero Gabriel tiene suerte, porque puede hacer putadas a muchos, y lo más importante, a muchos que son más importantes que él, a gente grande, gente con buenos coches, con buenos trajes, pero que en cuanto se ponen a tiro de Gabriel ya se encarga él de bajarles de nivel. Una buena multa, o mejor, una buena bronca en mitad de la calle, que eso le pone más.
-A ver, Ud., que no se puede hablar por teléfono mientras conduce, ¿es que no lo sabe?
-Pero, agente, si llevo cinco minutos parado desde que me han llamado.
-Ya, pero Ud. está detenido, no estacionado, y si sigue en esa actitud me veré obligado a multarle.
-Venga, Luis, te llamo luego que me he tropezado con un gilipollas.
-¿Qué ha dicho Ud.?
-Nada que le importe, hablaba con un amigo.
-Pues mire por dónde que hablar mientras se conduce es una actitud sancionable. Sáqueme los papeles.
-Pero si yo no conducía.
Ya está, piensa Gabriel, otro a tomar por culo. Qué se creía, que por conducir un bemeuve no me lo iba a cepillar. Anda y no me llama gilipollas el muy gilipollas, mejor si se hubiese callado, si ya le iba a perdonar la multa. Imbécil de tío. Hay gente que no sabe estar callada y reconocer que cuando yo estoy yo soy el que tiene el poder.
Gabriel ve una chica mona en minifalda y la sigue como si nada durante un rato para mirarle las piernas e imaginarse el culo que tiene. De repente se acuerda de su Loli y se cabrea. Mira a su alrededor, hay que seguir la ronda. Hay que seguir la labor de jodienda sin descanso. No puede haber gente sin problemas mientras él está amargado. Tiene que amargar para poder alegrarse un poco.
Pone un par de multas a dos furgonetas de reparto sin dejarles apenas tiempo de descargar. Un par de buenas broncas ya le empiezan a relajar. Si sigue así va a llegar contento a la hora de comer, cuando buscará un bar barato cerca del barrio en el que se coma decentemente y donde hacerse el simpático para que le traten bien mientras siga en esta zona, porque donde Gabriel come quiere que le traten como a un señor, como a una persona importante, que lo es, aunque sus superiores no lo quieran ver, aunque su jefe no se canse de decirle que es la basura del cuerpo, que gente como él destrozan la imagen de la Policía, que esos tiempos ya pasaron, que ahora son los ciudadanos los que mandan. Y eso a Gabriel le toca las narices, porque qué es eso de que mandan los ciudadanos si el que manda es él, que para algo lleva uniforme y representa a la ley. Su jefe está equivocado, no va a estarlo si es un mamón pelota de los políticos, que son los que están jodiendo todo con sus acuerdos y su hacerlo todo pensando en los votos. Putos votos. Eso sí que le jode a Gabriel, que un puñetero don nadie puede votar igual que él, que es quien es, que es mucho más que muchos tirados de la calle, robaperas desgraciados sin un sitio donde caerse muertos.
Joder con la Loli, que esta vez va en serio eso de que no va a volver. Y eso le jode mucho a Gabriel, pues si no vuelve quedará como un imbécil delante de los vecinos y conocidos, que pensarán que su mujer tuvo más huevos que él y le dejo. A él, a Gabriel, el policía, el duro, el que más manda. Y ahora resulta que su mujer le manda a tomar por culo y se pira. Qué pensarán ahora de él los vecinos. Creerán que no tiene lo que hay que tener para que su mujer se quede donde tiene que estar, en casa, aguantándole y cuidándole, que para eso se casó y no para pirarse cuando no le salen las cosas como ella quiere. Va. Que se joda Loli.
-A ver, Ud. ¿No ve que se ha saltado el Stop? Sáqueme los papeles.
Y el pobre hombre, nervioso, saca los papeles. No ha visto el Stop y no quiere discutir.
-Así se producen los accidentes, hombre. Hay que pensar en los demás y no ser tan egoísta. No me deja más remedio que multarle, hombre.

sábado, 13 de mayo de 2017

El faro del Cabo Bon

Subo otro ejercicio que he escrito para el taller de ficción literaria en el que estoy participando. En este caso se trataba de escribir un relato de ficción basándonos en alguna anécdota curiosa que nos haya ocurrido alguna vez.
La anécdota en la que me he inspirado me ocurrió navegando en el petrolero "Muñatones" hacia Libia, cuando se apagó la luz del faro del Cabo Bon, en Túnez, en plena noche mientras pasábamos por sus inmediaciones. Algo curioso.


El faro del Cabo Bon

–Ven. Siéntate a mi lado e invítame a un trago chaval –me dijo aquel viejo arrugado desde un rincón de la vieja taberna a la que acababa de entrar.
Yo acababa de llegar al puerto y solo buscaba un barco que necesitara un marinero. Ya hacía un par de meses desde que había abandonado la goleta del capitán Enbil, ese viejo vasco amargado. Buen marino, pero triste y solitario con el que los días a bordo parecían durar semanas, las semanas meses y los meses años. Me alegré cuando por fin pude desembarcar, pero ahora debía buscar un nuevo barco porque mi paga tocaba a su fin.
El puerto de Plymouth era ideal para mis planes. A la entrada del Canal de La Mancha, era un puerto muy concurrido por todo tipo de barcos que se pertrechaban en él antes de lanzarse a cruzar al Atlántico hacia los puertos americanos o hacia la ruta de las Indias Orientales. Rápidas goletas, viejas bricbarcas de tres palos, grandes fragatas de la Armada,… Todo tipo de barcos se apretaban en los muelles y en el fondeadero en una actividad frenética de carga y descarga de todo tipo de mercancías.
Yo estaba seguro de que alguien como yo, joven, fuerte y con experiencia de marinero y ágil en los mástiles con las velas, no tardaría en encontrar trabajo. Por eso, nada más llegar al pueblo me había dirigido al puerto y me había sentado en esa pequeña taberna para comer algo antes de buscar una pensión barata para los siguientes días.
–Venga chaval –insistió el viejo–, si me invitas a un trago te contaré una bonita historia.
En fin. Yo no tenía nada que hacer mientras esperaba a que me sirvieran la comida. Miré al viejo y vi en su rostro y en su mirada la vida de muchos años pasados en la mar. Así que, cogí mi silla y me acerqué a su mesa.
–Así me gusta, ahora pide unas cervezas, amigo –me dijo sonriendo con una boca desdentada y sucia.
Sus manos empezaron a moverse impacientes cuando la hija de la tabernera, una joven rolliza y de rostro sonrojado, depositó dos buenas jarras de cerveza en la mesa. El viejo, que hasta entonces se había movido con torpeza, se mostró ágil para asir con una mano una jarra, que se llevó a la boca y que despachó en un trago largo e impaciente, y con la otra acercó la segunda jarra al borde de la mesa que tenía más cerca. Yo, sorprendido por la rápida jugada del viejo, busqué con la mirada a la contundente camarera y le pedí, casi supliqué, otra cerveza para mí.
–Los puertos de todo el mundo –comenzó a hablar tras saciar su sed– están llenos de marineros borrachos que solo saben contar historias inventadas que se repiten igual en Inglaterra, en Hong Kong o en San Francisco. ¿No crees?
Asentí sin soltar mi cerveza.
–Yo he navegado desde que tenía trece años por todo el mundo –prosiguió–. Habré cruzado decenas de veces el Cabo de Hornos y he dado varias vueltas al mundo bajo el mando de los mejores capitanes ingleses que hayan existido. Y siempre, aquí, en China o en el Mar de la Plata he oído las mismas historias, las mismas leyendas contadas por marineros que siempre dicen que les han pasado a ellos. Mentira. No son más que fantasías inventadas por hombres borrachos deseosos de hablar con cualquiera que no sean sus compañeros a los que están hartos de ver tras meses y meses de convivencia en un cuchitril dentro de un barco maloliente.
–¿Sabes qué? –me dijo–. Yo conozco una historia que sí que es cierta. Una historia terrible. ¿No tendrás miedo de escucharla, no?
Le dije que no, que tenía ganas de oírle contar esa historia. La verdad es que el viejo me estaba entreteniendo, así que, por mí adelante. Ya podía hablar todo lo que quisiera y lo que la cerveza le dejara.
–Supongo que te resultarán conocidas esas viejas historias de gentes de costa, rapiñadores de náufragos que apagan la luz de los faros de los lugares más peligrosos de las rutas marítimas y que encendiendo grandes fuegos confunden a los navíos para que naufraguen y poder así robar sus mercancías.
La verdad es que ya había oído hablar de esas historias. Por supuesto, nadie me había confesado que en su pueblo lo hicieran, pero está claro que esos casos se daban. Atraían en las noches de tormenta a los barcos con luces falsas y luego mataban a la tripulación y robaban las mercancías. Me imaginé que el viejo me contaría algún caso que él había vivido.
–No sé si conoces el cabo Bon. Si has viajado por el pequeño Mar Mediterráneo habrás pasado cerca más de una vez. Es un cabo que remata una pedregosa península solitaria con altos acantilados en los que hay un viejo faro tenebroso. Pues bien. Esta historia me la contó en persona el mismísimo capitán Fokke, el holandés errante. Si no has oído hablar de él es que no eres un marino de verdad. Yo navegué con Fokke muchos años. Un gran marino, un buen capitán y nada dado a mentir. Así que, si él me lo contó así, es que así sucedió.
>>Esto ocurrió hace unos cincuenta años. Una naviera de Londres, la White Line Shipping Company, había establecido una ruta entre Londres y El Cairo. Ya se había decidido la construcción del Canal de Suez y una línea regular entre Inglaterra y Egipto iba a ser un buen negocio.
>>Durante el primer año todo marchaba bien. Los barcos iban y venían sin novedad y las mercancías viajaban seguras en sus bodegas. Pero después, uno de los barcos desapareció mientras se dirigía a El Cairo. Fue visto por última vez en Gibraltar, donde había hecho una breve escala para dejar a un par de pasajeros. Por supuesto fue una gran pérdida para la compañía, y sobre todo para las familias de los desaparecidos. Pero el riesgo marítimo en cualquier viaje está siempre presente y los demás buques de la naviera siguieron haciendo la ruta.
>>Un mes después, otro de los barcos desapareció mientras volvía a Inglaterra. La misma historia. Lo habían visto cerca de Malta, rumbo a Gibraltar. Los dueños de la empresa no se limitaron a maldecir su mala suerte. Decidieron investigar. Dos de sus buques se habían perdido entre Gibraltar y Malta. En algún sitio tenían que estar sus restos. Así que en el siguiente barco que zarpó de Londres embarcaron dos inspectores de la naviera. Su misión era explorar las costas del norte de África en busca de restos de los naufragios mientras viajaban a Egipto.
>>Durante varios días el barco fue costeando Argelia y luego Túnez sin encontrar ningún rastro de naufragio alguno. Por fin, cuando se acercaban al Cabo Bon, en plena noche, el capitán del buque llamó a gritos a los inspectores.
–Miren allí –les gritó señalando a la oscuridad en dirección a la costa–. Hace un momento teníamos a la vista la luz del faro de Cabo Bon, y ahora no hay nada, se ha apagado.
>>Al perder la orientación que la luz del faro les brindaba, poco a poco el buque fue derivando hacia tierra empujado por las traidoras corrientes de la zona sin que nadie a bordo pudiera percatarse a tiempo. Y mientras el capitán y sus oficiales miraban hacia la negrura tratando de situarse y de dirigir su nave hacia aguas libres y abiertas, una potente luz surgió de la nada en el horizonte.
–¡Allí! –gritó uno de los inspectores–. Ha vuelto la luz del faro.
>>Pero ya era tarde. Lo único que vieron es que la luz del faro iluminaba las rocas a las que se dirigían y no tuvieron tiempo de cambiar de rumbo. El barco se estrelló contra los bajos que rodean al Cabo Bon y allí encontró su final otro navío de la White Line Shipping Company.
>>Solo hubo un superviviente. Uno de los inspectores, el Sr. Davies, logró asirse a un barril y salió vivo de entre las olas y las rocas. Por fin llegó a una playa donde pudo recuperar el aire.
>>Al amanecer, el Sr. Davies se despertó magullado. Vio los restos del naufragio y algunos cuerpos. Caminó por la playa en busca de más supervivientes, pero no encontró a nadie vivo. Después, en una zona de rocas descubrió algunos restos del primer buque de la compañía desaparecido. Ahora sabía lo que había pasado con sus barcos. El Sr. Davies recordó las historias de los buitres del mar, de los rapiñadores de naufragios provocados, y supuso que éste era uno de esos casos.
>>Pero algo no encajaba en esa explicación, ya que las mercancías de los barcos naufragados aún se encontraban desperdigadas por la zona, y nadie había acudido a robar nada. Si fuesen ladrones de barcos ya habían tenido tiempo de acudir a por su botín, y él estaría seguramente muerto a manos de uno de esos facinerosos. Davies vio a lo lejos la torre del faro del Cabo Bon en lo alto de un acantilado, y decidió acercarse para ver si el farero sabía lo que había podido pasar. Cuando llegó al faro, comprobó que nadie vivía allí desde hacía tiempo. No había ningún resto de actividad humana en la casa del farero.
>>Al anochecer, la luz del faro se encendió sola. Davies no daba crédito a lo que veía. En todos los faros del mundo la luz era encendida por un farero. Era imposible que la lámpara se encendiera sola, así que Davies subió hasta la sala donde se encontraba la lámpara del faro. Al llegar arriba Davies vio que la estructura de vidrio de las lentes de Fresnel giraba con normalidad, pero lo que dejó atónito a Davies fue el comprobar que la luz del faro estaba encendida aunque no había una sola gota del aceite de combustible. Y después, para mayor sorpresa aún de Davies, el faro se apagó.
>>Davies miró hacia el horizonte y vio las tenues luces de un barco que navegaba por la zona. Mientras lo miraba comprobó que, al apagarse la señal salvadora del faro, el buque cambiaba de rumbo hacia el mismo destino que los otros navíos. Intentó por todos los medios encender la luz del faro a tiempo, pero no pudo. Y de repente, ante la incredulidad del Sr. Davies, la luz del faro se encendió cuando ya era demasiado tarde para los pobres tripulantes del pequeño barco.
>>Davies fue rescatado un día después por un pesquero y regresó a Inglaterra, donde a duras penas pudo explicar su historia.
–Fue el faro, el faro asesino –me dijo el viejo mientras agitaba su jarra indicándome que necesitaba otra cerveza.

sábado, 8 de abril de 2017

Giselle

Ah, Giselle, mi Giselle, mi dulce y sensual Giselle. Ahora, en estas noches solitarias sin más compañía en mi velero que el susurro de las olas y el lento flamear de las velas, aún siento tu cuerpo junto al mío en la cubierta en aquellos días de pasión. Mis manos anhelan acariciar una vez más tu piel, sentir tus generosos pechos, pellizcar tus prietas nalgas. Ah, aquellas caricias, que de la más pura muestra de cariño transformábanse raudas y agitadas en lujuria sin freno sobre nuestros cuerpos. ¡Quién pudiera volver a aquellos días! ¡Quién fuera el afortunado de vivir de nuevo en tu isla!

Recuerdo muy bien el día que llegué a tus costas. En la arribada me había cruzado con otro barco también tripulado por un solitario navegante. Un barco que se alejaba de tu isla. No me fijé entonces apenas en las lágrimas que asomaban en los ojos de aquel marino. Ahora las comprendo muy bien.
Fondeé en la pequeña bahía que protegía a los barcos de la furia de la mar, y poco después, al pisar la playa por primera vez te vi. Eras tan hermosa, allí, tumbada sobre la arena blanca, que no pude mirar a ningún otro sitio. Solo tú llenabas mis ojos, incluso desde la lejanía. Hipnotizado por tu cuerpo y arrastrado por el deseo de ver de nuevo a una mujer después de tantos días de solitaria navegación por el océano, me acerqué hacia ti. Recuerdo cómo te giraste y me sonreíste. Luego me senté junto a ti y así estuvimos un tiempo sin hablar, solo mirándonos.
Por fin junté valor y me presenté. Tú me dijiste tu nombre y yo me enamoré. No había otra cosa que pudiera haber hecho en esas circunstancias. Tardé varios días en comprender que estabas sola en tu isla, y cuando te pregunté por qué, tú solo me dijiste que estabas tratando de encontrarte a ti misma. Yo no dije nada, pero deseé que te encontraras, y deseé que lo hicieras conmigo.
Durante las semanas que me dejaste compartir tu vida en tu isla pensé que yo también había encontrado por fin un lugar donde dejar de tener que navegar de aquí para allá. Tal vez, sin yo saberlo, mi destino también era el de encontrarme a mí mismo, pero habiéndote encontrado a ti eso no me preocupaba en absoluto.
Los días transcurrían sin preocupaciones. El sol brillaba en el cielo y nuestra vida era tan sencilla que el mundo había desparecido para nosotros. Teníamos todo lo que necesitábamos, y nuestra única preocupación era gozar de la vida, gozar de nuestros cuerpos, del sexo y del amor.
–¿Crees que ya te has encontrado? –me atreví a preguntarte un día.
Tú me miraste antes de contestar.
–Tal vez sí –dijiste mirando al horizonte.
–¿Y en qué lugar estoy yo en tu vida? –pregunté no sin temor a la respuesta.
No respondiste de inmediato. Seguiste un buen rato mirando al horizonte, como si estuvieras pensando en la respuesta, o como si estuvieras eligiendo las palabras exactas con las que contestarme sin herirme.
–Creo que tú me has ayudado a saber realmente qué quiero y quién soy –dijiste al fin–. Todos los hombres que habéis pasado por esta isla me habéis ayudado en cierto modo.
–¿Pero? –añadí, mirándote a los ojos sabiendo que había algo que no me iba a gustar saber.
–Pero creo que aún me falta algo más de tiempo para conocerme, me falta una experiencia más.
Al día siguiente preparé el barco y me hice a la mar una vez más sin rumbo. Mientras me alejaba de la isla otro velero llegaba con otro navegante solitario. Al cruzarnos me miró. Él me vio llorar y yo le deseé suerte.

jueves, 30 de marzo de 2017

El faro del fin del mundo

Había salido de mi casa varios años atrás, huyendo de los hombres, de la sociedad. Atravesé montañas y valles, selvas y desiertos. Encontré muchas formas de soledad. Pero ninguna era suficiente. Siempre alguien me encontraba, y entonces debía seguir huyendo. Siempre escapando, sin poder permanecer en un mismo lugar más de unos pocos meses.
Y ahora parecía que no iba a poder seguir. Rodeado de un paisaje de rocas áridas, y golpeado por un viento atroz e incansable, un inmenso mar oscuro se abría ante mí. Solo un faro se erguía alto, imponente, estremecedor, poderoso. Un faro que señalaba que incluso hasta allí llegaba la civilización. Era el fin, me dije. Y me detuve ante él.

Poco después salió un anciano del faro.
–¿Eres el farero? –pregunté.
–¿Acaso crees que algún otro podría vivir aquí, tan alejado de todo, en el fin del mundo? –me contestó–. Sí, soy el farero. El farero del faro del fin del mundo. No hay nada más allá de este lugar. Es el lugar más distanciado de la gente. Aquí solo estoy yo. Nadie se acerca, está demasiado lejos de todo.
Así que había llegado al fin del mundo. Mi viaje se había terminado. Ya no podría huir a ningún lugar más apartado.
Construí una pequeña cabaña junto al faro y me instalé allí. El farero no me dijo nada.
Las semanas siguientes pude comprobar que no había, en verdad, ningún lugar más apartado de todo, ya que salvo el farero, que no salía nunca de su torre iluminada, nadie se acercaba nunca a ese lugar. Solo el paso esporádico de algún pequeño barco por la costa nos hacía saber que la sociedad aún existía más allá de las rocas en las que vivíamos el farero y yo.
Pero yo estaba inquieto.
Sí. Era el lugar más lejano a todo cuanto existía, pero igual que yo había llegado hasta allí, tal vez alguien llegaría cualquier otro día. Y esa idea me inquietaba. Yo quería estar solo, solo para siempre.
Así que empecé a pensar.
–Tal vez haya algo más allá– me dije mientras miraba al horizonte del océano–. Tal vez pueda construir una embarcación y seguir mi viaje siempre en la misma dirección.
Pasaban los días y no podía quitarme esa idea de la cabeza. Incluso me atreví a llamar al farero para preguntarle si él sabía si más allá del mar habría otro mundo, un mundo sin gente, un mundo en paz, solo para mí.
–Ya te dije que éste es el faro del fin del mundo. No hay nada más allá de estas rocas– se limitó a contestarme y volvió a encerrarse en el faro.
No sabía qué hacer. Tal vez el farero tenía razón y era inútil navegar alejándome del mundo, pues solo me esperaba la muerte en el viaje hacia la nada. Pero por otro lado no podía alejar de mí la idea de que más gente llegara hasta el faro, invadiendo con su presencia el último reducto que me quedaba.
Finalmente me decidí. Construí un pequeño bote, recogí todo lo que pensaba que me sería útil para el largo viaje, y me preparé para marchar. Pensé en despedirme del farero, pero él estaba en su mundo y yo en el mío. Además, me vería marchar desde su torre. Para qué molestarnos el uno al otro.
Dormí por última vez en mi cabaña y al alba me eché a la mar. Desplegué la vela que me había confeccionado y me dejé llevar por el viento. Miré hacia atrás y vi cómo empequeñecía el faro más y más, hasta que dejé de verlo, hasta que dejé de ver el mundo.
Unos días después vi a lo lejos una vela. Una pequeña embarcación venía hacia mí en dirección contraria. “¿De dónde vendrá?”, pensé.
Mientras se acercaba vi que llevaba solo un tripulante, un hombre mayor de larga barba. Cuando ya estaba a mi lado el hombre me gritó.
–¿De dónde vienes? –me dijo.
–Vengo de un mundo horrible, donde la gente se odia y se mata, donde no hay paz –le grité–. Quiero huir de la sociedad maldita que he dejado allí atrás, en mi mundo y voy en busca de un lugar donde no viva nadie, donde pueda vivir solo. ¿Y tú de dónde vienes?
Se quedó un rato en silencio, como contrariado de mi respuesta.
–Yo también me alejo de la gente que he dejado allí –dijo mientras señalaba a su espalda, a la dirección a la que yo me dirigía.

domingo, 5 de marzo de 2017

Don Benigno

Benigno Buendía era un hombre bueno. La bondad residía en él como la maldad habita en otras muchas personas. Cuando nació sólo lloró lo necesario. Y no es que tuviese alguna debilidad, no. Lo hizo por no molestar. Ya desde sus primeros años de infancia se caracterizó por sus buenos actos hacia los demás. Un día, por ejemplo, al ser enviado por su madre a comprar el pan, el panadero le entregó unas monedas de más en las vueltas. Benigno se dio cuenta al llegar a casa y con las mismas se volvió a calzar los zapatos y regresó a la panadería para asombro del panadero, quien decidió no cogerle el dinero al chaval, como premio a su honradez. Benigno era tan bueno que ni siquiera comprendió por qué le pagaban por hacer lo que él pensaba que hacía todo el mundo.
Ya en el instituto siempre ayudaba a sus compañeros cuando se lo pedían, y los profesores lo tenían como un alumno excelente. No es que sacara las mejores notas de su clase, pero nunca se metía en líos y se le podía pedir cualquier favor a sabiendas que haría lo imposible por hacerlo. Nunca copiaba en los exámenes, pero si algún compañero se lo rogaba, no dudaba en chivarle lo necesario.
Cuando llegaba el día de la cuestación a favor de tal o cual buena causa, Benigno colaboraba con parte de su asignación semanal. Una vez que le pusieron una banderita en el pecho y no tenía dinero en el bolsillo, le dijo a la mujer que esperara y fue a casa para volver enseguida con algo para darle.
Al terminar la carrera de Derecho, don Benigno, como ya le conocían en su barrio, montó un pequeño bufete desde el que hacía muchos favores a sus vecinos más necesitados.
-Don Benigno ayude Ud. a mi hijo –le decía una pobre mujer- que se ha metido en un lío con un negocio.
-No se preocupe, Doña Aurora, déjelo en mis manos y todo se arreglará –contestaba Benigno, que no sabía decir que no.
-Pero no puedo pagarle –replicaba la buena mujer, medio sollozando.
-Tranquila, tranquila, de eso no debe preocuparse. Ya me pagarán cuando puedan.
-Es Ud. un santo, don Benigno –terminaban diciéndole todos.
De esta forma, muchas veces trabajaba Benigno por altruismo.
-No puedes seguir así toda la vida –le decía su madre-. Tú también necesitas dinero para poder casarte.
-No se preocupe, madre –contestaba él. -Más se consigue con la conciencia tranquila que aprovechándose de las desgracias ajenas.
-Eres demasiado bueno, hijo. Tan bueno que pareces tonto –rezaba la mujer.
Pero a Benigno no le importaba parecer tonto. Él sólo quería ser justo. Su idea era que para mejorar el mundo lo único realmente útil que una persona puede hacer es ser él mismo justo. Si todo el mundo fuera justo y honrado ya no habría injusticias entre los hombres. Y era consecuente con su idea, incluso ante los que se portaban injustamente con él y los suyos.
Como por ejemplo aquella vez que una persona timó a su madre y a otras personas con unas falsas revisiones del ayuntamiento, y a Benigno le tocó por turno de oficio defender al timador. Y fue tan diligente en su trabajo que logró rebajar la pena de cárcel solicitada por el fiscal a una simple multa.
-Pero bueno hijo. En lugar de ayudar a tu madre y tus vecinos te pones de parte del caradura ése, que lleva toda su vida engañando a la gente honrada.
-Escucha madre, solo habéis perdido un poco de dinero y ese hombre tiene dos hijos. No creo que por cuatro monedas sea bueno meterle en la cárcel. Además, yo como abogado debo defender imparcialmente a mi defendido y había muchas atenuantes en su caso. Si le metieran en la cárcel unos meses, al salir sería mucho peor persona con total probabilidad. De esta forma, viendo que los demás pueden ser justos con él, tal vez comprenda que está siguiendo el camino equivocado.
-Hijo mío –dijo la madre de Benigno- ojalá todo fuese tan sencillo como tú dices, pero la vida no es así.
-No es así porque nosotros no hacemos que así sea. Querer es poder –sentenció él, y se fue al despacho a seguir trabajando gratis.
Benigno también gustaba de ser generoso con los pobres. No podía pasar por delante de alguien que pidiera limosna sin entregarle una dádiva. Los mendigos del barrio conocían esa costumbre suya y se disputaban las esquinas por las que éste solía pasar. “Muchas gracias, señor –decían siempre entre reverencias- Dios le recompensará” y se guardaban el dinero esperando volver a encontrar pronto al bueno de don Benigno.
Así, entre donativos a los pobres, a la parroquia del barrio y a cuantas buenas obras le propusieran, y con sus trabajos gratuitos las más de las veces, le llegó un momento en el que comenzó a pasar apuros económicos. Llevaba un tiempo ahorrando un poco para la compra de un piso y en los últimos meses había tenido que disminuir la cantidad mensual que dedicaba a este menester.
Su fin comenzó un día simplemente con un pequeño cambio. Uno de sus pobres habituales esperaba como siempre en la esquina a que su principal benefactor le ofreciera su acostumbrada cantidad. Al llegar al lugar Benigno se paró mecánicamente y sacó unas monedas de su monedero. Cuando se las iba a entregar al pobre se detuvo, y tras mirar la mano un momento, le entregó la mitad de la cantidad acostumbrada. El hombre le miró extrañado y casi con mala cara, le pareció a Benigno, como si le hubiesen engañado.
Al entrar en la oficina Benigno se sentía mal. Durante toda la mañana apenas pudo apartar de su mente la mirada del pobre, de su pobre. Al salir para casa cambió su habitual recorrido por otro con el fin de no cruzarse con ningún mendigo en la calle.
Los siguientes días hizo lo mismo y llegó a rechazar un caso de un vecino pues no podía permitirse el lujo de perder el tiempo en un trabajo que no iba a cobrar.
-Me ha dicho doña Paca –le comentó un día su madre- que el otro día no quisiste ayudar a su hijo.
-Eso no es cierto –se defendió.- Sí quisiera ayudarle, pero no puedo. Si acepto su caso no tendría tiempo para poder resolver pronto los otros casos que tengo de clientes que me pagarán al solucionarlos, y necesito el dinero.
-Ya, tienes razón, pero debes comprender que la gente del barrio te necesita y está acostumbrada a contar siempre con tu ayuda.
-Pues ahora no puedo ofrecérsela. –Y se acostó en la cama aunque no pudo pegar ojo en toda la noche.
Al día siguiente no fue a trabajar. Se encontraba enfermo. No podía quitarse de la cabeza la imagen del pobre, su mirada.
“Yo le di todo lo que podía en ese momento –pensaba sin cesar-. Ya sé que no era mucho pero, qué más quería. No es mi obligación darle dinero, se lo doy porque quiero y le doy lo que puedo. Además, siempre me he portado bien con él y con los demás, y ahora que necesito que se porten bien conmigo así me lo agradecen. Y que conste que yo al ayudarles no buscaba su gratitud. Yo lo hacía de manera altruista, desinteresadamente, como se deben hacer los favores, sin esperar otro a cambio, ya que entonces deja de ser un favor y es una transacción comercial, un intercambio de servicios. Pero, qué quieres, hoy por ti mañana por mí. No es que tengan todos a los que ayudé ninguna obligación para conmigo, pero...”. Y con estos pensamientos que le atormentaban se dormía y con los mismos se despertaba.
Así pasó don Benigno ocho terribles días tras los cuales decidió no ayudar nunca más a nadie para que no se mal acostumbraran a que un acto voluntario se convirtiera en obligatorio. Primero sería él y después ya se vería.
Cuando por fin se sintió con fuerzas para volver a salir a la calle, Don Benigno había cambiado. No intentaba siquiera evitar los incómodos encontronazos con los mendigos, sino que simplemente pasaba a su lado sin ni siquiera mirarles. Ellos al principio esperaban algún gesto del que por mucho tiempo había sido su benefactor. No podía un hombre cambiar tanto de la noche a la mañana. Pero pasaban los días y don Benigno seguía impertérrito ante sus silenciosas y escandalosas súplicas.
Una mañana don Benigno se encontraba solo en su despacho trabajando con gran concentración entre varios documentos importantes. Tocaron al timbre y con gran disgusto hubo de levantarse a abrir la puerta. Allí se encontró frente a frente con un hombre que por su aspecto estaba claro que mendigaba de puerta en puerta en pos de alguna ayuda.
-¿Qué quiere? –preguntó don Benigno con mal humor.
-Perdone que le moleste, pero tengo tres hijos y me he quedado sin trabajo, y por la voluntad le limpio los cristales. Es la voluntad, lo que Ud. quiera.
-Mire, no necesito que me limpien los cristales, ya se encarga una persona de la limpieza.
-Es solo un momento, y no se lo pido por mí, es por mis hijos. Ud. me da lo que quiera y le dejo los cristales impecables. No le molestaré mucho.
Don Benigno intentó en vano librarse de aquella molestia. Tanto insistió el hombre que no le quedó otro remedio que acceder a que invadieran su intimidad.
Poco después el hombre le dijo que ya había terminado y Benigno sacó del bolsillo la cantidad de dinero que él creía justa y suficiente, y se la entregó.
El hombre miró las monedas y después miró a don Benigno a la vez extrañado y enfadado. Al parecer la cantidad que para uno era justo para el otro era una miseria indigna del trabajo por él realizado.
-¿Se está usted burlando de mí? -preguntó el hombre- ¿Se está usted burlando de mis hijos?
-Perdone, pero me dijo que le diese lo que yo quisiera, la voluntad.
-Pero... Esto... Esto no me lo da nadie.
-Ni esto, ni nada. Qué quiere usted, que le pague como a un profesional, pues haberme dicho desde un principio su tarifa. Casi me obligó a ayudarle, por sus hijos, y ahora me viene con éstas. Pues ahora ni esto le doy, no le doy nada. –Y se metió las monedas al bolsillo y echó del despacho al sorprendido mendigo dándole con la puerta en las narices.
Aquello se propagó rápidamente entre las gentes del barrio, y no tardaron algunos en cambiarle el nombre por el de Maligno. Su metamorfosis había sido total. De grácil e inocente mariposa habíase convertido en venenosa y repugnante oruga.
A Benigno eso del nombre no hizo más que reafirmarle en su idea de la ingratitud de la gente para con él. “Tantos años siendo bueno para qué, –pensaba- para ser un imbécil. Un idiota es lo que he sido, pero ahora ya no lo seré más. Que sean otros los idiotas para mí. Espero que vuelva a la oficina el de los cristales. Le diré que me los limpie a fondo y después, puerta. No decía que la voluntad, pues mi voluntad será aprovecharme de él.”
Ya no pasaba junto a los mendigos sin mirarles. Ahora procuraba hacerles la vida imposible para que se fueran lejos de su territorio. Si alguno pedía limosna con un periódico social en la mano, Benigno le pagaba lo que oficialmente valía el diario y se lo llevaba para que no tuviese una excusa para pedir sin pedir. “No aguanto a la gente que pide limosna y no te dice que la pide –solía decir. -Si vende el periódico que lo venda y si mendiga que mendigue, pero que no nos traten de confundir y de engañar. Estaría bueno”.
Otra vez vio a un joven que se situaba junto a los transeúntes con un cartel con el que decía que tenía hambre. Con ello lograba que mucha gente, sobre todo ancianas, le dieran unas monedas. Don Benigno al verle entró en una panadería y compró una barra de pan que intentó entregar al chaval. Éste, al ver que en lugar de dinero le daba pan, maldijo a don Benigno y se fue de la esquina. Benigno se rió y mientras el joven se retiraba le gritaba: “No tenías hambre. Pues cómete el pan. ¡Ladrón! ¡Aprovechado! ¡Caradura!”.
No tardó Benigno en enemistarse también con sus amigos, ya que ahora no se fiaba de nadie y siempre pensaba que los demás querían algo de él al ofrecerle su amistad, aunque esa amistad tuviera años de solera.
Y tampoco le iban tan bien como él hubiese deseado los asuntos de negocios ya que no tenía la menor paciencia con los clientes que no fuesen a dejarle una buena minuta.
Don Benigno se iba quedando solo. Logró comprarse el piso que quería. Uno amplio y bien situado en la ciudad. Y ahora que ya vivía en su propia casa ni siquiera su madre iba a visitarle. Y lo peor era que a él no le importaba, y no se daba cuenta de ello. Su corazón estaba enfermo. O quizás ya ni tenía corazón. Pudiera ser.
Un día, al pasar por el parque tras un juicio, se paró a atarse un zapato. Se acercó a él un niño pequeño, de unos dos años de edad, con un coche de carreras. Benigno se sentó a mirarlo. Era un niño alto para su edad y parecía muy contento con su coche. Enseguida se dio cuenta don Benigno que el coche no era suyo, se lo había encontrado en un rincón del parque y cada vez que se le acercaba otro niño le preguntaba si era suyo, pero todos le contestaban que no y él seguía jugando encantado de la vida.
Don Benigno pensó que era raro que el niño preguntara a los demás chavales si eran los dueños del juguete, ya que a esa edad lo normal es que los niños piensen que todo lo que hay a su alcance les pertenece. Y más extrañado todavía se quedó cuando la madre del crío le llamó para irse a casa y el niño dejó el cochecito donde lo había encontrado por si volvía su verdadero dueño, y eso que su madre le dijo que se lo podía llevar a casa.
El niño se marchó y don Benigno se quedó.
Se quedó mirando cómo se alejaba el niño de la mano de su madre y no podía evitar pensar dónde había visto antes a ese niño.
Hasta que se dio cuenta.
Ese niño era él mismo, pues así había sido él de pequeño, bueno, como si su nombre le hubiese marcado su carácter, un carácter que había cambiado tanto en tan poco tiempo, desde aquel día en que su pobre le miró mal.
Don Benigno regresó a casa. Volvió a esquivar a los pobres por el camino. No se atrevió a pasar junto a ellos despreciándolos como había hecho en los últimos tiempos, pero tampoco se atrevió a volver a darles un óbolo como antiguamente. Era demasiado orgulloso como para reconocer que se había equivocado y que había sido cruel de manera premeditada.
Llegó a casa y se encerró en ella. Estaba confuso y no sabía cómo resolver el dilema que comenzaba a corroerle las entrañas. Ya no podía seguir siendo don Maligno por más tiempo pues su anterior personalidad justa y buena había regresado de dentro de su ser. Pero tampoco podía actuar como si nada hubiese pasado. Todo lo malo que había hecho en los últimos meses estaba ahí, y no podía borrarlo de su memoria ni, lo que para él era peor, de la memoria de los demás. Ya no era don Maligno, pero tampoco podía volver a ser don Benigno ya que éste nunca hubiera tenido un tachón tan grave en su historial de bondad impoluta.
Don Benigno se acostó con esta idea en la cabeza. Tomó unas pastillas para dormir... y durmió.

(c) Javier Sánchez-Beaskoetxea, 2003.

martes, 21 de febrero de 2017

Ketty y Julie

Julie había llegado a Nueva York hacía unos meses para trabajar en un despacho. Casi desde el primer día había adquirido la costumbre de desayunar antes de entrar al trabajo en la cafetería de Ketty, que estaba justo al lado del portal.
Ketty era una chica soñadora, con ganas de agradar a sus clientes. Hacía un par de años que había abierto la cafetería. Su nombre, El Sueño de Ketty. No tardó mucho en tener una clientela fija. Oficinistas de la zona, secretarias, abogadas, agentes inmobiliarios, comerciantes del barrio,… Todos pasaban por El Sueño de Ketty y todos volvían un día tras otro, pues Ketty había logrado crear un ambiente cálido y agradable y sus tartas tenían una merecida fama.
Por su parte, Julie era una joven tímida y se sentía un poco abrumada en la ciudad, pues ella se había criado en una pequeña localidad de Pennsylvania, y Nueva York le resultaba hostil, con tanto tráfico, tanta gente desconocida y tantas prisas. Por eso, cuando entró el primer día en El Sueño de Ketty y ésta le había recibido como si la estuviera esperando desde hacía tiempo, Julie se sintió a gusto, como en su casa.
Aún recordaba su primer encuentro con Ketty.
–Buenos días –le había dicho Ketty nada más entrar al local–. Hoy tenemos una tarta especial de manzana. La he hecho yo misma. ¿Te apetece probar un trozo? Invita la casa.
Julie miró a Ketty y sonrió con dulzura. Ketty le devolvió la sonrisa y ambas se quedaron mirándose unos segundos, hasta que Julie, algo azorada, contestó que sí, que le encantaría probar la tarta.
Aquel día Julie probó la tarta de manzana más sabrosa que había comido hasta entonces, y se encontró con la mirada más profunda e íntima que jamás había tenido con nadie.
Desde entonces, todos los días seguían el mismo ritual. Julie llegaba como unos veinte minutos antes de entrar a trabajar; Ketty la recibía con una sonrisa y una mirada; Julie la miraba un instante, bajaba la vista y se sentaba en una mesa junto a la ventana; Ketty le servía un café y le dejaba un trozo de la tarta especial del día; Julie permanecía en silencio mientras saboreaba la tarta; se bebía el café; dejaba el dinero en el plato de la cuenta; buscaba la mirada de Ketty; ambas se sonreían con dulzura y se miraban otro instante; Julie salía y se iba a trabajar. Y así un día tras otro, de lunes a viernes.
Julie pasaba los fines de semana deseando que llegara el lunes para retomar una y otra vez su extraña relación con Ketty. Sí. Podía haber ido a El Sueño de Ketty a otras horas, incluso los sábados y domingos por la tarde, pues Ketty solo cerraba los fines de semana por la mañana. Pero Julie nunca se atrevería a dar ese paso. Ella simplemente era así, y no hacía nada para cambiar.
Pero hacía unos pocos días, una mañana de un viernes, ocurrió algo inesperado para Julie. Ketty, después de dejarle la tarta y el café, se sentó con ella en la mesa.
–¿Cómo estás? –le preguntó–. ¿Qué tal tu vida en la ciudad? ¿Eres feliz aquí?
Julie casi se muere de la vergüenza. Se podía decir que desde que había llegado a la ciudad, era la primera vez que alguien le preguntaba por sus sentimientos. Además de con la gente del despacho, con los que solo comentaba cosas del trabajo, Julie no hablaba con nadie. Y ahora Ketty, ¡la mismísima Ketty!, se sentaba a su lado y le preguntaba si era feliz.
Julie hubiese querido responder que en ese instante le había llegado la felicidad; que la felicidad era estar allí, mirando el rostro de Ketty y que Ketty le preguntara si era feliz; que desde que entró por primera vez en El Sueño de Ketty solo vivía para llegar por las mañanas y disfrutar ese breve instante de la mirada de Ketty, de sus ojos sonrientes, dulces, que la hacían sentir viva, que la hacían sentirse amada.
Pero Julie por nada del mundo podría responderle eso a Ketty, antes se moriría que dejar que Ketty supiera lo que ella pensaba. Así que se limitó a sonreír, a mirar un instante a los ojos de Ketty y a contestarle que bien, que todo le iba bien, esperando que Ketty volviera a sus quehaceres dejándola a ella allí, comiendo su trozo de tarta, bebiendo su taza de café y pensando en que ojalá Ketty se volviera a sentar junto a ella.
Pero Ketty no se iba. Permanecía allí sentada, mirándola.
–Mañana dicen que va a hacer un día muy hermoso. Voy a salir por la mañana a caminar por la ciudad. Igual cruzo el puente de Brooklyn y me acercó hasta una floristería que conozco. Me apetece comprar unas plantas para ponerlas en la cafetería. ¿No crees que quedarían bien unas plantas por aquí, cerca de la ventana? He pensado que igual te apetece acompañarme. Sería un sábado diferente. ¿Quieres venir conmigo?
Julie tardó una eternidad en contestar a Ketty. ¿Que si quería acompañarla a salir y a comprar unas plantas? Deseaba hacerlo. Se moría por hacerlo.
–De acuerdo –se limitó a contestar con voz trémula.
–Perfecto entonces –dijo Ketty levantándose–. Nos vemos aquí mismo a las nueve.
Julie no pudo apenas dormir esa noche, claro está. A las nueve menos cinco ya estaba en la puerta de El Sueño de Ketty lista para hacer su excursión por la ciudad con Ketty.
–Me alegro de verte –dijo Ketty en cuanto llegó–. ¿Lista? Pues andando, que hoy será un gran día.
Tras atravesar algunas calles, Julie y Ketty comenzaron a atravesar el puente de Brooklyn. La mañana era espléndida. El sol brillaba y la temperatura era agradable. Por el puente no había demasiada gente y Julie disfrutaba de ir con Ketty, quien no había hablado apenas desde que empezaron el paseo.
Ketty caminaba junto a Julie, y de repente, sin decir nada, se acercó un poco más y tomó de forma suave y cálida la mano de Julie, quien, temblando, asió con fuerza la de Ketty.

lunes, 13 de febrero de 2017

El pozo

Este cuento lo escribí hace tiempo y lo incluí como un sueño del protagonista dentro de mi novela "42,2 Muerte en Central Park", en la que los sueños tienen un papel importante.

El pozo

Nunca más volveré a aquel lugar. Ya es suficiente con las visitas hechas hasta ahora, unas diez o doce, no recuerdo bien, pero suficientes de todos modos. Suficientes para saber si me ha gustado. Suficientes para saber si me ha impactado. Y sí que lo ha hecho, impactarme digo, no el gustarme.
La primera vez tendría yo unos cinco años, y me llevó mi padre, sin pedirme permiso, sin preguntarme si yo quería ir. Claro, ahora sé que con cinco años te llevan a los sitios sin consultar contigo, pero cuando tienes cinco años ya empiezas a sentirte mayor, y empiezas a tener claro lo que quieres y lo que no. Y si entonces me llega a preguntar mi padre si quería ir allí o no, pues seguramente hubiese dicho que no. Como se lo dije la siguiente vez, y la siguiente, aunque no me hizo mucho caso.
Pero el caso es que, unos años después, a la cuarta vez fui yo solo, sin que nadie me obligara, sin que nadie me insistiera, sin que nadie lo supiera.
Era un lugar extraño, y supongo que sigue siéndolo.
La puerta de acceso estaba escoltada por dos filas de columnas inmensas, gruesas, altas y lisas como el cielo raso al que casi alcanzaban. Tras ellas, una gran losa pétrea daba acceso al patio interior. Esa puerta era fantástica. Tan pesada parecía a la vista, que sorprendía lo fácilmente que se desplazaba con un leve toque con un único dedo. Sin apenas una vibración, en completo silencio, suavemente, como si fuera etérea, la puerta gigantesca se abría de par en par para mostrar al visitante aquel patio vacío, lúgubre, sepulcral que no contenía nada. Bueno, nada salvo el pozo.
Siempre asustaba, por muchas veces que hubieras estado allí, el portazo con el que se cerraba la losa tras de ti una vez dentro del patio. La primera vez llegabas a pensar que no se abriría más y que aquel lugar sería tu última morada. Pero al correr espantado hacia ella siempre se volvía a abrir con la misma suavidad de siempre. Así que volvías a dirigir tus pasos hacia el único punto posible: el pozo.

El pozo.
Un agujero insondable, negro, estrecho, que se abría en el centro del patio vacío como si hubiese sido el lugar donde se asentaba el eje de las agujas de un gigantesco reloj. Al asomarte a él por primera vez era inevitable sentir un vértigo espantoso, aunque, simultáneamente, sentías una irrefrenable tentación de arrojarte al vacío. Por suerte, o eso creo, yo pude reprimir ese instinto y sustituirlo por el ansia de descender la escalera estrecha que, en una espiral interminable, nunca se estaba seguro de que llegaría alguna vez al fondo. Y todo el que allí iba lo hacía con la intención de bajar cada vez un poco más, un peldaño más, e intentar culminar un descenso que nadie había logrado jamás. Nadie sabía dónde se detenía la escalera, pues nadie había tenido el valor y la paciencia de pisar todos los escalones.
La primera vez que me adentré en el pozo yo solo, aún siendo un niño, bajé sin detenerme durante una hora. Sabía que estaba siendo muy valiente al hacerlo, pues incluso en la compañía de mi padre no había estado más de veinte minutos descendiendo antes de decidir dejarlo. No sé si mi padre bajó alguna vez más abajo. Puede que cuando fue conmigo se detuviera pensando en que yo tendría miedo o estaría cansado. El caso es que nunca habíamos bajado tanto juntos. Y allí estaba yo, por cuarta vez, solo, sin nadie en quien amortiguar mis temores. Durante una hora bajé sin detenerme aquella escalera en infinita espiral que no se interrumpía por nada, salvo en la puerta negra que dejabas a un lado al de unos cincuenta y pico minutos de iniciado el descenso.
Ahora que lo recuerdo, es curioso que esa primera vez que vi la puerta negra no me llamara la atención demasiado. Mi objetivo entonces era alcanzar el final de la escalera, el mismo que tuve las siguientes ocasiones en las que me interné en el pozo. Y era normal. Aún no sabía que era inútil intentar alcanzar el fondo. Eso lo aprendería años más tarde, cuando la caída. Pero, ya de joven, una vez entré en el pozo con la sola idea de abrir la puerta negra. Y fue todo un descubrimiento.
En aquella ocasión descendí los escalones a todo correr. Tenía prisa por saber. Alcancé la puerta, posé mi mano sobre ella y empujé. No pasó nada. Empujé de nuevo con más fuerza y tampoco se movió. No había ninguna manilla a la vista. Puede que antaño la hubiera, pero ahora ya no estaba. Decidido a entrar como fuera, empujé con todas mis fuerzas y finalmente logré que se moviera un poco. Seguí empujando con el hombro y conseguí que se abriera lo suficiente como para poder atravesarla.
Al principio no vi nada. Estaba demasiado oscuro. Pero en cuanto se cerró la puerta negra mis ojos se adaptaron a la poca claridad que había y para mi tranquilidad comprobé que podía ver lo suficiente.
No parecía haber nada, salvo un largo pasillo por el que caminé durante media hora hasta alcanzar una nueva puerta que no me costó mucho abrirla. Tras la puerta, para mi sorpresa, un pozo como el anterior se abría a mis pies. No puedo ocultar que entonces fue una pequeña decepción y un contratiempo encontrarme otra vez en la misma situación de siempre. Ante la certeza de que si seguía la escalera hacia el fondo del pozo no llegaría a ningún lado, decidí subir la espiral.
Tardé casi una hora en llegar arriba. Cansado, pero aliviado de salir de allí, mi decepción fue aún mayor al ver que estaba en el mismo patio de siempre. De alguna forma el pasillo conducía de nuevo a la misma puerta negra y al mismo pozo por el que había descendido. Tanto esfuerzo para nada, pensé entonces, y me lamenté de no haber despreciado la puerta y de no haber seguido descendiendo más y más. Pero cuando ya iba a salir del patio por la gran puerta para dirigirme a mi casa, algo llamó poderosamente mi atención.
No estaba en el mismo patio de siempre, ni el pozo era el mismo por el que había descendido. Algo muy extraño pasaba. Yo sabía con certeza que entre el descenso, el paso del pasillo y subir de nuevo, como mucho había empleado unas tres horas escasas, y cuando había empezado a bajar las escaleras eran las diez de la mañana de un día de verano en el que brillaba el sol en un cielo azul y despejado. Pero ahora, sobre mí, tan sólo había una gran luna llena entre grandes nubarrones en medio de una noche fría y amenazadora.
Consternado, dirigí mis pasos hacia el pozo de nuevo para volver por donde había venido. Pero la curiosidad, ¡ay! la curiosidad que nos conduce a aprender, me obligó a salir del patio por la gran puerta, dejar atrás las altivas columnas, y empezar a caminar por la senda que se dirigía a la ciudad, por lo menos en mi mundo.
Y tal y como lo podía esperar, donde yo había dejado mi ciudad, allí se levantaban los aparentemente mismos edificios y mismas calles de siempre, aunque ahora, de noche, tenían un aspecto algo diferente, algo más lúgubre.
Me interné, pues, en la ciudad y seguí la ruta de calles que me llevaban hasta mi casa. No vi a nadie en el trayecto, y todo estaba cerrado y tranquilo, como era de esperar. Alcancé la puerta de mi casa y me dispuse a abrirla. Antes de introducir la llave en el bombillo de la cerradura dudé un instante. Me resultaba extraño estar allí, de noche, como un ladrón, abriendo la puerta en silencio para no despertar a nadie y con la mente aún en el misterio de esta noche repentina y de este pozo del que no sabía si era el mismo por el que había entrado o no. Pero finalmente giré la llave y la puerta se abrió.
Desde luego era mi casa. Los muebles y los cuadros eran los mismos, pero no estaban igual que a la mañana. Ninguna de las fotos recientes que mi madre había puesto en el salón se hallaban ahora allí. Y la televisión y otros aparatos modernos tampoco estaban en su lugar. Pero lo más extraño, lo más impactante para mí, ocurrió al entrar en mi cuarto. Mi cama estaba ocupada.
Sí, estaba ocupada, pero ocupada por mí. Efectivamente el niño que estaba plácidamente durmiendo en mi cama era yo de pequeño, con unos nueve años. Tenía mi pijama de ositos y sobre la mesilla mis libros de cuentos favoritos. Al parecer, el pozo me había conducido al pasado. Me senté allí, viéndome dormir, y me quedé dormido.
Cuando desperté, mi madre, mi madre de joven, hacía mi cama mientras yo, yo de niño, me vestía para salir. A ninguno de los dos parecía llamar la atención mi presencia, lógico, pues enseguida me di cuenta de que no podían verme. Así que les seguí en sus quehaceres diarios. Mi madre, tras acabar de limpiar y recoger, me acompañó a mí de niño al colegio y se fue a trabajar. Decidí quedarme en el colegio y observarme, observarme con la perspectiva que dan los años.
Es extraño, pero los recuerdos que tenemos de nuestra infancia se diluyen rápidamente en el tiempo, y aunque recordamos escenas y situaciones, no sabemos en realidad cómo éramos de niños. Yo siempre he creído que mi infancia fue feliz. Y así fue en general. Mis padres me querían y me trataban muy bien. Pero el ser un niño introvertido siempre te hace sufrir más de la cuenta con los demás niños.
Aquel día, mientras me observaba a mí mismo, ocurrió algo en el recreo.
Ahí estaba yo, un niño solitario en una esquina del patio, entreteniéndome con un hormiguero mientras los demás niños jugaban al fútbol o a otros juegos. Las hormigas seguían su vida inconscientes de mi presencia y del peligro que yo podía suponer para ellas, lo mismo que yo las observaba ajeno a los demás, ajeno a lo que los demás podían hacerme. Y así, mientras con un palo iba destrozando distraídamente las paredes de la cubierta del hormiguero, un grupo de niños se acercó furtivamente por mi espalda y antes de que me diera cuenta me encontraba con la cara dentro del hormiguero casi si poder respirar y con la asquerosa sensación de tener docenas de hormigas correteando por mi rostro y metiéndose por mi nariz.
Al ver aquello, yo, yo de mayor, intenté ayudarme empujando a los niños para que me soltaran. Pero de la misma forma que no podían verme, tampoco podía yo tocarles, y la frustración que sentí durante los minutos que duró la lucha fue tal que lloré, lloré de niño y lloré de joven, lloré al sentir la injusticia, la impotencia y la soledad del débil, la soledad del frágil, la soledad del niño -del hombre- solo ante el abuso de los demás. Después volví a mi tiempo. Bajé el pozo, atravesé el pasillo y subí a mi casa.
Como he dicho antes, varias veces más realicé ese viaje al pasado. Pero nunca a nadie, ni siquiera a mi padre, revelé lo que había detrás de la puerta negra. Desde luego, no en todas las ocasiones me supuso desasosiego el observar mi infancia. A veces coincidí en días felices para mí. Pero también coincidí con días tristes, días aciagos, días negros.

La última vez que entré en el pozo, al llegar a la altura de la puerta negra y girarme para empujar, tropecé y caí en el abismo. No sé cuánto tiempo estuve cayendo, y ni siquiera sé si he terminado de caer o si terminaré alguna vez. Sólo sé que mientras caigo, mientras atravieso este pozo sin fin, veo mi vida pasar, veo mi vida alejándose, como lo hace el débil punto de luz que se empequeñece tras de mí, hasta desaparecer totalmente.

viernes, 10 de febrero de 2017

Reedición de "42,2 Muerte en Central Park"

Acabo de reeditar mi novela del Maratón de Nueva York "42,2 Muerte en Central Park". Ahora está en Amazón disponible para comprarla en papel o en formato electrónico.


Si quieres recorrer las calles de Nueva York a lo largo de su famoso Maratón, o si quieres acompañar a David, el protagonista, en su huida por todos los EE.UU. tras vengarse del alcalde por suspender la carrera en 2012, no tienes más que calzarte las zapatillas y abrir el libro.
Disponible en Amazon en este enlace.

jueves, 26 de enero de 2017

El circo

Desde hace un par de semanas estoy asistiendo a un curso de Escritura literaria. Subo aquí un ejercicio que hicimos la semana pasada para ver qué os sugiere. ¿Qué creéis que le pasa al personaje?
En negrita pongo el inicio que me pasaron y el resto es lo que yo escribí (y el título).



EL CIRCO

El circo, decididamente.
Hasta el mero hecho de pasar por al lado (porque yo nunca entraría). Hasta el mero hecho de saber que está en la ciudad, en algún lugar, debido a un cartel visto por casualidad
, me aterra.
Soy yo, lo sé. Nunca superé aquel instante, siendo yo un niño, en el que aquel payaso me besó.
Se acercó a mí, sin más. Yo me eché para atrás, pero las piernas de mi padre me impidieron retroceder lo suficiente, por desgracia. Así que el payaso se agachó, me tomó en sus brazos y me levantó hasta acercar mi cuerpo tembloroso a su cara y me besó en las mejillas.
Aún recuerdo el olor a vino. Un olor nauseabundo. Y luego tuve que aguantar allí, toda la función, viéndole moverse de un lugar a otro de la pista. Cada vez que se acercaba hacia donde yo estaba, yo me ponía a temblar temiendo que me volviera a besar aquel hombre que ya no era un payaso, sino un viejo asqueroso.
Y después… Después, cada vez que mi padre bebía, yo lloraba.

sábado, 14 de enero de 2017

Diana cazadora

Diana cazaba. En cada carrera, en cada entrenamiento, Diana cazaba.
Su pasión era correr. Había nacido para ello. Su nombre venía de una diosa romana, Diana cazadora, quien junto a su hermana Minerva eran conocidas como las “vírgenes blancas”, dos diosas consagradas a la virginidad. Pero con el nombre se terminaba su relación con la diosa, pues Diana no solo amaba correr, sino que también amaba amar. Tal vez la caza la unía también a la deidad romana, pero mientras la diosa Diana cazadora, además de cazar con su arco y sus flechas, era cruel y vengativa, Diana, nuestra Diana corredora, era dulce, sensual y no cazaba con armas sangrientas, sino con la voluptuosidad de su cuerpo esbelto y proporcionado.
Cada día que salía a correr, su principal pasatiempo era cazar a otros corredores. Según tenía alguno atractivo a la vista, Diana se colocaba unos metros por detrás y analizaba la pisada del corredor, entendiendo la pisada por todo lo que va de los glúteos para abajo, aunque con más hincapié en los glúteos, si cabe.

Así, en unos pocos metros, ella ya sabía si la presa merecía o no la pena. Si creía que no, aceleraba y buscaba otro. Si creía que sí, ¡ay!, qué suerte tenía el cazado.
Una tarde calurosa de verano, Diana salió a correr con una camiseta ligera y un pantalón ajustado. Sabía que eran sus mejores armas de caza y se dispuso a cazar. No tardó en ver una presa corriendo al otro lado del parque, así que, con poco disimulo, fue acercándose hasta colocarse en posición.
Esta vez la presa se resistía, pues era un corredor rápido. Pero el exhaustivo análisis de la pisada que Diana realizó en pocos metros le convenció de que merecía la pena el esfuerzo, pues se trataba de un joven bien proporcionado, alto y con un cabello castaño que se mecía con cada zancada. Sus piernas eran fuertes, pero a la vez delgadas. Las piernas de un corredor entrenado. Bronceadas por el sol y los kilómetros, avanzaban con una depurada técnica de carrera que hacían que su dueño corriera veloz y ágil sobre el camino.
Diana siguió unos metros más por detrás, hasta que decidió que sería mejor pasar al joven para que así él pudiera admirar el bonito cuerpo de Diana antes de entablar, como por casualidad, una conversación con él. Era una táctica que siempre le daba resultado.
Pero algo no fue bien.
Cuando Diana quiso sobrepasar al corredor, éste aceleró bruscamente. “Maldición” –pensó Diana–. “Está haciendo series”.
Pero Diana no era de las que se rendían fácilmente. Siguió corriendo al mismo ritmo que él y aguantó el tipo durante los cinco minutos en los que el joven se empleó a fondo. Diana a duras penas podía respirar, pero pensó que sería mejor atacar cuanto antes, no fuera que en la siguiente serie la presa se le escapara.
–Corres rápido –le dijo al joven jadeando mientras se colocaba a su lado.
Él la miró, extrañado de que una atractiva mujer le dirigiera la palabra así, sin más, mientras corría. Pero en el fondo eso le alagó y sonrió.
–Sí, bueno, tampoco iba a tope –alardeó como buen corredor que era–. Hoy me tocan series a ritmo medio.
Diana, ya más relajada sintió que la caza iba bien.
–Si quieres podemos hacer las series juntos. Hoy también me toca a mí hacerlas –mintió muy bien, pero no tanto como para que el joven adivinara sus intenciones–. Me llamo Diana, por cierto.
–Yo soy David, pero todos mis amigos me llaman Eros, como el dios del amor. Somos dos dioses –dijo Eros riendo.
Diana pensó que ambos nombres, David y Eros, eran muy apropiados para un hombre tan bien formado, pues el cuerpo del David corredor le recordaba al David de Miguel Ángel. Y Eros, ¡ay!, Eros… Qué de imágenes sugerentes provocaba en Diana ese nombre.
Al terminar el entrenamiento Diana y Eros se relajaron un poco mientras se estiraban.
–¿Y por qué te llaman Eros? –Preguntó Diana con curiosidad.
–Porque me dedico al amor –dijo Eros estimulando aún más la imaginación de Diana.
–¿Al amor? ¿Qué eres? ¿Actor porno? –Rio Diana.
–No exactamente –dijo Eros–. Soy modelo erótico.
–¿Modelo erótico? ¿Posas desnudo para fotos?
–Sí, más o menos. Para fotos y para vídeos eróticos, pero no pornográficos. Normalmente salgo yo solo, o con una o dos chicas desnudas. Pero no hacemos el amor, solo lo aparentamos.
Diana no cabía en sí de gozo. Un hombre guapo, corredor y desinhibido en el amor. Esto prometía.
–Supongo que será un trabajo interesante, pero a la vez difícil, ¿no?
–Sí. La verdad es que me lo paso bien, pero a veces es complicado solo aparentar el sexo cuando estás con mujeres hermosas desnudas, ya me entiendes.
Sí. Diana se lo imaginaba. Se lo imaginaba con todo tipo de detalles.
–Bueno –dijo Eros–, me tengo que marchar. Dentro de una hora tengo trabajo.
–¿Y se te puede ir a ver? –Se atrevió a preguntar Diana.
David dudó un momento.
–Pues,… No sé. Supongo que sí. Normalmente hay mucha gente entre los de equipo técnico y demás.

Una hora después Diana accedía a un pabellón industrial. Allí estaba Eros, junto a una chica muy guapa que Diana supuso que sería la modelo que acompañaría a Eros. Un miembro del equipo técnico le preguntó a Diana que a ver qué hacía allí. Ella se limitó a decir que era una amiga de Eros y pudo quedarse sin problemas.
Un rato después todo estaba listo para empezar la sesión. Era una sesión de fotografías y a Eros y a su compañera les estaban maquillando para evitar los brillos en las fotos. Ambos permanecían desnudos y Diana pudo admirar en su plenitud el perfecto cuerpo de Eros, perfecto hasta el último detalle, el más importante.
Para las fotos los dos modelos se iban colocando en las posturas que el fotógrafo les iba diciendo. Por supuesto, mientras se colocaban a ambos se les veía el sexo claramente, pero luego para las fotos todo quedaba estratégicamente oculto.
Diana veía de vez en cuando las imágenes que iban apareciendo en la pantalla del ordenador que estaba conectado a la cámara. Eran unas fotos muy bonitas, de buen gusto, pero con una carga erótica muy alta, tanto que a Diana le inspiraron un cada vez mayor deseo hacia el cuerpo de Eros.
Al terminar la sesión, Diana esperó a que Eros se vistiera.
–¿Qué te ha parecido mi trabajo? –Le preguntó Eros al juntarse con ella.
–Muy excitante –contestó Diana–. No sé cómo puedes aguantar sin que tengas una clara muestra de excitación –añadió sonriendo con picardía.
–La verdad es que al principio me pasaba a menudo. Tenía una erección y el fotógrafo luego tenía que ingeniárselas para que en las fotos no se viera nada.
–Y las chicas, ¿no dicen nada si te pasa eso?
–No, son profesionales y están acostumbradas. Además, con alguna he mantenido alguna relación y ya nos conocemos bien.
–La chica de hoy era muy guapa –dijo Diana–. ¿Has tenido algún rollo con ella?
–¿Con Saray? No, con ella no. Tiene novio formal. Y además es uno de los técnicos de iluminación, así que tengo que tener cuidado de no excitarme con ella, je, je.
–Supongo que en este trabajo no hay lugar para los celos –comentó Diana.
–No, no es conveniente –respondió Eros sonriendo–. ¿Te apetece tomar algo? Vivo cerca de aquí.
A Diana se le iluminó el rostro. Él la estaba invitando a ir a su casa a tomar algo, lo que ambos sabían bien que era un eufemismo para preguntarle si quería ir a casa a echar un polvo.
–Vale, como quieras. Me apetece tomar algo contigo –dijo sacando la mejor sonrisa de su rostro.

Poco después Diana y Eros estaban sentados en el sofá de la casa de Eros mientras bebían una cerveza.
–Me gustas –dijo Eros de repente mirando a los ojos de Diana.
Diana se sintió alagada y le gustó que él fuera un chico que dijera lo que pensaba sin complejos.
–No te voy a mentir –dijo Diana–. A mí me has gustado desde que te he visto mientras corríamos. Y después, al verte en tu trabajo, confieso que me he excitado bastante.
–La verdad es que después de cada sesión de fotos como la de hoy tengo unas ganas locas de hacer el amor. A veces, según quién sea la modelo, nos solemos enrollar tras el trabajo. Pero como te he dicho con Saray no hay nada que hacer.
Diana sonrió y acercando su rostro al de Eros le besó. Él pasó su mano por detrás del cuello de ella y mientras lo acariciaba suavemente mantuvo el beso un largo momento. Fue un beso cada vez más profundo y la mano de él ayudaba a mantenerlo sujetando la cabeza de ella.
Luego Diana se levantó y se quitó la blusa que llevaba. Eros acarició su vientre y sus pechos y luego Diana se quitó el sujetador. Sus pechos no eran muy grandes y las manos de Eros los cubrían enteros mientras subían y bajaban acariciando su piel. Diana cerró los ojos y se limitó a sentir.
Eros se quitó la camiseta, y Diana le ayudó a quitarse los pantalones. Quería ver el miembro de Eros en acción, pues antes ya lo había visto en reposo durante la sesión. Así que tras quitarle los pantalones le bajó el calzoncillo y agarró con la mano su pene erecto. Era bastante grande y Diana lo acarició un buen rato mientras besaba de nuevo a Eros, quien con la pasión de su lengua indicaba a Diana que sus caricias iban produciendo el efecto deseado, así que la boca de Diana descendió en busca de un objetivo mayor y empezó a chupar el pene brillante de Eros.
Él empezó a gemir echando su cabeza para atrás mientras se dejaba hacer. Diana sabía lo que hacía y sabía cómo complacer a un hombre. Y también sabía que luego llegaría su recompensa, así que se esmeró durante un rato chupando y lamiendo el pene que cada vez era más grande.
Por fin Eros le indicó que lo dejara para no llegar al final antes de tiempo. Diana se irguió, se quitó la falda y las bragas y colocó su sexo cerca de la boca de Eros, que no tardó en cumplir su parte del trato mientras con las manos estrujaba el culo de Diana y mantenía su sexo al alcance de su lengua, que no paraba de deslizarse hacia arriba y hacia abajo. Y mientras Eros se esmeraba en hacer bien su trabajo, Diana con la mano acariciaba el miembro de Eros marcando el ritmo y la intensidad a los que él debía adaptarse en cada momento.
Unos minutos después Diana decidió por fin que ya era hora de sentir el pene de Eros dentro de su sexo, así que bajó su cuerpo y con la mano guio suavemente la penetración, que con el grado de excitación que ella tenía fue sencilla y rápida.
Ahora Eros sujetaba el culo de Diana quien se movía arriba y abajo disfrutando de sentir el miembro de Eros cada vez más adentro. Los vaivenes de Diana se fueron acelerando hasta que Eros no pudo resistir más y se vació dentro de ella. Después, Diana alcanzó el éxtasis y fue amainando sus movimientos hasta que ambos se quedaron quietos, abrazados el uno dentro de la otra.
Terminado el encuentro sexual, ambos se vistieron. Bebieron una copa y se relajaron charlando unos minutos.
–¿Quieres que nos veamos mañana? –Preguntó Eros. –Podíamos quedar para correr.
“Y para corrernos otra vez”, pensó Diana.
–De acuerdo –se limitó a decir–. Me gustaría mucho.
Y así Diana cazadora se dio cuenta de una cosa. Eros había cazado y ella había sido la presa. Pero no le importó.