jueves, 26 de enero de 2017

El circo

Desde hace un par de semanas estoy asistiendo a un curso de Escritura literaria. Subo aquí un ejercicio que hicimos la semana pasada para ver qué os sugiere. ¿Qué creéis que le pasa al personaje?
En negrita pongo el inicio que me pasaron y el resto es lo que yo escribí (y el título).



EL CIRCO

El circo, decididamente.
Hasta el mero hecho de pasar por al lado (porque yo nunca entraría). Hasta el mero hecho de saber que está en la ciudad, en algún lugar, debido a un cartel visto por casualidad
, me aterra.
Soy yo, lo sé. Nunca superé aquel instante, siendo yo un niño, en el que aquel payaso me besó.
Se acercó a mí, sin más. Yo me eché para atrás, pero las piernas de mi padre me impidieron retroceder lo suficiente, por desgracia. Así que el payaso se agachó, me tomó en sus brazos y me levantó hasta acercar mi cuerpo tembloroso a su cara y me besó en las mejillas.
Aún recuerdo el olor a vino. Un olor nauseabundo. Y luego tuve que aguantar allí, toda la función, viéndole moverse de un lugar a otro de la pista. Cada vez que se acercaba hacia donde yo estaba, yo me ponía a temblar temiendo que me volviera a besar aquel hombre que ya no era un payaso, sino un viejo asqueroso.
Y después… Después, cada vez que mi padre bebía, yo lloraba.

sábado, 14 de enero de 2017

Diana cazadora

Diana cazaba. En cada carrera, en cada entrenamiento, Diana cazaba.
Su pasión era correr. Había nacido para ello. Su nombre venía de una diosa romana, Diana cazadora, quien junto a su hermana Minerva eran conocidas como las “vírgenes blancas”, dos diosas consagradas a la virginidad. Pero con el nombre se terminaba su relación con la diosa, pues Diana no solo amaba correr, sino que también amaba amar. Tal vez la caza la unía también a la deidad romana, pero mientras la diosa Diana cazadora, además de cazar con su arco y sus flechas, era cruel y vengativa, Diana, nuestra Diana corredora, era dulce, sensual y no cazaba con armas sangrientas, sino con la voluptuosidad de su cuerpo esbelto y proporcionado.
Cada día que salía a correr, su principal pasatiempo era cazar a otros corredores. Según tenía alguno atractivo a la vista, Diana se colocaba unos metros por detrás y analizaba la pisada del corredor, entendiendo la pisada por todo lo que va de los glúteos para abajo, aunque con más hincapié en los glúteos, si cabe.

Así, en unos pocos metros, ella ya sabía si la presa merecía o no la pena. Si creía que no, aceleraba y buscaba otro. Si creía que sí, ¡ay!, qué suerte tenía el cazado.
Una tarde calurosa de verano, Diana salió a correr con una camiseta ligera y un pantalón ajustado. Sabía que eran sus mejores armas de caza y se dispuso a cazar. No tardó en ver una presa corriendo al otro lado del parque, así que, con poco disimulo, fue acercándose hasta colocarse en posición.
Esta vez la presa se resistía, pues era un corredor rápido. Pero el exhaustivo análisis de la pisada que Diana realizó en pocos metros le convenció de que merecía la pena el esfuerzo, pues se trataba de un joven bien proporcionado, alto y con un cabello castaño que se mecía con cada zancada. Sus piernas eran fuertes, pero a la vez delgadas. Las piernas de un corredor entrenado. Bronceadas por el sol y los kilómetros, avanzaban con una depurada técnica de carrera que hacían que su dueño corriera veloz y ágil sobre el camino.
Diana siguió unos metros más por detrás, hasta que decidió que sería mejor pasar al joven para que así él pudiera admirar el bonito cuerpo de Diana antes de entablar, como por casualidad, una conversación con él. Era una táctica que siempre le daba resultado.
Pero algo no fue bien.
Cuando Diana quiso sobrepasar al corredor, éste aceleró bruscamente. “Maldición” –pensó Diana–. “Está haciendo series”.
Pero Diana no era de las que se rendían fácilmente. Siguió corriendo al mismo ritmo que él y aguantó el tipo durante los cinco minutos en los que el joven se empleó a fondo. Diana a duras penas podía respirar, pero pensó que sería mejor atacar cuanto antes, no fuera que en la siguiente serie la presa se le escapara.
–Corres rápido –le dijo al joven jadeando mientras se colocaba a su lado.
Él la miró, extrañado de que una atractiva mujer le dirigiera la palabra así, sin más, mientras corría. Pero en el fondo eso le alagó y sonrió.
–Sí, bueno, tampoco iba a tope –alardeó como buen corredor que era–. Hoy me tocan series a ritmo medio.
Diana, ya más relajada sintió que la caza iba bien.
–Si quieres podemos hacer las series juntos. Hoy también me toca a mí hacerlas –mintió muy bien, pero no tanto como para que el joven adivinara sus intenciones–. Me llamo Diana, por cierto.
–Yo soy David, pero todos mis amigos me llaman Eros, como el dios del amor. Somos dos dioses –dijo Eros riendo.
Diana pensó que ambos nombres, David y Eros, eran muy apropiados para un hombre tan bien formado, pues el cuerpo del David corredor le recordaba al David de Miguel Ángel. Y Eros, ¡ay!, Eros… Qué de imágenes sugerentes provocaba en Diana ese nombre.
Al terminar el entrenamiento Diana y Eros se relajaron un poco mientras se estiraban.
–¿Y por qué te llaman Eros? –Preguntó Diana con curiosidad.
–Porque me dedico al amor –dijo Eros estimulando aún más la imaginación de Diana.
–¿Al amor? ¿Qué eres? ¿Actor porno? –Rio Diana.
–No exactamente –dijo Eros–. Soy modelo erótico.
–¿Modelo erótico? ¿Posas desnudo para fotos?
–Sí, más o menos. Para fotos y para vídeos eróticos, pero no pornográficos. Normalmente salgo yo solo, o con una o dos chicas desnudas. Pero no hacemos el amor, solo lo aparentamos.
Diana no cabía en sí de gozo. Un hombre guapo, corredor y desinhibido en el amor. Esto prometía.
–Supongo que será un trabajo interesante, pero a la vez difícil, ¿no?
–Sí. La verdad es que me lo paso bien, pero a veces es complicado solo aparentar el sexo cuando estás con mujeres hermosas desnudas, ya me entiendes.
Sí. Diana se lo imaginaba. Se lo imaginaba con todo tipo de detalles.
–Bueno –dijo Eros–, me tengo que marchar. Dentro de una hora tengo trabajo.
–¿Y se te puede ir a ver? –Se atrevió a preguntar Diana.
David dudó un momento.
–Pues,… No sé. Supongo que sí. Normalmente hay mucha gente entre los de equipo técnico y demás.

Una hora después Diana accedía a un pabellón industrial. Allí estaba Eros, junto a una chica muy guapa que Diana supuso que sería la modelo que acompañaría a Eros. Un miembro del equipo técnico le preguntó a Diana que a ver qué hacía allí. Ella se limitó a decir que era una amiga de Eros y pudo quedarse sin problemas.
Un rato después todo estaba listo para empezar la sesión. Era una sesión de fotografías y a Eros y a su compañera les estaban maquillando para evitar los brillos en las fotos. Ambos permanecían desnudos y Diana pudo admirar en su plenitud el perfecto cuerpo de Eros, perfecto hasta el último detalle, el más importante.
Para las fotos los dos modelos se iban colocando en las posturas que el fotógrafo les iba diciendo. Por supuesto, mientras se colocaban a ambos se les veía el sexo claramente, pero luego para las fotos todo quedaba estratégicamente oculto.
Diana veía de vez en cuando las imágenes que iban apareciendo en la pantalla del ordenador que estaba conectado a la cámara. Eran unas fotos muy bonitas, de buen gusto, pero con una carga erótica muy alta, tanto que a Diana le inspiraron un cada vez mayor deseo hacia el cuerpo de Eros.
Al terminar la sesión, Diana esperó a que Eros se vistiera.
–¿Qué te ha parecido mi trabajo? –Le preguntó Eros al juntarse con ella.
–Muy excitante –contestó Diana–. No sé cómo puedes aguantar sin que tengas una clara muestra de excitación –añadió sonriendo con picardía.
–La verdad es que al principio me pasaba a menudo. Tenía una erección y el fotógrafo luego tenía que ingeniárselas para que en las fotos no se viera nada.
–Y las chicas, ¿no dicen nada si te pasa eso?
–No, son profesionales y están acostumbradas. Además, con alguna he mantenido alguna relación y ya nos conocemos bien.
–La chica de hoy era muy guapa –dijo Diana–. ¿Has tenido algún rollo con ella?
–¿Con Saray? No, con ella no. Tiene novio formal. Y además es uno de los técnicos de iluminación, así que tengo que tener cuidado de no excitarme con ella, je, je.
–Supongo que en este trabajo no hay lugar para los celos –comentó Diana.
–No, no es conveniente –respondió Eros sonriendo–. ¿Te apetece tomar algo? Vivo cerca de aquí.
A Diana se le iluminó el rostro. Él la estaba invitando a ir a su casa a tomar algo, lo que ambos sabían bien que era un eufemismo para preguntarle si quería ir a casa a echar un polvo.
–Vale, como quieras. Me apetece tomar algo contigo –dijo sacando la mejor sonrisa de su rostro.

Poco después Diana y Eros estaban sentados en el sofá de la casa de Eros mientras bebían una cerveza.
–Me gustas –dijo Eros de repente mirando a los ojos de Diana.
Diana se sintió alagada y le gustó que él fuera un chico que dijera lo que pensaba sin complejos.
–No te voy a mentir –dijo Diana–. A mí me has gustado desde que te he visto mientras corríamos. Y después, al verte en tu trabajo, confieso que me he excitado bastante.
–La verdad es que después de cada sesión de fotos como la de hoy tengo unas ganas locas de hacer el amor. A veces, según quién sea la modelo, nos solemos enrollar tras el trabajo. Pero como te he dicho con Saray no hay nada que hacer.
Diana sonrió y acercando su rostro al de Eros le besó. Él pasó su mano por detrás del cuello de ella y mientras lo acariciaba suavemente mantuvo el beso un largo momento. Fue un beso cada vez más profundo y la mano de él ayudaba a mantenerlo sujetando la cabeza de ella.
Luego Diana se levantó y se quitó la blusa que llevaba. Eros acarició su vientre y sus pechos y luego Diana se quitó el sujetador. Sus pechos no eran muy grandes y las manos de Eros los cubrían enteros mientras subían y bajaban acariciando su piel. Diana cerró los ojos y se limitó a sentir.
Eros se quitó la camiseta, y Diana le ayudó a quitarse los pantalones. Quería ver el miembro de Eros en acción, pues antes ya lo había visto en reposo durante la sesión. Así que tras quitarle los pantalones le bajó el calzoncillo y agarró con la mano su pene erecto. Era bastante grande y Diana lo acarició un buen rato mientras besaba de nuevo a Eros, quien con la pasión de su lengua indicaba a Diana que sus caricias iban produciendo el efecto deseado, así que la boca de Diana descendió en busca de un objetivo mayor y empezó a chupar el pene brillante de Eros.
Él empezó a gemir echando su cabeza para atrás mientras se dejaba hacer. Diana sabía lo que hacía y sabía cómo complacer a un hombre. Y también sabía que luego llegaría su recompensa, así que se esmeró durante un rato chupando y lamiendo el pene que cada vez era más grande.
Por fin Eros le indicó que lo dejara para no llegar al final antes de tiempo. Diana se irguió, se quitó la falda y las bragas y colocó su sexo cerca de la boca de Eros, que no tardó en cumplir su parte del trato mientras con las manos estrujaba el culo de Diana y mantenía su sexo al alcance de su lengua, que no paraba de deslizarse hacia arriba y hacia abajo. Y mientras Eros se esmeraba en hacer bien su trabajo, Diana con la mano acariciaba el miembro de Eros marcando el ritmo y la intensidad a los que él debía adaptarse en cada momento.
Unos minutos después Diana decidió por fin que ya era hora de sentir el pene de Eros dentro de su sexo, así que bajó su cuerpo y con la mano guio suavemente la penetración, que con el grado de excitación que ella tenía fue sencilla y rápida.
Ahora Eros sujetaba el culo de Diana quien se movía arriba y abajo disfrutando de sentir el miembro de Eros cada vez más adentro. Los vaivenes de Diana se fueron acelerando hasta que Eros no pudo resistir más y se vació dentro de ella. Después, Diana alcanzó el éxtasis y fue amainando sus movimientos hasta que ambos se quedaron quietos, abrazados el uno dentro de la otra.
Terminado el encuentro sexual, ambos se vistieron. Bebieron una copa y se relajaron charlando unos minutos.
–¿Quieres que nos veamos mañana? –Preguntó Eros. –Podíamos quedar para correr.
“Y para corrernos otra vez”, pensó Diana.
–De acuerdo –se limitó a decir–. Me gustaría mucho.
Y así Diana cazadora se dio cuenta de una cosa. Eros había cazado y ella había sido la presa. Pero no le importó.