jueves, 30 de marzo de 2017

El faro del fin del mundo

Había salido de mi casa varios años atrás, huyendo de los hombres, de la sociedad. Atravesé montañas y valles, selvas y desiertos. Encontré muchas formas de soledad. Pero ninguna era suficiente. Siempre alguien me encontraba, y entonces debía seguir huyendo. Siempre escapando, sin poder permanecer en un mismo lugar más de unos pocos meses.
Y ahora parecía que no iba a poder seguir. Rodeado de un paisaje de rocas áridas, y golpeado por un viento atroz e incansable, un inmenso mar oscuro se abría ante mí. Solo un faro se erguía alto, imponente, estremecedor, poderoso. Un faro que señalaba que incluso hasta allí llegaba la civilización. Era el fin, me dije. Y me detuve ante él.

Poco después salió un anciano del faro.
–¿Eres el farero? –pregunté.
–¿Acaso crees que algún otro podría vivir aquí, tan alejado de todo, en el fin del mundo? –me contestó–. Sí, soy el farero. El farero del faro del fin del mundo. No hay nada más allá de este lugar. Es el lugar más distanciado de la gente. Aquí solo estoy yo. Nadie se acerca, está demasiado lejos de todo.
Así que había llegado al fin del mundo. Mi viaje se había terminado. Ya no podría huir a ningún lugar más apartado.
Construí una pequeña cabaña junto al faro y me instalé allí. El farero no me dijo nada.
Las semanas siguientes pude comprobar que no había, en verdad, ningún lugar más apartado de todo, ya que salvo el farero, que no salía nunca de su torre iluminada, nadie se acercaba nunca a ese lugar. Solo el paso esporádico de algún pequeño barco por la costa nos hacía saber que la sociedad aún existía más allá de las rocas en las que vivíamos el farero y yo.
Pero yo estaba inquieto.
Sí. Era el lugar más lejano a todo cuanto existía, pero igual que yo había llegado hasta allí, tal vez alguien llegaría cualquier otro día. Y esa idea me inquietaba. Yo quería estar solo, solo para siempre.
Así que empecé a pensar.
–Tal vez haya algo más allá– me dije mientras miraba al horizonte del océano–. Tal vez pueda construir una embarcación y seguir mi viaje siempre en la misma dirección.
Pasaban los días y no podía quitarme esa idea de la cabeza. Incluso me atreví a llamar al farero para preguntarle si él sabía si más allá del mar habría otro mundo, un mundo sin gente, un mundo en paz, solo para mí.
–Ya te dije que éste es el faro del fin del mundo. No hay nada más allá de estas rocas– se limitó a contestarme y volvió a encerrarse en el faro.
No sabía qué hacer. Tal vez el farero tenía razón y era inútil navegar alejándome del mundo, pues solo me esperaba la muerte en el viaje hacia la nada. Pero por otro lado no podía alejar de mí la idea de que más gente llegara hasta el faro, invadiendo con su presencia el último reducto que me quedaba.
Finalmente me decidí. Construí un pequeño bote, recogí todo lo que pensaba que me sería útil para el largo viaje, y me preparé para marchar. Pensé en despedirme del farero, pero él estaba en su mundo y yo en el mío. Además, me vería marchar desde su torre. Para qué molestarnos el uno al otro.
Dormí por última vez en mi cabaña y al alba me eché a la mar. Desplegué la vela que me había confeccionado y me dejé llevar por el viento. Miré hacia atrás y vi cómo empequeñecía el faro más y más, hasta que dejé de verlo, hasta que dejé de ver el mundo.
Unos días después vi a lo lejos una vela. Una pequeña embarcación venía hacia mí en dirección contraria. “¿De dónde vendrá?”, pensé.
Mientras se acercaba vi que llevaba solo un tripulante, un hombre mayor de larga barba. Cuando ya estaba a mi lado el hombre me gritó.
–¿De dónde vienes? –me dijo.
–Vengo de un mundo horrible, donde la gente se odia y se mata, donde no hay paz –le grité–. Quiero huir de la sociedad maldita que he dejado allí atrás, en mi mundo y voy en busca de un lugar donde no viva nadie, donde pueda vivir solo. ¿Y tú de dónde vienes?
Se quedó un rato en silencio, como contrariado de mi respuesta.
–Yo también me alejo de la gente que he dejado allí –dijo mientras señalaba a su espalda, a la dirección a la que yo me dirigía.

domingo, 5 de marzo de 2017

Don Benigno

Benigno Buendía era un hombre bueno. La bondad residía en él como la maldad habita en otras muchas personas. Cuando nació sólo lloró lo necesario. Y no es que tuviese alguna debilidad, no. Lo hizo por no molestar. Ya desde sus primeros años de infancia se caracterizó por sus buenos actos hacia los demás. Un día, por ejemplo, al ser enviado por su madre a comprar el pan, el panadero le entregó unas monedas de más en las vueltas. Benigno se dio cuenta al llegar a casa y con las mismas se volvió a calzar los zapatos y regresó a la panadería para asombro del panadero, quien decidió no cogerle el dinero al chaval, como premio a su honradez. Benigno era tan bueno que ni siquiera comprendió por qué le pagaban por hacer lo que él pensaba que hacía todo el mundo.
Ya en el instituto siempre ayudaba a sus compañeros cuando se lo pedían, y los profesores lo tenían como un alumno excelente. No es que sacara las mejores notas de su clase, pero nunca se metía en líos y se le podía pedir cualquier favor a sabiendas que haría lo imposible por hacerlo. Nunca copiaba en los exámenes, pero si algún compañero se lo rogaba, no dudaba en chivarle lo necesario.
Cuando llegaba el día de la cuestación a favor de tal o cual buena causa, Benigno colaboraba con parte de su asignación semanal. Una vez que le pusieron una banderita en el pecho y no tenía dinero en el bolsillo, le dijo a la mujer que esperara y fue a casa para volver enseguida con algo para darle.
Al terminar la carrera de Derecho, don Benigno, como ya le conocían en su barrio, montó un pequeño bufete desde el que hacía muchos favores a sus vecinos más necesitados.
-Don Benigno ayude Ud. a mi hijo –le decía una pobre mujer- que se ha metido en un lío con un negocio.
-No se preocupe, Doña Aurora, déjelo en mis manos y todo se arreglará –contestaba Benigno, que no sabía decir que no.
-Pero no puedo pagarle –replicaba la buena mujer, medio sollozando.
-Tranquila, tranquila, de eso no debe preocuparse. Ya me pagarán cuando puedan.
-Es Ud. un santo, don Benigno –terminaban diciéndole todos.
De esta forma, muchas veces trabajaba Benigno por altruismo.
-No puedes seguir así toda la vida –le decía su madre-. Tú también necesitas dinero para poder casarte.
-No se preocupe, madre –contestaba él. -Más se consigue con la conciencia tranquila que aprovechándose de las desgracias ajenas.
-Eres demasiado bueno, hijo. Tan bueno que pareces tonto –rezaba la mujer.
Pero a Benigno no le importaba parecer tonto. Él sólo quería ser justo. Su idea era que para mejorar el mundo lo único realmente útil que una persona puede hacer es ser él mismo justo. Si todo el mundo fuera justo y honrado ya no habría injusticias entre los hombres. Y era consecuente con su idea, incluso ante los que se portaban injustamente con él y los suyos.
Como por ejemplo aquella vez que una persona timó a su madre y a otras personas con unas falsas revisiones del ayuntamiento, y a Benigno le tocó por turno de oficio defender al timador. Y fue tan diligente en su trabajo que logró rebajar la pena de cárcel solicitada por el fiscal a una simple multa.
-Pero bueno hijo. En lugar de ayudar a tu madre y tus vecinos te pones de parte del caradura ése, que lleva toda su vida engañando a la gente honrada.
-Escucha madre, solo habéis perdido un poco de dinero y ese hombre tiene dos hijos. No creo que por cuatro monedas sea bueno meterle en la cárcel. Además, yo como abogado debo defender imparcialmente a mi defendido y había muchas atenuantes en su caso. Si le metieran en la cárcel unos meses, al salir sería mucho peor persona con total probabilidad. De esta forma, viendo que los demás pueden ser justos con él, tal vez comprenda que está siguiendo el camino equivocado.
-Hijo mío –dijo la madre de Benigno- ojalá todo fuese tan sencillo como tú dices, pero la vida no es así.
-No es así porque nosotros no hacemos que así sea. Querer es poder –sentenció él, y se fue al despacho a seguir trabajando gratis.
Benigno también gustaba de ser generoso con los pobres. No podía pasar por delante de alguien que pidiera limosna sin entregarle una dádiva. Los mendigos del barrio conocían esa costumbre suya y se disputaban las esquinas por las que éste solía pasar. “Muchas gracias, señor –decían siempre entre reverencias- Dios le recompensará” y se guardaban el dinero esperando volver a encontrar pronto al bueno de don Benigno.
Así, entre donativos a los pobres, a la parroquia del barrio y a cuantas buenas obras le propusieran, y con sus trabajos gratuitos las más de las veces, le llegó un momento en el que comenzó a pasar apuros económicos. Llevaba un tiempo ahorrando un poco para la compra de un piso y en los últimos meses había tenido que disminuir la cantidad mensual que dedicaba a este menester.
Su fin comenzó un día simplemente con un pequeño cambio. Uno de sus pobres habituales esperaba como siempre en la esquina a que su principal benefactor le ofreciera su acostumbrada cantidad. Al llegar al lugar Benigno se paró mecánicamente y sacó unas monedas de su monedero. Cuando se las iba a entregar al pobre se detuvo, y tras mirar la mano un momento, le entregó la mitad de la cantidad acostumbrada. El hombre le miró extrañado y casi con mala cara, le pareció a Benigno, como si le hubiesen engañado.
Al entrar en la oficina Benigno se sentía mal. Durante toda la mañana apenas pudo apartar de su mente la mirada del pobre, de su pobre. Al salir para casa cambió su habitual recorrido por otro con el fin de no cruzarse con ningún mendigo en la calle.
Los siguientes días hizo lo mismo y llegó a rechazar un caso de un vecino pues no podía permitirse el lujo de perder el tiempo en un trabajo que no iba a cobrar.
-Me ha dicho doña Paca –le comentó un día su madre- que el otro día no quisiste ayudar a su hijo.
-Eso no es cierto –se defendió.- Sí quisiera ayudarle, pero no puedo. Si acepto su caso no tendría tiempo para poder resolver pronto los otros casos que tengo de clientes que me pagarán al solucionarlos, y necesito el dinero.
-Ya, tienes razón, pero debes comprender que la gente del barrio te necesita y está acostumbrada a contar siempre con tu ayuda.
-Pues ahora no puedo ofrecérsela. –Y se acostó en la cama aunque no pudo pegar ojo en toda la noche.
Al día siguiente no fue a trabajar. Se encontraba enfermo. No podía quitarse de la cabeza la imagen del pobre, su mirada.
“Yo le di todo lo que podía en ese momento –pensaba sin cesar-. Ya sé que no era mucho pero, qué más quería. No es mi obligación darle dinero, se lo doy porque quiero y le doy lo que puedo. Además, siempre me he portado bien con él y con los demás, y ahora que necesito que se porten bien conmigo así me lo agradecen. Y que conste que yo al ayudarles no buscaba su gratitud. Yo lo hacía de manera altruista, desinteresadamente, como se deben hacer los favores, sin esperar otro a cambio, ya que entonces deja de ser un favor y es una transacción comercial, un intercambio de servicios. Pero, qué quieres, hoy por ti mañana por mí. No es que tengan todos a los que ayudé ninguna obligación para conmigo, pero...”. Y con estos pensamientos que le atormentaban se dormía y con los mismos se despertaba.
Así pasó don Benigno ocho terribles días tras los cuales decidió no ayudar nunca más a nadie para que no se mal acostumbraran a que un acto voluntario se convirtiera en obligatorio. Primero sería él y después ya se vería.
Cuando por fin se sintió con fuerzas para volver a salir a la calle, Don Benigno había cambiado. No intentaba siquiera evitar los incómodos encontronazos con los mendigos, sino que simplemente pasaba a su lado sin ni siquiera mirarles. Ellos al principio esperaban algún gesto del que por mucho tiempo había sido su benefactor. No podía un hombre cambiar tanto de la noche a la mañana. Pero pasaban los días y don Benigno seguía impertérrito ante sus silenciosas y escandalosas súplicas.
Una mañana don Benigno se encontraba solo en su despacho trabajando con gran concentración entre varios documentos importantes. Tocaron al timbre y con gran disgusto hubo de levantarse a abrir la puerta. Allí se encontró frente a frente con un hombre que por su aspecto estaba claro que mendigaba de puerta en puerta en pos de alguna ayuda.
-¿Qué quiere? –preguntó don Benigno con mal humor.
-Perdone que le moleste, pero tengo tres hijos y me he quedado sin trabajo, y por la voluntad le limpio los cristales. Es la voluntad, lo que Ud. quiera.
-Mire, no necesito que me limpien los cristales, ya se encarga una persona de la limpieza.
-Es solo un momento, y no se lo pido por mí, es por mis hijos. Ud. me da lo que quiera y le dejo los cristales impecables. No le molestaré mucho.
Don Benigno intentó en vano librarse de aquella molestia. Tanto insistió el hombre que no le quedó otro remedio que acceder a que invadieran su intimidad.
Poco después el hombre le dijo que ya había terminado y Benigno sacó del bolsillo la cantidad de dinero que él creía justa y suficiente, y se la entregó.
El hombre miró las monedas y después miró a don Benigno a la vez extrañado y enfadado. Al parecer la cantidad que para uno era justo para el otro era una miseria indigna del trabajo por él realizado.
-¿Se está usted burlando de mí? -preguntó el hombre- ¿Se está usted burlando de mis hijos?
-Perdone, pero me dijo que le diese lo que yo quisiera, la voluntad.
-Pero... Esto... Esto no me lo da nadie.
-Ni esto, ni nada. Qué quiere usted, que le pague como a un profesional, pues haberme dicho desde un principio su tarifa. Casi me obligó a ayudarle, por sus hijos, y ahora me viene con éstas. Pues ahora ni esto le doy, no le doy nada. –Y se metió las monedas al bolsillo y echó del despacho al sorprendido mendigo dándole con la puerta en las narices.
Aquello se propagó rápidamente entre las gentes del barrio, y no tardaron algunos en cambiarle el nombre por el de Maligno. Su metamorfosis había sido total. De grácil e inocente mariposa habíase convertido en venenosa y repugnante oruga.
A Benigno eso del nombre no hizo más que reafirmarle en su idea de la ingratitud de la gente para con él. “Tantos años siendo bueno para qué, –pensaba- para ser un imbécil. Un idiota es lo que he sido, pero ahora ya no lo seré más. Que sean otros los idiotas para mí. Espero que vuelva a la oficina el de los cristales. Le diré que me los limpie a fondo y después, puerta. No decía que la voluntad, pues mi voluntad será aprovecharme de él.”
Ya no pasaba junto a los mendigos sin mirarles. Ahora procuraba hacerles la vida imposible para que se fueran lejos de su territorio. Si alguno pedía limosna con un periódico social en la mano, Benigno le pagaba lo que oficialmente valía el diario y se lo llevaba para que no tuviese una excusa para pedir sin pedir. “No aguanto a la gente que pide limosna y no te dice que la pide –solía decir. -Si vende el periódico que lo venda y si mendiga que mendigue, pero que no nos traten de confundir y de engañar. Estaría bueno”.
Otra vez vio a un joven que se situaba junto a los transeúntes con un cartel con el que decía que tenía hambre. Con ello lograba que mucha gente, sobre todo ancianas, le dieran unas monedas. Don Benigno al verle entró en una panadería y compró una barra de pan que intentó entregar al chaval. Éste, al ver que en lugar de dinero le daba pan, maldijo a don Benigno y se fue de la esquina. Benigno se rió y mientras el joven se retiraba le gritaba: “No tenías hambre. Pues cómete el pan. ¡Ladrón! ¡Aprovechado! ¡Caradura!”.
No tardó Benigno en enemistarse también con sus amigos, ya que ahora no se fiaba de nadie y siempre pensaba que los demás querían algo de él al ofrecerle su amistad, aunque esa amistad tuviera años de solera.
Y tampoco le iban tan bien como él hubiese deseado los asuntos de negocios ya que no tenía la menor paciencia con los clientes que no fuesen a dejarle una buena minuta.
Don Benigno se iba quedando solo. Logró comprarse el piso que quería. Uno amplio y bien situado en la ciudad. Y ahora que ya vivía en su propia casa ni siquiera su madre iba a visitarle. Y lo peor era que a él no le importaba, y no se daba cuenta de ello. Su corazón estaba enfermo. O quizás ya ni tenía corazón. Pudiera ser.
Un día, al pasar por el parque tras un juicio, se paró a atarse un zapato. Se acercó a él un niño pequeño, de unos dos años de edad, con un coche de carreras. Benigno se sentó a mirarlo. Era un niño alto para su edad y parecía muy contento con su coche. Enseguida se dio cuenta don Benigno que el coche no era suyo, se lo había encontrado en un rincón del parque y cada vez que se le acercaba otro niño le preguntaba si era suyo, pero todos le contestaban que no y él seguía jugando encantado de la vida.
Don Benigno pensó que era raro que el niño preguntara a los demás chavales si eran los dueños del juguete, ya que a esa edad lo normal es que los niños piensen que todo lo que hay a su alcance les pertenece. Y más extrañado todavía se quedó cuando la madre del crío le llamó para irse a casa y el niño dejó el cochecito donde lo había encontrado por si volvía su verdadero dueño, y eso que su madre le dijo que se lo podía llevar a casa.
El niño se marchó y don Benigno se quedó.
Se quedó mirando cómo se alejaba el niño de la mano de su madre y no podía evitar pensar dónde había visto antes a ese niño.
Hasta que se dio cuenta.
Ese niño era él mismo, pues así había sido él de pequeño, bueno, como si su nombre le hubiese marcado su carácter, un carácter que había cambiado tanto en tan poco tiempo, desde aquel día en que su pobre le miró mal.
Don Benigno regresó a casa. Volvió a esquivar a los pobres por el camino. No se atrevió a pasar junto a ellos despreciándolos como había hecho en los últimos tiempos, pero tampoco se atrevió a volver a darles un óbolo como antiguamente. Era demasiado orgulloso como para reconocer que se había equivocado y que había sido cruel de manera premeditada.
Llegó a casa y se encerró en ella. Estaba confuso y no sabía cómo resolver el dilema que comenzaba a corroerle las entrañas. Ya no podía seguir siendo don Maligno por más tiempo pues su anterior personalidad justa y buena había regresado de dentro de su ser. Pero tampoco podía actuar como si nada hubiese pasado. Todo lo malo que había hecho en los últimos meses estaba ahí, y no podía borrarlo de su memoria ni, lo que para él era peor, de la memoria de los demás. Ya no era don Maligno, pero tampoco podía volver a ser don Benigno ya que éste nunca hubiera tenido un tachón tan grave en su historial de bondad impoluta.
Don Benigno se acostó con esta idea en la cabeza. Tomó unas pastillas para dormir... y durmió.

(c) Javier Sánchez-Beaskoetxea, 2003.