sábado, 8 de abril de 2017

Giselle

Ah, Giselle, mi Giselle, mi dulce y sensual Giselle. Ahora, en estas noches solitarias sin más compañía en mi velero que el susurro de las olas y el lento flamear de las velas, aún siento tu cuerpo junto al mío en la cubierta en aquellos días de pasión. Mis manos anhelan acariciar una vez más tu piel, sentir tus generosos pechos, pellizcar tus prietas nalgas. Ah, aquellas caricias, que de la más pura muestra de cariño transformábanse raudas y agitadas en lujuria sin freno sobre nuestros cuerpos. ¡Quién pudiera volver a aquellos días! ¡Quién fuera el afortunado de vivir de nuevo en tu isla!

Recuerdo muy bien el día que llegué a tus costas. En la arribada me había cruzado con otro barco también tripulado por un solitario navegante. Un barco que se alejaba de tu isla. No me fijé entonces apenas en las lágrimas que asomaban en los ojos de aquel marino. Ahora las comprendo muy bien.
Fondeé en la pequeña bahía que protegía a los barcos de la furia de la mar, y poco después, al pisar la playa por primera vez te vi. Eras tan hermosa, allí, tumbada sobre la arena blanca, que no pude mirar a ningún otro sitio. Solo tú llenabas mis ojos, incluso desde la lejanía. Hipnotizado por tu cuerpo y arrastrado por el deseo de ver de nuevo a una mujer después de tantos días de solitaria navegación por el océano, me acerqué hacia ti. Recuerdo cómo te giraste y me sonreíste. Luego me senté junto a ti y así estuvimos un tiempo sin hablar, solo mirándonos.
Por fin junté valor y me presenté. Tú me dijiste tu nombre y yo me enamoré. No había otra cosa que pudiera haber hecho en esas circunstancias. Tardé varios días en comprender que estabas sola en tu isla, y cuando te pregunté por qué, tú solo me dijiste que estabas tratando de encontrarte a ti misma. Yo no dije nada, pero deseé que te encontraras, y deseé que lo hicieras conmigo.
Durante las semanas que me dejaste compartir tu vida en tu isla pensé que yo también había encontrado por fin un lugar donde dejar de tener que navegar de aquí para allá. Tal vez, sin yo saberlo, mi destino también era el de encontrarme a mí mismo, pero habiéndote encontrado a ti eso no me preocupaba en absoluto.
Los días transcurrían sin preocupaciones. El sol brillaba en el cielo y nuestra vida era tan sencilla que el mundo había desparecido para nosotros. Teníamos todo lo que necesitábamos, y nuestra única preocupación era gozar de la vida, gozar de nuestros cuerpos, del sexo y del amor.
–¿Crees que ya te has encontrado? –me atreví a preguntarte un día.
Tú me miraste antes de contestar.
–Tal vez sí –dijiste mirando al horizonte.
–¿Y en qué lugar estoy yo en tu vida? –pregunté no sin temor a la respuesta.
No respondiste de inmediato. Seguiste un buen rato mirando al horizonte, como si estuvieras pensando en la respuesta, o como si estuvieras eligiendo las palabras exactas con las que contestarme sin herirme.
–Creo que tú me has ayudado a saber realmente qué quiero y quién soy –dijiste al fin–. Todos los hombres que habéis pasado por esta isla me habéis ayudado en cierto modo.
–¿Pero? –añadí, mirándote a los ojos sabiendo que había algo que no me iba a gustar saber.
–Pero creo que aún me falta algo más de tiempo para conocerme, me falta una experiencia más.
Al día siguiente preparé el barco y me hice a la mar una vez más sin rumbo. Mientras me alejaba de la isla otro velero llegaba con otro navegante solitario. Al cruzarnos me miró. Él me vio llorar y yo le deseé suerte.