sábado, 13 de mayo de 2017

El faro del Cabo Bon

Subo otro ejercicio que he escrito para el taller de ficción literaria en el que estoy participando. En este caso se trataba de escribir un relato de ficción basándonos en alguna anécdota curiosa que nos haya ocurrido alguna vez.
La anécdota en la que me he inspirado me ocurrió navegando en el petrolero "Muñatones" hacia Libia, cuando se apagó la luz del faro del Cabo Bon, en Túnez, en plena noche mientras pasábamos por sus inmediaciones. Algo curioso.


El faro del Cabo Bon

–Ven. Siéntate a mi lado e invítame a un trago chaval –me dijo aquel viejo arrugado desde un rincón de la vieja taberna a la que acababa de entrar.
Yo acababa de llegar al puerto y solo buscaba un barco que necesitara un marinero. Ya hacía un par de meses desde que había abandonado la goleta del capitán Enbil, ese viejo vasco amargado. Buen marino, pero triste y solitario con el que los días a bordo parecían durar semanas, las semanas meses y los meses años. Me alegré cuando por fin pude desembarcar, pero ahora debía buscar un nuevo barco porque mi paga tocaba a su fin.
El puerto de Plymouth era ideal para mis planes. A la entrada del Canal de La Mancha, era un puerto muy concurrido por todo tipo de barcos que se pertrechaban en él antes de lanzarse a cruzar al Atlántico hacia los puertos americanos o hacia la ruta de las Indias Orientales. Rápidas goletas, viejas bricbarcas de tres palos, grandes fragatas de la Armada,… Todo tipo de barcos se apretaban en los muelles y en el fondeadero en una actividad frenética de carga y descarga de todo tipo de mercancías.
Yo estaba seguro de que alguien como yo, joven, fuerte y con experiencia de marinero y ágil en los mástiles con las velas, no tardaría en encontrar trabajo. Por eso, nada más llegar al pueblo me había dirigido al puerto y me había sentado en esa pequeña taberna para comer algo antes de buscar una pensión barata para los siguientes días.
–Venga chaval –insistió el viejo–, si me invitas a un trago te contaré una bonita historia.
En fin. Yo no tenía nada que hacer mientras esperaba a que me sirvieran la comida. Miré al viejo y vi en su rostro y en su mirada la vida de muchos años pasados en la mar. Así que, cogí mi silla y me acerqué a su mesa.
–Así me gusta, ahora pide unas cervezas, amigo –me dijo sonriendo con una boca desdentada y sucia.
Sus manos empezaron a moverse impacientes cuando la hija de la tabernera, una joven rolliza y de rostro sonrojado, depositó dos buenas jarras de cerveza en la mesa. El viejo, que hasta entonces se había movido con torpeza, se mostró ágil para asir con una mano una jarra, que se llevó a la boca y que despachó en un trago largo e impaciente, y con la otra acercó la segunda jarra al borde de la mesa que tenía más cerca. Yo, sorprendido por la rápida jugada del viejo, busqué con la mirada a la contundente camarera y le pedí, casi supliqué, otra cerveza para mí.
–Los puertos de todo el mundo –comenzó a hablar tras saciar su sed– están llenos de marineros borrachos que solo saben contar historias inventadas que se repiten igual en Inglaterra, en Hong Kong o en San Francisco. ¿No crees?
Asentí sin soltar mi cerveza.
–Yo he navegado desde que tenía trece años por todo el mundo –prosiguió–. Habré cruzado decenas de veces el Cabo de Hornos y he dado varias vueltas al mundo bajo el mando de los mejores capitanes ingleses que hayan existido. Y siempre, aquí, en China o en el Mar de la Plata he oído las mismas historias, las mismas leyendas contadas por marineros que siempre dicen que les han pasado a ellos. Mentira. No son más que fantasías inventadas por hombres borrachos deseosos de hablar con cualquiera que no sean sus compañeros a los que están hartos de ver tras meses y meses de convivencia en un cuchitril dentro de un barco maloliente.
–¿Sabes qué? –me dijo–. Yo conozco una historia que sí que es cierta. Una historia terrible. ¿No tendrás miedo de escucharla, no?
Le dije que no, que tenía ganas de oírle contar esa historia. La verdad es que el viejo me estaba entreteniendo, así que, por mí adelante. Ya podía hablar todo lo que quisiera y lo que la cerveza le dejara.
–Supongo que te resultarán conocidas esas viejas historias de gentes de costa, rapiñadores de náufragos que apagan la luz de los faros de los lugares más peligrosos de las rutas marítimas y que encendiendo grandes fuegos confunden a los navíos para que naufraguen y poder así robar sus mercancías.
La verdad es que ya había oído hablar de esas historias. Por supuesto, nadie me había confesado que en su pueblo lo hicieran, pero está claro que esos casos se daban. Atraían en las noches de tormenta a los barcos con luces falsas y luego mataban a la tripulación y robaban las mercancías. Me imaginé que el viejo me contaría algún caso que él había vivido.
–No sé si conoces el cabo Bon. Si has viajado por el pequeño Mar Mediterráneo habrás pasado cerca más de una vez. Es un cabo que remata una pedregosa península solitaria con altos acantilados en los que hay un viejo faro tenebroso. Pues bien. Esta historia me la contó en persona el mismísimo capitán Fokke, el holandés errante. Si no has oído hablar de él es que no eres un marino de verdad. Yo navegué con Fokke muchos años. Un gran marino, un buen capitán y nada dado a mentir. Así que, si él me lo contó así, es que así sucedió.
>>Esto ocurrió hace unos cincuenta años. Una naviera de Londres, la White Line Shipping Company, había establecido una ruta entre Londres y El Cairo. Ya se había decidido la construcción del Canal de Suez y una línea regular entre Inglaterra y Egipto iba a ser un buen negocio.
>>Durante el primer año todo marchaba bien. Los barcos iban y venían sin novedad y las mercancías viajaban seguras en sus bodegas. Pero después, uno de los barcos desapareció mientras se dirigía a El Cairo. Fue visto por última vez en Gibraltar, donde había hecho una breve escala para dejar a un par de pasajeros. Por supuesto fue una gran pérdida para la compañía, y sobre todo para las familias de los desaparecidos. Pero el riesgo marítimo en cualquier viaje está siempre presente y los demás buques de la naviera siguieron haciendo la ruta.
>>Un mes después, otro de los barcos desapareció mientras volvía a Inglaterra. La misma historia. Lo habían visto cerca de Malta, rumbo a Gibraltar. Los dueños de la empresa no se limitaron a maldecir su mala suerte. Decidieron investigar. Dos de sus buques se habían perdido entre Gibraltar y Malta. En algún sitio tenían que estar sus restos. Así que en el siguiente barco que zarpó de Londres embarcaron dos inspectores de la naviera. Su misión era explorar las costas del norte de África en busca de restos de los naufragios mientras viajaban a Egipto.
>>Durante varios días el barco fue costeando Argelia y luego Túnez sin encontrar ningún rastro de naufragio alguno. Por fin, cuando se acercaban al Cabo Bon, en plena noche, el capitán del buque llamó a gritos a los inspectores.
–Miren allí –les gritó señalando a la oscuridad en dirección a la costa–. Hace un momento teníamos a la vista la luz del faro de Cabo Bon, y ahora no hay nada, se ha apagado.
>>Al perder la orientación que la luz del faro les brindaba, poco a poco el buque fue derivando hacia tierra empujado por las traidoras corrientes de la zona sin que nadie a bordo pudiera percatarse a tiempo. Y mientras el capitán y sus oficiales miraban hacia la negrura tratando de situarse y de dirigir su nave hacia aguas libres y abiertas, una potente luz surgió de la nada en el horizonte.
–¡Allí! –gritó uno de los inspectores–. Ha vuelto la luz del faro.
>>Pero ya era tarde. Lo único que vieron es que la luz del faro iluminaba las rocas a las que se dirigían y no tuvieron tiempo de cambiar de rumbo. El barco se estrelló contra los bajos que rodean al Cabo Bon y allí encontró su final otro navío de la White Line Shipping Company.
>>Solo hubo un superviviente. Uno de los inspectores, el Sr. Davies, logró asirse a un barril y salió vivo de entre las olas y las rocas. Por fin llegó a una playa donde pudo recuperar el aire.
>>Al amanecer, el Sr. Davies se despertó magullado. Vio los restos del naufragio y algunos cuerpos. Caminó por la playa en busca de más supervivientes, pero no encontró a nadie vivo. Después, en una zona de rocas descubrió algunos restos del primer buque de la compañía desaparecido. Ahora sabía lo que había pasado con sus barcos. El Sr. Davies recordó las historias de los buitres del mar, de los rapiñadores de naufragios provocados, y supuso que éste era uno de esos casos.
>>Pero algo no encajaba en esa explicación, ya que las mercancías de los barcos naufragados aún se encontraban desperdigadas por la zona, y nadie había acudido a robar nada. Si fuesen ladrones de barcos ya habían tenido tiempo de acudir a por su botín, y él estaría seguramente muerto a manos de uno de esos facinerosos. Davies vio a lo lejos la torre del faro del Cabo Bon en lo alto de un acantilado, y decidió acercarse para ver si el farero sabía lo que había podido pasar. Cuando llegó al faro, comprobó que nadie vivía allí desde hacía tiempo. No había ningún resto de actividad humana en la casa del farero.
>>Al anochecer, la luz del faro se encendió sola. Davies no daba crédito a lo que veía. En todos los faros del mundo la luz era encendida por un farero. Era imposible que la lámpara se encendiera sola, así que Davies subió hasta la sala donde se encontraba la lámpara del faro. Al llegar arriba Davies vio que la estructura de vidrio de las lentes de Fresnel giraba con normalidad, pero lo que dejó atónito a Davies fue el comprobar que la luz del faro estaba encendida aunque no había una sola gota del aceite de combustible. Y después, para mayor sorpresa aún de Davies, el faro se apagó.
>>Davies miró hacia el horizonte y vio las tenues luces de un barco que navegaba por la zona. Mientras lo miraba comprobó que, al apagarse la señal salvadora del faro, el buque cambiaba de rumbo hacia el mismo destino que los otros navíos. Intentó por todos los medios encender la luz del faro a tiempo, pero no pudo. Y de repente, ante la incredulidad del Sr. Davies, la luz del faro se encendió cuando ya era demasiado tarde para los pobres tripulantes del pequeño barco.
>>Davies fue rescatado un día después por un pesquero y regresó a Inglaterra, donde a duras penas pudo explicar su historia.
–Fue el faro, el faro asesino –me dijo el viejo mientras agitaba su jarra indicándome que necesitaba otra cerveza.