lunes, 17 de julio de 2017

El viejo de Dorretxu

Fragmento de mi primera novela "Y, sin embargo...". No la recomiendo a nadie, pero este pasaje me gusta.


El viejo de Dorretxu

   El viejo de Dorretxu, como le llamábamos en el pueblo, era para los niños algo así como el hombre del saco, el coco. Vivía en una chabola cerca de la torre del faro y nunca salía de ella. Para nosotros siempre había vivido solo y siempre había sido viejo. Además, le suponíamos un pasado turbio y criminal. Acercarse a su chabola era ser muy valiente o muy loco. No se nos había ocurrido pensar nunca que él también había sido un niño y menos aún que podía haber tenido familia. Simplemente era el desagradable viejo que vivía cerca de la torre del faro, el que nos gritaba si le robábamos higos de su higuera y más de una vez nos calentaba con su cachaba.
   Un lunes de agosto mi primo Alex nos dijo que su tío nos dejaba el bote. Como hacía muy buen tiempo y la mar estaba como un espejo, decidimos aventurarnos a ir remando hasta el faro y bucear allí.
   Era bastante arriesgado para una cuadrilla de niños como nosotros el ir a remo hasta el faro. Desde el puerto hasta allí había unas dos millas, lo que para nosotros podía suponer estar bastante más de una hora remando y no había ninguna playa ni cala propicia para varar el bote en caso de emergencia.   Pero, qué nos importaba eso a nosotros. Éramos seis para relevarnos con los remos, hacía buen tiempo y teníamos todo el día por delante. Así que pedimos a nuestras madres que nos prepararan unos bocadillos y fuimos corriendo al puerto.
  Zarpamos con el ánimo alerta a la aventura y con las ansias intactas. Mi hermano Andoni y yo fuimos los primeros en remar. Decidimos que haríamos el relevo cada diez minutos y así no nos cansaríamos apenas. Salimos del puerto y pusimos proa hacia el faro. Las motoras de los pescadores nos pasaban rápidamente. Un pariente de Asier, uno de los chicos de la cuadrilla, al rebasarnos nos gritó riendo que si íbamos a buscar la isla del tesoro. Le contestamos con toda seriedad que no, que a la isla del tesoro habíamos ido la semana anterior. Él se rio aún más y se alejó.
  Pasaron los primeros diez minutos e hicimos el primer relevo. Yo me había cansado más de lo que pensaba, pero no dije nada ante mis amigos por no quedar mal. Avanzábamos poco a poco pero sin pausa y finalmente al cabo de casi hora y media llegamos a las cercanías del faro. Nos acercamos a la costa y, tras no pocos esfuerzos, encontramos una roca en la que poder desembarcar. Después de amarrar bien el bote exploramos un poco el lugar, pero no había mucho que ver, solo unos treinta metros de rocas por las que moverse y ningún paso para acceder al pinar que había más arriba. Era un acantilado casi vertical.
  Preparamos los bártulos de bucear y nos metimos en el agua que estaba muy agradable. Así fuimos pasando el día entre zambullidas y bocadillos. El fondo era allí muy espectacular, con mucha roca y poca arena, y pudimos pescar un par de pulpos y un cabracho bastante grande.
  A media tarde decidimos volver al pueblo. Estábamos bastante cansados y no queríamos arriesgarnos a que se nos hiciera de noche para no asustar a nuestras familias. Recogimos todo en la chalupa y comenzamos a remar en el mismo orden que lo habíamos hecho a la ida.
  Nada más comenzar a remar nos dimos cuenta que había una fuerte corriente de marea que nos llevaba un poco mar adentro pero en nuestra dirección. Como yo iba remando por babor tenía que dar las paladas más largas para compensar la corriente y mantener el rumbo derecho y tuve la mala fortuna que al forzar el gesto en una de las paladas, el estrobo se salió del tolete cayéndoseme el remo al agua.
  Sin pensarlo dos veces salté para no perderlo. Enseguida lo atrapé e intenté nadar de nuevo hacia el bote, pero la corriente lo arrastraba más rápido de lo que yo podía nadar. 
  Desde el bote mi hermano y los demás me gritaban para que nadara más rápido mientras con el remo que les quedaba procuraban frenar su marcha pero con poco éxito. Hice un último esfuerzo para lanzarles el remo que yo llevaba pero no les llegó. Empezaba a estar exhausto y a la vista de que no les alcanzaría decidí nadar hacia la orilla. Ellos seguían gritándome pero yo ya no oía lo que decían.     Llegué hasta las rocas casi medio muerto. Miré hacia el bote, que ya estaba bastante lejos, y vi cómo intentaban enfilarlo hacia el pueblo con un solo remo.
  De repente me entró miedo, pero me esmeré en pensar con frialdad y no dejarme llevar por el pánico y la ansiedad. Siempre he tenido esta actitud en mi vida ante los contratiempos. Nunca he entendido cómo la gente ante un accidente o ante un incendio solo se para a lamentarse, a llorar o a rezar en lugar de hacer algo útil. Las lamentaciones no sirven para sofocar el fuego. Años después, navegando, esta tranquilidad mía me salvaría de más de un buen apuro.
  Me senté a descansar y a ponderar mi situación. Con la corriente que arrastraba al bote incluso con solo un remo no tardarían más de hora y media en llegar cerca del puerto y desde allí cualquier motora de cualquier pescador en un santiamén estaría aquí para recogerme, incluso antes de anochecer.
  Como todavía hacía calor decidí quitarme la ropa para que se secara y descansar mientras esperaba que vinieran a rescatarme.
  Pasó una hora larga y calculé que mis amigos estarían ya cerca del rompeolas. Probablemente alguien les había visto y estarían ya de camino hacia el faro. Me vestí y di una vuelta por las rocas.       No dudaba de que vendrían a recogerme pero se me ocurrió que no estaría de más intentar encontrar un camino de acceso al pinar, más que nada por si tardaban en llegar más de lo que yo calculaba.
  De repente me vino a la mente una idea que me dejó helado. ¿Y si no habían podido dirigir el bote hacia el pueblo? La corriente iba mar adentro, recordé. Ahora buscar una vía de acceso hacia el pinar pasaba a ser fundamental. Ya no se trataba de mí, sino que mis amigos y mi primo podían estar solos en medio de la mar. Tenía que avisar a alguien.
  Comencé a trepar por las rocas, pero no pude subir más de dos metros antes de quedarme bloqueado. Lo intenté por otro lugar agarrándome a las zarzas y a los helechos hasta hacerme heridas en las manos, pero de nuevo fracasé.
  Casi estaba a punto de darme por vencido cuando una escala se descolgó por el acantilado.
  “Ya están aquí –pensé-. Han venido por la carretera en vez de por mar”. Rápidamente me puse a subir por la escala gritando “¡Eh! ¡Estoy aquí, chicos!”. Pero cuando estaba casi arriba el corazón me dio tal vuelco que si él no llega a asirme del brazo me hubiera caído.
  No eran mis amigos quienes estaban allí, ni mi padre, ni ningún pescador. Era el viejo de Dorretxu el que me había rescatado.
  -Cogiendo persebes, ¡eh! -me dijo-. Es peligrosa la mar. No conviene andar solo por las rocas a estas horas.
  Intenté explicarle que no había venido solo, pero entre el cansancio y el susto no me llegaba el resuello para hablar.
  -Venga. Vamos a mi casa y te daré algo caliente de comer-. Y agarrándome del brazo con mucha fuerza me levantó del suelo. Pensé en echar a correr pero me dije que si me había rescatado de las rocas no sería tan mala persona, y además tenía hambre.
  Entré en su casucha con más miedo que vergüenza y me dijo que me sentara en la mesa. Sacó un par de huevos y un trozo de chorizo y encendió el fuego.
  -Toma. Para que piques algo de mientras.
  Me puso un pedazo de pan y un vaso de vino y, dándole las gracias, comencé a comer con bastantes ganas. Le expliqué que tenía que irme al pueblo porque mis amigos podían estar perdidos, pero el aroma de los huevos y el chorizo frito me hicieron pensar que sería mejor recuperar primero las fuerzas.
  -No te preocupes. Enseguida iremos en su busca.
  Eché un vistazo a la chabola. No estaba del todo mal. Parecía bastante recogida, demasiado incluso para un hombre mayor que vivía solo. Era pequeña. A un lado un camastro y al otro la cocina con una mesa y una silla. Lo justo y necesario para vivir.
  De las paredes colgaban multitud de objetos náuticos: aparejos de pesca, nasas, un pequeño timón, un sextante medio oxidado.
  -¿Ha sido usted pescador? -me atreví a preguntarle.
  -No, hijo. Yo fui marino mercante. Capitán -contestó con un tono orgulloso-. Mi padre era marinero en un viejo atunero de Ondarroa, y siempre me desía que ni se me ocurriera ir nunca en un barco de pesca, que no había más que patanes e ignorantes y que solo pensaban en beber vino y cobrar la partija. “Haste capitán y conose mundo”, me desía.
  >>Así que me puse a estudiar mientras la mayoría de mis amigos ya ganaban sus buenos duros en la mar. Cuando acabé los estudios en la Escuela de Náutica me embarqué en un vapor e hise muchos viajes por África y Sudamérica. Llegué a mandar un gran barco que iba de Bilbao a Inglaterra. Llevábamos hierro y traíamos planchas de asero para los astilleros. Fue una buena época y, como estaba mucho por aquí, me casé con una aldeana. Cuando yo venía a casa me trataba siempre muy bien las primeras semanas y en cuanto comenzaba a chillarme demasiado, pues me iba al barco otra ves. Era un buen arreglo.
  Yo le escuchaba muy atento mientras engullía la comida. Estuve varias veces a punto de interrumpirle para hacerle alguna otra pregunta, pero entre que él no paraba de hablar y el hecho de que me resultaba bastante agradable escuchar su tono de voz, su acento y su historia, para mi fantástica, decidí dejarle seguir.
   -Pasé sinco años así, de aquí para allá y vuelta a empesar. Hasta que me cansé y desidí quedarme en el caserío de los suegros con la mujer y las vacas.
  >>No tardé ni un año en desirme “Juanito, esto no es para ti. Lo tuyo son los barcos y no andar detrás de las gallinas”. Así que me busqué otro barco y me fui a la mar otra ves.
  >>Tuve suerte porque encontré un vapor que hasía la ruta entre Japón y San Francisco y estuve casi dos años sin venir. Cuando vine me enteré que había tenido una hija y mi mujer ni me desía una palabra. Le verdad es que tampoco me importó mucho, así que me fui a una pensión de Bilbao, en la calle Tendería, todavía recuerdo.
  Yo ya ni me acordaba de mis amigos ni de mi aventura en las rocas. Estaba cautivado escuchando al viejo. Hacía ya rato que me había terminado la comida y él seguía hablando sin parar sentado en el camastro. Ni siquiera me miraba. Solo miraba a la pared. Pensé que quizás llevaba años sin hablar con nadie y que tendría ganas de recordar su vida en voz alta delante de alguien que le escuchara.
  -En la pensión solo había hombres. Al prinsipio pensé que a todos le había echado la mujer de casa, pero luego resultó que yo era el único, los demás eran solteros y en ves de tener una esposa tenían una cashera, que tiene la ventaja de que no tienes que preocuparte en quedar a bien con ella, con tal de que le pagues a fin de mes ya has cumplido.
  >>Tardé dos meses en buscar embarque y como tenía ahorrados unos duros me dediqué a vivir a cuerpo de rey. Iba al teatro, a los mejores restaurantes. ¡Cuántos amigos me salieron! Lo que es el dinero. Hasta tuve una amiguita que pensaba que me iba a casar para sacarme los cuartos. ¡Andaba lista! No le dije lo de la mujer y la hija, y hasiéndole creer que me llevaría a la Iglesia, buenos ratos me pasé con ella. Menos mal que me llamaron para embarcar de nuevo, porque si no me hubiese quedado sin una peseta.
  >>Con este barco estuve tres años por toda Europa, y como siempre hasíamos escala en Sevilla me compré un pisito allí, para no tener que volver al pueblo. No me apetesía. Y allí estuve viviendo hasta que dejé la mar.
  >>Volví a Leburuaga. No sé por qué, pero de repente tuve remordimientos por haber dejado a la mujer con la niña solas. Al llegar aquí me enteré por un pariente que al de un año de irme, la mujer y los suegros habían muerto al intentar apagar un insendio en el caserío. A la hija la adoptó una tía mía, que la cuidó hasta que se murió de vieja.
   -¿Y qué es de su hija?- pregunté por fin con una curiosidad enorme.
  -Me dio tanto cargo de consiensia, que no me atreví ni a ir a verla por lo que podría pensar de su padre. Hablé con el cura y le encargué que pusiera a nombre de ella todo el dinero que había ahorrado y que no le dijera nunca que yo era su padre. Creo que se casó con un médico de Gernika y que tiene dos hijos, pero prefiero no conoserlos. Me construí esta casa, que para mí es más que un palasio y desde entonses vivo aquí, solo. Y hase un rato iba a bajar a las rocas a coger algo para senar cuando te he visto allí.
  De repente se calló. Se quedó sentado en la cama, mirando al infinito. El haberme contado su vida pareció traerle recuerdos que ya tenía seguramente olvidados. Una lágrima se deslizó por su mejilla y eso me impresionó. Nunca había visto llorar a un viejo.
  No supe qué decirle ni qué hacer, así que allí permanecí en silencio, sin atreverme a mover un solo músculo de mi cuerpo durante un rato que se me hizo eterno.
  -Bueno -exclamó de pronto-. Habrá que llevarte a casa, ¿no?
  -¿A casa? ¡Claro! A casa -dije. Y salimos de su casucha por el sendero que, entre las huertas, bajaba hacia el pueblo.
  Al llegar a las primeras casas vi a mi madre con mi hermano y el resto de la cuadrilla que corrieron a abrazarme y yo hacia ellos. Me contaron cómo la corriente les había arrastrado un poco mar adentro y una motora les remolcó hasta el puerto, por eso habían tardado tanto en ir en mi busca. Entonces les conté lo del viejo de Dorretxu y cómo me había rescatado. Me di la vuelta para llamarle y ya no estaba. No parecía que le agradara mucho estar con la gente.
  Al día siguiente mi madre me acompañó hasta su chabola para darle las gracias pero él solo respondió que no había hecho nada especial y no le hizo demasiado caso.
  No dije nunca nada sobre la historia del viejo. Creo que a mí me la relató en un momento de intimidad y que a él no le hubiese gustado que se supiera por todo el pueblo.
  Al regresar a Leburuaga el siguiente verano me enteré de que había muerto. Fui a su chabola y estuve toda una tarde allí, solo, pensando en él. Desde entonces siempre que he pasado cerca del faro me vienen a la memoria el viejo, su hija, su vida en la mar y su angustia.

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