jueves, 2 de noviembre de 2017

40. QUE ESTO NO TERMINE NUNCA

Este próximo domingo se corre una nueva edición del Maratón de Nueva York, que es el escenario de mi novela "42,2 Muerte en Central Park".
Os dejo aquí uno de los primeros capítulos, el correspondiente al km 40 de la carrera (los capítulos de la novela están numerados al revés comenzando por el 42,2).
Un Blody Mary en el hotel La Quinta Inn Manhattan.

40. Que esto no termine nunca
Cruzando Central Park, bajo el manto amarillento de las hojas de los árboles a los que el otoño ha adornado para nosotros, a todos los que corremos hoy aquí se nos ponen los pelos de punta. Ves que terminas algo por lo que te has sacrificado mucho tiempo y ves a la gente del público gritando como loca, gritándote a ti. Porque, si bien es cierto que solo eres uno más de las decenas de miles de personas que corren el maratón, no puedes evitar sentirte protagonista único de algo muy grande. La gente te anima a ti, por tu nombre si lo llevas en la camiseta, o por tu país, si llevas tu bandera, o por el color de tu gorro, por lo que sea, pero te identifican como una persona que está a punto de terminar el maratón de su vida y no como uno de tantos locos que corren por la ciudad.
Sentirte aquí es algo maravilloso y, pese a todos los dolores de piernas que puedas llevar, pese al cansancio, pese a lo que sea, te gustaría que esto no acabara nunca, que pudieras seguir corriendo dando vueltas y vueltas a Central Park mientras todo Nueva York te anima. Si este momento no es la felicidad absoluta no le anda muy lejos.
Aquí, a la altura del kilómetro 40 de la carrera, un hito importante en un maratón, en pleno Central Park, donde nació esta carrera en 1970, dejé la medalla del año pasado, una medalla con la que tanto había soñado y que cuando la recibí como recuerdo solo pensé que para qué coño quería yo una medalla de un maratón que no había corrido. No. Esa medalla no me valía para nada, así que ahí, junto al kilómetro 40, la escondí entre unas rocas y un árbol. No sé si seguirá allí, o si la policía la encontró, o si hoy en día hay un niño que juega con ella. El caso es que yo, tras haberla deseado tanto, ya no la quería, sencillamente por tu culpa.
La de hoy sí que vale y la guardaré como si fuese la medalla de oro que se lleva el ganador del maratón en las olimpiadas. Si me apuras igual hasta tiene más valor para mí, para un corredor popular, que también nos sacrificamos mucho por terminar los maratones.
Te voy a comentar algo de mi fuga después del momento, el único momento, en el que interactuamos juntos tú y yo.
Tras el disparo esperé quieto un rato junto al árbol en el que me escondí para dispararte. No vi ni oí a nadie acercarse al lugar, por lo que deduje que nadie había oído el tiro, o si lo habían oído no les llamó la atención o no quisieron meterse en líos. Nueva York es una ciudad ruidosa y un disparo no llama mucho la atención.
Así que, cuando vi que nadie acudía corriendo a ver qué había pasado ni que ninguna sirena anunciaba la llegada de algún coche patrulla, salí tranquilamente de detrás del árbol, me acerqué un poco a ver si estabas muerto, que lo estabas, y a paso ligero pero sin correr para no llamar la atención fui desandando los últimos metros del recorrido del maratón hasta la entrada del metro de Columbus Circle.
No había mucha gente. Validé mi Metro Card y me senté tranquilamente en el andén hasta que llegó mi tren. Al poco me bajé en Penn Station y paseando tranquilamente fui en dirección a mi hotel, como te he dicho antes. Cené algo ligero en Speedys, en la esquina de la 32 con Broadway, y saboreé un café espresso. Es de los pocos sitios de la zona donde no está tan mal el espresso, en un país que casi nunca tiene un buen café.
Después subí a mi habitación en el hotel La Quinta Inn Manhattan, me lavé, guardé la pistola entre mi ropa y subí a la terraza a tomar algo. Me sentía bien y me apetecía.
Disfruté como nunca tomando un par de Bloody Marys. Hacía frío, pero como aún no había comenzado a llover me senté fuera en una mesa de la terraza, gozando de la bebida y admirando el Empire State Building. Recuerdo que estaba iluminado de rojo, ya que el color hizo que pensara en tu cabeza llena de sangre apoyada inerte contra el asfalto de Central Park. Saboreé aún más el trago del segundo Bloody Mary que me estaba bebiendo y el color del zumo de tomate tomó un nuevo matiz al quedar iluminado mientras la copa se iba elevando hacia el Empire State. ¡Qué bonito estaba todo así de rojo! Fue un brindis magnífico por ti y por mí.
Estaba seguro de que nadie me había visto y de que nadie tenía ningún motivo para relacionarme contigo. Mi única relación y mi único motivo para matarte era algo que compartíamos casi cincuenta mil personas de todo el mundo, así que hasta ahora no era sospechoso de tu muerte.
Por lo tanto, mis únicos pasos a dar eran los que cualquier turista como yo daría, y eso iba a hacer: seguir con mi programa de turismo por Nueva York y por parte del país.
Terminé el Bloody Mary y bajé a dormir. Y dormí muy bien.